sábado, 11 de abril de 2020
DIARIO DEL CORONAVIRUS (XXIII): SUPERSTITION
Llegado a este punto de este humilde diario pandémico he de enfrentarme a mi mismo, a mis temores y una vez más (qué para eso es un diario) confesar alguna intimidad.
Y es que alcanzamos la entrada del número que tengo por maldito, tanto es así que de momento ni siquiera citaré tal cifra. Es del todo absurdo, o precisamente todo lo contrario, que tomándome a mí mismo por persona racional y lógica caiga bajo el poder del pensamiento mágico, una sombra dominadora mucho más grande de lo que queremos admitir. Decía el bueno de Ernesto Sábato, genial novelista doctorado en física y matemáticas que había encontrado en las ciencias el orden que le faltaba en su vida, y por supuesto en la literatura, siempre sujeto al caos entrópico que determina la creación artística. Quiero pensar que sucede lo mismo en mí respecto al rito y la superstición, que complementa mi lógica y raciocinio. Es otra pata de la mesa sobre la que se sustenta mi existencia. Tiene que haber algún tipo de fuerzas que se escapan al entendimiento humano y que tratamos de aplacar en base a nuestros ritos y supersticiones (así funciona la religión sin ir más lejos), paradójicamente parece lógico, porque precisamente nada hay más lógico y natural en el ser humano que la contradicción y la paradoja.
Mi particular desasosiego respecto al número de Michael Jordan viene de lejos y me enfrenta a esos viejos temores de niñez que me han acompañado durante toda mi vida y han madurado a la par que mi propia persona. Un 23 de enero mi padre sufría un infarto terrible y nada repentino, de hecho unos días antes sufrió lo indecible aquejado de males que nunca había conocido, especialmente reflejados en el estómago. Algo dentro de su cuerpo se lanzaba en una montaña rusa que desembocó en el mediodía de aquel sábado en el que ya no podía resistir más y gracias al cielo encontró fuerzas suficientes para llegar al hospital donde salvaron su vida. Siendo yo todavía niño aquello me cambió totalmente la percepción de la existencia humana. El padre, ese personaje ascendente en tu vida, el que se supone es el primer héroe conocido en tu relato vital, de repente aparecía entubado en la UCI de un hospital con su vida pendiente de un hilo. Por alguna razón este cerebro mío del que sigo sin comprender su funcionamiento marcó la fecha, el número, como maldito. Admiraría las proezas de Jordan (y encima ya saben de lo mío con el deporte de las canastas) como he admirado (y encima ya saben de lo mío con el Real Madrid de baloncesto) después las de Sergio Llull, con ese recelo de quien mira una película de terror cubriéndose de tanto en cuando la cara y dejando un breve hueco entre los dedos para asegurarse de que la sangre no salpica la pantalla. Quiso el destino que muchos años después mi padre falleciera un 23 de septiembre, alimentando el halo maldito de dicho número. Entre medias un 23 de enero también nacía uno de mis sobrinos, para mayor desconcierto y paranoia esquizoide por parte de quien esto escribe.
