Tenía pendientes escribir unas pocas líneas sobre el que fue uno de los temas de moda hace apenas diez días, la moción, exenta de emoción, de censura presentada por VOX en el Congreso con Ramón Tamames como candidato a la presidencia. Ahora que, como era previsible, ha bajado el suflé de Don Ramón Amón-Ra y su vanidad volverá a concentrarse en esas esporádicas entrevistas periodísticas de verano cuando algún becario para llenar contenido entre las páginas de sucesos y deportes se acordará de este señor que volverá a recordarnos que con Franco no estábamos tan mal, y ninguna autoridad moral mayor que la suya que precisamente luchó con sus manos vacias y su torso desnudo contra ese dictador que al parecer no lo era tanto según las constantes reinterpretaciones de la historia. Yo, que voy a cumplir 50 años en breve, no veo tan lejanos los días de principios de los 80 en el que en el colegio de curas al que asistía los profesores, sin ningún tipo de tapujos ni pudor nos recordaban que en España no era justo hablar de dictadura, sino de una “dictablanda”, porque comparado con los grandes dictadores europeos, Stalin, Hitler o Mussolini, Franco era una hermanita de la caridad. No me invento nada, aquellos docentes sin el menor atisbo de vergüenza nos decían a niños de no más de diez años que lo de Franco no fue una dictadura. Como si el maltratador que abofetea a su mujer argumentase no serlo porque el vecino del quinto además de abofetear le quemó la cara con una plancha ardiendo a su esposa. No. Una dictadura es una dictadura y punto, se fusile a 500 o a 500000 personas.
sábado, 1 de abril de 2023
BREVE TRATADO SOBRE COMO VOX BUSCÓ UNA VEZ MÁS EL RETORNO AL PASADO, Y NO LA PELÍCULA DE JACQUES TOURNEUR
viernes, 23 de diciembre de 2022
CUENTO DE NBA
Primavera de 1987. En la clase de gimnasia de primero de BUP del instituto Álvaro de Mendaña yo corría a paso seguro detrás de José Luis González, “Peque”. Peque era un referente en su juego, una especie de ídolo a pequeña escala, y no recuerdo porque razón, quizás en alguna pachanga o entrenamiento me confesó que también él era seguidor de los de Detroit Pistons. En la Ponferrada de 1986 aquello podía unirnos incluso más que confesarnos devotos de Johnny Thunders.
Aquella mañana yo corría seguro detrás del paso de Peque, al fin y al cabo y a nuestra escala local era mi ídolo. Le había visto dar pases por la espalda, pases sin mirar, o lanzar a canasta sin levantar la vista al aro (este último truco particularmente me lo apropié con estupendos resultados para mi estadística particular), todo ese repertorio insultante y engreído en cuanto a una magia que te abofetea que le habíamos visto por la tele a aquel tal “Magic” Johnson. Evidentemente yo, como buen sátrapa del baloncesto, intenté agenciarme aquellos trucos, por mucho que no me salieran. En todo caso lo de lanzar sin mirar al aro para despistar al defensor y anotar todavía más y engordar aquellas estadísticas anotadoras que me hacían ser máximo anotador partido tras partido y llegar a clase con aquellas pintadas en la pizarra de “Viva Epipepito”, que yo, siendo madridista y siendo mi mayor ídolo Chechu Biriukov, pues tampoco es que me supusieran ningún orgasmo adolescente deportivo (entre otras cosas porque con mi fama de feo, chepudo y desdentado sabía que no iba a suponer ningún aldabonazo en el estatus del insti, simplemente era la historia de un tipo feo y bajito que las metía casi todas)
Peque en ese sentido era otra cosa. Era rubio y guapo y parecía más hijo de California que de la extinta Montaña del Carbón de Ponferrada. Pero para mí sobre todo era otra cosa, era el tipo que daba pases por la espalda, pases sin mirar, y lanzaba a canasta sin mirar al aro. Y cuando acababa un partido cualquiera firmando yo 30 puntos en mi casillero, en realidad envidiaba a aquel chaval sólo porque había dado un paso por la espalda increíble.
Así sucedieron muchas tardes, muchos entrenamientos, muchos partidos...
Y un día, no puedo recordar ni como ni porque, aquel mago de los pases por la espalda con el que compartía cancha me confesó que era seguidor de los Detroit Pistons. Y aquel torpe imitador suyo que no sabía dar pases por la espalda pero metía 30 puntos por partido encontró además del gran referente en la estética del juego al gran aliado de lo que tenía que venir. No podía ser otro.
