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miércoles, 30 de septiembre de 2015

EL PATRIOTISMO ES EL ÚLTIMO REFUGIO DE LOS CANALLAS





La cita con la que abrimos la entrada quedó grabada a fuego en la memoria de los buenos cinéfilos desde que un Kirk Douglas en estado de gracia la pronunciase en 1957 en el alegato antibelicista de Stanley Kubrick “Senderos de Gloria”. Douglas, por aquel entonces en el mejor momento de su carrera, interpreta al Coronel Dax, un militar del ejército francés durante la I Guerra Mundial con un alto sentido del honor y un elevado concepto acerca de la dignidad humana. Un coronel humanista asqueado de ver como la humanidad se mata entre sí misma al servicio de los intereses de gerifaltes apoltronados, y de como esos viejos conceptos de Dios y patria siguen cegando a los hombres para seguir siendo instrumentos al servicio del poder. La frase la escupe Dax a la cara de uno de sus superiores, el General Mireau, quien había aludido al patriotismo como pretexto para mandar a los hombres de Dax a una muerte segura en la imposible tarea de alcanzar una colina tomada por el ejército alemán, y recuerda la autoría de la misma al Doctor Samuel Johnson, reconocido intelectual inglés del siglo XVIII. Para Dax, dentro de su ideario humanista e idealista, ningún hombre debería morir por una bandera, y mucho menos si eso supone seguir contribuyendo a lo que no deja de ser un negocio y una manera de manejar el poder.


Aunque el concepto de “patriotismo” suene hoy día rancio, trasnochado, y evocador de los malditos totalitarismos que tanto daño hicieron a la Europa del siglo XX, los ecos de la “menos perspicaz de las pasiones”, que decía Borges, siguen presentes en los discursos victimistas de los nacionalismos, grandes escaleras hacia el poder de esos miserables, esos canallas de los que hablaba Johnson, capaces con ello de envolver en celofán sus discursos maliciosos basados en derribar puentes entre los seres humanos en vez de construirlos.    



Coronel Dax: un idealista entre trincheras.



No puedo evitar pensar que el nacionalismo es una ideología que lastra al ser humano, aunque también, e igualmente por convicción, debo respetar todas las sensibilidades. España es un gran nacionalismo en sí, y a su vez una suma de nacionalismos, todos ellos, en mi opinión, igual de perjudiciales. Un país que se enorgullece, nos aseguran desde el rancio nacionalismo españolista, de su multipluralidad y tolerancia. Una tolerancia que desaparece en cuanto uno se sale del discurso único, porque por mucho que nos engañen sólo siguen aceptando una idea de España: la suya. 


El último ejemplo lo hemos visto con el sonado caso Fernando Trueba. En su discurso de recogida por su (merecido) Premio Nacional de Cinematografía, quien sabe si buscando epatar, ser original y superar aquello de Dios y Billy Wilder en la entrega de los oscars, o simplemente hacer reflexionar a sus compatriotas, aseguró no haberse sentido español ni cinco minutos de su vida. Una inocente reflexión (admito que lo de desear que hubiéramos perdido la guerra contra los franceses ya es pasarse de provocador, oiga, que aquí “Curro Jiménez” ha dejado mucha huella) la cual, no podía ser de otro modo, enseguida abrió la caja de los truenos de los españolistas de toda la vida, los que van sin careta, pero también evidenció que muchos presuntos aperturistas, convencidos de que defienden la libertad de pensamiento y comprenden este mundo moderno en el que habitamos, siguen viviendo poseídos por sus viejos tics de siempre. Y por encima de todo, claro, el topicazo del “progre” al que hay que sacudir como a una estera. Y es que si no existiera gente como Trueba, habría que inventarla. 


¡Qué vergüenza, qué bochorno, qué sofoco, qué indecencia! ¡Un artista español recogiendo un premio y una suma de 30000 euros (de los cuales parte irán a parar a las arcas públicas en forma de impuestos, digo yo, ya que qué yo sepa el señor Trueba no tiene cuentas en Suiza, cosa que no se puede decir de un buen número de voceros que han criticado su falta de “patriotismo”) renegando de la Madre Patria! ¡Herejía, excomunión, anatema! Parecen no darse cuenta de que ese premio se entrega por la calidad de la obra  (indiscutible en el caso de Trueba) desarrollada a lo largo de una carrera (en ese sentido, si podría ser criticable que Bayona, con sólo dos largometrajes a sus espaldas, lo recibiera hace un par de años, pero nunca un cineasta del largo recorrido de Trueba), no por una mayor o menor españolidad o patriotismo. Los méritos cinematográficos de Fernando Trueba están muy por encima del pensamiento ideológico o político que pudiera tener, que por cierto, tampoco es hombre de pronunciarse excesivamente en ese campo. No es Trueba, por otro lado, de esos cineastas cuyas películas hundan la industria. Sin ser un fabricante de “blockbusters” ni habitualmente reventar las taquillas, sus trabajos tienen buena acogida entre el público, aunque parece haber perdido fuelle en los últimos años. No queremos recurrir al manido “y tú más”, pero cuando se acusa alegremente a Trueba (como a tantos otros artistas españoles) de ser un parásito (les invito a quienes hacen tales afirmaciones a que prueben a involucrarse en la confección de una película, desde su principio hasta el último día de rodaje, y después me cuenten si les parece un trabajo de “parásitos”), hay que recordar que el record de una subvención de dinero público para una película lo sigue ostentando José Luís Garci, quien recibió 15 millones de euros (el coste total ascendió a 16,5 millones, con la campaña publicitaria) para realizar por encargo de Esperanza Aguirre, cuando era presidenta de la Comunidad de Madrid, la película, de, curiosamente inequívoco tinte patriota, “Sangre de Mayo”, en la que se ensalza la lucha de los españoles contra el invasor francés. Esos 15 millones de euros, lo han adivinado, salieron de los bolsillos públicos. Lo más dantesco del caso es que la película recaudó 700000 euros. La señora Aguirre, otra nacionalista patriotera disfrazada de liberal, sigue hoy día dando lecciones sobre cómo ser buenos españoles.


