sábado, 30 de noviembre de 2019

HORROR VACUI



"Psicosis" ("Psycho", Alfred Hitchock, 1960)







He aquí mi tributo al vacío,
              al silencio,
                   el psicoanálisis
                         y los abrazos rotos.



Todo esto ya lo advertí (Osborne) en aquel lejano día nublado de neblinas y tormentas pasajeras sentadas en la fila 12 con equipaje de mano y bodega.


Fue el año del aliento del suicidio y de las amapolas rotas, miserables, marchitas... fue el verano de la magia negra y los axiomas de Confucio... fue el verano en el que me partí la esquina dorsal entre la ultraderecha y el mando a distancia de mi televisor...


Recuerdo los besos, la confusión, y el vaho empañando la realidad...


Recuerdo cuando la radio estatal anunció mi esquela... fue el mejor momento de mi muerte...

Recuerdo cada gota de sangre entregada en los análisis para que los doctores las pusieran a competir con sus cucaracha amaestradas.

Recuerdo los últimos pensamientos antes de que me pusieran el casco con los electrodos... estuvieron dedicados a mi madre y a Zidane, no recuerdo si en ese orden...

Esto es, y fue, todo lo que fui, el epitafio del desorden... un fotograma raído, un desorden alimenticio...

...negrura, fealdad y ojos vacíos de sus cuencas buscando una explicación a la nada, lanzando plegarias por un chaleco salvavidas que se agotó con los lanzallamas de la selva del Amazonas...


Este es el particular presidio de los poetas... no nos manden cartas, y si así fuera al menos mantengan el decoro y el buen gusto de enviarlas empapadas en LSD.


Por cierto, mi menisco se llama Manolo y quiere aprovechar la ocasión para saludarles a todo ustedes que nos leen desde sus casas con techo de trueno y almohadas de lepra... que con sangre entra.


Saludo de aguardiente e ideología... mi pobre menisco que se llama Manolo, va directamente a la cárcel sin pasar por salida y sin cobrar 20000


Esta es la auténtica magia y el milagro de toda extremaunción... que el vacío te devuelva la mirada.

lunes, 12 de agosto de 2019

MIEDO








Cómo aprendimos a amar a la bomba atómica.






Hasta donde llega a alcanzar mi memoria he observado a mi alrededor eso que en términos de Noam Chomsky se ha conocido como “cultura del miedo”, la cual produce grandes réditos a los poderes fácticos. Básicamente la teoría nos dice que a causa de ese miedo a un potencial peligro que puede poner en peligro nuestra vida, seguridad e integridad física así como la de nuestros allegados, entregamos grandes parcelas de libertad individual y regalamos nuestra intimidad al Gran Hermano de turno.   


No hablamos de un miedo particular e interior en nosotros, como puede ser el miedo a la muerte, la enfermedad o el dolor. Tampoco de un miedo entendible y necesario, un miedo parejo a la prudencia. Un miedo que nos impida caminar por la cornisa de la azotea de un edificio de diez plantas, por ejemplo. Tampoco nos referimos a ese miedo atávico y primitivo hacia lo inexplicable y sobrenatural, ese terror que ha moldeado mitos, dioses y monstruos y que en cierta manera también nos proporciona placer y llena de dólares las taquillas cinematográficas. No, la “cultura de miedo” trasciende todos esos miedos individuales y supersticiosos para erigirse en miedos representantes de toda una sociedad.   


