miércoles, 27 de marzo de 2013

LAFAYETTE LEVER GOLPEA DE NUEVO

"El Fascinum", Borja González


Otro de los grandes momentos en la travesía vital de nuestro héroe es el acontecimiento que paso a relatarles a continuación, una auténtica muestra de genialidad por parte de este simpático caradura, este pichabrava irredento… sucedió en su época de catedrático de literatura en Yale, y fue una demostración del genio que ardía dentro de este guerrero de las sábanas, una proeza mayestática que deberían conocer generaciones futuras, a pesar de los esfuerzos de CIA y FBI quienes se encargaron de echar abajo, página por página, línea por línea, palabra por palabra, todo el inmenso trabajo, todo el enorme caudal de saber que atesoraba este campeón de la bragueta.

Lafayette, como digo, se encontraba por aquella época en asuntos de saberes universitarios, y había hecho buenas migas con el departamento de psicología, concretamente con la doctora Fe L’adora, responsable del área, ninfómana reconocida y pionera en la aplicación del sexo a la psicología. Lever se hallaba absorto y embriagado del conocimiento de la doctora L’adora, así como, todo hay que decirlo, de sus curvas, su cuerpo y sus artes amatorias. Decidido a demostrarle a su admirada doctora su capacidad analítica sobre el sexo y la psicología,  Lafayette se propuso realizar el mayor y mejor tratado sobre el tema realizado hasta la fecha. 

A tal efecto, nuestro inquieto protagonista consiguió reclutar a 300 universitarias de Yale de entre 18 y 21 años para llevar a cabo su obra “El sexo oral aplicado a la psicología femenina”, o dicho de otra manera, se propuso realizar un ensayo en el que a través de la manera de una mujer de realizar sexo oral podría sonsacar todo un estudio psicológico de la individua, e incluso aventurar cual sería su profesión y cualidades futuras. 

Así pues, con enorme entusiasmo, extraordinaria devoción y evidente placer, nuestro amigo se dispuso a la olímpica tarea de recibir 300 masajes lingüísticos en su entrepierna, cada uno de ellos acompañado de su correspondiente análisis psicológico… Lever fue discurriendo que las jóvenes que realizaban la tarea de una manera más rápida tenían una importante carga de agresividad y nerviosismo, y sugirió que muy posiblemente acabarían siendo ejecutivas y mujeres de negocios… de las lentas y pacientes admiro su esmero y cuidado en la faena y dispuso que en el futuro posiblemente fuesen ejemplares amas de casa y admirables madres de familia… sobre las que no tenían reparos en recibir en sus bocas el disparo seminal de Lafayette en el momento del orgasmo, discurrió que sus oficios estarían en el ámbito de la justicia…  respecto a las timoratas que en cuanto veían asomarse la primera gota finalizaban la tarea las condujo en sus análisis por el camino de las ciencias y la medicina… incluso llegó a afirmar que aquellas que eran capaces de resultar en cierta manera inclasificables, debido a que alternaban en el trabajo felatorio ritmos rápidos con lentos, lametazos con succiones, y todo tipo de bellas artes, aseguró que su futuro estaba precisamente en las artes, preferiblemente escénicas… incluso se dio el caso treméndamente singular (y que habla a las claras de que Lafayette estaba dotado con un extraordinario poder sensitivo) de una estudiante que llevaba aparato dental de la cual afirmó que acabaría siendo una reputada pintora abstracta… y acertó. 

Pasados los años se pudo comprobar que Lever había acertado en un extraordinario 89% en sus predicciones y análisis. Lamentablemente las autoridades, y los citados organismos CIA y FBI se pusieron manos a la obra para que las hazañas de un tipo tan peligroso como Lafayette no fuesen difundidas ni su perversa influencia llegase todo lo lejos que podría tratándose de un apóstol de la lujuria, un emisario del deseo, un heraldo del placer. La obra fue retirada de las librerías en cuanto fue publicada, y tanto Lafayette como la doctora Fe L’adora fueron perseguidos e investigados durante un tiempo, por lo que hubieron de cambiarse de nombre durante una temporada. Nuestro paladín del hedonismo siguió tratando de exprimirle el jugo a la vida desde la sombra, luchando contra la incomprensión generalizada, rompiendo moldes, rompiendo reglas, rompiendo culos, rompiendo bragas… y es nuestra labor, ahora que estas memorias han llegado a nuestras manos, el tratar de hacerle justicia y difundir una de las vidas más extraordinarias que ha conocido la historia de la humanidad, y que ha permanecido en el anonimato gracias a la negra y alargada mano de los poderes fácticos… es ahora, en pleno siglo XXI, gracias a la imparable libertad de expresión y pensamiento que nos proporciona la red de redes, que podemos conocer, comprender, y, ¿por qué no?, disfrutar, con las andanzas y experiencias de este colosal pichichi, este granujilla saltimbanqui que tanto buscó el gozo propio y ajeno, eso sí, con mucho amor y sentimiento.  

lunes, 25 de marzo de 2013

LA LLUVIA EN PONFERRADA





Hoy me despido nuevamente de Ponferrada y lo hago en medio de la lluvia. Ponferrada, mi ciudad, como su lluvia, nunca deja de sorprenderme. Uno tiene su madre, su novia, sus amigos, y todas esas cosas. Y también tiene su tierra. Su ciudad. La ciudad que te parió y que siempre será especial. Por muchas tortillas de patatas que pueda comer a lo largo y ancho del mundo, ninguna será jamás comparable a la de mi madre. Por muchos días lluviosos que haya visto en mi vida, ninguno como con los que de vez en cuando despertamos en esta ciudad.

La lluvia en Ponferrada siempre es distinta. La de hoy se diría que es una lluvia bíblica, colérica, como un azote de Dios. Quizás fueran esas palabras de Juan José Millás advirtiendo que Ponferrada era una ciudad "enferma" lo que ha motivado que el Señor haya lanzado esta lluviosa maldición del día de hoy. Una lluvia puñetera, no tanto por hacer la puñeta, si no por significarse como el aséptico puño del todopoderoso dispuesto a hacer limpieza y borrar de una vez todas las capas de ponzoña que nos constriñen. La ponzoña en la que se empapan los empresarios mafiosos, los políticos corruptos, los acosadores sexuales, o los pequeños caciques en potencia. Una lluvia vengativa, liberadora y regeneradora.  

Y así me despido de nuevo de Ponferrada, sin saber hasta cuando, y sin saber realmente si esta última visita me ha cargado las pilas o me ha desgastado aún más el alma. Y es que la lluvia parece conjurarse con la angustia que me oprime el pecho y me ahoga para hacer todavía más difíciles las cosas de la vida. No lo sé. Pasan los años y sigo sin saber tantas cosas... empezando por quien soy. Lo único cierto es que he estado paseando bajo la lluvia de Ponferrada, esa lluvia distinta, convencido de que es una lluvia única y genuína, como toda esta ciudad. Créeme Ponferrada cuando te digo que no hay otra ciudad como tú en el mundo y no la habrá nunca, y que mi amor por ti es tan puro que te doy hasta la última gota de mi sangre y el último aliento de mi alma, y que por eso me entrego a tu desatada lluvia y a tus precipitaciones incontrolables. Porque también sé, Ponferrada, que cuando luzca el sol y salude el arco iris serán un sol y un arco iris distintos. Una vez más, todo será distinto en Ponferrada. Sólo que esta vez no me quedaré para verlo y como una amante caprichosa y traviesa prefieres despedirte de mi con el azote húmedo de la lluvia. Con lo que sabes que me duele, que me atraviesa el alma cada gota de lluvia más que las flechas o las lanzas. Te gusta hacerme sufrir y en ese sufrimiento sabes que llevo implícito mi amor por ti. Maldita seas Ponferrada, como te amo.  