Y así estábamos en la primavera de 1987 cabalgando en un resuello frágil y fácil para jóvenes atletas como nosotros cuando le susurré a Peque unas palabras proféticas sólo paridas cuando corres en pantalón corto y tus huevos son golpeados por la brisa berciana. Y le dijé: “esta temporada seremos finalistas de conferencia, la siguiente campeones de conferencia y finalistas de la NBA, y la siguiente campeones y ganadores del anillo”. Aquellas débiles palabras, de un flacucho escolta que metía 30 puntos por partido, susurradas al oído de su base que repartía asistencias imposibles y lanzaba sin mirar el aro y yo le imitaba como el gran ursupador del talento que siempre he intentado ser (porque hasta para robar hay que valer), acabaron siendo proféticas. Unas finales de conferencia a 7 partidos frente a los mejores Celtics que yo haya visto (admitiendo aquí que en su día, por edad, no vi a los Russell, Havlicekc, etc), con aquel robo de Bird a Laimbeer en el G5 a falta de 5 segundos para canasta de Dennis Johnson, se lo cargó todo, retardó el dominió Piston pero respetó mi profecía, todavía me duele en el alma esa jugada... las finales del 88 con ese Kareem increíble, con 40 años, sentenciado desde el tiro libre, y el G7 con la canasta de A.C. Green para sentenciar un partido en el que en puridad fueron mejores desde el principio. Pero aquella hoja de ruta pergeñada desde el patio del Álvaro de Mendaña, susurrando al oído del mejor jugador que podía ver a mi lado en la cancha, y él único que en 1987 confesaba ser de unos Pistons que acabarían siendo equipo de moda, me sigue reconfortando y recordando porque sigo considerando que no hay deporte más mayúsculo que este y una competición a la altura de la NBA.
No la hay, no se puede entender si no como en 1987 dos flacuchos esmirriados, uno que daba pases por la espalda y otro que metía 30 puntos por partido, con apenas 13 o 14 años se declaraban fans de unos Detroit Pistons que jugaban a miles de kilómetros de nuestra casa. Pero tan cierto como que no puedo concebir mi vida sin los Jam, los Who o los Ramones, lo es que aquellos Detroit del periodo 87-90 dejaron una huella tan indeleble en mi vida como aquellos pases sin mirar de Peque, y no diré que es lo mejor que he visto nunca en este deporte porque gracias a Dios después he podido disfrutar muchas cosas a la atura o superiores, como el Madrid de Laso sin ir más lejos.
Feliz Navidad, y en 2022, por Dios, seven seconds or less... ni un paso atrás con el basket de especulación.
A lo loco se vive mejor.
sábado, 17 de diciembre de 2022
JUVENTUD DIVINA BOÑIGA
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| "La muerte de Chatterton" Henry Wallis, 1853 |
Sucedió una noche, sucedió en concreto esta misma
noche, sucedió esta misma noche de suceso y suicidio…
Era yo apolineado y miserere en la barra de un bar en
el retiro manchego, era yo en devota crepitud llevado de la mano de mi dama…
..acabé como empecé, empecé como acabé, cuando no hay
dolor ni paño ni alevosía.
Acabé como empecé, empecé como acabé, ensartado en
miseria y vomitando espanto… acabé como un recién nacido chapoteando en miseria
de estiércol y placenta. Finalmente una vez más dulce suicidio para nuestras
plácidas neuronas.
domingo, 2 de octubre de 2022
EL PARQUE ES COMO EL MAR
El pasado sábado 24 de Septiembre y en el incomparable
marco del Cala Pop de Mijas (lo que antaño era conocido como Fuengirola Pop)
tuve la suerte de ver por tercera vez a los sevillanos Los Fusiles. Banda que
me tiene absolutamente entusiasmado, tanto es así que en mi particular orden
trilógico, como bien nos enseñara Dante Alighieri, es una de mis tres bandas
nacionales favoritas junto a Airbag y Peralta (tengo a los Pelazo ahí llamando
a la puerta, pero claro, a ver cuál es la que sale para que entren los
asturianos) De modo que era jornada grande porque no todos los días tiene uno
la suerte de recibir la descarga en directo de las canciones de una de las
bandas que ya considera totémicas en su particular almacenaje sentimental.