Finalmente la única razón en caso de haberla de todo esto es ese funcionamiento cerebral desconocido al que he aludido, ese monstruoso enigma que necesita ser alimentado de rito, temor, magia y superstición ilógica que le ayude a comprender la lógica. He tardado años en enfrentarme a estas contradicciones que ahora veo, como digo, lógicas, y que pueden entenderse en algo que a día de hoy está tan asumido como son los trastornos obsesivos compulsivos (los famosos “tocs”)
Los peores años posiblemente fueron entre la pubertad y la adolescencia. Unos años horribles en los que con 12, 13 o 14 años de repente me sentía, con todas las letras, “viejo”. Acuciado por una angustia existencial insoportable el “toc” se apoderó de mí hasta el hecho de que ver una película en el cine, costumbre de la que gustaba de disfrutar, era un auténtico sufrimiento. Déjenme explicarme. Con los años he descubierto, como suele pasar con tantas cosas que en un momento dado te parecen tan nuevas y exclusivas que crees en un natural egoísmo que sólo te golpean a ti, que hay un “toc” muy frecuente que consiste en reducir a un número simple las matrículas de los coches que me encontraba a mi paso. Si veía un 2724, por ejemplo, tenía que reducirlo a 6, posiblemente sumando 27+24, igual a 51, y después 5+1. Una locura, lo sé, pero créanme, somos legión los que estamos en esto. Con ayuda de mi psiquiatra pude comprobar como este trastorno obsesivo compulsivo golpeaba más precisamente en momentos de ansiedad y nerviosismo, cuando la bestia gris que es el cerebro necesitaba más alimento. Pero este trastorno en el que sólo lograba aplacar el cerebro a través de los números durante aquellos años del niño que empezaba a crecer se convirtió en una rutina que iba mucho más allá. Ya no hablo de además de sumar las matrículas de los coches hacer lo propio con los número telefónicos de los rótulos publicitarios que iba encontrando a mi paso, lo mismo fuera un despacho de abogados que un taller eléctrico, al fin y al cabo seguía tratándose simplemente de sumar números. Un juego de niños. El problema de verdad llegó cuando entraron en escena las frases, las palabras, las sílabas, las letras. Así de repente, y aquí viene la auténtica tortura, me veía en la oscuridad solitaria de la sala del cine reduciendo las frases de los protagonistas a números. Si alguien aparecía en pantalla para decir “¡Qué magnífico día hace hoy!” mi cerebro contaba cinco palabras, diez sílabas, y veinte letras, con el tiempo justo para hacer el mismo ejercicio con la réplica que recibiera el actor. Un infierno alrededor, ya digo, de los 13 años, porque tenía miedo, porque me sentía mayor, porque me iba a morir, ¡yo qué sé!, todo eso acompañado, se pueden imaginar, de todo tipos de ritos y manías cada vez que caminaba por la acera, teniendo cuidado de no pisar determinada línea como si la calle fuera un campo de minas.
La segunda vez que vi a mi padre en la UCI ya era yo bastante mayor y consciente como para poder discernir la diferencia entre lógica y superstición. Pero recuerdo perfectamente como en los angustiosos momentos previos a la aparición del doctor para dar el reporte diario de su estado me “refugiaba” con la mirada fija en un número de teléfono de averías que aparecía en una pegatina en la puerta del ascensor de aquella planta. Me tiraba así los minutos que fueran necesarios hasta que se abriera la puerta de la UCI aplacando la bestia del cerebro sumando una y otra vez las cifras de aquel número de teléfono que ya sabía de memoria.
Todo este pensamiento mágico más propio de un hombre primitivo incapaz siquiera de explicar el ciclo del día y la noche que de un habitante de la tierra del siglo XXI me ha perseguido toda la vida. Sigo convencido de que yo di la décima copa de Europa al Real Madrid. Cuando en aquel mágico minuto 93 Luka Modric corrió hacía el banderín del corner para botar el saque de esquina algo me dijo que no mirara a la pantalla, que bajase la cabeza como había hecho semanas antes en el partido de Munich con dos goles del camero. Así lo hice y el resto es historia. Pueden imaginarse que ver un partido de baloncesto conmigo es insoportable. Apartar de la vista constantemente de la pantalla, mirar o no mirar según quien lance, subir y bajar el volumen del televisor hasta dejarlo en el punto en el que entren las canasta de mi equipo, cambiarme constantemente de sitio o asiento...
Estas jornadas terribles no soy ajeno a la superstición. Igual que en fútbol “zapeo” compulsivamente buscando el locutor que cante el gol de mi equipo y narre los fallos del rival, cada día que el reloj se va acercando a las 12, hora en la que solemos tener la puesta al día de las cifras de la pandemia en nuestro país, con el nuevo número de fallecidos, infectados, altas y demás, nervioso recurro a mis rituales en busca de la emisora de radio o web de medio de comunicación que me de datos positivos y esperanzadores. Lamentablemente no hay magia que valga en esto. Lamentablemente la lógica de la pandemia sigue golpeando. Pero como se trata de resistir, espero al menos y de momento resistir un día más, una entrada más. Lo bueno de llegar a mi número maldito, es que el siguiente ya no lo será.