viernes, 15 de marzo de 2013

LA VERDAD SOBRE LAFAYETTE LEVER

No recuerdo exactamente, ya que los recuerdos se disipan entre la bruma de mi ya quejumbrosa memoria, pero creo que Lafayette Lever surgió al final de una disparatada madrugada en Ponferrada hace ya varios años. En compañía de mi viejo amigo El Viejo Zorro, degustábamos unas raciones de callos y mollejas empapadas en whiskie en el conocido antro llamado el Davicín, uno de esos locales donde rematar la noche y dar la bienvenida a la mañana en el que se juntaban prostitutas, yonquis, camellos, taxistas, e incluso gente como nosotros. Habíamos acabado allí con unas docentes a las que acabábamos de conocer, y con mi proverbial labia comencé a embaucarlas con todo tipo de embustes y fantasias. Una de ellas fue hablar del imaginario escritor Lafayette Lever, tomando rápidamente desde los armarios de mi cerebro un nombre realmente "cool" que pertenecía a un viejo tirador de los Denver Nuggets de la NBA. A partir de ahí y con el paso de los años fui pergeñando falsas historias y anécdotas dentro de la imaginaria existencia del oscuro y desconocido Lafayette Lever. Si con Luis Cifer tenía mi "alter ego" maldito y simbolista, Lafayette Lever me ofrecía la posibilidad de inventarme un personaje contracultural al estilo de un Richard Brautigan o un Neal Cassady. Un mendigo vividor y hedonista en el que se pudiesen mezclar los más variopintos aspectos de la cultura underground del siglo XX. Aquí les dejo una de las muchas aventuras que inventé para el personaje... en próximas entregas les haré partícipes de más.  



Brautigan, el Rey Pescador.  





Una de las situaciones más estrambóticas y sorprendentes que vivió nuestro protagonista tuvo lugar en su época de cronista del San Francisco Bay Guardian, de aquella, para situarnos y comprender mejor la historia, disfrutaba de su quinto matrimonio con Elisabetha Reinalda Sputter McWigan heredera de la dinastía de las bolsitas de te Pompadour. Pues bien, una tarde nuestro amigo Lafayette tuvo que coger un autobús, uno de esos coches de línea, para acudir a un evento deportivo que tenía que cubrir... ya hemos hablado de Lever y su búsqueda del amor, sus impulsos, y sus pulsiones... bien, una vez que hubo subido al autobús Lafayette se quedó absolutamente prendado de una muchacha que iba sentada un asiento más atrás, no podía separar la vista de ella y la obsesión comenzaba a ser tan grande que se dijo a si mismo que tenía que entablar contacto con ella fuera como fuera... para ello le pidió a la persona que estaba sentada al lado de la muchacha que le cambiara el sitio, que el no podía ir en ventanilla bajo ningún concepto o sufriría un ataque de pánico bastante desagradable para el resto de los viajeros. Cumplió su objetivo y logró sentarse al lado de la bella muchacha, una joven de poco más de 20 años con un inquietante aire ninotchkiano, cabello rubio y liso, ojos claros, y cierto aspecto gélido que le daba un aire enigmático, como un acertijo imposible de descifrar... en definitiva, un reto para el intrépido Lafayette. 


Nuestro hombre no se anduvo por las ramas, con ese tono sereno ensayado tantas veces y cierta languidez en la mirada, le dijo a la muchacha que había sentido un irrefrenable deseo de sentarse a su lado, de hablar con ella, de conocerla... el torrente de palabras comenzó a surgir de la boca de Lafayette como sólo podía surgir de semejante boca, expresando esas emociones subyugantes que funcionan como certeros dardos en el arte del cortejo, palabras que, aunque dichas a muchas veces, cada vez que Lafayette las pronunciaba era porque lo sentía de verdad... no hablaba Lafayette, hablaba un volcán que erupcionaba dentro de su pecho... y ese volcán estaba dispuesto a derretir el iceberg de aquella Greta Garbo de cabellos dorados.

Las tácticas seductoras de Lever volvieron a funcionar con acierto, la gentil muchacha accedió a ser acompañada a su apartamento una vez que llegasen a su destino, evidentemente Lafayette no se conformó con acompañarla a su apartamento y despedirse de ella en el portal, y consiguió que la ingenua muchacha le invitase a subir a tomar un Manhattan. 

Lafayette se sabía triunfador, su experiencia como vendedor de picadoras de carne ambulante le decía que una vez que conseguía entrar en un apartamento, el éxito estaba conseguido. 

Dicho y hecho y a los primeros tragos del cocktail, y en menos que canta un gallo, nuestro protagonista se encontraba desnudo frente a la grácil señorita (es conocida la facilidad de Lafayette para desnudarse en muy pocos segundos una vez que una mujer le invita a su apartamento), la cual comenzaba a tener un gesto, digamos, más alegre y divertido... lo que antaño parecía una oficial caucasiana se tornaba de repente en una traviesa gatita que afilaba sus uñas dispuesta para arañar el torso tarzánico de nuestro amigo Lafayette. 

La muchacha se dirigió hacia un cajón y sacó... ¡unas esposas!, um, aquello se ponía interesante, pensó Lafayette. No era el amigo Lafayette hombre timorato para este tipo de cuestiones... de hecho a lo largo de sus escritos encontramos situaciones, anécdotas, y multitud de reflexiones propias en las que claramente se ven sus gustos por diversas parafilias y perversiones sexuales. Era Lafayette, lo que en nuestra puritana sociedad se conoce por un "pervertido", pero yo prefiero definirlo bajo los eufemismos de "aventurero del amor" o el también propicio "gimnasta sexual", ya que no es tan pervertido el practicante de este tipo de travesuras adultas en la intimidad de una habitación, como el agrio censor que señala con el dedo lo que uno debe y no debe hacer con las alegrías de su carne. 

Así pues se encontraba Lafayette desnudo y esposado a la cabecera de la cama en la habitación de aquella enigmática amazona que parecía dispuesta a devorarle como quien devora la cabeza de una gamba... la muchacha vivió a dirigirse al cajón del cual había sacado las esposas, ¿cuál sería el juguete que entraría en escena en aquel momento?, Lafayette fue levemente cegado por el resplandor del brillo de la hoja de acero inoxidable de un cuchillo de cocina del tamaño de un bate de baseball que la joven dominatrix blandía bajo una muy inquietante sonrisa... aquello parecía demasiado fuerte incluso para un auténtico picha brava de la vieja escuela como el zorro Lafayette. 

La muchacha se inclinó sobre el pecho de Lafayette, pasó su lengua sobre su torso, lamió sus pezones, y sonriendo de una manera cada vez más diabólica trazó una sanguinaria línea desde un costado a la altura de la ingle hasta prácticamente el hombro de nuestro sufrido héroe. 

El dolor era intenso, punzante, una delgada línea roja se asomó sobre el atlético cuerpo de Lafayette, quien empezaba a pensar que aquel era su fin... que sus devaneos y su conducta indecorosa finalmente le habían llevado a la perdición... 

...pero no llegó tal fin para nuestro protagonista, debido a que cuando el malvado súcubo se disponía a realizar la segunda incursión del acero en la piel de Lafayette, una figura envuelta en una gabardina y con una cámara de fotos colgando de su cuello se abalanzó sobre la bella maligna y la desarmó salvando la vida del pobre Lafayette. 

Sí amigos, Elisabetha Reinalda Sputter McWigan heredera de la dinastía de las bolsitas de te Pompadour, aconsejada por su familia y sobre todo por su padre, Eliberto Reinaldo Sputter McWigan propietario de la dinastía de las bolsitas de te Pompadour, había contratado a un detective privado para que siguiera las andanzas de Lafayette en sus viajes periodísticos, debido a los rumores de vida disoluta del protagonista de esta historia, y en quien no acababan de confiar como heredero de la dinastía de las bolsitas de te Pompadour. Pronto reconoció Lafayette el rostro del detective, ¡era el hombre al que había cambiado su asiento en el autobús para poder entablar conversación con la que estuvo a punto de ser su asesina!, el detective no sólo siguió a ambos hasta el apartamento, con discreción y una mastercard entró en el habitáculo y se apostó a realizar las fotos que probarían el tipo de depravado (nosotros preferimos decir "aventurero del amor" o "gimnasta sexual") que era Lafayette Lever... evidentemente la escena del cuchillo y la sangre no acabó de cuadrarle al investigador, quien llamó a la policía y antes de su llegada actuó por su cuenta, como hemos narrado, salvando la vida de Lafayette. 

