“Desde el punto de vista de la forma, el
modelo de todas las artes es el del músico. Desde el punto de vista del
sentimiento, la profesión de actor” (Oscar Wilde, prefacio de “El retrato de
Dorian Gray”)
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| Levantando goyas... y ampollas. |
“Estáis esperando mis palabras. Me conocéis
bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse
callado equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como
aquiescencia”.
Con
estas palabras rompía su silencio Miguel de Unamuno el 12 de Octubre de 1936
ante la sarta de estupideces fascistas que estaba pronunciando el profesor
Francisco Maldonado de Guevara en el paraninfo de la Universidad de Salamanca,
“el templo de la inteligencia”, como el propio Unamuno la refirió, provocando las
iras del fundador de la Legión Española José Millán-Astray, al punto de que el
enfervorizado militar acabó mostrando su más agrio talante dejando para la
solemnidad las proclamas definitivas que a día de hoy sirven todavía de
definitivo y diminuto (como diminuta es la mentalidad de quienes sostienen estas
ideas) glosario sobre el pensamiento de ciertas ideologías patrias sobre
nuestro mundo de la cultura. Los “¡muera la cultura!”, “¡muera la
inteligencia!”, “¡muera la intelectualidad traidora!”, parecen resonar con la
misma viva fuerza siete décadas y media después en cuanto alguno de nuestros
hombres de arte o cultura alza la voz contra las injusticia, cada vez mayores,
a las que estamos asistiendo sin excepción el común de españoles. Pocos
enfrentamientos más antitéticos pudieran producirse en la España de 1936 que el
llevado a cabo entre un gigante de nuestro pensamiento a todos los niveles
(filosófico, religioso, político, etc) como Unamuno y un monstruo grotesco en
todos los sentidos como Millán-Astray, cuyo razonamiento lo comenzaba por la
empuñadura de su gatillo.
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| Unamuno entre las hienas. |
La España de 1936 era una triste sombra gris
sumida en una guerra civil del luminoso país que pocas décadas antes había
sido. Nuestro país no fue ajeno al culturalmente tumultuoso movimiento de “fin
de siecle”, ese mágico periodo entre finales del siglo XIX y comienzos del XX,donde
las más excitantes vanguardias artísticas luchaban contra la apolillada y
aburrida vida burguesa. Tiempos de simbolismo, modernismo, dadaísmo, ultraísmo,
vanguardia y bohemia. La España de Valle-Inclán que era capaz de parir
soñadores dionisiacos y eternos como Max Estrella. La misma España que había
recibido como auténticos hijos de sus entrañas a radiantes visitantes como Rubén
Darío, poeta de la luz, o años más tarde a Vicente Huidobro, “el que trajo las
gallinas”, como escribió Cesar González Ruano, el genial periodista de la calle
Ríos Rosas. La España de Cansinos Assens, del gigante Juán Ramón (más que un
poeta, toda la poesía encerrada en un solo hombre) La España del Gómez de La
Serna que daba conferencias a lomos de un elefante. La España de los Machado,
el delicado Antonio y su alma lánguida y plácida como los mansos campos de
Castilla, y el vitalista Manuel, amigo de las putas, los bares y los alcoholes.
La España de Vicente Aleixandre, Nobel y maestro de las nuevas generaciones.
Esas nuevas generaciones que encarnaban los jóvenes Lorca, Buñuel y Dali,
alegre camarilla unida por el Bartleby español, Pepín Bello. La España del
psicalíptico Hoyos y Vinent, o la España parnasiana de Antonio de Zayas.
Nombres algunos más ilustres, otros menos, pero todos ellos personajes que
configuraban un paisaje cultural puntero en Europa, pese a que, como se vería
años más tarde, el país iba camino de acabar en manos de quienes para la
cultura importaba tanto como el título de la primera novela de Brett Easton
Ellis. Esa España vanguardista, moderna, cosmopolita, cultivada y avanzada,
quedará sepultada para siempre bajo el yugo, las flechas y las armas.