Superada ya, o eso creo, para la mayoría de los
aficionados que tienen un mínimo de criterio la época de bandas panflentarias,
en la que se suponía que un grupo “de izquierdas” tenía que ser antisistema
(cuando es tan antisistema un abertxale radical como un neonazi) y cantar contra
la policía y el estado opresor (y menos mal que ya no hay “mili”, otro topicazo
al que recurrir cuando la inspiración estaba seca, es decir, casi siempre), hemos
llegado a un punto en el que el discurso ha sido tomado por bandas jóvenes, con
estudios, quizás con menos calle pero más desarrollo intelectual, y hablo aquí
de los Biznaga o Futuro Terror, o de por supuesto sus hermanos mayores que son
La URSS, o incluso de La Trinidad, que musicalmente quizás no sean tan afines
pero si manejan el retruécano para estampar la realidad desde la fiereza y la
rabia juvenil de estas bandas. Bandas que no caen en lo obvio ni en lo
explícito para su denuncia. En el caso de Los Fusiles es otra cosa. Podríamos
hablar de un cancionero de izquierda social, costumbrista, o incluso
sentimental. Y ahí son imbatibles. Ahí dan en la diana con un sentido de la
melodía que envuelve esos quejidos literarios en los que nos reflejan la calle
y la vida de la mayoría de los seres humanos, de aquellos que no tenemos tres
millones de euros en la cuenta corriente (que de entro de esa gran mayoría los
haya que sigan pensando que tocar esos bolsillos es una aberración comunista y
no un acto de supervivencia para no irnos todos al garete es otro tema)
Es la insoportable melancolía de la ensoñación, que
paradójicamente es la única manera de soportar lo que no es sueño si no
realidad. En todas las letras de Los Fusiles hay ejemplos de esa habilidad para
no caer en lo evidente pero sugerir lo necesario. Hombres de intelecto y
calles, del “primero izquierda”. Pero personalmente nunca había caído en la
fuerza de una canción como “El parque”, de su primer LP. Diría que es una canción
de calidad media dentro de su repertorio, no la tengo por uno de sus principales
himnos. Pero ahí estábamos en la cala de Mijas, con la playa a nuestras
espaldas mientras el sol caía besando el mar, y Pablo Cuevas lanzando esa
declaración de principios para quienes no tenemos ese mar balsámico. Isa, que
no en vano posee un alma más sensible que la mía, lloró. Y no es exagerado
hacerlo (imagino que contribuyó el momento, el clima, el paisaje, Dios mío que
paisaje…), porque “El parque” es una bellísima canción de… ¿amor?, ¿denuncia
social?, ¿realismo social?, ustedes decidan, pero es la historia de un hombre
(usted o yo mismamente) que llega a su casa (pequeña) después del trabajo, ve a
su mujer, le pregunta cómo le ha ido el día, cena con ella, se acuesta con ella…
y es el hombre más feliz del mundo. Con lo poco que tiene. Pero la tiene a ella
(“qué se haga de noche con tu voz”), una habitación (“y la habitación es una
suite nupcial”) y tras el umbral tiene el parque… que es como el mar.
Yo nunca he vivido en un sitio con mar, es uno de mis
anhelos de futuro, pero siempre he tenido un parque cerca. Las aventuras de los
parques son infinitas, y renovadas de generación en generación. Historias de
amor y desamor, amistad y peleas, aventuras, peligros, requiebros… no tengo el
mar con su bálsamo azul y oceánico, pero tengo el parque. Y el parque sigue
siendo el colchón de mis domingos… leer en el parque, beber en el parque,
escuchar el fútbol en el parque… todo lo que no puedo hacer en el mar lejano lo
puedo hacer en el parque porque al fin y al cabo como cantan Los Fusiles en
esta canción… “vivir es lo mismo que soñar”.
sábado, 8 de enero de 2022
EL CASO DJOKOVIC
El asunto Novak Djokovic no debería haber dejado de ser un simple caso más de deportista que no cumple los requisitos o trámites necesarios para participar en una determinada competición, algo absolutamente cotidiano y habitual (ahí está, por citar un caso cercano, el Barcelona esperando poder inscribir en Liga a Ferrán Torres) Bien es cierto que en el caso del tenista serbio no se trata de los requisitos de la propia competición, un Open de Australia que al contrario está deseando recibir con los brazos abiertos al actual número 1 del tenis mundial, razón por la cual se sacaron de la manga una exención médica cuya única justificación es el negocio, las audiencias y hacer caja, si no que las normas vienen de un organismo superior como es el de un estado soberano que en plena pandemia mundial establece una serie de restricciones a todo punto lógicas para quien desee entrar y permanecer en su país. Ahí debería terminar la polémica, pero este estallido mediático y guerra en redes sociales nos dibuja la realidad de una sociedad actual absolutamente desquiciada, y es que en efecto, con el covid-19 al mundo se le ha ido la olla, pero dudo mucho que se le haya ido por culpa de las autoridades que establecen las normas, afortunadas o no, para luchar contra esta pandemia y de los resignados ciudadanos que deciden cumplirlas con estoicismo y madurez. Más bien estamos chiflando viendo como este virus ha servido de vigoroso alimento para que los conspiranoícos y pirados de todo el planeta ejerzan de gustosos tontos útiles para robustecer el ya de por si hipermusculado ejército del nuevo fascismo nazional-populista que a base de estúpidas guerras culturales se nos ha ido colando discretamente por debajo de la puerta, un huevo de la serpiente cuya cría lleva tiempo mostrando los colmillos, bien asaltando el Capitolio de los Estados Unidos y mancillando una de las democracias más ejemplares de occidente simplemente porque un ex-presidente flautista de Hamelin no aceptó un resultado electoral, como vimos hace justo un año, o bien saliendo en tropel en defensa de un malcriado deportista que está en su perfecto derecho de no vacunarse pero ha de atenerse a las consecuencias de dicho acto.