La muchacha resultó ser una peligrosa asesina en serie que tenía de cabeza a la policía de San Francisco, despellejando salvajemente a sus amantes, quienes aparecían totalmente mondos y lirondos en apartamentos entre un baño de sangre y esposados a la cabecera de una cama... era conocida como Blade Female, y hasta el momento contaba ya con 17 víctimas, todos varones de mediana edad.

Asi fue como Lafayette consiguió otro divorcio y perdió la herencia de la dinastía de las bolsitas de te Pompadour, pero ganó la admiración pública por contribuir a la detención de una peligrosa asesina, y una rampante cicatriz que a partir de entonces enseñaría con orgullo, siempre recordando, eso sí, porque Lafayette era un hombre muy sentido, que las cicatrices de verdad las tenía por dentro. 

Espero que les haya gustado la historia, y se animen ustedes también a unirse al culto al genial Lafayette Lever. 

Yo me voy, que por cierto me espera un viaje en autobús. 

martes, 12 de marzo de 2013

DOS TRAVESURAS


“EL ÚLTIMO REFUGIO DE LA SOLEDAD” 

Decían que no había ningún sitio a donde ir,
hasta que te encontré mirando absorta un escaparate de ositos de peluche
que algún malnacido usa para tráfico de cocaína.

No me importan los desplantes,
ni las afrentas,
ni las muelas del juicio,
pero si el viento se sigue permitiendo la libertad de tocarte así
voy a partirle la cara.  


Ilustración de Guido Crepax sobre su personaje "Valentina"



“EL ÚNICO JUGUETE” 

Ahora que mi paraíso está roto como una promesa de invierno
y mi mirada se torna en vidrio,
propongo un brindis por los malos tiempos,
tu mirada y la tortura.
Tus senos agitándose y la espuma seca.
El camino, amigo mía,
¿te has sentado alguna vez a contemplarlo? 



Pepe Kubrick... cuando en las redes sociales el pescado era fresco.

viernes, 8 de marzo de 2013

LOLA

Hoy ha sido el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, y yo me he acordado de Lola. Uno de esos días para recordar algo que nunca debemos dejar de olvidar. Para que nunca dejemos de pensar en las mujeres como Lola. Lola ni siquiera sabe lo que se celebra hoy, nunca lo supo, a pesar de trabajar todos los días de su vida desde el alba hasta el ocaso de cada jornada.   

Lola vino al mundo en 1940, en la cruel España de la posguerra negra. Nació en un pequeño pueblo de las montañas lucenses. De esos pueblos tan chicos que ni siquiera salen en los mapas. Sus padres trabajaban el campo de sol a sol. Lola y sus hermanos pronto harían lo propio. Siete hermanos, como siete soles de una galaxia. Siempre juntos, siempre unidos, hasta que la desaparición de Virtudes, una de las estrellas que más resplandecía, dejo un poco más oscuro su particular universo. Lola apenas tuvo estudios. Lo básico. Leer, escribir, y las más elementales matemáticas. Pequeñas herramientas para desenvolverse por una vida dura pero siempre animosa.

Lola se casó, y para poder formar su propia familia y vivir su propia vida, tuvo que emigrar con su marido, como hicieron tantos compatriotas suyos. Se fueron a Venezuela, a trabajar a destajo. A ese país que estos días miramos desde la distancia y la ignorancia buscando cargarnos de razones en uno de los episodios más maniqueístas que recuerdo en mucho tiempo, como si todo hubiera de ser o blanco o negro y no pudiéramos ser capaces de comprender los matices. En ese país Lola parió por vez primera, en el barrio de Sabana Grande de la ciudad de Caracas. Una niña llamada Isabel, hoy una brillante abogada en Ponferrada, además de abnegada esposa y cariñosa madre. Volvió a España y en Lugo tuvo su segunda hija, Marta, discreta ama de casa que renunció a su carrera profesional en favor del confort del hogar, la familia, y la tranquilidad de la vida rural en un pequeño pueblo berciano al lado de su hombre y sus hijos. Años después, Lola ya asentada definitivamente en Ponferrada volvió a dar vida por tercera y última vez. En esta ocasión un varón. Un bala perdida, buscavidas sin oficio ni beneficio que con casi cuatro décadas de vida aún trata de encontrar su lugar en el mundo.   

Y Lola sacó adelante a esos tres hijos a los que amó como sólo se ama con el amor verdadero de una madre. Y siguió trabajando de la única manera que sabía. Desde que sonaba el despertador hasta que había acabado todas y cada una de sus tareas diarias. Y ese despertador sonaba todas las mañanas, fuera igual lunes que domingo, pues Lola nunca conoció en su vida el significado de la palabra vacaciones. Ni tampoco supo de días libres, o jornadas de asueto. A las siete de la mañana de cada día de cada mes de cada año Lola se levantaba para trabajar en el pequeño negocio que había abierto con su marido. Un pequeño bar plagado de abrupta clientela que se llenaba de humo, alcohol, café, y más juramentos, maldiciones y defecaciones verbales que en cualquier pelea de gallos organizada en Ciudad Juarez. Y allí Lola se dejaba la vida y los jirones del alma para ganar ese dinero con el que sacar adelante una familia a la que no dejaba de atender en ningún momento, vaya a usted a saber como era capaz de compaginar el tiempo. Y al final de la noche, Lola, molida y apaleada por los golpes diarios de la vida, se acostaba a la hora que podía, ya fueran las doce, la una, o las dos de la mañana. Y al día siguiente, vuelta a empezar, a abrir un negocio que permanecía abierto 16 horas seguidas, pues había tres bocas que alimentar. Y en medio de esas 16 horas preparar desayuno, comida, merienda y cena para todos. Y en medio de esas 16 horas lavar la ropa de los cinco miembros de la familia. Y en medio de esas 16 horas limpiar la casa y limpiar el bar. Y en medio de esas 16 horas visitar a sus padres y sus hermanas. Y en medio de esas 16 horas, en definitiva, vivir la vida que le había tocado sin una mínima queja y sin el menor reproche. Y así Lola, a veces enferma, callaba y seguía trabajando. Sin saber ni por asomo que pudiera haber un día como el de hoy, dedicado a todas las mujeres como ella. Si acaso las hubiera, porque después de conocerla dudo de que haya nadie como Lola

Lola tiene ahora 72 años. Vendió el negocio cuando las fuerzas que le quedan tuvo que guardarlas para cuidar de un marido cuya vida ya no es vida más allá de un caparazón físico. Un esposo que jamás hizo daño a nadie y ahora se ve condenado a padecer una existencia que no merece. Y Lola pasa los días cuidando de él, manteniendo la fe, rezando, visitando a su hermana Mercedes, recibiendo la visita de sus hijas, sus yernos, y sus nietos. Esperando las esporádicas llegadas de su hijo, ese bala perdida del que les hablé que ahora está a casi 400 kilómetros de Lola… 

…ese bala perdida, quizás ya lo hayan adivinado, soy yo. Y todos los días me acuerdo de Lola, y la fuerza de su recuerdo hace que a veces, en las situaciones más insospechadas, broten de mis ojos las lágrimas evocando simplemente cualquiera de los muchos momentos vividos a su lado. Cuando en las muy pocas ocasiones que tenía tiempo libre me llevaba a visitar la feria en las fiestas de La Encina, y me dejaba beber vino quinado en el que mojábamos barquillos. Cuando me llevaba al circo y nunca nos quedábamos al final porque tenía que volver al bar o a la casa, que al fin y al cabo lo mismo era, a seguir trabajando. Cuando muy de niño rezábamos juntos, y yo le confesaba que no quería morir, y ella me decía que no moríamos nunca puesto que existe la vida eterna… y aquello, confieso, me asustaba más, puesto que no podía concebir nada en términos infinitos. Ya ven ustedes, conversaciones metafísicas entre un niño de apenas siete u ocho años, y una mujer que sabía y sabe poco más que leer y escribir. Pero que feliz fui… gracias a Lola.  