Desde entonces y hasta nuestros días el
pensamiento propagandístico de los vencedores tan obsesionado en los
"buenos y malos españoles" ha calado generación tras generación.
Cierto es que todo aquello parece un mal sueño, pero no es menos cierto que en
muchos hogares aún se sigue denigrando de manera cruenta absolutamente todo lo
que tenga que ver con nuestra maltratada cultura. Se sigue disparando contra
esa "intelectualidad traidora" representada y representante en
cualquier arte escénica y cultural, pero con especial inquina hacia un sector
de sobra por todos conocidos y posiblemente el que nos resulta más familiar,
cercano y accesible, por todo lo que hemos compartido con ellos: los
actores.
Desde el comienzo de los tiempos se ha
denigrado la dura y abnegada profesión actoral. Tanto es así que parafraseando
a Jorge Luís Borges podríamos hablar de una "historia universal de la
infamia" al referirnos al mundo de los escenarios, las tablas y los
actores. Todo ello a pesar de que al arte dramático, como todo el mundo debería
saber, nace en esa Grecia clásica que sigue siendo en mi opinión paradigma de
civilización y cultura. Esa cultura helenista y humanista de la que este mundo
ha ido alejándose con fatales consecuencias para embrutecer a un ser humano
incapaz de evolucionar todo lo que hubiera debido por potencial. Efectivamente,
en términos intelectuales, desde el hombre de la Grecia clásica hasta el hombre
del siglo XXI, la evolución es absolutamente nula. Cero. Con el advenimiento
del tiránico Imperio Romano comienza literalmente la infamia. Estudiando los
textos clásicos y la legislación romana vemos que principalmente hay tres
estamentos que, vistos como paradigmas del deshonor, reciben el calificativo de
“infames”: los gladiadores, las prostitutas… y los actores. “Infamia was an
inescapable consequence for certain professionals, including prostitutes and
pimps, entertainers such as actors and dancers, and gladiators” (“Unspeakable
Proffesions: Public Perfomance and Prostitution in Ancient Rome”, Catharine
Edwards) Con el actor degradado a lo más bajo de la escala social en Roma, la
llegada del cristianismo no supuso ningún alivio para la profesión, más bien al
contrario. Los textos de los primeros padres de la cristiandad y los diversos
concilios suponen ataques sin piedad contra todo lo relacionado con el arte
escénico. San Juan Crisóstomo define el teatro como el “templo del Maligno”, y
advierte que quienes lo frecuentan lo reconocen como su maestro. En el hispano
Concilio de Elvira (cerca de la actual Granada) se establece que si un actor
desea recibir el bautismo ha de renunciar a su oficio. Por supuesto, actores ya
bautizados fueron excomulgados durante aquellos tiempos de beligerancia
eclesiástica (siglos IV y V principalmente) y durante centurias han tenido prohibido
el recibir sacramento alguno. Dicen incluso que a la actriz Mercedes Sampedro,
fallecida en 1928, le negaron el entierro cristiano. Una de las nietas de
Mercedes Sampedro, por cierto, es la conocida actriz sevillana Pilar Bardem, a
quien el año pasado las autoridades del PP le retiraron la calle que había en
su honor en su ciudad natal para sustituirlo por un mucho más cristiano “Calle Nuestra
Señora de Las Mercedes”.