Y es que el caso Djokovic ilustra perfectamente la actual infantilización de una sociedad que balbucea la palabra “libertad” pero no tiene la madurez ni el cuajo suficientes como para afrontar las consecuencias de luchar por esa libertad suya, propia y exclusiva. Un victimismo similar al del fascista que se comporta como un fascista y se queja de que le llamen fascista, porque según ese fascista la auténtica libertad debería ser poder comportarse como un fascista sin que ni un solo ciudadano de bien se lo reproche. La perversión del nuevo concepto de libertad, una libertad individual que puesta por encima del bien común, de la sociedad, no hace sino alimentar la desigualdad, la insolidaridad, las diferencias y los privilegios de unos pocos. Es la parodia del negrero que se queja de que le han privado la libertad de tener esclavos. Este es el nuevo concepto de libertad creado desde las trincheras neoliberales, trincheras que no son sino refugio y reciclaje del viejo fascismo del siglo XX. Por nuevo que parezca el disfraz la casposa ideología subyacente tiene los mismos ingredientes. Un nacionalismo rancio y un patético orgullo patriotero populista. Antiglobalización, cierre de fronteras, no reconocer organismos supranacionales que juzguen y condenen las atrocidades del estado totalitario. Oligarquía. Nazional-catolicismo y perpetuación de las tradiciones machistas y del poder de las clases privilegiadas. La libertad por la que luchan es la libertad para evadir impuestos, mejor aún no pagarlos ni contribuir a una sanidad o educación públicas, defraudar al fisco, robar y no ser juzgados, explotar a sus empleados, no pagar indemnizaciones por despido, contaminar a destajo, conducir a la velocidad que les apetezca, conducir bebidos (¿recuerdan aquello de Aznar y su “¿quien te ha dicho a ti las copas que yo tengo o no que beber para conducir?”), pegar a las mujeres, maltratar a los animales, insultar a los homosexuales, deportar a los extranjeros que sean pobres, encarcelar a los compatriotas que sean pobres, elegir sobre que debe hablar un profesor en un aula... libertad para hacer lo que te de la gana sin rendir cuentas a nada ni a nadie. Libertad para que se siga imponiendo la ley del más fuerte.
Es comprensible que estas élites luchen por su libertad, es una cuestión de supervivencia. Menos entendible es ver a quienes no pertenecen a esas clases privilegiadas haciendo seguidismo simplemente por verse a si mismos como valientes “outsiders” y luchadores por la verdad y la libertad. El covid-19 les ha venido de perlas para sacar pecho como rebeldes que no pertenecen al rebaño, que huyen del espíritu gregario de quienes siguen las normas por el bien común. En una revisión del cuento del traje nuevo del emperador no les importa ir en pelotas por la vida y soltar boutade tras boutade, desde que la tierra es plana hasta que el virus no existe, desde que la vacuna te convierte en un imán humano hasta que la nevada de la Filomena era en realidad plástico. Poco importa ir en pelotas si estás convencido de que vistes el más lujoso traje posible, el de la rebeldía, la verdad y el inconformismo, mientras acusan a quienes creen lo que ven ante sus ojos de vivir engañados por una conspiración mundial. A todo esto, estos negacionistas de todo jamás se plantearán preguntarse a quién benefician sus postulados. A quién beneficia que pese a las evidencias de cambio climático grandes empresas y estados sigan contaminando con mentalidad cortoplacista sin pensar en el daño hecho al planeta, a quién beneficia que no se escuche a las autoridades sanitarias y no se tomen precauciones frente al virus, ni por supuesto, a quién beneficia el crecimiento de unas políticas basadas en el individualismo y que debilitan al estado como garante de unas condiciones de vida mínimas (vivienda, comida, sanidad, educación...)