Todos los días me acuerdo de Lola… y hoy, en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, escucho esas palabras y me acuerdo más que nunca de Lola… 


"Madre e hijo", Pablo Picasso, 1905.

miércoles, 6 de marzo de 2013

EL LENGUAJE SECRETO DE LOS ESTORNINOS


Hoy desperté a las seis de la mañana. No es una noticia de gran impacto. Ni siquiera creo que sea un hecho que merezca abrir una entrada de este pequeño blog de pensamientos y divertimentos esculpidos en palabras. Mucha gente se despierta a las seis de la mañana, otros incluso antes, los hay incluso que se están acostando a esa hora, o que viven el apogeo de una pletórica noche de farra a dicha hora.

Tampoco es para mi inusual el hecho de despertar a las seis de la mañana o cualquier hora intempestiva, a pesar de que mi despertador dictaba que aún debían quedarme dos horas de sueño. No suele suponer mayor problema que el de aprovechar para visitar el mingitorio y acto seguido volver a coger el sueño mientras pienso en algo agradable. Pero esta mañana no sucedió así. Un ruído incesante comenzó a martillear mi cerebro sin dejarme caer en los suaves y dulces brazos de Morfeo. Un ruído por otro lado milenario, mantenido en el tiempo por los siglos de los siglos amanecer tras amanecer. El sonido de los pájaros de la ciudad. El canto de los estorninos.  

Nunca había reparado en ello, quiero decir, por supuesto que había escuchado una y mil veces a estas criaturas piar y trinar, pero nunca habían sido capaces de interferir en mis biorritmos vitales ni en mi actividad diaria (o en este caso aún nocturna), enseguida me acordé de mi amigo Edgar, y sus tribulaciones sobre estos pájaros en la añorada lista de correo barrueco "stayfree", los cuales al parecer le hacían la vida imposible. Esta mañana le comprendí, vaya que sí.  

El caso es que ahí estuve escuchando a estas ratas del aire incapaz de volver a conciliar el sueño mientras ellos, a lo suyo, cantaban, piaban y trinaban lanzándose los unos a los otros esos mensajes cifrados, ese alfabeto morse de los seres alados. Vaya usted a saber que se decían. Quizás hablaban sobre si la expulsión del jugador Nani del Manchester United ayer en Old Trafford era justa o no. O debatían sobre si quien era más cagón, si Ferguson o Mourinho. A lo mejor, quien sabe, indagaban sobre el futuro del Vaticano y quien debiera ser el nuevo Papa de Roma (y en ese caso, no me cabe duda que por razones obvias, optarían por un Santo Padre que adoptase el nombre de "Pío", ¡qué menos!) También es posible que discrepasen sobre la figura del recientemente desaparecido Hugo Chavez, puesto que los estorninos no son ajenos a las noticias del día y desde su privilegio de ser dominadores del aire lo pueden ver todo. O peor todavía, he de admitir que incluso llegué a imaginar en mis desvelos mientras daba vueltas en la cama en mi estado de crispación ornitológica que en realidad estaban tramando un ataque contra la humanidad, tal y como sucede en el relato "Los pájaros" de Daphne du Maurier llevado al cine de manera magistral por nuestro gordinflón favorito Alfred Hitchcock, ¡malditos ellos! ¿Acaso no es suficiente ataque castigarnos cada mañana con ese picoteo sobre nuestras neuronas que significa su estridente canto?  

Lo peor es que van pasando las horas y lo sigo escuchando... mezclado con los sonidos de la gran ciudad, con los martillos eléctricos de las interminables obras de esta embotellada urbe, con el agresivo tráfico, con el parloteo de los caminantes... diafanamente puedo apartar el canto del estornino del resto de los ruídos, como un técnico de sonido capaz de aislar un instrumento musical con tan sólo subir una línea de su mesa y mantener el resto bajadas. Es como descubrir de repente el sonido de una gotera que llevaba existiendo meses, pero de repente una noche, sin saber por qué, te importuna, aparece en tu vida, se cuela por una rendija de tu cerebro, y sabes que ya no te abandonará en tu vida para siempre... para siempre... para siempre...  

Ahora que la pesadilla estornina se ha apoderado de mí, al menos intentaré descifrar el significado de su lenguaje secreto.       


Terror puro

jueves, 28 de febrero de 2013

NADAR HACIA LA CATARATA

Hoy les traigo una eyaculación muy especial. Un esperma literario de incalculable valor vitalista y aventurero, al menos para mí. Es un artículo en el que rindo homenaje a una de mis películas favoritas, "El hombre que pudo reinar", la adaptación del texto de Rudyard Kipling que John Huston llevó a la pantalla en 1975. El artículo también es muy especial porque fue publicado originalmente en La Secta Violeta, publicación que siguiendo las coordenadas del mítico Ansia de Color se erige como uno de los fanzines más excitantes, vanguardistas y modernistas de la escena pop nacional. De modo que desde aquí quisiera mandar un afectuoso saludo a todos los pobladores de la Isla de Thule, con los sumos sacerdotes Los Negativos a la cabeza, por tantas cosas compartidas.

Nunca he podido describir completamente el gozo que me produce cada visionado de esta película (aunque nunca como la primera vez), el afan optimista, vitalista y bravucón que se desprende de la cinta. Una auténtica aventura, como también fue una pequeña aventura y un inmenso placer la confección de este artículo, hace cosa de unos dos años. Aprovechando que al parecer uno de nuestros canales, Paramount Channel, estos días anda realizando pases de esta obra maestra, he creído buen momento para regalarles, si tienen a bien en recibirlo, mi particular visión de lo que sin duda es la más grande aventura jamás llevada a una pantalla de cine. Espero que lo disfruten.  



Sic transit gloria mundi

“Nadar hacia la catarata. Historia de la más grande aventura jamás contada, por los siglos de los siglos, el Nivel y la Escuadra, el Hijo de la Viuda, y el Ojo que Todo lo ve”   



Hace unas semanas se pusieron en contacto conmigo desde la Isla de Thule los amigos de la Secta Violeta. Una peligrosa organización secreta basada en los principios estéticos que rigen la cosmogonía universal desde el comienzo de los tiempos para informarme de que estaban preparando una nueva entrega de su conocida publicación simbolista “Ansia de Color”  por si tenía a bien colaborar con ellos en un nuevo intento de llenar este gris y aburrido mundo de un poco de modernismo atroz, vanguardismo decadente y underground empapado en napalm literario. Ante su oferta dije que sí, claro, ya que los hombres de bien jamás nos negamos ante las proposiciones de ninguna secta, y menos si son poseedoras de tantos encantos como la que nos ocupa. 

Mi idea inicial era dedicarle un extenso y jugoso artículo a Michael Caine, resplandeciente icono de la cinematografía británica y a buen seguro actor fetiche de gran parte de los pobladores de la Isla de Thule. No en vano los líderes de la secta fueron quienes cantaron en “Cansados y decaídos” que habían visto en televisión un film de Michael Caine, mientras su impoluta figura de dandy entre la basura caracterizado como Harry Palmer adornaba entre otros iconos y fetiches la hoja interior de esa biblia musical en la que nos invitaban a un viaje rápido y un pic-nic genial. Pero hete aquí que el tiempo, ese incompasible  e invisible Belcebú que nos acecha a diario, se me echó encima con las rotativas de la Isla ya en marcha, y desestimé tamaña y titánica tarea que quizás emprenda cualquier verano entre gin-tonics y daikiris y bajo el cálido abrazo de las palmeras. No obstante había algo que rondaba en mi cabeza desde hacía tiempo y que bien pensé que éste podría ser un estupendo momento para llevarlo a cabo, y es hablarles, amigos míos, de la mayor epopeya humana jamás filmada, de una aventura más grande que la vida misma, hablo, como no puede ser de otro modo, del impresionante relato vital de Peachey Carnehan y Danny Dravot atravesando la India y Pakistán hasta llegar al lejano Kafiristan (lo que hoy sería el Nuristán, en el nordeste de Afganistán), hablo, ya lo habrán imaginado, de “El hombre que pudo reinar”. 