Por lo tanto los miserables ataques mediáticos
producidos desde medios que en su pobreza espiritual son hasta capaces de
rastrear en expedientes académicos de alumnos para sacarlos en portadas de sus
diarios (medios como La Razón o Intereconomía, auténticos cómplices de todo lo
que está pasando en este país con su capacidad para desunir al país y desviar
la atención sobre los verdaderos culpables) hacia el gremio actoral no debieran
extrañar a nadie. Más bien son una lógica y coherente continuación de la
inquisición que en este país ha padecido la profesión desde siglos. Profesión a
la que se busca continuamente denigrar con calificativos como “titiriteros” o
“payasos” (muy nobles oficios por otro lado, y ambos relacionados con el arte
dramático, ya que a pesar de la ignorancia y los rebuznos que estamos
escuchando estos días pocas disciplinas más completas y sacrificadas hay que la
del arte dramático tanto en lo físico como en lo intelectual) Efectivamente, el
actor ha de ser titiritero, ha de ser payaso, clown, malabarista, acróbata,
bufón, mago, y mil cosas más a las que sólo se accede desde la vocación y el
esfuerzo. La jornada de un joven estudiante de arte dramático, normalmente un
chaval de clase media al que le pica el gusanillo del teatro en el instituto,
puede discurrir de manera que a las 8 de la mañana esté en mallas haciendo ejercicio,
estiramientos, colocación corporal… a la hora siguiente leyendo algún texto de
teatro clásico, un poco más tarde tomando apuntes sobre historia del teatro, al
rato teniendo que realizar algún ejercicio de improvisación escénica, poco
después algún trabajo vocal, algo de canto, alguna clase sobre técnicas de
respiración, ejercicios de acrobacia, y acabar la mañana repasando algún texto
de un personaje que en breve ha de interpretar. Posiblemente dedique el resto
de su jornada a poner copas en algún bar para con ello poder pagarse sus
estudios. Todo esto para acabar una carrera de la que sabe que un buen número
de practicantes se quedan en el camino y para los que no habrá sido nada más
que una excitante aventura de juventud. Ello sabiendo que aunque alcance su
sueño de poder vivir de su pasión y su vocación, lo más probable es que lo
único que logre sea sobrevivir a base de patearse castings y más castings y
conseguir pequeños papeles alimenticios con los que mantener la nevera
mínimamente llena. Esta es la realidad del arte dramático, trabajo que engloba
disciplinas físicas, intelectuales, musicales, y de todo tipo. Todo ello para
escuchar como auténticos iletrados y analfabetos incapaces de escribir dos
líneas seguidas con sentido generalizan con su oficio en la mejor tradición de
este país, esa que les hemos estado relatando unos párrafos más arriba.
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| "Make them laugh" Donald O'Connor. Titiritero multidisciplinar. |
Como uno de los ataques más frecuentes desde
los medios de comunicación a los que me refiero versan sobre las subvenciones
que recibe el cine español, les dejaré un par de datos que ellos nunca querrán
arrojar, en su habitual hooliganismo y dobleraserismo. El actual record en una
subvención a una película con dinero público en nuestro país lo ostenta la adalid
del neo-liberalismo patrio Esperanza Aguirre. En 2008 a través de la Comunidad
de Madrid otorgó 15 millones de euros a José Luís Garci para la realización de
la película “Sangre de Mayo”, que por cierto recaudó poco más de 700000 euros.
Record absoluto, no sólo en cuanto a dinero otorgado, si no posiblemente en
cuanto a dinero perdido. Otro dato fascinante y reconocido por el propio
presidente de la Academia de Cine Española: las mayores ayudas a nuestro cine
fueron durante el mandato del ínclito José María Aznar, otra especie de ídolo,
al igual que Aguirre, para las nuevas corrientes neoliberales que tan de moda
están en nuestro país. No es de extrañar el doble lenguaje o las dobles
actitudes de este tipo de personajes, simplemente recordando que Aznar llegó a
definir a la banda terrorista ETA en su momento como “el ejercito de liberación
del pueblo vasco”, en uno de los mayores ejercicios de cinismo, hipocresía y
manipulación lingüística que podemos recordar en la clase política de nuestro
país (y mira que hay casos y ejemplos donde elegir)
Como digo es comprensible, totalmente
comprensible, lleno de lógica y coherencia el ataque por parte de algunos
medios a lo sucedido la noche del pasado domingo. Va intrínseco a su
miserabilidad. Lo que me preocupa enormemente es ver gentes de ciertos entornos
que creía más inquietos culturalmente y más ávidos por pedir a nuestros
personajes públicos compromiso, caer en los tópicos sobre la profesión actoral
y sobre la actividad artística en general. Sabemos que el mundo de la cultura
se ha devaluado en general, que es difícil encontrar fuertes convicciones en
defensa de elementos fundamentales y que para mí, personalmente, me han ayudado
a forjar mi educación sentimental. El mundo de la música pop, la producción
discográfica, la literatura, el cine… todo ello devaluado en este mundo virtual
en el que ya no se valora la creación artística… ¿cómo se va a valorar entonces
al chaval que comete la locura de dedicarse al mundo del teatro, cuando puede
emplearse en cosas más productivas económicamente que a subirse a un escenario
a hacer “el payaso”?