Y en estas llegó Djokovic como estandarte de quien no pasa por el aro de la vacunación. Actitud respetable en cuanto a elección individual, pero en el momento en el que ese individuo con esa elección sale a la calle y se cruza con otros ciudadanos ha de entender y asumir que no puede moverse por la sociedad del mismo modo que el ciudadano que sí ha elegido pasar por ese aro común. Les puedo asegurar que difícilmente encontrarán a alguien con mayor fobia y pánico a las agujas que quien aquí escribe y que lo pase peor cada vez que recibe un pinchazo, pero entiendo que vivir en sociedad significa transigir en determinados momentos sobre algo que puede no gustarme pero he de aceptar porque no soy el único hombre sobre la faz de la tierra. En ese sentido Djokovic no es más que el típico maleducado que quiere fumar delante de un grupo de gente que le ha pedido que no lo haga, pero quien en base a su libertad individual se cree en pleno derecho de poder hacerlo. Y con esta comparación tan simple se hace todavía más evidente el ridículo de quienes intentan elevar al tenista serbio como un luchador por la libertad, ridículo copado una vez más por ilustres voceros de VOX (y es que VOX y ridículo son sinónimos) como Javier Negre o Hermann Tersch a la cabeza.
A quien haya reflexionado un poco sobre esta sociedad infantil que solloza por una libertad que nunca ha perdido, pero que en todo caso reivindica ejercerla sin consecuencia alguna por mucho que joda al prójimo (ya lo hemos explicado, el fumador que quiere fumar delante de los demás, el conductor borracho... jode a los demás) no le puede pillar por sorpresa que sea precisamente VOX, nuestra particular representación de la caspa nazional-populista, el partido político que intente aprovechar el caso Djokovic para seguir alimentando el fantasma de una conspiración pijo-progre-comunista y seguir vendiendo un discurso victimista con pleno calado en redes sociales, grupos de WhatsApp y demás territorios abonados para la manipulación, la mentira y las “fake news”. Incluso y si es necesario pasando por encima de un ícono nacional como Rafa Nadal quien ha expresado con sensatez lo que piensa una gran parte de la sociedad (y la mayoría del mundo del tenis a la cabeza), que lo de Djokovic se lo ha buscado él. Nadie más tiene la culpa.
No quiero entrar en ataques “ad hominen” ni caer en el “haterismo” hacía un personaje como Nole quien por otro lado lo pone muy fácil. No hace falta irse muy lejos para recordar como cuando la mayoría del mundo del deporte (y la sociedad en general) empatizó con la gimnasta Simone Biles tras su abandono de los Juegos Olímpicos de Tokyo por problemas de salud mental (una Biles de quien además hemos sabido que ha sido una de las muchas víctimas de abusos sexuales del ex-médico de la selección femenina de gimnasia estadounidense, Larry Nassar), Djokovic se desmarcó del “rebaño”, que es lo que mola, para decir aquello de que la presión para un deportista de élite es un privilegio... a los dos días le veíamos rompiendo una raqueta y tirando otra a la grada porque un chaval asturiano llamado Pablo Carreño le dejaba sin medalla en la cita olímpica. Todo muy maduro. Muy de líder del mundo libre. Más recientes han sido sus encuentros y sobremesas con controvertidos personajes como el militar genocida Milan Jolovic, líder de Los Lobos de Drina, quienes entre otras hazañas participaron en la matanza de Srebrenica (8000 bosnios musulmanes fueron masacrados y ejecutados por el ejército de la República Srpska) o el nacionalista serbio Milorad Dodik, quien acaba de ser sancionado por el Departamento del Tesoro estadounidense acusado de desestabilizar Bosnia y quien ya había sido amonestado en 2017 por violar los Acuerdos de Paz de Dayton. Anécdotas que pueden dar una idea de la mentalidad de Djokovic y su visión del mundo. No pasa nada. Conozco gente que a diario levanta el brazo derecho, grita “¡Viva Franco!” y canta el “Cara al sol” y luego corre llorando diciendo “¡mamá mamá, en el colegio me llaman facha!”. La infantilización de la sociedad.
sábado, 4 de diciembre de 2021
PORQUE A JOHN WATERS NO LE COSTARÍA ESTRENAR HOY
Hace unos días fui al cine Doré de la Filmoteca Española, que sigue siendo uno de mis sitios favoritos de Madrid. De mis primeros sitios favoritos y ahí sigue inamovible. Se proyectaba “Polyester” de John Waters, lo cual siempre es un tiro fijo. Pocos cineastas con más personalidad y más divertidos y más cultura pop y rock'n'roll que el bueno de Waters. También se presentaba un libro. Bueno, no me importó, aunque recelo mucho de las presentaciones de libros en la Filmoteca porque se pueden hacer largas y tediosas. No tengo nada en contra de las presentaciones de libros, de hecho asisto a muchas, pero una presentación de un libro acompañada de la proyección de una película estira demasiado el chicle, tanto como una presentación de un libro acompañada de un concierto, de una exhibición de un fakír tragasables, de una batucada, o de un campeonato de amas de casa haciendo ganchillo (micromachismo por cierto, identificar amas de casa con ganchillo, a la esquina de pensar...) Para mí una presentación de un libro es una presentación de un libro, con su espacio, tiempo y protagonistas propios.