En este relato de Rudyard Kipling, extraordinariamente llevado al cine por John Huston, se dan de la mano tantos elementos sensacionales y grandiosos que el mejunje no puede ser más fantástico, constituyéndose así una aventura de la que decenas de años más tarde no han parado de beber el resto de epopeyas de este tipo, desde A.E.W. Mason hasta, porque no, las geniales películas del arqueólogo aventurero Indiana Jones. Un apasionante relato en el que se entremezclan historias de amistad, aventuras, civilizaciones antiguas, masonería, Imperio Británico, y colonialismo.


Kipling, hombre de palabra.


Pero centrémonos en la adaptación cinematográfica, ya que si hemos llegado hasta aquí ha sido partiendo de la admiración por el trabajo de Sir Maurice Joseph Micklewhite, Jr., ese rubio y disciplinado profesional de la interpretación al que conocemos por Michael Caine. Parecía lógico que un texto como el de Kipling sedujese y obsesionase de cara a vivir una adaptación cinematográfica a alguien como John Huston, uno de esos tipos de los que se puede decir que su vida fue más interesante que su obra, y no es porque su obra no sea interesante, muy al contrario, pero las peripecias y avatares de John Huston constituyen una de esas vidas de las que podemos calificar como una obra maestra. Reconocida su importancia en la historia como cineasta, posiblemente su existencia se hubiera movido igualmente por los mismos derroteros hedonistas fuese cual fuese la disciplina artística a la que se hubiera dedicado. Aventurero, cazador, boxeador, buen bebedor, incorregible mujeriego, su vida fue un perfecto ejemplo de pasión vital y constante “carpe diem”. Aprovecho para recomendar su autobiografía, escrita bajo el simple título de “Memorias” cuando ya superaba los 70 años desde su retiro en Puerto Vallarta, Jalisco. 500 páginas de gozosa experiencia que constituyen para mí la obra cumbre del género autobiográfico publicadas en España por la editorial Espasa. 

No es de extrañar, por tanto, el deseo de llevar este relato a la pantalla para un hombre inquieto y con alma aventurera como Huston, cuya vida fue ya de por si una enorme aventura, y cuyos rodajes se convertían en excusas perfectas para dedicarse a la entrega absoluta hacia sus pasiones y aficiones bien remojadas en alcohol, tal y como retrató Clint Eastwood en “Cazador blanco, corazón negro”, donde el genio de San Francisco interpreta a un trasunto de Huston que aprovecha el rodaje de una de sus películas (“La reina de África”) para emprender la búsqueda de alguna pieza de caza mayor, lo cual le llega a obsesionar como a un moderno Capitán Ahab de tierra firme, y es que no es de extrañar tampoco que “Moby Dick” fuese otra de las novelas favoritas de Huston, una más de las aventuras inmortales que llevó a la pantalla.   


Extraños compañeros de cama: Dennis Hopper, John Ford y John Huston.


La novela de Kipling se convierte pues para Huston en un texto quimérico, un sueño dorado en cuyo guión trabaja durante décadas, y para quienes piensa en primera instancia en nada menos que Humphrey Bogart y Clark Gable para los papeles de Dravot y Carnehan cuando estos dos magníficos actores estaban en plenas facultades. Al ir pasando los años, el deterioro físico y finalmente fallecimiento de estos titanes hizo que por la cabeza de Huston fueran pasando otros candidatos a interpretar a los dos granujas masones que protagonizan el relato de Kipling, siempre bajo el condicionante de que se tratasen de dos grandes estrellas, valorizando así el concepto de “buddy movie” tan familiar hoy día, y que cuando Huston finalmente rueda esta película está en un momento de apogeo y plenamente de moda gracias a la pareja Newman-Redford, quienes habían arrasado en las taquillas de medio mundo, conquistado a la crítica, derretido a las señoras, y creado un certero modelo de masculinidad en las célebres “Dos hombres y un destino” y “El golpe”, ambas del malogrado e infravalorado George Roy Hill, quien luego repetiría solamente con Newman en la espléndida “El castañazo” (película injustamente considerada menor, como un simple divertimento cómico, cuando en realidad encierra sabiduría a paladas). Por lo tanto, después de que se barajase otra pareja brutal para el proyecto como eran Burt Lancaster y Kirk Douglas, y ya entrados en los primeros años 70, parecía claro que la pareja de moda, los dos galanes masculinos que mejor podían transmitir esa química de amistad imperecedera que va más allá de la muerte, esa camaradería capaz de resistir ataques y cañonazos y de esquivar las balas rebosando optimismo vital y el mayor sentido del humor posible ante las adversidades y los peligros, eran precisamente los dos efébicos y cincelados varones rubios de ojos azules que en aquellos años tenían la industria cinematográfica bajo sus pies, Paul Newman y Robert Redford. Sería precisamente Newman en otro ejemplo de lo grandísimo tipo que fue, después de recibir el guión enviado por Huston y de contestarle entusiasmadamente llegando a asegurar que era el mejor guión que nunca había leído, quien acertadamente le dijo al director que debía buscar actores británicos para encarnar a estos orgullosos ex –soldados del British Empire convertidos en buscavidas picarescos con afán de supervivencia e ingenio afilado. Y fue el propio Newman, así lo reconoce Huston en su autobiografía, quien rechazó la gloria de uno de estos papeles y le sugirió al director dos nombres sin duda ideales, dos actores carismáticos y con presencia y estilos inequívocamente británicos: Sean Connery y Michael Caine. Ambos intérpretes tardaron menos de una semana en contestar afirmativamente a Huston y su productor John Foreman. La maquinaria se había puesto en marcha. Daniel Dravot y Peachey Carnehan quedarían para siempre inmortalizados bajo la apariencia del fornido y noble Sean Connery y del astuto y vivaracho Michael Caine. La aventura comenzaba, los nervios, como diría Rimbaud, estaban a punto de zarpar. 


Newman y Redford, efebos en acción.


Así pues, y dos años después de firmar el contrato, dos años en los que su carrera siguió subiendo como la espuma y sus honorarios engordaron considerablemente, Caine y Connery comenzaron a rodar bajo las órdenes de Huston, y como la pareja de caballeros que siempre han sido, mantuvieron las condiciones firmadas esos dos años antes y no exigieron ni un centavo más. 

Sobre la película en sí, y esperando que a estas alturas de la historia de la humanidad ya haya sido vista esta obra por el común de los humanos (y si no lo han hecho, ¿a qué esperan?, corran a verla, conserven estas páginas bajo llave, y luego vuelvan y lean), realmente nos encontramos ante una producción colosal, con ese tono grandilocuente y megalómano de un director cuyo empeño en acometer empresas de este calibre le llevó a emprender como adaptaciones a la gran pantalla ambiciosos proyectos como éste, “Moby Dick”, o, en el colmo de la megalomanía… ¡la mismísima Biblia! Es este un trabajo magníficamente rodado por entero en Marruecos (ya saben como es esto del cine, a veces no se rueda donde se quiere, ni donde se puede), con espectaculares exteriores (es una película que no tiene un solo metro de cinta rodado en estudio) alrededor de los pueblos de la cordillera de los montes Atlas. No quiero destripar la historia y hacer de este artículo un traicionero spoiler a quien no haya tenido la suerte de gozar con este placentero trabajo, pero es necesario, al menos, un breve comentario acerca de su sinopsis. 