Y ahora hablemos de un tema que a mí,
personalmente, me da lo que se dice “repelús”. La política. Lo diré una y mil
veces. La política no me interesa. Los temas sociales sí. No obstante hablemos
de política y de esa dicotomía tan corta de miras y que tanto nos ha
empequeñecido a todos: la derecha y la izquierda. Parece preocupar mucho el
hecho de que un buen número de artistas e intelectuales españoles
ideológicamente se escoren más hacia la izquierda, signifique lo que signifique
eso, ya que al menos en España difícilmente hemos visto movimientos
izquierdistas de verdad ostentando el poder. Lógicamente también los hay de
derechas. Algunos muy respetables, como el desaparecido y admirado Luís Sanchez
Pollack, “Tip”, un auténtico genio e ídolo personal de quien esto escribe.
Otros, unos plumillas que sólo viven del insulto, como el lamentable Alfonso
Ussía. Pero me inquieta que exista esta preocupación sobre la tendencia
izquierdista de nuestras gentes de las artes, y por supuesto, que se utilice
como arma arrojadiza dentro de la sarta de topicazos cavernarios que
desenfundan de inmediato una de las palabras más apolilladas de nuestro hablar:
“progre”. Un vocablo tan oxidado como su némesis “facha”. Como ven, apenas
hemos evolucionado. No sé si realmente y por lo general nuestros artistas o
intelectuales son de izquierdas, no lo tengo tan claro. Si me parece más claro
que por lo general es gente inquieta y comprometida socialmente. ¿Por qué? No
lo sé, pero quizás tenga que ver el hecho de que estamos hablando de gente que
ha orientado su formación, educación y profesión dentro de unos parámetros
humanísticos. El actor, el cineasta, el escritor, el escultor, el pintor, el
músico… suelen ser por lo general personajes leídos e instruidos. No se trata
de ningún tipo de superioridad intelectual (y aprovecho aquí para hacer una
digresión; cuando escucho hablar sobre algo tan vago como la “superioridad
moral de la izquierda”, pienso que en caso de existir tal superioridad, sólo
podría ser comparable al “complejo de inferioridad de la derecha”, siempre
tratando de justificarse por todo, asomando quizás cierto sentimiento de
culpabilidad por pensamientos tan paleolíticos como prohibir el matrimonio
entre personas del mismo sexo o la adopción de niños por parte de parejas
homosexuales, por citar dos ejemplos), no es una superioridad intelectual como
digo si no simplemente una distinta formación que hace que afrontes la vida con
una perspectiva distinta de quien en su corazón alberga sueños materialistas.