Este país reparte premios culturales y de todo tipo a personalidades de todo el mundo (piensen en el Príncipe, ahora Princesa, de Asturias, por ejemplo) Coppola ha recibido el de Las Artes de este mismo año, un premio igualmente cuantioso (50000 euros) y también pagado con nuestros impuestos. Quizás habría que pedirle al director de “El Padrino” que, para contentar a la turba enfurecida, intente sentirse español un poquito, aunque sea sólo cinco minutos de su vida, para compensar el desagravio de nuestro Trueba. A lo mejor incluso en Suecia se plantean que el próximo Nobel de Literatura, aunque sea ruandés, deba sentirse sueco por unos instantes, no se vayan a enfadar los patriotas de turno. Claro que otra cosa es ir provocando, y decir, qué sé yo, que Ikea es un invento del demonio. 



Un premio en rojigualda.



Y es que en ese sentido admito que puedo comprender el enfado del patriota de toda la vida. Del que va sin careta. El que no tolera un insulto a su patria. Pero resulta chirriante ver el rasgarse las vestiduras a quienes predican por un mundo en el que cada vez tengan menor razón de ser las naciones, los estados, las patrias, y las fronteras, pero les sale el tic casposo de “España sólo hay una” a la menor ocasión. Buscan malabarismos argumentales para defender su postura de que sí, que son muy liberales, modernos, y abiertos de mente, pero  lo de Trueba es una vergüenza nacional (por “progre”, rojo, intelectual y bizco) Se habla de que es un insulto al resto de los españoles (con que poco se sienten insultados algunos), que si no se siente español devuelva el premio (premio entregado, repetimos, por sus méritos como cineasta, no por lo que piense o deje de pensar), ese pensamiento de boina enroscada que quiere echar a Piqué de la selección española de fútbol, o que sufriría un pasmo si Guardiola relevase a Vicente del Bosque (¿qué hacemos entonces con todos los entrenadores que son seleccionadores en países dónde no han nacido?, si quieren aplicar el argumento de la “raza” a los futbolistas, ¿lo aplicamos también a médicos, fisioterapeutas, jefes de prensa, asesores jurídicos y un largo etcétera?), al final, con toda su modernidad, no reclaman más que un “España para los españoles”. Conozco hombres, o nacidos hombres, que se sienten mujeres, y viceversa, y no creo que supongan un insulto al resto de los hombres que si nos sentimos hombres, ni que sea un escándalo que se aprovechen de las ventajas o inconvenientes de serlo. 


Yo me siento español, y en ningún momento me han ofendido las palabras de Trueba. Más bien al contrario me han servido de reflexión para seguir comprendiendo a este país en el que algunos tipos de sinceridad salen caros. Un país anclado a la barra del bar y con la boina prieta. Les voy a confesar una cosa. Yo he nacido en Ponferrada, y sin embargo, y después de 42 años de vida, jamás me he sentido leonés. Nunca. ¿Por qué? Ni yo mismo lo sé explicar. Cierto que de joven me sentí atraído por ideas bercianistas, lindantes con el nacionalismo, por suerte ya superadas. Vendíamos, como no, victimismo: León era el culpable de todos nuestros males. Al igual que el leonesismo vende que Valladolid es el culpable de todos los suyos. Despojado, afortunadamente, de aquella distorsión de la realidad, no encuentro por otro lado ningún vínculo con la tierra leonesa. Todo ello amando profundamente la ciudad de León, una de las que más me ha hecho disfrutar a lo largo de mi vida, y en la que conservo grandes amigos. Sinceramente dudo que ninguno de ellos se sienta ofendido porque no me sienta leonés.


