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miércoles, 5 de marzo de 2014

EL ESCUDO

“El sabio consigue más ventajas por sus enemigos que el necio por sus amigos” (Benjamin Franklin)





Se retira Carles Puyol, icono y capitán barcelonista y uno de los últimos héroes del fútbol español y parte fundamental a la hora de haber llevado a nuestra selección a ser la mejor del mundo en los años recientes. Puyol, hombre de club, sin embargo trasciende por encima de cualquier color y camiseta para todo buen amante del fútbol que disfruta del deporte sin calzarse una venda en los ojos según toque el fanatismo de turno.

Parece Puyol un futbolista pretérito, un cromo perenne trasladado a nuestro siglo. Un tipo de otra época, aquella en la que los peloteros no eran catálogos andantes de tatuajes o ridículos modelos de peluquería de extrarradio. De la especie de los Baresi, Maldini, Scholes, Giggs, Raúl, Casillas, Iniesta o Xavi... es decir, la de los tipos normales. Obreros del balón de larga carrera, amor a un escudo, y profesionalidad y entrega hacia la camiseta que visten. No ganan el Balón de Oro, no entran en las disquisiciones sobre “el mejor de todo los tiempos”, pero finalmente su trayectoria acaba siendo muy superior a la de las grandes estrellas que brillan con extraordinario fulgor durante un lustro o poco más. Lo de ellos es una carrera de fondo. 

Abríamos esta entrada con la célebre cita de Benjamin Franklin sobre la importancia de los enemigos poderosos, igualmente podríamos recordar aquel refrán que indica que la grandeza de un hombre se mide por la calidad de sus enemigos (frase que a ciencia cierta no sé a quien se atribuye) Todo esto, supongo, porque si quien esto suscribe es madridista desde su más tierna infancia imagino que debería ver al corajudo defensa central como un “enemigo”, pero sinceramente me cuesta. Y es que me cuesta mucho entrar en cualquier tipo de dogmatismo férreo que impida mi libre percepción de las cosas. Uno de esos dogmas es que se es más madridista cuanto más anti-barcelonista, y yo, lejos de “odiar” al club blaugrana, admiro sin tapujos algunos de los aspectos que definen su particular idiosincrasia, como espero (quizás en vano) que otros hagan lo mismo respecto al club de mis amores. Hace ya tiempo que decidí hacer eso que en lenguaje llano se dice “ir a mi bola” sin preocuparme de tener que enfundarme ninguna norma, y pago el precio en forma de desprecio y de calificativos de “pseudomadridista”, “pipero”, “madridista disfrazado”, o demás ingeniosos adjetivos que han calado en nuestra afición en los últimos y guerracivilistas tiempos. En época de Franco en España se hablaba de “malos españoles”. En los años de Mourinho el lenguaje nos llevaba hacía los “malos madridistas”.

Pero no estamos aquí para hablar de uno mismo (el ego del Eyaculador, ya saben), si no de Carles Puyol, simplemente se trata de constatar que un gran Barcelona siempre hará más bien al Real Madrid que un débil antagonista. Cuanto más fuerte sea la némesis más obligado se sentirá uno a dar lo mejor de sí. No soy especialmente nostálgico en esto del deporte, pero si tuviera que recordar los momentos en los que la rivalidad Madrid-Barça alcanzó sus cotas más nobles y espectaculares y engrandecieron el deporte como nunca, me quedaría con sus secciones de baloncesto en los años 80, cuando cada duelo era un homenaje al juego de la canasta. Mordían en la cancha como perros rabiosos y se abrazaban al terminar cada partido. Una de las razones por la que eran choques tan especiales está en el hecho de que la mayoría de los jugadores llevaban años vistiendo la misma camiseta y superaban la condición de simples mercenarios asalariados que buscaban simplemente un poco de fortuna económica y gloria personal.