Very superstitious, writing's on the wall
Very superstitious, ladders bout' to fall
Thirteen month old baby, broke the lookin' glass
Seven years of bad luck, the good things in your past
When you believe in things that you don't understand
Then you suffer
Superstition ain't the way
Very superstitious, wash your face and hands
Rid me of the problem, do all that you can
Keep me in a daydream, keep me goin' strong
You don't wanna save me, sad is my song
When you believe in things that you don't understand
Then you suffer
Superstition ain't the way, yeh, yeh
Very superstitious, nothin' more to say
Very superstitious, the devil's on his way
Thirteen month old baby, broke the lookin' glass
Seven years of bad luck, good things in your past
When you believe in things that you don't understand
Then you suffer
Superstition ain't the way, no, no, no
(“Superstition”, Stevie Wonder, “Talking Book”, 1972)
jueves, 9 de abril de 2020
DIARIO DEL CORONAVIRUS (XXII): PRÓRROGAS
No entiendo que don Santiago Abascal Conde hoy haya votado en contra de la tercera prórroga del estado de alarma español, ya que dudo que en este país exista alguien que haya sacado más provecho a las prórrogas que él, cuando solicitó hasta tres prórrogas para no realizar el servicio militar obligatorio que existía en su momento, ¡el muy patriota!
Si hay alguien en España sabedor de los beneficios de seguir solicitando prórrogas, créanme, es él.
miércoles, 8 de abril de 2020
DIARIO DEL CORONAVIRUS (XXI): SONRISAS
Ha tenido cierto recorrido una de las últimas columnas de Miquel Giménez para VozPópuli, en la que bajo el título “Nos han robado las lágrimas” con la habitual calidad de su prosa pero (en mi opinión) excesiva dureza, acusaba al gobierno de pretender orquestar una especie de campaña de falso optimismo, como si ese ánimo que nos damos a diario todos los españoles para seguir luchando contra esto falsease la terrible realidad en la que vivimos. Como si fuera una droga que consumimos para evadirnos de la pandemia. Otra vez el “buen rollo” bajo sospecha. Escudriñamos cada gesto de nuestros dirigentes, reprochamos cada buena noticia que nos tratan de inspirar desde los medios de comunicación, maldecimos cada sonrisa porque en efecto no es tiempo para ello.
Dudo que cualquier persona mínimamente cuerda sea ajena al drama que vivimos estos días. Pero creo que precisamente en aras de mantener esa cordura necesitamos la risa. Yo estoy recurriendo al visionado de más comedias que nunca en estas jornadas de confinamiento, ¿me convierte eso en un frívolo, en alguien incapaz de sentir esta tragedia al mismo nivel que adalides del duelo como Giménez? Creo que soy perfectamente consciente de todo lo que está sucediendo, y creo que esa fue una de las razones que me animó a comenzar este diario, a dejar por escrito mis percepciones ante algo que intuí hace unas semanas que desgraciadamente cobraría rango de suceso histórico a uno de los niveles más altos jamás conocidos en el ranking de grandes acontecimientos mundiales. No pasa un solo día ni una sola noche en la que no dé las gracias y valore el hecho de estar bien, de que mi familia esté bien, y de poder seguir trabajando. No pasa ni un solo momento en el que no me acuerde de muchos amigos que no pueden decir lo mismo, y que no acompañe en el sentimiento a todos los que están perdiendo seres queridos de quienes siquiera pueden despedirse en la gran mayoría de los casos. ¿Significa eso que deba renunciar a las armas que precisamente más me han ayudado en los peores momentos de mi vida?, a las sonrisas, a la alegría, a las risas con los amigos aunque ahora sea a través de videollamadas
Una de las ventajas de vivir en un país tan maravilloso como España es la libertad, un valor absolutamente a reivindicar en estos momentos en los que vemos (y así debe ser, enorme error lo contrario) el planeta tierra como un todo, como un mismo edificio en llamas en el que algunas plantas están más arrasadas que otras pero el incendio es general. En este edificio global la libertad no está del mismo modo valorada en unas casas que en otras… hay pisos con excesiva opacidad, falta de transparencia, e incluso abusos de poder sobre los ciudadanos (prácticas a las que ni siquiera en España hemos sido ajenos), en aras de esa libertad desde luego quien necesite el desahogo del llanto por favor, recurra a él, pero dejen igualmente a quien quiere seguir sonriendo pese a todo y contra todo hacerlo sin convertirle en sospechoso de nada, y mucho menos de mal compatriota. Porque en este país esquizofrénico y extremista hemos pasado en menos de lo que se contagia el covid-19 de las fiestas de los balcones y los aplausos, de las palmadas de ánimo, de los gritos de aliento… al rostro circunspecto y a las tensiones mandibulares, a los ceños fruncidos y a la desesperada carrera por ver quien sufre más, quien lo siente más, quien está más preocupado y desenmascara al vecino bufón y despreocupado que sigue aplaudiendo en el balcón como si esas palmas fuesen a obrar un milagro para acabar con la pandemia. Que nadie le robe las lágrimas al señor Giménez, pero por favor, tampoco nos roben a los demás las sonrisas.