Vienen a mi mente ahora las palabras de ese abyecto personaje llamado Alfonso Ussía (otro que usa el disfraz de liberal para intentar disimular su nacionalismo españolista recalcitrante), afirmando con orgullo su francofobia y anglofilia, cual si hablase de equipos de fútbol, de ser antimadridista y barcelonista, o viceversa, y eso le hiciese mejor persona (créanme, hay gente que juzga a los demás seres humanos por ser de un determinado equipo de fútbol, esto es lo que pasa cuando te enroscas la boina en la cabeza bien a tope, no sea que te fluya la sangre en el cerebro y te dé por empezar a pensar por ti mismo, en vez de seguir los cuatro dogmas de fe que te llevan inculcando toda la vida) Qué triste manera de lastrarse uno mismo, de condicionarse, de limitarse. Cómo si no pudiera disfrutar por igual de Baudelaire que de Wilde, o no fuera capaz de comprender la carga icónica tanto de un Fantomas como de un Sherlock Holmes. Resulta especialmente sangrante el complejo francófobo de este país, que sale relucir de manera patética y patriotera en las competiciones deportivas, cuando sacamos al primate que llevamos dentro para enarbolar la banderita y celebrar que “nos hemos follao” a los franceses. 200 años después de la Guerra de La Independencia seguimos totalmente acomplejados por aquello. Anclados en un primitivismo ideológico a la altura de un Francisco, aquel meloso cantante que ahora, como no, también se ha subido al carro del (falso) liberalismo, para contribuir al despropósito de la España cainita asegurando que no comprará ningún producto catalán. Ya puestos pidamos un embargo y un bloqueo para Cataluña, eso sí que es de buenos liberales.   


Y es que este tipo de nacionalismo exacerbado, este viejo patriotismo, no difiere demasiado entre sus distintas caras. Sólo cambia el color de la bandera o la música del himno. El discurso es el mismo. Las grotescas y rabiosas actitudes españolistas y su odio hacia el catalanismo esconden la misma perversidad que las del catalanista que desprecia lo español.


Hagan conmigo este ejercicio mental de desarrollar una hipótesis. Pensemos por un momento que algún reconocido artista catalán recibe un premio otorgado por la Generalitat como reconocimiento a su carrera, y en el discurso de recogida del mismo, sorprendiese afirmando que nunca se ha sentido catalán. Bien podría ser un Albert Boadella, o incluso un Loquillo, que es un catalán más madrileño que el chotis. El sonido de los tambores de guerra retumbaría por toda España. Linchamiento y petición de deportación por parte de los nacionalistas catalanes… pero aplausos y vítores por parte de los que ahora crucifican a Trueba. Y esto es lo triste, los nacionalistas que ahora lapidan al director madrileño por su desafecto al país, celebrarían la valentía del artista catalán que públicamente airease su falta de sentimiento nacionalista para con esa tierra. Cambien a Trueba por Boadella, y la palabra “España” por “Cataluña”, y mantengan todo lo demás. Donde ahora tienen ataques aparecerían muestras de apoyo.   



Y es que los patriotas siempre encontrarán una bandera por la que luchar.      



Patriotas de distinto pelaje luchando por su bandera

viernes, 14 de agosto de 2015

EL MUNDO NECESITA MONSTRUOS



Gabba gabba we accept you!!




-¡Vengo desde Bilbao en tren, me he recorrido 800 kilómetros para expresar mi indignación y mi más enérgica repulsa por este crimen horrible, no hay derecho que tipos como éste anden libres por la calle y puedan matar impunemente! 

Así de enérgica se mostraba la anciana ante las cámaras de Antena 3 después de haberse dejado el alma correteando y chillando como una colegiala detrás del furgón policial que llevaba al asesino cordobés José Bretón al juzgado. Yo asistía impávido a la escena preguntándome que es lo que puede llevar a una respetable y jubilada señora a meterse ocho horas en un tren para pegarle cuatro gritos a un asesino cual groupie de los Rolling Stones que sigue la gira de sus ídolos. 

El mal fascina, y los asesinos, y más aún los asesinos en serie, se acaban convirtiendo en personajes de culto. Iconos pop. Una fascinación que abarca desde las húmedas adolescentes que envían cartas de amor a las celdas de los psicópatas (lo hemos visto recientemente con Miguel Carcaño, principal acusado y encarcelado por el caso de Marta del Castillo) hasta las venerables ancianas que se hacen 800 kilómetros para increpar al objeto de sus iras, pasando por los taxistas que arreglaban esto en dos días (al igual que con la política, el paro, o en su momento ETA), y por supuesto los nauseabundos espacios televisivos que sacan provecho recreándose en la truculencia del asunto, entrevistando si es necesario a un primo segundo de un cuñado de una vecina del monstruo en cuestión para hacer llegar a los televidentes como era el día a día del nuevo y mediático criminal quien disfruta de sus momentos de gloria. En el caso de este humilde eyaculador, admito que también existe esa fascinación por los rincones más oscuros del alma, dado mi interés por todo lo relacionado con la psique humana. Por supuesto Estados Unidos, como la gran potencia generadora y consumidora de cultura pop que es, ha explotado a los serial killers como es debido, con magazines, espacios exclusivos de televisión, y hasta un juego de cartas dedicado a los asesinos en serie. Pero no está tan alejado de lo que sucedía en España en su día con una publicación tan popular como El Caso. Quizás a nuestros asesinos les ha faltado el glamour de un Ted Bundy, pero hemos tenido nuestras figuras cuasi mitológicas al estilo de Jarabo. Ted Bundy, por cierto, antes de comenzar su descontrolada carrera de asesinatos había sido condecorado por la policía de Seattle al salvar a un niño de tres años de morir ahogado. En la impresionante saga de ficción sobre Hannibal Lecter creada por Thomas Harris se explica la diferencia entre ayudar a un pájaro herido encontrado en la cuneta o aplastarlo. Ted Bundy es el hombre que en el camino de ida socorrió al animal pero a la vuelta decidió aplastarlo.    