Por eso son tan necesarios los jugadores “de club”, los que crecen dentro de la misma entidad y finalmente se convierten en emblemas y en portadores de esa cosa tan abstracta llamada “valores”. En el caso de Puyol saltan a la vista. Recordarán como le vimos abroncar a algunos de sus propios compañeros tras la celebración de un gol a un Rayo Vallecano al que estaban pasando por encima. A Carles, futbolista de vieja escuela, le chirrían los bailecitos y las tonterías, el “ay si eu te pego” y demás morralla de vergüenza ajena. Puyol sería el viejo heavy metal trasladado al fútbol, la nobleza cazurra, la brutalidad honorable. Pero no fue esta la primera vez que le vimos discrepar públicamente ante las actitudes de algunas de las estrellas con las que comparte vestuario. Uno de los gestos que el capitán blaugana deja para el recuerdo es su malestar con Gerard Piqué tras el 5-0 de su equipo a todo un Real Madrid cuando el compañero sentimental de Shakira se burlaba haciendo la “manita” para regocijo del fanático. Si es que no lo había hecho ya, comprendan que con eso el bueno de Carles me ganó para siempre, y demostró ser otro tipo integro que no se casa con nadie y que dice y hace lo que piensa aunque le cueste no ser el tipo más popular de la bancada alegre barcelonista. Y algunos todavía se andan preguntando que rayos significa eso de los “valores” en el deporte… 

En lo estrictamente futbolístico deja también varias imágenes para el recuerdo y las videotecas. Por encima de todas, su excelso cabezazo emergiendo entre la defensa alemana en semifinales del inolvidable Mundial de Sudáfrica en 2010. Toda España remató con él en aquel corner y se aseguró para siempre un lugar en la historia llevándonos a nuestra primera final de la máxima competición futbolística. Para completar el anecdotario de un día inolvidable, más tarde le vimos recibir a la Reina Sofía envuelta su cintura en una toalla y mostrando su tarzanesco torso ante las cámaras de televisión. La desnudez de Puyol no era más que un reflejo de su carácter, de su espíritu noble y sincero por encima de convenciones y protocolos. Otra escena que me viene a la memoria es con su club, y en Liga de Campeones, frente al Lokomotiv de Moscu y con 1-0 en el marcador para su equipo, el jugador rival Obiorah se encuentra con una autopista hacía el gol sin portero en la meta azulgrana, cuando de repente aparece nuestro protagonista para parar su disparo… ¡con el escudo de la camiseta!, la imagen metaforizó de manera fehaciente el simbolismo de Puyol con su club. Puyol, el alma. Puyol, el corazón. Puyol, el símbolo. Puyol, en definitiva, el escudo. 

Y las piernas le han dicho basta, camino de los 36 años, 19 en el club de su vida, 14 de ellos en el primer equipo, con 36 lesiones a cuestas y 2 operaciones. Futbolista de barrio, de raza, de vida, ahora se sabe que mientras estaba en La Masía el club sopesó seriamente la posibilidad de descartarlo en base a los informes negativos de Koeman, Serra Ferrer y Oriol Tort, y estuvo a punto de acabar en el Málaga. Cómo hubiera sido la historia posterior del fútbol español de haber sucedido este movimiento es algo que ya nunca sabremos, pero sirva la anécdota para considerar la dificultad de los jóvenes canteranos de equipos grandes para hacerse un hueco en las primeras plantillas de sus clubes, y de la importancia de entrenadores valientes que se decidan a apostar por este tipo de jugadores que finalmente son los más rentables para cualquier entidad. 


En definitiva nuestro fútbol pierde a uno de sus elementos más valiosos en cuanto a calidad, carácter y personalidad. Un deportista hermético y celoso en lo referente a su vida privada, pero auténtico referente para compañeros y rivales. Es el primero de una generación de jugadores irrepetibles a los que nos va a tocar ir despidiendo poco a poco, pero en el caso de Puyol, dada su aureola de futbolista anacrónico con el mercadeo del mediático, ruidoso y farragoso fútbol moderno, da la sensación de que se va un hombre de otro tiempo y cuyo reino quizás no fuera de este mundo, pero nos ayudó a ser los actuales reyes del balón.      