Llegué al cine en cierta manera virgen, no por ver la cinta de Waters, sino por lo que me iba a encontrar en la dichosa presentación. Nada chirriaba, un libro, presuntamente, sobre John Waters, y de ponentes gente como Antonio Weinrichter o el prologuista de la obra, Luis Antonio de Villena, uno de mis referentes particulares y quien finalmente no acudió. Tampoco me chirriaba la colección y editorial donde se concretaba el texto, “cine, derecho y sociedad” de la Editorial Sindéresis. El cine desde que es cine igual que el hombre desde que es hombre tiene un evidente componente social en cuanto que trata de explicar la sociedad en la que vivimos y en algunos casos denunciar o transgredir (sería el caso de Waters) las normas sociales que hemos adoptado para una feliz convivencia. John Waters es evidentemente un cineasta que además de manejar un lenguaje propio ha buscado siempre la provocación y el derribo de tabúes, cosa que de por sí no supone ningún valor si no hay una calidad detrás de la obra. Waters la tiene.
Si me chirrió en todo caso el título del libro, “MONDO ANATEMA. O porque a John Waters le costaría estrenar hoy”.El propio autor, una eminencia (dicho esto sin ninguna ironía, por mucho que el interfecto en la presentación dijese que su imponente curriculum no era más que una cuestión alimenticia en su biografía) llamado Raúl Cesar Cancio Fernández, admitió la trampa del título. Por supuesto que John Waters no tendría ningún problema para estrenar hoy día. Waters está más vivo, fresco y de actualidad que nunca. Si lleva años retirado del cine es por voluntad propia, dedicándose a lo que más le gusta hoy día, principalmente escribir (con la suerte de que prácticamente todo lo que escriba sabe que va a ser publicado) y hacer sus monólogos en teatros (y preparando ya su próximo show navideño) John Waters dista mucho de ser ningún autor maldito o caído en desgracia por los pérfidos nuevos tiempos y la dictadura progre del “pensamiento único”.
Reconocida la trampa el autor explicó que había utilizado el nombre de Waters para hablar de una presunta regresión cultural según la cual la música, el cine, o en general el arte de hace años podía ser más atrevido sin temor a ser censurado. En un maravilloso acto de “excusatio non petita” afirmó que utilizaba a Waters porque, claro, si Waters decía ciertas cosas, a él, al autor, por compartirlas, nadie podría tildarle de “fascista”. Incluso se permitió a leer literalmente, y curiosamente fue lo único que leyó del libro, unas frases con las que cierra su obra atribuidas a Waters hace un par de años a The Guardian en las que se muestra crítico con el transgenerismo. Se diría que el autor está interesado en esto que hemos importado de Estados Unidos (y que de hecho el autor creo que conoce bien) potenciado por Steve Bannon conocido como “guerra cultural”. Dentro de esta “guerra cultural” se buscan aliados, ya vivos o muertos, lo mismo puede valer George Orwell que Escohotado que John Waters. Hasta Macarena Olona “resucita” a Anguita en Lepe (va a resultar que para VOX el comunismo entonces es noble y loable) Ahora he hecho trampa yo porque lo de Olona con Anguita no es guerra cultural, es social, lo cual es peor todavía.