Ted Bundy, el asesino instruido

Utilizar la ficción para explicar la “vida real” es algo recurrente en muchos de nosotros. La especie humana, capaz de producir a los Hitler, Stalin, o cualquier malnacido maltratador de mujeres, nos ha procurado también un buen número de genios que nos han servido de muletas para ayudarnos a caminar. Luces que guiarnos entre las sombras. Fritz Lang era un prometedor pintor que acabaría siendo uno de los mejores cineastas de todos los tiempos. Como austríaco nacido en los albores del “fin de siecle”, conoció el horror de los dos grandes guerras y el ascenso del nazismo. La mayor parte de sus películas son clásicos de distintos géneros, del futurismo al cine negro, del western al cine bélico, pero en toda su obra desliza su lúcida y reflexiva mirada sobre la condición humana y los peligros de la misma. En 1780 el juez Charles Lynch ordenó ahorcar en Virginia a un grupo de colonos leales a Gran Bretaña durante la guerra de Independencia de los Estados Unidos sin mediar juicio alguno, dando origen a la terrorífica práctica del linchamiento. En 1936 Lang dio su particular visión sobre el asunto con uno de sus relatos cinematográficos más duros, “Furia”, donde un inmenso Spencer Tracy nos hace sentir el horror de enfrentarse a una justicia tomada por la mano del pueblo, tanto sufriéndola en sus propias carnes, como con la posibilidad de un descenso a los infiernos del propio protagonista, deseoso de ejercer venganza y un “ojo por ojo” que bien sabido es que no hace sino dejarnos a todos ciegos. Es una película que debería mostrarse en todas las escuelas del mundo. 

Advertía Nietzche de los peligros de mirar al abismo y de luchar contra monstruos, ante la posibilidad de acabar convertido uno mismo en monstruo. No hay más que observar al individuo que solicita un asesinato para un asesino para darse cuenta de que la premonición del filósofo alemán era cierta. Afirmamos distinguirnos de los malvados, pero nuestra única reacción ante ellos es actuar igualmente con bellaquería. ¿Recuerdan el caso de la muchacha que denunció una violación en Málaga por un grupo de jóvenes? Las redes sociales se llenaron de ciberjusticieros con sed de venganza desarrollando mil y una maneras de hacerles pagar por el daño a aquellos cretinos. Los chicos recibieron amenazas de todo tipo y apenas podían pisar un pie en la calle sin que la turba se les abalanzase. Al poco tiempo la joven confesó que la denuncia había sido falsa. Esa misma turba tardó apenas nada en cambiar el objetivo del linchamiento. Ya no eran los chicos, ahora había que lincharla a ella por mala puta y mentirosa. Como ven, de lo que se trata es de linchar. 

Pensamiento humanista del día: prefiero que haya mil culpables en la calle a que haya un solo inocente encarcelado.    


La furia


La especie humana, en efecto, es capaz de producir tanto un Hitler como un Gandhi, un Al Capone como un Mozart, o incluso un Ted Bundy que en un momento dado salva a un niño de morir ahogado para posteriormente asesinar a decenas de mujeres. El famoso “libre albedrio” debe ser quien nos rija para elegir el camino más recto, o más “bueno”, en términos de bondad y maldad, y no convertirnos en la naranja mecánica de la que hablaba Anthony Burgess. Frente a quienes (y siempre en momentos en los que los medios echan humo sobre estos temas) piden más mano dura; más garrote; más porrazos; más policía; más cárceles; más dureza; más represión, otros preferimos pedir más educación; más escuelas; más lecturas; más películas; más música;  más cultura. No quiere decir esto que no compartamos la indignación popular cada vez que hay un asesinato mediático. Al contrario, la indignación es buena y nos hace humanos. No se trata tampoco de la recurrente etiqueta del “buenrollismo”. Créanme que yo disfruto horrores con algunos de los personajes filofascistas encarnados por Charles Bronson o Clint Eastwood, quienes ejercen de catárquicos liberadores en la ficción. Aplaudimos a esos… ¿héroes? a los que vemos atravesar una línea que nosotros no nos atreveríamos a cruzar. Por no hablar de uno de los personajes más interesantes que ha dado la literatura en los últimos tiempos, el peculiar psicópata Dexter Morgan, quien después de ver morir asesinada a su madre siendo niño y pasar cuatro días escondido en un contenedor empapado en sangre, es incapaz de empatizar con el dolor ni sentir ningún remordimiento por daño alguno, por lo que, y tras ser educado por un padre que le enseña a discernir entre “malos” y “buenos”, se convierte en el instrumento ejecutor de aquellos que hacen daño a la sociedad (asesinos en serie, pedófilos, violadores, traficantes de drogas, etc) ¡Voila, el justiciero perfecto! Si no fuera por un pequeño detalle… y es que no dejamos de hablar de un psicópata. Volviendo a la imprescindible saga de Hannibal, nunca se ha trazado de manera más difusa la línea que separa el “bien” del “mal”, los “buenos” de los “malos”, los policías de los asesinos, que en esta célebre saga. Sobre todo en la extraordinaria adaptación televisiva de la cadena AXN, donde el agente del FBI Will Graham llega a prácticamente fundirse en un mismo ser con el caníbal protagonista. El universo de los superhéroes tampoco ha sido ajeno a estos conflictos y disyuntivas, caso del Punisher, el célebre y vengativo justiciero de Marvel cuya ética dudosa nos hacía plantearnos a los niños si era de los “buenos” o más bien de los “malos”. Más expeditivo si cabe resulta el Rorscharch de los Watchmen creado por el moderno bardo Alan Moore, al que Wikipedia define literalmente como “un ser que cree fuertemente en el absolutismo y la moral objetiva, donde el blanco y el negro están claramente definidos y no existe el gris, donde el bien y el mal se diferencian con claridad y el mal debe ser castigado violentamente”.    