La acción arranca una noche en la oficina de Rudyard Kipling, el autor de la historia, y por aquel entonces corresponsal para un periódico británico, el cual acertadamente se convierte en un personaje más dentro de la misma (como queriendo hacernos creer la verosimilitud del fantástico relato, en un viejo truco literario tantas veces utilizado), quien recibe la imprevista e inquietante visita de una extraña figura, un hombre demacrado envuelto en harapos, malherido, prematuramente envejecido, enfermo, y marcado física y anímicamente en todos los aspectos… la visita suplica a Kipling un trago, mientras inquiere al periodista si le recuerda… si es capaz de recordar que allí, en ese despacho de aquel periódico, entre libros, mapas y atlas, empezó todo… que allí fue donde firmaron el contrato… a partir de ahí toda la película es un enorme y largo flashback que comienza por llevarnos a una estación del ferrocarril de la India colonial de finales del siglo XIX, donde vemos a un personaje un tanto desaliñado y sin afeitar, pero con un porte muy digno, sin duda alguna británico, observando a los viajeros que entran y salen, caminan, o sacan billetes de tren… enseguida comprendemos que está a la caza de posibles víctimas a quienes desvalijar… se acerca a un hombrecillo distinguido y bien vestido a quien le sustrae el reloj de su bolsillo, cuando nuestro protagonista hace un aparte para observar la pieza sustraída comprueba que acompañando al reloj hay una especia de amuleto, con un símbolo que le resulta familiar, un compás abierto sobre una escuadra y en medio de ello un ojo… ¡le ha robado a un hermano masón! 


Christopher Plummer como Kipling, Huston, y un irreconocible Michael Caine al comienzo de la película


Es así como se produce el primer encuentro entre Rudyard Kipling y el simpático bribón Peachey Taliaferro Canehan, el mendigo y vagabundo de maneras elegantes y porte altivo que sobrevive robando incautos viajeros entre otros y diversos apaños.  
El caso es que nobleza obliga, y una orden dedicada a la fraternidad entre sus hermanos bajo la atenta mirada del ojo que todo lo ve, no puede consentir el hurto entre sus miembros, de modo que el bueno de Peachey busca desesperadamente entre los viajeros a aquel hombrecillo hasta que finalmente lo encuentra ya montado y acomodado en un vagón. Carnehan está decidido a devolverle el reloj (eso sí, sin que el incauto hermano masón se de cuenta), por lo que no duda en montar en el tren a pesar de que esté se pone en marcha… su intención de meterle el reloj en la chaqueta cuando Kipling parece quedarse dormido no resulta, por lo que Peachey aprovecha vilmente la subida de un hindú gordo provisto de una generosa sandia para acusarle del robo del reloj a la vez que de un puntapié echa al hindú del tren. Los dos hombres, de este modo, comienzan a entablar amistad a través de la conversación y de su filiación masónica, rogándole Peachy a Kipling un favor muy importante, que trastoque la fecha de su viaje de vuelta para coincidir con un amigo suyo al que necesita hacerle llegar un críptico mensaje: ese amigo responde al nombre de Daniel Dravot. 

Kipling accede, quedando patente la fascinación y el impacto que le ha producido el encuentro con aquel locuaz y caradura individuo, fascinación que aumentará todavía más en su encuentro con Dravot, a quien hace llegar el mensaje prometido. En esta cita el periodista descubre el plan de la singular pareja de extorsionar a un rajá haciéndose pasar precisamente por corresponsales del periódico para el que Kipling trabaja, asegurando tener cierta información comprometida. El periodista pone aquello en conocimiento de las autoridades inglesas, no tanto para desbaratarles el plan, si no para protegerlos, temiendo alguna terrible reacción nativa ante el chantaje inglés. 

Así pues, en cierta manera, Rudyard Kipling ya ha unido su destino al de este par de temerarios personajes, los cuales, y de improvisto, se presentan un anochecer en el despacho del corresponsal. Como ya hemos visto en las anteriores apariciones de la pareja (hay una genial escena anterior en la que son conducidos ante el gobernador cuando Kipling ha dado aviso de sus intenciones para con el rajá, en la que advertimos ya la naturaleza vital, bufonesca y desenfadada de esta pareja, así como su estoica y en cierta manera nihilista actitud ante la vida), ambos personajes destilan un rebosante optimismo y se muestran de un espléndido humor. Han acudido a ver a su hermano Kipling para que les asesore en un fantástico viaje que piensan emprender, y para que además sea testigo y notario de un sorprendente contrato, un pacto entre caballeros en el que se comprometen a no probar alcohol ni tener ningún contacto carnal con mujer alguna durante toda su aventura hasta que consigan su objetivo, contrato el cual es firmado por ambos aventureros y por un atónito Kipling como testigo. El objetivo del que hablan, el propósito de la aventura, no es otro que llegar hasta el reino perdido de Kafiristan, un terreno inhóspito e inexplorado poblado por tribus hostiles y guerreras que tienen 32 reyes. Su objetivo es ser los reyes 33 y 34. Para ello irán, primero, luchando con algunos pueblos, sometiéndoles, posteriormente entrenándoles para luchar con el resto de pueblos a cambio de librarles de sus enemigos, para luego establecer alianzas entre los distintos pueblos, y finalmente, tenerlos a todos ellos bajo su dominio y mandato. 


A Kipling pongo por testigo...


Rudyard tendrá además el privilegio de ver al día siguiente el comienzo de su aventura, disfrazados de un sacerdote lunático (geniales momentos de Connery) y su sirviente (algo que caracterizará la relación de ambos personajes durante toda la película... Caine siempre accederá a un rol secundario, moviendo los hilos en la sombra, mientras que Connery ejercerá ante los demás una condición impostada de líder), formarán parte de una caravana que emprende camino en dirección a tierras afganas, hacia Kabul, ya que un sacerdote loco puede traer buena suerte, según los supersticiosos hindúes... pero enseguida tendrán que continuar solos cuando los caminos se bifurcan hacia Kafiristan. Con sus camellos y armados con 20 rifles prosiguen el camino, estando a punto de quedarse atrapados bajo una nevada glaciar ante un paso montañoso cortado. Cuando creen que ha llegado el fin de sus días y los dos viejos camaradas rememoran sus andanzas militares y antiguas aventuras, un alud provocado precisamente por las risotadas de los dos hombres que piensan que van a morir forma un camino nevado porque el pueden continuar hacia su objetivo. Paradójicamente es precisamente su actitud nihilista ante la vida y la muerte, su estoicismo ante su posible final, lo que les salva la vida. 

Superadas las nevadas comienzan a divisar las tierras perseguidas... así establecen un primer contacto visual con la población kafir. Apostados tras unos matorrales, ven a unos nativos en actitud pacífica en el río, que de repente son atacados por un pueblo enemigo. Es una gran oportunidad para ellos, de modo que sacan sus rifles Martini y comienzan a disparar a los atacantes que van cayendo uno a uno ante la extrañeza jubilosa de los nativos. Lo han conseguido, ya han aparecido como unos héroes salvadores ante el primero de los pueblos visitados del Kafiristan. No obstante cuando intentan llegar a la fortaleza del poblado cuyos habitantes han salvado, son recibidos a base de flechas por los asustados pobladores. Intentan conversar con ellos desde la distancia, pero nuestros protagonistas sólo hablan inglés, entonces un curioso personajillo aparece tras una almena hablando en su idioma y les dice que saldrá a recibirles. Se trata de un gurka que ha servido a las filas británicas y se hace llamar Billy Fish. Este personaje será crucial en el desarrollo posterior de la aventura, se convierte en su traductor e interprete ante los pueblos que irán conociendo, así como confidente y en ocasiones consejero. Dravot y Carnehan, orgullosos ante su primer triunfo, se presentan ante el jefe del pueblo, quien pregunta si son dioses, a lo que contestan "¡Somos ingleses, que es casi lo mismo!", pero pronto se dan cuenta de que les conviene aprovecharse de la superstición e ignorancia de aquellas pobres gentes, por lo que, a través en todo momento de Billy Fish y con su complicidad, no tienen reparos en afirmar que han caído del cielo para librar a aquel pueblo de sus enemigos. Así comienzan a entrenar a los hombres del poblado para la guerra, es el comienzo de su ejército, de su imperio, de su reinado. 


Con el traje de los domingos.

Tras unos días de instrucción militar y entrenamiento, tratados con mucho humor por parte de Huston, deciden que están listos para la batalla. Por lo tanto se dirigen hacia el pueblo enemigo dispuestos a tomarlo y someterlo, ya que con la estrategia militar de Carnehan, y provistos de armas de fuego las posibilidades de victoria son claras.   