Y aquí déjenme hacer un inciso o digresión que creo me pondrá en mal lugar y tendré que abrir el paraguas, pero en mi opinión y con todo el respeto a la sabiduría y experiencia que proporcionan los años, la experiencia me hace ver que al llegar a una determinada edad y sobre todo si has tenido una cierta relevancia en fuera cual fuera tu profesión te permites la libertad de decir lo que te salga de las cantimploras aunque sea una soberana sandez, y esto vale lo mismo para John Waters, que Clint Eastwood, que José Sacristán. No existe filtro ni autocensura, lo cual puede estar muy bien si tienes la edad y la relevancia de estos señores, pero el filtro y la autocensura para la gran mayoría de los mortales es algo totalmente necesario para que cuando lleguemos el lunes a la oficina a trabajar digamos “¡buenos días!” y no “hijos de puta, otra vez estoy aquí aguantándoos”
Volviendo al tema que nos ocupa, esa presunta regresión cultural de la que hablaba el autor del tramposo libro sobre Waters, nos hace creer en un lastimero ejercicio de nostalgia que cualquier tiempo pasado fue mejor para las libertades. Y así según se acerca alguna efeméride cultural por el estreno de tal o cual película de hace 30 o 40 años que resultó polémica y transgredió convenciones sociales, ya fuera por sexo, religión, o moral (podemos pensar en “El último tango en París”, “La naranja mecánica” o “La vida de Brian”, tres películas que visionadas ahora por cualquier chaval de 20 años le resultan absolutamente inocentes y ridícula cualquier polémica), leeremos artículos demenciales con títulos como (esto es verídico) “se cumplen 50 años de “La naranja mecánica”, la película prohibida en 27 países, ¿podría estrenarse hoy día?”, o sea, están hablando de una película prohibida en 27 países... ¡como ejemplo de que hace décadas había más libertad artística que ahora! Demencial.
Bajo todo esto subyace un tópico universal y eterno, el de que cualquier tiempo pasado fue mejor, éramos más felices, todo era más puro, y las nuevas generaciones son idiotas y están alienadas por el sistema, los medios de comunicación, o la dictadura progre. Olvidamos que cualquier nueva generación toma como referentes las anteriores. Cuando John Waters critica que los niños y niñas de ahora no tengan clara su identidad sexual olvida que él dio voz a quienes no tenían clara esa identidad. Olvida también que seguirán saliendo niños y niñas heterosexuales, sin ningún género (nunca mejor dicho) de duda. Igual que quieren hacernos olvidar que los derechos LGTBI no recortan ningún derecho a los heterosexuales.
Dudo mucho que haya menos libertad ahora que hace décadas y dudo que hace décadas hubiera más libertad que ahora. Dudo mucho que haya habido una época en la humanidad en la que cualquier chaval de cualquier edad tuviese acceso inmediato por medio de cualquier dispositivo (ordenador, tablet, móvil...) a contenidos plagados de violencia o pornografía. En los ochenta ver una película de John Waters para mí significaba un acontecimiento, ahora se trata sólo de saber buscar en internet. ¿Cuál es el problema, qué esas películas no se emiten en la televisión pública?¿la misma televisión pública que en los ochenta censuraba a José Luis Balbín, Fernando García Tola, o el Gran Wyoming?
Esta regresión cultural si que es peligrosa, la de hacernos creer que ahora vivimos bajo una dictadura progre de pensamiento único. Una teoría de la conspiración perfectamente diseñada para que sigamos pensando que los chistes de “mariquitas” de Arevalo eran humor refinado y que la mujer tiene que seguir sirviendo una copa de Soberano a su amado esposo cuando llega de trabajar. La resiliencia de la caspa.
Ni nos hemos vuelto más gilipollas que antaño ni hay menos libertad que antes. Lo que hay es un mayor altavoz para todo, para todos, para todas. La gilipollez que antes se quedaba en la barra del bar ahora puede trascender a todo el globo terráqueo gracias a Twitter y a la capacidad de ofender que tenga dicha gilipollez. ¿Se acuerdan de “La vida de Brian”?, yo recuerdo perfectamente como en la misa del domingo el cura se cagaba en la película e incitaba a los feligreses a que no fuéramos a verla. No había redes sociales. Eso era lo más parecido. Es lo que tiene ser mayor y recordar una edad. Otros seguro que recuerdan cuando les obligaban a cantar el “Cara al sol” antes de cada clase. Yo por lo pelos. Pero oigan, que no, que de verdad, la dictadura al parecer es la de ahora, manda huevos... tantos huevos como los que se comía Edith Massey en “Pink Flamingos”.
Y John Waters en su mansión en Baltimore tan feliz.
viernes, 15 de octubre de 2021
LA LIBERTAD DE TENER ESCLAVOS
Hace unos días Carlos Boyero contaba en su sección en La Ventana de la cadena SER que se había cogido una pelotera de las suyas en el último festival de Cannes, tanto es así que afirma que se corta la coleta y se retira de los festivales. Aludía en el caso del certamen francés principalmente a los interminables controles que ha tenido que padecer por la dichosa pandemia del coronavirus. Pero también aprovechaba para expresar su malestar por el triunfo de la película “Titane”, dirigida por la francesa Julia Docornau como ganadora de la Palma de Oro, porque no se trata sólo de que la cinta sea a su juicio espantosa (personalmente esperaré a mi particular visionado para poder emitir igualmente mi particular juicio), si no que sospecha el veterano crítico que es un premio otorgado por una cuestión de paridad, es decir, porque la directora es una mujer. Sospecha que hace extensible a otros eventos, viendo que posteriormente en San Sebastián el premio a la mejor película se lo llevó “Blue Moon” de Alina Grigore mientras que la mejor dirección recayó en la danesa Tea Lindeburg. Habla por tanto Boyero de unos premios premeditados en los que la condición de ser mujer supone una ventaja frente a los directores masculinos. Y Boyero se rebela contra eso.