Hannibal Lecter y Will Graham, ¿cuál es la diferencia?


Por tanto, ¿quién es el monstruo?, ¿dónde está el abismo?, ¿hay justificación en matar a quién previamente ha matado?, por otro lado, ¿no hay pecado en los ojos que miran y se recrean con el horror? ¿Es el fenómeno exhibido en las barracas de feria el único ser deforme y repugnante?, ¿qué hay de quién lo exhibe?, ¿y de quién paga la entrada?, ¿quiénes son los “freaks”, como se preguntaba Tod Browning en su inmortal película? 

¿No hay monstruosidad en el hecho de que una anciana reúna sus maltrechas fuerzas para meterse un viaje de ocho horas en tren únicamente para pegar cuatro voces delante de un furgón policial? ¿No hay truculencia en hacer negocio y espectáculo catódico de un asesinato? ¿No hay perversión en la mente de quienes rastrean la vida del asesino buscando su morbosa posible última actualización de Facebook? ¿No hay indecencia en quién buscar sacar rédito político reclamando reformas en caliente?

Vivimos en un mundo aterrador, violento. “Descendemos de monos erectos, no de ángeles caídos”, declaró Stanley Kubrick cuando le acusaron de apologeta de la violencia con su contundente adaptación cinematográfica de La Naranja Mecánica de Burgess. Encender la pantalla del televisor y contemplar las noticias es asomarse al abismo del que nos advertía Nietzche. Si aterrador es asistir al espectáculo de hemoglobina que nos brindan los telediarios, igualmente aterrador es ver a nuestros vecinos erigirse en nuevos jueces Lynch. Líbreme Dios que para distinguirme de un asesino tenga que rebajarme yo a la misma condición de asesino, ejecutor o cómplice, o simplemente jalear cualquier tortura o atentado a los Derechos Humanos, ya que entonces no habrá distinción ninguna y el abismo definitivamente me habrá devuelto la mirada. Y sí en efecto la educación es la base para el desarrollo de una sociedad, líbreme Dios de que nunca un hijo mío me vea así convertido en el monstruo contra el que afirmo luchar. Aterrador es, en definitiva, que en la vida real alguien quiera proclamar aquello de Charles Bronson: “yo soy la justicia”.


Escuchamos a menudo eso de que el mundo necesita héroes. Cada día que pasa estoy más convencido de que también necesita monstruos que sirvan de motor para exaltar nuestras más bajas pasiones, para exhibir en la barraca de feria televisiva, y para justificar que, nosotros sí, porque somos los “buenos”, podemos y debemos usar la violencia.      


Dexter, el buen psicópata

martes, 5 de febrero de 2013

TARANTINO ENCADENADO


¡Por mis pistolas!