Finalizaba su artículo el periodista recurriendo a la célebre frase de Quevedo que elogiaba al monarca dramático con aquello de “dichoso reino cuyo rey sabe llorar y enternecerse”, pero como bien es sabido el gigantesco literato del Siglo de Oro también sembró con humor gran parte del grueso de su obra con innegable acierto, por lo que yo me permitiré recurrir a los versos del miope y cojo inmortal poeta cuando escribía tanto contra el “filósofo cornudo” que reía lo mismo que contra el “filósofo anegado” que lloraba aquello de “que son las opiniones como zorras, que uno las toma alegres y otro tristes”.
Recuerden que hasta los de Cuba regresaron cantando.
lunes, 6 de abril de 2020
DIARIO DEL CORONAVIRUS (XX): A HOUSE IN THE COUNTRY
Dentro de las múltiples caras del confinamiento, de las que algún día habría que hablar, porque sí, todos entendemos que hay que quedarse en casa, pero no es lo mismo el millonario que vive en un chalet con jardín y piscina que el currito que malvive en un zulo con ventana interior, creo que la vida de los pueblos es la que menos ha visto alterada su curso habitual. Hablaba de esto ayer con mi hermana, quien desde hace décadas vive en una pequeña aldea berciana habitada según el último censo por 69 seres humanos. Literalmente habló de una especie de “justicia poética”, quienes se han acostumbrado a vivir con menos, menos padecen la falta de según que recursos. Un poco esa vieja filosofía de “no es más rico quien más tiene si no quien menos necesita”.
Y la verdad es que estos días envidio a mi hermana. Su casa de pueblo, su pequeña parcela de tierra. Junto a su marido la construyeron hace años, con sus propias manos. Allí se hizo madre y allí sigue viviendo rodeada de sus libros, familia y gatos. Recuerdo una conversación con una vieja amiga que en clave feminista reprochaba su decisión. Como una mujer con estudios y carrera universitaria se retiraba a vivir a un pueblo y renunciaba a trabajar minimizando su valía profesional y dedicándose a llevar una casa y a la lectura compulsiva.
Yo desde hace tiempo lo tengo claro y ya tengo decidido que mi jubilación, si llego, quiero disfrutarla en el campo, en un pueblo, con una huerta, una gallina, y sobre todo libros, muchos libros que devorar a todas horas mientras crecen los tomates y las lechugas. Esta pandemia no ha hecho más que reafirmarme en esa decisión.
He
don't need no sedatives to ease his troubled mind.
At work he is invariably unpleasant and unkind.
Why should he care if he is hated in his home,
'Cause he's gotta house in the country,
And a big sports car.
He's gotta house in the country,
And a big sports car.
At work he is invariably unpleasant and unkind.
Why should he care if he is hated in his home,
'Cause he's gotta house in the country,
And a big sports car.
He's gotta house in the country,
And a big sports car.
But
he ain't gotta home, oh no,
And he's as wicked as he can be,
'Cause he's gotta house in the country
Where he likes to spend his weekend days.
Oh yeah, oh yeah, well all right
And he's as wicked as he can be,
'Cause he's gotta house in the country
Where he likes to spend his weekend days.
Oh yeah, oh yeah, well all right
Well,
he got his job when drunken Daddy tumbled down the stairs.
From that very day this boy is more than having his share.
One of these days I'm gonna knock him off of his throne,
'Cause he's gotta house in the country,
And a big sports car.
He's gotta house in the country,
And a big sports car.
From that very day this boy is more than having his share.
One of these days I'm gonna knock him off of his throne,
'Cause he's gotta house in the country,
And a big sports car.
He's gotta house in the country,
And a big sports car.
And
he's oh so smug, oh yeah.
He's got everything he needs,
'Cause he's gotta house in the country
Where he likes to spend his weekend days.