jueves, 22 de agosto de 2013

CAPITANES INTRÉPIDOS


Hoy toca recordar y glosar la figura de Raúl González Blanco, el estajanovista por excelencia del fútbol español. En un país sobrádamente cainita como el nuestro, el personaje de Raúl ejemplifica perfectamente nuestra capacidad para generar y destruir mitos a conveniencia, siendo aún más doloroso en el madridismo actual, ése que desde hace unos años (y hablo incluso de antes de la llegada de Mourinho, no se me echen encima sus talibanes), no sé porque extraña razón, detesta cada vez más la figura del “hombre de club” (u “hombre de la casa”) y despelleja sin piedad a todo símbolo blanco, especialmente si ocupa la capitanía (tal fue el caso de Raúl en sus últimos años como madridista, al igual que lo están siendo en los de Iker Casillas, o no dejan de serlo en los de nuestro capitán de baloncesto, el gran Felipe Reyes) Cosas veredes, que decía aquel. 


Esto fue lo que escribimos en la despedida de Raúl del club blanco, el 26 de Julio de 2010. Un texto sencillo, como el personaje, uno de esos futbolistas que nunca ha seguido ninguna ridícula moda, ni estrafalarios peinados, ni llamativos tatuajes



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¡OH CAPITÁN MI CAPITÁN!

Extraño día el de hoy para todo el madridismo. La despedida de nuestra más grande leyenda, le pese a quien le pese, de la carrera más longeva en el club blanco, del hombre record del Real Madrid y del fútbol español.

Siempre he pensado que hay dos tipos de grandes jugadores de fútbol, están por un lado los poseedores de un talento innato, aquellos que parecen tocados por una varita mágica o bendecidos por los dioses, en definitiva los genios, esos jugadores por los que merece la pena pagar una entrada… suelen ser jugadores con luces y sombras, disolutos, intermitentes, y cuyos años de grandeza no suelen alcanzar más allá de unos cuatro o cinco años en los que ciertamente son los mejores del mundo, y luego están aquellos que sin tener ese talento, esa magia, son capaces de desarrollar una longeva carrera en el deporte profesional, superándose constantemente a sí mismos, buscando nuevos retos y sin dejar nunca de tener hambre por el triunfo. El protagonista de hoy, no cabe duda, pertenece al segundo grupo… a ese tipo de deportistas que a base de tesón y cabezonería se abre un hueco en la historia. De hecho pertenece a un perfil desgraciadamente cada vez más excepcional, lo que le convierte en un futbolista casi anacrónico, y del que apenas podemos encontrar casos en la elite europea (en los últimos tiempos los únicos nombres que se me pueden venir a la cabeza son los de los Baresi, Maldini, Scholes o Giggs… o incluso Carles Puyol), el del futbolista de elite que es capaz de desarrollar una carrera deportiva larga, de más de diez años, en el mismo club, de ser el referente y el santo y seña de un club grande prácticamente durante dos décadas… es una barbaridad… no estamos hablando de tener 3, 4 o 5 años de gloria, ni siquiera 7, 8 o 9… en el caso de Raúl hablamos de 15 años en la elite del deporte profesional. Me temo que tardaremos en volver a ver un caso similar. Ejemplo de profesionalidad, jugador admirado y aprovechado por una veintena de entrenadores en su vida profesional, entrenadores tan distintos entre sí como Valdano y Clemente, como Capello y Hiddink… para prácticamente todos ha sido un jugador imprescindible por su manera de entender el futbol, delantero insaciable cuando le han pedido goles o abnegado trabajador en una banda cuando Capello le situó en esa posición, siempre ha cumplido. El primero en llegar al entrenamiento y el último en irse. Un fanático de su profesión. Prototipo de futbolista simple y llano, intelectualmente pobre, parco en palabras, transparente, sencillo, y poco dado a la vida social, realmente cuesta encontrar en este personaje un solo aspecto que nos llevase a pensar que iba a ser uno de los deportistas más brillantes de todos los tiempos… sólo hay una explicación: trabajo a destajo. Su último gol con la camiseta blanca, lesionado, en Zaragoza, define perfectamente su compromiso con el escudo al que ha servido con lealtad durante casi 20 años, un soldado capaz de dejarse la última gota de sangre en el verde campo de batalla. Posiblemente en esa simpleza, en esa personalidad sin aristas ni complejidades encontremos las claves de su fútbol, que es tanto como decir las claves de su vida. Raúl es fútbol. Sólo fútbol.