 La historia y el papel de Quentin Tarantino en el cine contemporáneo creo que es de sobra conocido por todos. Una especie de "enfant terrible" que antes de los 30 años deslumbraba a crítica y público con su ópera prima "Reservoir Dogs". Un auténtico "boom", lo cual viene a decir que se daban todos los condicionantes para que estuviéramos ante un nuevo "bluff" o "hype" de éxito fácil y posterior carrera mediocre. No obstante había razones para creer en el cineasta de Tennessee. No hablamos de ningún pedante presuntuoso convencido de ser el nuevo Godard (a pesar de que su primera productora, "A band apart", rinde tributo con su nombre a uno de los trabajos de la primera época del director francés), ni de ningún niño de papa al que le pagan su capricho de estudiar en las siempre costosas escuelas de cine. Tarantino era un estudiante de clase media aficionado al teatro cuya mejor escuela de cine fue, como siempre ha reconocido, el video club donde trabajaba de joven. Allí desarrolló una impresionante cinefagia compulsiva que le hizo ser capaz de apreciar y admirar trabajos de todo tipo, presupuesto, calidad y género. Se cuenta que "Reservoir Dogs" es un plagio absoluto de un film de bajo presupuesto homgkonés, "City on fire", que personalmente no he visto. Lo que si tengo claro es que el debut de Tarantino como director es magnífico. Siendo aún un adolescente aquel trabajo me impactó desde el primer fotograma hasta la lustrosa banda sonora que ipso facto corrí a encargar a la tienda de discos más cercana (nadie tenía ni idea todavía de lo que estaba hablando cuando pregunté por ella al dependiente) La película, apadrinada por una estrella como Harvey Keitel, puso a Tarantino en la senda correcta hacia el "star system". Así no tardaron en llegar los grandes presupuestos, y con ello, las grandes estrellas (Bruce Willis, Uma Thurman, Robert De Niro, Kurt Russell, Brad Pitt, Leonardo Di Caprio...), alguna de estas estrellas no cayó sólo en los brazos de los impactantes guiones propuestos por Tarantino, si no directamente en los brazos del director (Uma Thurman), también aprovechó su cinefilia para recuperar actores y actrices de culto (John Travolta, Robert Foster, Pam Grier, David Carradine, Don Johnson), y sobre todo, descubrir para el gran público a intérpretes que de no haber pasado por las manos de este director a buen seguro no gozarían de su estatus actual (Tim Roth, Steve Buscemi, Samuel L. Jackson, Cristoph Waltz, Eli Roth, Daniel Bruhl)... incido tanto en el tema de los actores porque creo que es donde radica realmente el punto fuerte de Tarantino, por encima de sus en ocasiones repetitivos golpes de efecto o de sus diálogos a veces brillantes pero otras forzados y falto de toda sustancia. Como director de actores me parece no sólo el mejor hoy día si no posiblemente uno de los mejores de la historia. Y eso no es cosa baladí, estamos hablando de sacar el mejor rendimiento posible a la auténtica materia prima que da brillo al fulgor de una película: las estrellas cinematográficas. Esos repartos corales plagados de héroes, anti-héroes y heroínas (otro punto a favor, el haber sabido dar a las intérpretes femeninas algunos de los más sustanciosos papeles de los últimos tiempos… cosa que no sucede no obstante con su última obra, pero ya hablaremos de ello dentro de unos párrafos), personajes que en pequeñas apariciones de cinco minutos son capaces de dejar huella indeleble en el espectador. No me cabe duda, Tarantino es un magnífico director de actores.  


Y Travolta volvió a bailar.

La cinefilia de Tarantino es sana, inocente, de puro amor y de amor puro por el cine y por el siempre denostado cine de género. Tiroteos, persecuciones, peleas, puñetazos, explosiones, mutilaciones, violaciones, saqueos, guerras, batallas, sangre… y todo tipo de aberraciones que en la vida real uno prefiere no tener que enfrentarse a ellas, pero que en una pantalla de cine te pueden hacer pasar un rato de auténtico cachondeo. Hablamos de un auténtico expoliador (o mejor dicho, “explotador”, por acercarnos al término cinematográfico “exploitation” tan afín al director) con talento (no olvidemos que hablamos de un tipo cuyo cociente intelectual supera nada menos que el 160 y que pertenece a la exclusiva sociedad MENSA) Un hombre sin estudios superiores, sin estudios cinematográficos, pero que ha mamado puro cine. Tarantino se aleja así de los directores academicistas, técnicamente muy dotados para rodar anuncios de desodorantes o video-clips, pero con poca raza de cineastas. Recordemos que antes del auge de las escuelas de cine los grandes directores de la historia fueron unos auténticos autodidactas que aprendieron el oficio desde dentro, como esas historias que contaban nuestros mayores en los que un chaval entraba de botones en un banco y a base de trabajo podía acabar siendo director de una sucursal. Kubrick era un brillante fotógrafo, Fritz Lang pintaba cuadros… o más curioso aún es el caso de Hitchcock, cuya entrada en el cine fue haciendo rótulos para películas de cine mudo. El propio Kubrick llegó a vanagloriarse de no haber ido nunca a la universidad mientras trataba de vender sus fotografías, asegurando que de haberlo hecho posiblemente hubiera acabado en cualquier oficio aburrido y no dedicado a la aventura cinematográfica. De todos modos ocurre con Tarantino, como en tantas ocasiones en el mundo del arte y la cultura (o si prefieren, simplemente, el ocio) que uno puede disfrutar de su trabajo, pero le cuesta tragar con legiones de fans tan dispares y tan dadas al retorcimiento argumental a la hora de hablar de un tipo de cine al fin y al cabo tan sencillo como el del cineasta que estamos tratando. Ese cinéfilo caído para siempre en las garras del esnobismo que disfruta con producciones pakistaníes sobre el crecimiento de los girasoles, pero para no perder cierta condición “cool” afirma pasárselo pipa con películas de kung-fu, con cintas de terror de bajo presupuesto, o la más inmunda serie Z (aunque ni vea una película de ese tipo, ni tenga pajolera ideal del asunto) Y luego está el cinéfilo que intenta ver hasta guiños a Tarkovsky en las películas de Tarantino, como si todo fuera un gigantesco collage cinematográfico hecho a base de retales (un 20% de Godard, otro 20 de Peckinpah, un 15 de Kurosawa, misma proporción para Monte Hellman, unas gotitas de Eric Rohmer dando un 10%, y el 20 restante a partes iguales entre por ejemplo Bergman y mismamente John Woo) 

Kubrick, fotógrafo del pánico.