Quien haya leído a Dostoievski tiene un conocimiento sobre la moral que no
posee quien no haya accedido a tal lectura. Quien haya leído a Dickens tiene
una visión sobre la sociedad distinta de quien no haya catado su prosa. Quien
haya leído a Baudelaire adquiere un sentido sobre nuestros propios infiernos
desconocido para quien no se haya atrevido a descender a tales profundidades. Y
quien haya leído a ese Unamuno del que comenzábamos hablando en esta entrada,
es capaz de hacerse preguntas mucho más profundas que “¿ganará el Madrid en Old
Trafford?” Esto no es ningún tipo de superioridad, si no una lógica tan
aplastante como la que dicta que quien se levanta cada día a las doce del
mediodía y acude a cualquier lugar en transporte público o privado, jamás podrá
correr una maratón como quien cada mañana se levanta a las ocho en punto para
correr durante una hora o dos. Lo mismo sucede por tanto en los temas de la
intelectualidad, sensibilidad y pensamiento.
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| Gentes de sensibilidad exquisita. |
La desproporcionada caza de brujas a la que
hemos asistido estos días hacia los actores españoles promovida por esos medios
manipuladores (esos que te desmontan la legitimidad de toda una huelga general
con un argumento tan “contundente” como un sindicalista tomando una caña) deja
en ridículo una vez más a estos intoxicadores mediáticos rebuscando en el
pasado de los artistas buscando contradicciones e incoherencias con las que
atacarles, y lo que es peor, toma descaradamente el pelo a sus lectores, aunque
diría que dichos lectores están encantados de vivir con la venda de talibán en
los ojos y siendo incapaces de pensar por ellos mismos. Una de las tretas más
absurdas ha sido recurrir al hecho de que Javier Bardem y Penelope Cruz (por
cierto, actores que ya hace años ni viven ni trabajan en España) dieron a luz a
su hijo en un conocido hospital judío de Los Angeles (recordemos que California
es el segundo estado en número de población judía en Estados Unidos por detrás
de Nueva York, con lo cual las probabilidades de que acudas a un hospital judío
en Los Angeles son tan altas como las de que Mariano Rajoy incumpla una promesa
electoral), este hecho, para estos fabricantes de escarnios, es un oprobio
debido a que Bardem se ha declarado partidario de la defensa de los derechos
del pueblo palestino. Baste con buscar un poco de información sobre el hospital
en cuestión, el Cedars Sinai, para ver que no sólo no tiene ningún tipo de
implicación política ni sionista, si no que incluso en ocasiones ha destinado médicos de su centro a poblaciones palestinas para ayudar en programas de atención infantil. El ridículo y la desverguenza de periodistas como Francisco
Marhuenda (jefe de gabinete de Mariano Rajoy cuando era ministro de Educación)
no conoce límites. La poca capacidad de análisis propio de sus lectores parece
que tampoco. En 2003 el 91% de los españoles, según las encuestas, nos
declaramos contrarios a la invasión de Iraq por parte del ejercito de los
Estados Unidos de América presididos por George Bush Jr. ¿Significó eso que ese
91% de españoles debíamos volvernos por ende anti-americanos y dejar de beber
Coca-Cola o ver películas de Bruce Willis? Yo mismo me reconozco afín al
reconocimiento de los derechos de Palestina como estado, y por otro lado soy
capaz de respetar y admirar muchísimas cosas de la cultura y pueblo judíos. ¿Me
convierte eso en un falso, un hipócrita o un incoherente? Apelo a la
inteligencia del lector y a su criterio propio para dictaminar si un “pro” ha
de venir acompañado siempre de un “anti”.