Aquí tiene lugar otro detalle humorístico antropológico por parte de Huston, cuando ambos bandos están frente a frente, separados por unos cuantos metros de tierra y dispuestos a entrar en combate, Dravot y Carnehan observan atónitos como ambos ejércitos se postran al suelo ante el paso de unos monjes ataviados con túnicas blancas que caminan con los ojos cerrados guiados por un niño con una campana... son los hombres santos de Sikandergul (personajes fundamentales como luego veremos), que caminan con los ojos cerrados para no ver el mal del mundo... a su paso no se puede entrar en combate, una vez que han pasado por la línea que divide a ambos ejércitos, comienzan los alaridos, gritos, y toda la locura de la guerra. 

Carnehan, buen estratega, ha colocado una línea de infantería armada con rifles, que comienza a disparar con éxito ante el avance del ejército rival, que poco puede hacer con sus rudimentarios arcos y flechas ante las armas de fuego. Dravot, a caballo, espera con otro puñado de hombres para entrar en acción a espada cuando el ejército rival esté diezmado por el fuego, pero cegado y envalentonado ante la batalla y poseído por un inconsciente ardor guerrero, el inglés decide no esperar y entra en combate a lomos de su caballo seguido por sus hombres. Así en medio de la refriega recibe el disparo de una flecha que se clava en la badana de su pecho sin provocarle herida, por lo que sigue luchando con fiereza y derribando enemigos a espada. Pero aquellos hombres, tanto el ejército de Dravot y Carnehan como el enemigo, no comprenden porque aquel hombre con una flecha sobre su pecho no cae derribado y sigue luchando, por lo que todos, aliados y enemigos, se postran ante él como ante un Dios. El incidente de la flecha (de la que Daniel ya no se desprenderá y llevará siempre consigo como un símbolo de autoridad) es otra jugada maestra del destino, que pone en bandeja de nuestros personajes la posibilidad de seguir aumentando su poder entre aquellas gentes... tanto es así que entre los habitantes comienza a cobrar forma la idea de que Dravot es en realidad el hijo de Sikander (en realidad Alejandro Magno, quien se cuenta que sus tropas pasaron por Kafiristan en su camino hacia la India, y de hecho hay teorías que afirman que los habitantes del antiguo Kafiristan, hoy Nuristan, son descendientes directos de los soldados de Alejandro, ya que son de pigmentación blanca, fisonomía europea, y el color de sus ojos predominante es azul y verde) 

La película va avanzando, y a través de breves elipsis Carnehan sigue narrando como la pareja de aventureros masones fueron sometiendo poco a poco al resto de los pueblos kafirs, obligándolos a establecer alianzas entre ellos y formar parte de un ejército común. Finalmente las andanzas y hechos de los dos hombres llegan a oídos de Sikandergul, la ciudad sagrada de Sikander, y a su máximo sacerdote, quien pide por medio de un mensajero a Dravot que acuda a visitarle a su templo, ante la posibilidad de que realmente sea el auténtico hijo de Sikander, quien prometió que mandaría a su vástago de vuelta a aquellas tierras. Daniel acude con Peachey, acompañados ambos de su inseparable Billy Fish. Allí el sacerdote exige una prueba para comprobar si se encuentra realmente ante un dios o un hombre, por lo tanto coloca a Dravot ante el templo, y frente a él vemos a un arquero dispuesto a dispararle. Esta vez Dravot no lleva ni chaleco con badana ni nada que le pueda salvar, por lo que si la flecha le alcanza será herido mortalmente, sangrará, y esa sangre humana demostrará que no es ningún dios si no simplemente un hombre, un soldado, un guerrero. Peachey al observar el peligro que se cierne sobre su compañero se abalanza sobre el arquero para salvar la vida de su amigo, provocando la reacción de los habitantes del templo quienes comienzan a sujetar y zarandear con aviesas intenciones a aquellos hombres que parecen impostores y no ninguna clase de dioses. Entonces los aventureros sufren otro golpe de suerte, en pleno zarandeo a Dravot le desgarran la camisa, y sobre su cuello se ve un colgante regalo del hermano Kipling justo antes de emprender el viaje hacia Kafiristan... es el símbolo masón al que nos referimos antes en el episodio de la estación de tren. Ante esa visión el sumo sacerdote ordena atajar el intento de linchamiento, abraza a Dravot y descubre una gran piedra bajo la atenta mirada de la gigantesca mirada de una imponente estatua del  dios Imra (el ancestral dios supremos kafir) en la que aparece el mismo símbolo… símbolo dejado hace siglos tras el paso de Alejandro por tierras kafires. 


Dravot y el ojo masónico. Felices coincidencias.


Ya no hay duda para los habitantes de Kafiristan, Daniel Dravot no es un hombre, es el legítimo y auténtico sucesor de Sikander, quien ha vuelto a aquella tierra santa para estar con sus súbditos. El sacerdote conduce a Dravot, Carnehan y Billy Fish a una cámara dentro del templo donde guardan un imponente tesoro custodiado celosamente por sacerdotes y monjes durante siglos. Es el tesoro de Sikander, una colección de joyas, monedas y utensilios de incalculable valor bañados en oro puro que harían sin duda a Daniel y a Peachey los hombres más ricos de Inglaterra, y posiblemente de toda la faz de la tierra, incluso dejando una parte al fiel y leal Billy Fish, quien ha sabido mantener el secreto de la naturaleza humana de Dravot. Como hijo de Sikander, Dravot puede hacer con el tesoro lo que plazca, incluyendo, claro está, llevárselo consigo. Por lo tanto los dos granujas comienzan a tramar un plan para llevarse aquel fantástico tesoro a Inglaterra, una vez haya pasado el invierno y puedan tener un retorno exitoso por el duro continente asiático.

Así van pasando las semanas y meses, con Dravot convertido en Dios y rey, legislador y juez, y Carnehan su consejero, pero siempre subordinado a él. Paulatinamente vemos como Daniel Dravot cada vez va metiéndose más y más en la piel del nuevo Sikander, hasta el punto de comenzar a creer que realmente es un enviado de los dioses, o mejor aún, un dios propiamente. Queda fascinado terriblemente ante la belleza de una mujer kafir que responde al nombre de Roxanna (interpretada por la esposa de Michael Caine, Shakira, un auténtico bellezón quien en realidad no era actriz, sino modelo, Miss Guyana a mediados de los 60), otra señal del destino, ya que Roxanna era el nombre de la esposa de Alejandro. Por lo tanto Dravot no duda que ha sido precisamente el destino quien ha puesto aquella hermosísima mujer en su camino para que la tome y la haga su reina y engendre con ella sus descendientes, quienes continuarán con la saga de Sikander, ya que Dravot ha decidido que no se marchará de aquel reino con su amigo Peachey, está decidido a quedarse, realmente convencido de que es el legítimo rey de todo aquello. Carnehan trata de hacer entrar en razón a su amigo, pero sin éxito, por lo tanto la decisión de ambos está tomada, Dravot se quedará en Kafiristan y se casará con Roxanna, Peachey se marchará y se llevará cuanto quiera del tesoro. 

Los sacerdotes de Sikandergul no aceptan en absoluto la decisión de Dravot de casarse con Roxanna, ya que al considerar que nuestro amigo inglés es realmente un dios, no puede casarse con una humana, con una mortal. Según la tradición la muchacha se convertiría en fuego y aquello desataría la ira del resto de los dioses, especialmente de Imra, pero Dravot, obstinado y cabezota, afirma que como dios que es lo puede todo, y por lo tanto puede también casarse con una mujer humana, por lo tanto la ceremonia nupcial se llevará a cabo justamente en vísperas de la marcha de Peachey, quien a pesar de discutir con su amigo accede a la petición de ser el padrino del enlace, como último favor y símbolo de amistad y camaradería entre ambos.  

Connery y Caine flanqueando a la preciosa esposa de éste.