Digresiones aparte, vayamos al meollo del asunto. Tarantino ha estrenado nueva película. Y tengo que volver sobre mis pasos, en este caso sobre mis líneas, y recordar a ese director que me atrapó en el asiento con esa violenta historia sobre un atraco frustrado por una serie de perdedores de gatillo fácil llamada “Reservoir Dogs”. La grandeza de aquella cinta residía en su crudeza y su simpleza, no había fuegos de artificio ni pajas mentales ni onanismo camarográfico, simplemente un tipo contando una sangrienta historia sobre un atraco y sus catastróficas consecuencias. “Pulp Fiction”, como continuación de la obra de este nuevo apóstol de la violencia en el celuloide (y por supuesto muy por encima del infame y mediocre Oliver Stone), nacía ya como obra de culto antes incluso de su estreno. No recuerdo cuantas veces seguidas pude llegar a verla en el cine. Y por si fuera poco, el surf instrumental comenzó a sonar con fuerza en todo el globo terráqueo como nunca antes. Llegó “Jackie Brown” y comenzó el hastío. Un correcto trhiller con buen pulso, magnífica banda sonora, y poco más. El efecto Tarantino me empezaba a exasperar. Simplezas del tamaño de partir la pantalla para mostrar varias secuencias a la vez se hacían pasar por genialidades, o lo que es peor, innovaciones del “maestro”. Es posible que yo no tenga ni idea de cine, pero les aseguro que he visto muchísimas películas. El pobre recurso de mostrar varias secuencias partiendo la pantalla había sido usado en numerosas ocasiones durante las décadas de los 60 y 70 siendo un “modismo” recurrente en aquella época (“El estrangulador de Boston”, 1968, de Richard Fleischer, quizás sea uno de los trabajos más conocidos), aunque en realidad su uso se remonta hasta prácticamente el nacimiento del cine (el monumental “Napoleón” de Abel Gance de 1927 ya usaba esta técnica) Si me refiero a este efecto como “pobre” es porque, salvo en contadas ocasiones (por ejemplo he de reconocer que en “Carrie”, 1976, Brian de Palma, si funciona en la hemoglobínica secuencia en la que la protagonista desata toda su vengativa furia), no muestra si no una incapacidad por parte del cineasta para la narración de la trama ciñéndose a los cánones clásicos de la cinematografía. Dicho de otro modo, “contar” visualmente un atraco por medio de una pantalla partida en cuatro no sugiere ningún mérito como narrador al director de la cinta. Ni John Huston en “La jungla del asfalto” ni Stanley Kubrick en “Atraco perfecto” (dos películas de las que es deudora “Reservoir Dogs”) necesitan ni por asomo una argucia de ese tipo, y consiguen plasmar las posiblemente dos mejores obras sobre atracos frustrados jamás rodadas, sin abandonar en ningún momento un único plano, un único ojo, un único punto de vista, cambiante, pero siempre un único punto de vista. 

Fleischer, partiendo la pana y la pantalla


De modo que a partir de “Jackie Brown” mi interés en Tarantino decayó considerablemente, como un producto de entretenimiento más al que poca mayor chicha de la ofrecida en sus dos primeras obras se le podría sacar. Por si fuera poco sus colaboraciones, apadrinamientos, y participaciones en bodrios de diversa índole (“Asesinos natos” por encima de todo… o chorradas del calibre de “Four rooms”) no ayudaban en nada a recuperar la confianza en un globo que tan pronto se hinchó parecía desinflarse. “Kill Bill”, con esa Uma Thurman lanzando un guiño al eterno Bruce Lee de “Juego con la muerte” confirmaba la condición de “corta y pega” del director americano. “Death Proof” no pasaba de ser una simpática y cachonda puesta al día del clásico de Russ Meyer “Faster, Pussycat! Kill! Kill!” (1965) De modo que para mí el amigo Quentin estaba prácticamente sentenciado. 

Y en estas llegó “Malditos bastardos”, y me tragué todas mis palabras. Volvió el hechizo. El engancharse a la butaca del cine. El quedarse boquiabierto durante dos horas y media de gozoso espectáculo con actores sembrados, brillantes, relucientes. Un excepcional manejo de la ucronía que lleva a cargarse a Hitler en medio de un cine envuelto en llamas, un Brad Pitt genial como orgulloso héroe yanqui dispuesto a romper el orto a cuanto nazi se ponga en su camino (sí, amigos, me encanta ver como joden a los nazis), el inolvidable Oso Judío y su afición por el baseball…  ¡qué gozada! Después de haber crecido viendo este tipo de sucias películas sobre la segunda gran guerra, tipo “Doce del patíbulo” o “Los violentos de Kelly”, con personajes capaces de cagar granadas de mano mientras leían el “Playboy”, tenía muchas ganas de enfrentarme a estos bastardos cuyo concepto del honor militar se basaba en dar por culo a los nazis cuanto más mejor, pero he de decir que la película mejoró tanto mis expectativas que recuperé la fe perdida en el viejo zorro Quentin. Había vuelto a prender la chispa.    