Oh yeah, oh yeah, well all right
He's got everything he needs,
'Cause he's gotta house in the country
Where he likes to spend his weekend days.
Oh yeah, oh yeah, well all right
And
he's oh so smug, oh yeah.
He's got everything he needs,
'Cause he's gotta house in the country,
And a big sports car.
He's gotta house in the country,
And a big sports car.
He's got everything he needs,
'Cause he's gotta house in the country,
And a big sports car.
He's gotta house in the country,
And a big sports car.
But
he's socially dead, oh yeah,
And it don't matter much to him,
'Cause he's gotta house in the country
Where he likes to spend his weekend days.
Oh yeah, oh yeah, well all right
And it don't matter much to him,
'Cause he's gotta house in the country
Where he likes to spend his weekend days.
Oh yeah, oh yeah, well all right
House
in the country
House in the country
House in the country
House in the country
House in the country
House in the country
House in the country
(“A house in the country” The Kinks, “Face to Face”, 1966)
sábado, 4 de abril de 2020
DIARIO DEL CORONAVIRUS (XIX): YOU CAN'T STOP THE MUSIC
Pues no. Como cantaban los inefables Village People, ni tú ni nadie puede parar la música. Una música que bien puede ser un hermoso aliado o un insoportable enemigo en estos días del confinamiento. Y es que llegados a este punto una vez más el fascista que llevo dentro únicamente florece en este tema. Ni patrias, ni política, ni religiones, ni fútbol. El fascista que yo llevo dentro sólo sale cuando hay que hablar de música.
Y es que si en los últimos años hemos visto una proliferación de pinchadiscos invadiendo las cabinas de algunos de los bares de rock'n'roll más míticos sin apenas contar efectivos en su colecciones, o peor todavía, directamente sin colección alguna y recurriendo a elementos digitales, ordenadores portatiles, tablets o unidades usb (lo que coloquialmente llaman “pincho”), esta “democratización” de los pinchadiscos adquiere todavía un significado más perverso con centenares de vecinos martirizándonos desde sus balcones demostrando su pésimo gusto musical, o con presuntuosas exhibiciones de narcisismo a través de vídeos en redes sociales en los que al suplicio auditivo hay que sumar en no pocas ocasiones el delirio estético de la imagen. Porque ya me dirán ustedes la gracia de ver a fulano o mengano pinchando en calzoncillos después de cinco días sin ducharse y con barba de una semana. En esta legión de torturadores musicales caben todos, lo mismo quienes llevan toda la vida comprando unos discos para los que ya no quedan rincones en sus casas que los que desde que apareció la cosa esta de internet no se han comprado ni un solo disco ni han gastado un solo euro en música, señal de lo que les interesa realmente esa disciplina artística. No compran música porque no les importa la música, ni los discos, ni las bandas, ni los sellos, ni las salas, ni los promotores, y les da exáctamente igual que el mundo de la música mueva millones o no mueva ni un céntimo. No es su guerra. Nunca les ha interesado y a estas alturas ya no les interesará, pero mientras puedan seguir dándole a un botón para tener el último tema de moda seguirán diciendo que sí, que les gusta la música, que escuchan mucha música, de todo tipo, y que posiblemente les gusta “toda la música". Desconfíen inmediatamente de quien hace tal afirmación y tengan la completa seguridad de que se encuentran frente a un zote sin oídos cuyos conocimientos sobre el mundo de la música tiene el mismo peso que el de Jair Bolsonaro respecto al covid-19.
Pero ahí les tienen, manteniendo alta la moral de la tropa sin que nadie les haya pedido que acudan en nuestro socorro. El himno nacional a todas horas, el “¡Qué viva España!” de don Manolo, el sempiterno y recurrente Sabina, pseudocantautores de todo tipo y pelaje, y como no, reaggeton a todo trapo para que sigamos moviendo el cucu en el salón de casa y que papi le siga dando gasolina a mami. Dejo para un comentario aparte lo del “Resistiré” de Manolo y Ramón, aka el Dinámico Duo... denarrrrrrrrrr porque el nivel de indigestión al que hemos llegado con las mil versiones del dichoso tema amenaza con destrozar todos los registros de ignominia conocidos en el pachangueo musical, canciones de verano, y éxitos de radio-fórmulas... desde Georgie Dann hasta el ridículo “Despacito” pasando por el grotesco coreano aquel que nos martirizó durante un tiempo y del que afortunadamente no recuerdo su nombre (a decir verdad nunca lo supe), nada se puede comparar a la sobresaturación que estamos viviendo del himno oficioso de la pandemia en España en poco más de dos semanas.