Y tiene razón. Es injusto en cualquier ámbito profesional premiar el sexo y no la calidad del trabajo. Es tan injusto que deberíamos plantearnos porque entonces durante siglos, incluso durante tantas décadas del siglo XX o incluso en las primeras décadas del siglo XXI ha existido y sigue existiendo una brecha tan brutal en el ámbito laboral y en la consideración profesional entre hombres y mujeres. Estados Unidos, la potencia cinematográfica más potente del mundo, batió en 2020 su record de películas estrenadas dirigidas por mujeres… un 16%. Y este es el record. En España en 2019 fue el 10%. Si hablamos de premios y nominaciones, el porcentaje de mujeres nominadas en categorías que no distingan sexo (es decir, cualquier categoría excepto las de mejores interpretaciones masculinas y femeninas) no supera el 20% si hacemos una media de los principales festivales anuales, y gracias a que en los últimos tiempos ha ido creciendo la presencia de la mujer a la hora de optar a estos reconocimientos. Nunca escuché a Boyero preocuparse por esto. Era lo normal. Y contra lo que asumimos como normal nadie se rebela.
Y esta es la clave de todo lo que está pasando. De este mundo al parecer apocalíptico de dictadura progre y presunto recorte de libertades. La patética resistencia y la infantil resistencia a que las cosas puedan cambiar, y cambiar a mejor, a que quien antes tenía menos derechos ahora los vea potenciados sin que ello suponga merma en quienes ya los tenían en cuantía. Ni los derechos de las mujeres recortan los de los hombres, ni los de los homosexuales atentan contra los de los heterosexuales, ni los de la población negra limita las libertades de la raza blanca, ni las ayudas a los inmigrantes atacan a los españoles. Sin embargo en cuanto estos sectores de la ciudadanía han reclamado y luchado por esos derechos que no tenían, otros sectores casposos y reaccionarios se han rebelado exigiendo mantener sus privilegios. Y es que no parecía haber ningún problema en que el 90% de los premios cinematográficos lo ganasen los hombres… pero si lo hay en que el 20% lo ganen las mujeres.
Activistas de todo tipo, pacifistas, ecologistas, antirracistas, feministas, animalistas, militantes homosexuales… en definitiva todo ese tipo de gente que se ha dedicado habitualmente a dar la matraca hablando de lo injusto que es el mundo eran en realidad los únicos que se rebelaban contra lo que se consideraba una normalidad según la cual las mujeres tuvieran menos visibilidad, los gays tuvieran que estar encerrados en sus particulares armarios o se pudiera maltratar un animal sin que fuera delito. Pero en un perverso giro de guión, en una retorcida vuelta de tuerca, asistimos al espectáculo victimista de los nuevos mártires y rebeldes que no admiten que tales cosas cambien, como el negrero que en plena abolición de la esclavitud se quejaba de la falta de libertad de no poder tener esclavos, porque para él la libertad realmente consistía en eso, no en que el resto de los hombres pudieran ser libres, si no en que él pudiera tener a los negros como esclavos. De hecho en la Guerra de Secesión de Estados Unidos, la guerra civil desencadenada por los estados del Sur que se negaban a aceptar la llegada de Lincoln al poder y la abolición de la esclavitud, los “rebeldes” eran precisamente los partidarios de la esclavitud, es decir, los partidarios y defensores del mantenimiento del “status quo”, de lo que consideraban “normal” y de lo que visto ahora para cualquiera que tenga dos dedos de frente es una aberración, del mismo modo que estoy convencido que en pocas décadas cualquier ser humano verá que las corridas taurinas eran una auténtica salvajada y se preguntará como durante tantos años mantuvimos tan bárbara costumbre.
La realidad es que no hay ninguna rebeldía ante el poder establecido ni ninguna reivindicación de la libertad por parte de quienes lo único que buscan es poner piedras bajo las ruedas que hacen avanzar a una sociedad en la que tengan voz quienes durante tanto tiempo permanecieron, a la fuerza, callados y ocultos. Al contrario, estos falsos libertarios buscan volver a recortar las libertades de todos quienes no pertenezcan a su particular espectro y estrato social. Buscan, en definitiva, volver a tener la libertad para poseer esclavos.


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