Beat on the brat



No me extenderé más sobre “Malditos bastardos” (para mí, la mejor obra de Tarantino), ya que en su día escribí un explícito texto (totalmente colocado, borracho y de doblete) que cualquier día subiré a este blog. Si el paciente lector ha sido capaz de llegar hasta aquí, he de decir que es en este punto donde arranca la idea que tenía para este artículo (pero las digresiones, ya saben, que al final acaban ocupando líneas y pidiendo sitio): la última y esperada película de Quentin Tarantino, “Django desencadenado”.  De entrada, y como suele ser habitual en el de Knoxville, las cartas parecen estar encima de la mesa y uno ya sabe por donde van a ir los tiros, nunca mejor dicho. El director recupera un personaje clásico del spaghetti western, cuyo título más célebre es la cinta homónima de Sergio Corbucci estrenada en 1966 protagonizada por Franco Nero. Hay decenas de películas que retoman el personaje de Django. Una de las últimas y de las más curiosas precisamente cuenta con el propio Tarantino entre sus protagonistas, se trata de la producción japonesa “Sukiyaki Western Django” (Takashi Miike, 2007), en realidad un remake del film de Corbucci, con la misma trama de los dos bandos enfrentados y en medio un Django que va por libre y trata de aprovecharse de todos. Argumento que remite al célebre “Yojimbo” de Akira Kurosawa, que a su vez inspiró la película que sirvió de punta de lanza al género del “spaghetti western”, “Por un puñado de dolares” (Sergio Leone, 1964), y que conoció un convincente remake no hace muchos años de la mano de otro especialista en acción de alto octanaje como Walter Hill (“Last man standing”, 1996), con Bruce Willis a tiro limpio. De modo que en cierta manera podemos decir que en realidad el “spaghetti western” no nace si no en la tierra del sol naciente.  

Django en Japón, dispuesto a cargarse a los guionistas de "Humor amarillo".



El Django de Tarantino es un esclavo negro interpretado por un limitado Jamie Foxx (aún así al lado de The RZA, al que maldito el día en que se le ocurrió que podría dedicarse al cine, parece Sir Laurence Olivier) liberado por un cazarrecompensas interpretado por Cristoph Waltz y al que propone hacer su socio. A partir de ahí casi tres horas de una trama demasiado alargada y tediosa. Si se pretendía rendir homenaje al “spaghetti” se consigue, volviendo a ese tipo de cine lento y plomizo que tanto gustaba a Leone, pero a mí personalmente se me hizo soporífero. Finalmente cuando uno espera ese auténtico momento Tarantino, donde se respira la tensión más que el olor a alcohol en el metro la madrugada de un sábado, y a pesar de que el duelo Di Caprio-Waltz es el momento de mayor calidad del largometraje, acaba siendo de las situaciones de “callejón sin salida” peor resueltas por Tarantino. Después de más de dos horas que uno no sabe bien a donde le están llevando, los últimos 30 minutos son un atropello por intentar buscar un final más o menos feliz, o al menos un final donde los héroes triunfen y salgan airosos. Por si fuera poco hay que aguantar a uno de los fetiches de Tarantino, Samuel L. Jackson, en una interpretación patética, cargante y revulsiva por parte de un actor tremendamente sobrevalorado. La incontinencia fílmica del director en este caso le juega una mala pasada, siendo incapaz de meter tijera a un metraje con muchísimo relleno (la aparición de Franco Nero como guiño al Django original sin ir más lejos… minutos de película absolutamente inútiles) Sabemos que a Tarantino le gusta tirarse años hasta realizar un nuevo trabajo, pero eso no significa que tenga que fabricar un ladrillo de casi tres horas cada vez que vuelve a ponerse tras las cámaras. En definitiva el resultado, viniendo de una maravilla como fue “Malditos bastardos”, resulta un tanto decepcionante. Cuando parecía que el director alcanzaba su madurez como cineasta con aquella deslumbrante cinta del 2009 cargada de un cine vigoroso y palpitante, en esta ocasión nos enseña su peor cara de nuevo, la de un director autocomplaciente que recurre a viejos clichés, propios y prestados, y al compadreo con su cuadrilla. No quiero parecer demasiado crítico, ya que eso sería ser demasiado injusto con una película cuyos momentos buenos relucen con luz propia mostrando el talentoso director que hay detrás, pero hay que insistir en que este Tarantino desencadenado que no ha sabido condensar la historia y simplificar la trama acaba siendo un director encadenado a sus propios errores. No obstante sigue siendo quien mejor sabe filmar la épica de la venganza, y si en “Malditos bastardos” ajustaba la historia a su gusto para darle una generosa patada en el trasero al oprobio nazi, en esta ocasión no puedo por menos que aplaudir su desprecio hacia la esclavitud y las costumbres de los pomposos y estúpidos “caballeros” del Sur de los Estados Unidos a mediados del siglo XIX. El problema, insistamos en ello, es que debido al exorbitante metraje al final uno no sabe si está viendo un sucio y desaliñado “spaghetti western”, una película de época, o un docudrama sobre la esclavitud.

El látigo de la venganza