Créanme si les digo que esta entrada, madurada
y meditada durante estos días de tiroteo indiscriminado y ataques salvajes
hacia nuestro cine y sus artesanos, no pretende ser tanto una defensa del noble
oficio actoral como un desesperado y agónico intento de ayudar a acabar de una
vez con esa sombra oscura que se abate sobre nuestra intelectualidad desde el
día en que un personaje tan oscuro como Millán-Astray decidió calificarla como
“traicionera”. Cada cual es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios, y
cada uno es libre de utilizar el altavoz que crea conveniente para expresarse. Si
algunos de nuestros actores han decidido “socializar” (que no politizar) la gala de los Goya, como en otras ocasiones
han hecho conocidos homólogos suyos en los Oscars (desde Marlon Brando hasta
Richard Gere), suyas y sólo suyas son sus razones y sus consecuencias. Libre
también es la crítica hacia ellos de quien así lo disponga, como igual de libre
es la crítica hacia este pequeño y humilde blog. Simplemente, como en todos los
órdenes de la vida, se trata de hacerlo con cierto criterio y no
seguir la vieja tradición de la infamia sobre el teatro. La agresividad actual
hacia los actores no es nada más que la continuación de una vieja tradición que
como habrá podido leer quien haya tenido la paciencia y curiosidad suficiente
se remonta a la antigua Roma. No se crean, por tanto, tan originales. Los
insultos que hoy día padecen los Willy Toledo o Bardem de turno los padecieron
antes que ellos José Sacristán o Fernando Fernán Gómez. El genio Berlanga,
recordemos, era para Franco literalmente un “mal español”. El Marhuenda de hoy
día no es más que la continuación, disfrazada de periodismo, de esa fúnebre
tradición de nuestra España más oscura, rancia y casposa. Tradición que parece
perpetuarse ante el aplauso de algunos jóvenes que lejos de saludar el
compromiso de los nuestros se apuntan al tiroteo hacia el pianista. La mayoría
de los animales al nacer, aún siendo cachorros, sin recibir ningún tipo de
enseñanza, tienen desarrollados una serie de instintos que conforman su
conducta. Es lo que en biología se conoce como “memoria genética”. Si un gato
doméstico recién nacido acude de inmediato a hacer sus necesidades sobre un
montón de arena sin necesidad de ordenárselo, es simplemente por que millones de
gatos a lo largo de años hicieron lo mismo mucho antes de su nacimiento. De
igual modo en este país somos presos de nuestra propia “memoria genética” que
influye en nuestro pensamiento y manera de ver las cosas. Cuanto más en los
casos de quienes se eduquen en casas en las que constantemente la referencia a
artistas e intelectuales se establece en términos del estilo de “vagos”,
“chupócteros” y similares, y cuya única lectura permitida sea el As o el Marca.
Hablamos entonces de casos prácticamente perdidos, por mucho que con los años
estas personas se crean poseedores de un criterio y pensamiento propio. Se
engañan a si mismos pues su pensamiento no es más que una herencia recibida
(por recurrir a otro término muy de moda hoy en día)
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| "El mal español", Caudillo dixit. |
La virulencia desencadena estos días hacia los
actores pone de manifiesto una vez más el cainismo de un país en grave crisis
económica e incapaz de hacer unión ante un presente que no anticipa si no un
futuro aún más negro debido a la precariedad laboral que nos dejan las últimas
reformas y a la baja calidad de vida que nos ofrecen los recortes sociales.
Los actores en el punto de mira como hace unos meses pudieron ser los mineros,
los funcionarios, etc… “Divide et
impera”, divide y vencerás, dicen que era uno de los lemas de Julio César para
conquistar batallas. Bien lo saben quienes no paran de asfixiarnos ayudados por
esos medios de comunicación cómplices que buscan enfrentar a los españoles de
continúo para que en ningún momento seamos la masa granítica que acabe con este
estado de miseria al que nos han llevado. Tristemente también permite la
continuación de un juego equivocado en el que todos estamos cayendo. El de la
reivindicación “verdadera” que parecen poseer unos pocos elegidos
(curiosamente, los que menos ponen un pie en la calle pero hacen la
“revolución” desde el teclado de un ordenador), críticos con todo el que
critica, y sinceramente, así no se puede. “La verdad es la verdad, la diga
Agamenón o su porquero”, escribió
Antonio Machado en su papel de Juan de Mairena. Quedémonos con la verdad y no
critiquemos tanto quien la ha dicho. Escuchemos el discurso, abstraigámonos del
orador. De lo contrario, y como dice el sabio proverbio oriental, no seremos
más que los necios que mientras el sabio señala la luna, se quedan mirando el
dedo.