Como creo que ya he destripado lo suficiente la película, concluiré esta sinopsis diciendo que la obstinación de Dravot en casarse con aquella mujer desembocará en los terribles acontecimientos que acabarán llevando a Peachey de vuelta a la India con el aspecto casi moribundo al que nos hemos referido al principio, portando además una bolsa cuyo tétrico contenido veremos en el impactante plano final con el que Huston cierra la película: una cabeza humana, prácticamente calavérica, tocada por una corona de oro. La cabeza del hombre que pudo reinar, la cabeza de Daniel Dravot, soldado inglés que llegó a creerse rey y dios de todo un imperio 

Esta es la historia de "El hombre que pudo reinar", película que se asienta sobre todo en el trabajo y la química de Connery y Caine como jamás dos actores principales masculinos han interactuado en la historia del cine, envueltos en las pieles de unos papeles que parecen creados para ellos, como si Kipling cien años antes hubiera imaginado a estos dos colosos capaces de representar a mendigos con ínfulas de reyes cuando escribió este relato. Justo es también reconocer la interpretación de Christopher Plummer en el papel de Rudyard Kipling, presentándose como un periodista vivo y desenfadado, contagiado de la vitalidad y del optimismo de la pareja protagonista, a quienes desde el primer momentos vemos que los contempla con auténtica admiración y fascinación, subyugado ante semejantes personajes ante los que uno no sabe realmente si se encuentra ante dos fantásticos y valerosos héroes o dos rufianes lunáticos e inconscientes cuyo único escrúpulo es la supervivencia. El tratamiento que Huston da a la película es, como hemos apuntado, en muchas ocasiones muy humorístico, pero sin querer aparentar nunca ser una comedia. Si a algún genero pertenece esta obra es al cine de aventuras, y no se puede entender la aventura sin un buen sentido del humor, por eso es fácil reconocer en Connery y Caine a dos claros antecedentes de aventureros "cachondos", como el Michael Douglas de "Tras el corazón verde" o el Harrison Ford de la saga Indiana Jones. Huston desdramatiza las guerras y las batallas, las humaniza, y en cierta manera muestra respeto por estas viejas artes de la guerra casi medievales de pueblos ancestrales que combaten a pie o a caballo, pero siempre cuerpo a cuerpo. Con escenas como la mencionada de los hombres santos de Sikandergul pasando por medio del anticipo de una escena de batalla, o cuando los habitantes de los distintos pueblos que la pareja protagonista va conociendo confiesan que sus enemigos se mean río arriba de ellos para que les lleguen sus orines cuando se bañan, Huston pone una nota absurda sobre las guerras entre pueblos y los presenta casi comos estúpidos hooligans de equipos de fútbol. La película también es interesantísima desde un punto de vista antropológico, con los dos occidentales asistiendo atónitos a algunas bárbaras costumbres de sus nuevos aliados (jugar al polo con la cabeza de sus enemigos, o el incesto por parte de los jefes guerreros como algo normal), pero procuran no juzgarles con severidad y aceptan el lema "otros pueblos, otras culturas". Por otro lado la historia está llena de matices interesantísimos que no pasarán desapercibidos ni dejarán indiferentes a ninguna mente inquieta. La confrontación entre la modernidad de finales del siglo XIX que representan Dravot y Canehan frente a los indómitos pobladores de Kafiristan, una tierra que si ha sido tan enigmática y desconocida a través de los siglos ha sido precisamente por la dificultad que han tenido las dos religiones imperantes, tanto cristianismo como islamismo, de dominarles y acceder a las almas de sus habitantes. También es interesante la relación que establece Kipling de la masonería con la población kafir, quien conoce y venera sus símbolos, ya que se nos insinúa que el mismo Alejandro los introdujo. La interrelación entre religiones y creencias, que acaban siendo las mismas pero con distintos nombres. Y por supuesto la relación de amistad inquebrantable entre los dos protagonistas, sólo enturbiada por las ansias de poder, pero que finalmente prevalece, tanto es así que cuando Dravot reconoce que han llegado a su posible final pide perdón a Carnehan por no haber escuchado sus sabios consejos de abandonar Sikandergul, y el bueno de Peachey le perdona admitiendo que nunca le reprocharía nada y estaría siempre peleando a su lado. Billy Fish se nos presenta en esos terribles momentos como otro soldado fiel y leal que no abandonará a sus amigos, esa entereza nihilista ante una muerte segura que tan bien retrató Peckimpah, por ejemplo, mostrando al "Grupo salvaje" caminando sin miedo hacia el cuartel de Mapache. 

Hay muchas anécdotas referentes al rodaje, que como todos los rodajes de Huston ya fue en si una aventura, pero hay una especialmente deliciosa. El personaje del sumo sacerdote de Sikandergul está interpretado por un vigilante de la zona de 103 años, el debut más tardío sin lugar a dudas de la historia del cine, quien en su ignorancia seguía trabajando por las noches sin saber de que iba aquello del cine, hasta que al ver que se quedaba dormido en varias fases del rodaje descubrieron que había seguido ejerciendo como vigilante. Tuvieron que convencerle de que realmente los emolumentos que iba a percibir compensaban que dejase su trabajo temporalmente, y posiblemente para el resto de sus días. Un anciano inocente que cuando se vio reflejado en la pantalla quedo tan sorprendido ante la fuerza del cine que declaró que sería inmortal para siempre. Aquello era magia para él.    


Desatando la ira de Imra


Quisiera finalizar haciendo un pequeño análisis sobre cine y literatura, ya que estamos hablando de una película basada en un relato de un escritor tan imponente como Kipling. De una manera habitual, y cayendo en cierto esnobismo, se tiende a un tópico bastante poco consistente que a todos les sonará, eso de "está mejor el libro", como admitiendo que la literatura tiene una superioridad intelectual sobre el cine. Nada más lejos de la realidad, el cine es, hasta la fecha, el arte más supremo y completo que existe, ya que es una compilación de diversas disciplinas: literatura, fotografía, música, interpretación dramática, diseño, etc, etc... son muchas y muy diversas las artes individuales que acaban completando el arte total del cine. Pero además es absurdo intentar comparar disciplinas y lenguajes distintos, que se mueven y caminan de manera muy distinta. En este caso el relato de Kipling es un pequeño relato de apenas 40 o 50 páginas, según el formato, que se lee en apenas una hora, pero en cine se transforma en una enorme producción, en algo gigantesco. El texto de Kipling es una pequeña delicia, una joya de buena literatura con una gran historia y unos grandes personajes. La película de Huston es un canto a la vida, al riesgo y a la aventura. Recientemente volví a verla para preparar este artículo, la sensación que me produjo fue la misma que en las anteriores ocasiones, de inmediato me ví poseído por un fantástico sentido del humor, me sentí alegre y optimista, y me mantuve con una enorme sonrisa en la boca durante las aproximadamente dos horas que dura el montaje comercial. Esto es lo que provoca "El hombre que pudo reinar". Recuerdo una estupenda escena de una hermosísima película de John Ford, "Que verde era mi valle", (otra adaptación literaria, por cierto), en la que el pequeño Huw, enfermo en cama, recibe la visita de uno de los personajes que le lleva un regalo para pasar mejor su tiempo de enfermedad. Es un ejemplar de "La isla del tesoro" de Stevenson, y le anima a Huw diciendo que le envidia porque va a leerlo por primera vez. Es lo más acertado que puedo decir para recomendar esta película, envidio a quien aún no la haya visto y vaya a hacerlo por primera vez. Es uno de esos placeres que de vez en cuando se nos regala a nosotros, los hombres. 

Quiero finalizar con unas palabras del propio Huston en su ya mencionado (y que vuelvo a recomendar como la mejor autobiografía que jamás he leído) libro "Memorias", que definen perfectamente el espíritu aventurero de la obra: "La película tiene sus defectos, supongo, pero ¿a quién le importa? Se lanza sin miedo hacia adelante. Nada hacia la catarata" 

Espero que hayan disfrutado la lectura de este artículo como yo con su escritura, rememorando con auténtico placer este milagro explosivo de vitalidad. Sin más, se despide de ustedes este humilde contrabandista de la Isla de Thule... 

PEPE KUBRICK  


Hasta el infinito... ¡y más allá!