Siempre he dicho que por lo general en este país la música importa más bien poco. Es simplemente un acompañamiento para planchar las camisas o freír unas croquetas. Un kleenex de distracción sonora con el que sonarte la cera de las orejas, de usar y tirar. Ahondar en lo que ahí detrás de ese mundo interesa bien poco. Si usted sale a la calle (bueno, ahora no, cuando se pueda) y comienza a preguntar a los viandantes que se encuentra a su paso quien es Josele Santiago quizás con suerte después de unos 20 transeúntes alguien le de la respuesta. Y eso Josele. Pruebe a preguntar por Paco Poza y si un peatón de cien con los que se cruce le sabe decir quien es y el título de alguna de sus canciones puede usted abrazar una farola en señal de alegría y en homenaje a José María García. Esto por citar los dos primeros nombres que se me han venido a la cabeza de dos tipos que escriben canciones enormes como soles dentro de un país que atesora una calidad musical extraordinaria con grandísimos compositores, fantásicas bandas, y muchísima y muy buena gente de música... pero con una cultura general pobre, paupérrima, por parte del común de los ciudadanos.
Y esa cultura pobre y paupérrima cobra triste y gris reflejo en estos días de pandemia que han transformado nuestros balcones, terrazas y ventanas en auténticas salas de tortura que ríase usted de Guantánamo.
Por favor, sólo por unos días, pero que alguien pare la música.
jueves, 2 de abril de 2020
DIARIO DEL CORONAVIRUS (XVIII): EL REY DE MÉJICO
La otra noche en el breve intervalo de unos 20 minutos supe de dos noticias relacionadas con la crisis a nivel global de la pandemia del covid-19 las cuales conformando parte de este diario particular que todos estamos viviendo en esta época, plagado de pequeñas o grandes historias, significaban dos polos opuestos en cuanto a entender tu papel en la vida.
Primero escuchaba a Michel, el fantástico extremo que fuera dueño de la banda derecha del Bernabéu durante varios años entre las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo, afirmar que la situación actual le afectaba hasta el punto de verse recortado en su sueldo alrededor de un 80%. El ex –futbolista actualmente ejerce de entrenador en Méjico, llevando el banquillo del histórico Pumas (club muy vinculado a su amigo y ex –compañero Hugo Sánchez) de la liga centroamericana, que como la grandísima mayoría de competiciones en todo el mundo (si nos centramos en el fútbol sólo tengo constancia de que no hayan parado en Bielorrusia y Nicaragua) ha interrumpido su calendario. Escuchando a nuestro compatriota, el bueno de Michel no sólo afirmaba que comprendía la decisión del club, si no que desvelaba que el recorte en principio iba a ser menor pero fue su propia insistencia la que instó a sus superiores a tomar una medida tan drástica. El madrileño confesaba que lo hacía para que otros empleados del club menos afortunados (jardineros, utilleros, limpiadores… o servicios de mantenimiento en general) no viesen tocados sus bolsillos en una entidad que en buena justicia está intentando (en palabras del propio Michel) que los trabajadores a su cargo con una nomina mensual inferior a 40000 pesos (unos 1500 euros) no vean recortados sus ingresos.
Nunca ha hecho gala Michel de ninguna ideología política. Sí conocemos su compañerismo y solidaridad dentro y fuera de su profesión, como demostró cuando al lado de Butragueño encabezó el comité de huelga de los futbolistas en la huelga general de 1988, o sus reivindicaciones para que la federación española asegurase a los jugadores y se hiciese cargo de los lesionados vistiendo la camiseta de la selección nacional. No creo que la solidaridad sea una cuestión de izquierdas o de derechas si no de comprender en que mundo vives y ser consciente de tus privilegios en comparación con una gran parte de los conciudadanos que te rodean y no tienen los ingresos de un profesional del fútbol de élite. Privilegios que te los has ganado en buena lid con tu trabajo, como es el caso de Michel, cuyos orígenes hay que situarlos en el barrio de Ciudad de Los Ángeles, ubicado en el distrito de Villaverde, uno de los más pobres de la capital española, pero privilegios al fin y al cabo.
Desconozco el salario actual de Michel llevando el banquillo del Pumas, pero dudo que esté siquiera entre los 50 entrenadores mejores pagados del mundo. Si abrimos el abanico al mundo del fútbol en general, considerando tanto entrenadores como jugadores o incluso directivos que perciban un salario exclusivo del club para el que trabajan, me cuesta imaginar que llegue incluso a situarse entre las 300 personas que más ingresen gracias al fútbol. Dudo que Michel esté lejos de poder considerarse lo que llamaríamos un “millonario”. Simplemente es un tipo al que la vida le ha ido bien y él lo sabe.
El comportamiento de nuestro ex -internacional contrasta con la noticia que escuché minutos después respecto al rey de Tailandia, el monarca más rico del mundo al frente de un país en el que recordemos que el comunismo está prohibido, quien ha aprovechado la cuarentena mundial provocada por el covid-19 para alquilar un hotel de lujo en los Alpes alemanes rodeado de 20 concubinas. La obscenidad ha sido tal que el sufrido pueblo tailandés ha comenzado a preguntarse el motivo por el que tener un rey, cuyo único propósito en la vida parece ser el de vivir a cuerpo de idem. El sinsentido de que alguien por una mera cuestión genealógica disponga de más privilegios que la gran mayoría de los seres humanos que le rodean.
Del humilde barrio obrero de Ciudad de Los Ángeles al lujoso palacio real tailandés, las realidades que nos muestra el mundo frente a esta crisis que está asolando el planeta no pueden ser más diferentes entre sí. Y es que muchas veces los reyes de verdad no llevan corona, si no sentido común. Cualquiera con dos dedos de frente comprende que vivimos un mundo histórico en el que nos va a tocar sacrificarnos y que en base a esos privilegios que cada cual posea, ese sacrificio ha de ser mayor. O parafraseando al gran Peter Parker, “todo gran poder conlleva una gran responsabilidad”.
miércoles, 1 de abril de 2020
DIARIO DEL CORONAVIRUS (XVII): UNIDOS
Ahora es el momento de que todos los españoles, en un ejercicio de responsabilidad y patriotismo estemos unidos en la lucha frente al coronavirus.
Ya habrá tiempo de pedir explicaciones y ajustar cuentas con este gobierno de rojos, comunistas, fascistas, nazis, feminazis, bolivarianos, chavistas, golpistas, terroristas, etarras, filoetarras, sátrapas, dictadores, totalitarios, hippies, pies negros, comeflores, buenrollistas, buenistas, traidores, separatistas, independentistas, nacionalistas, europeístas, liberticidas, progres, mentirosos, incompetentes, inútiles, fariseos, hipócritas, demagogos, ladrones, chorizos, mangantes, farsantes, asesinos, criminales, delincuentes, golfos, apandadores, felones, truhanes, facinerosos, ventajistas, guerracivilistas, animalistas, indigenistas, ecologistas, intolerantes, maleducados, analfabetos, iletrados, groseros, cretinos, ruínes, mezquinos, miserables, gusanos, ratas inmundas, animales rastreros, escorias de la vida, adefesios mal hechos, infrahumanos, espectros del infierno, malditas sabandijas, alimañas, culebras ponzoñosas, deshechos de la vida, malditas sanguijuelas, malditas cucarachas, que infectan donde pican, que hieren y que matan.
Pero ahora como decimos es tiempo de ser responsables y patriotas y no enzarzarnos en discusiones con este gobierno de cainitas, egoístas, insolidarios, camorristas, malhechores, hienas, vagos, maleantes, carteristas, trapisondas, zafios, insensibles, tramposos, borrachos, drogadictos, melenudos, piojosos, malolientes, apestosos, apestados, buitres carroñeros, mamporreros, desgraciados, sectarios, satanistas, islamistas, paganos, ateos, hembristas, pederastas, pedófilos, zoofílicos, sádicos, coprófagos, bolcheviques, marxistas, leninistas, trotskistas, estalinistas, radicales, titiriteros y cajeras de supermercados.
Hasta entonces, que nadie dude de nuestra responsabilidad y patriotismo. Todos unidos en la lucha contra el coronavirus.
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