Puesto a recordar, el miedo que producía la Guerra Fría, con los dos grandes bloques soviético y americano enfrentados poseyendo en ambos casos un arsenal armamentístico capaz de destruir un planeta que todavía vivía bajo la consternación y el pánico de los hongos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, es mi primera conciencia del miedo del que hablo. Sitúo tales recuerdos cuando era un niño, a finales de los 70 y principios de los 80. Puedo ver con nitidez la portada de una revista (de la que por otro lado no recuerdo el nombre) ilustrada con un hombre cubierto con una máscara anti-gas, en cuyo contenido se nos advertía sobre las medidas a tomar en caso de guerra nuclear. Recuerdo igualmente la voz quebrada de Gloria Fuertes, con ese tono que parecía castigado de orujo y tabaco negro, recitando por la radio un poema en el que rogaba a Reagan y Andropov (o quizás fuera Brezhnev) que no apretasen el botón. La radio ya era por entonces una fiel compañera para mí por lo que impregnado de aquel miedo que tan natural me parecía, puesto que la amenaza nuclear era tal que se había constituido en cultura propia, comencé a dormir todas las noches con un transistor sobre la almohada escuchando las emisiones nocturnas para así estar en todo momento conectado al mundo exterior y si finalmente alguien pulsaba el temido botón rojo ser el primero de mi entorno en saberlo para poder avisar a mis seres queridos y todos juntos poner en marcha la serie de recomendaciones que lógicamente había memorizado en aquella revista de la que he hablado. Afortunadamente muchos años después tal debacle no ha llegado a producirse, pero tengo que agradecerle a aquel miedo infantil mi todavía firme afición a dormirme con la radio puesta. Aquel miedo exploraba también las diferencias sociales. Envidiaba a los ricos no sólo porque pudieran disfrutar de unas vacaciones que mis padres nunca tuvieron o comprar las mejores consolas de videojuegos a sus hijos. En realidad les envidiaba porque podían construirse un bunker antinuclear.  


De aquel miedo colosal y planetario pronto pasé a un miedo más terrenal y mundano. Los 80 fueron una década convulsa en cuanto a delincuencia callejera, mitificada en aquellas películas que se han etiquetado bajo el género de “cine quinqui”. No contaban ficción alguna. La inseguridad ciudadana era palpable y había un responsable directo en forma de polvo habitualmente blanco: la heroína, el jamaro, caballo, jaco, o cualquiera de sus nombres con el que recorría las calles convirtiendo a la mayoría de chavales que se enganchaban en delincuentes cuyo objetivo era conseguir cuanto antes el dinero necesario para una nueva dosis. Todo lo que se movía era una víctima. También proliferaban los atracos en establecimientos, a plena luz del día o con nocturna alevosía (a decir verdad en este caso la alevosía era más bien diurna) Así poco a poco el discreto negocio hostelero de mis padres que prácticamente dejaba las puertas abiertas las 24 horas del día se fue transformando en una fortaleza de rejas y candados a medida que se iban sucediendo las visitas de los apandadores. 




Quinquis en el "star system".



Los niños no éramos ajenos a aquel estado de pavor callejero. Aunque, y más tratándose de chavales de barrio e hijos de clase media trabajadora, no solíamos llevar grandes cantidades encima, todo valía. Pequeños granos para el granero de los delincuentes juveniles. En Ponferrada solíamos ser víctimas de pandilleros de etnia gitana, quienes navaja en mano nos sustraían los cinco, diez, o veinte duros, depende de lo rumbosos que hubiesen sido nuestros padres o tíos, llevábamos encima para “chuches” o sobre todo (lo que más nos gustaba) para dilapidar alegremente en las salas de videojuegos. No voy a citar sus nombres pero se convirtieron en figuras cuasimíticas de la ciudad, evocadores de los peores momentos de nuestra infancia y pubertad. Más allá de la delincuencia también estaba la perversión y sadismo propios de aquellas edades. Había chavales, lógicamente unos años mayores que nosotros, con toda la superioridad física que aquello les otorgaba, que simplemente disfrutaban soltándote unos puñetazos (que no pocas veces eran correspondidos) Supongo que la inconsciencia de la edad invitaba a tratar con desdén el miedo y por supuesto existía cierto código de honor no escrito por el cual no podías chivarte de todo aquellos a tus “mayores”, y eran marrones que tenías que resolver tú solito por mucho que las abnegadas madres nos vieran más de una vez llegar a casa jodidos y apaleados con alguna ceja sangrando. Además yo siempre pensaba que si metía a mis “mayores” en aquello, ¿qué me impedía pensar que mis rivales no metieran a los suyos y se acabase convirtiendo aquella en una orgía de violencia? Visto ahora desde la distancia que procura el paso del tiempo no veo drama en aquellos años, más bien como el sarampión, algo que teníamos que pasar a esas edades. No obstante que nadie se lleve a engaños. Los 80 fueron duros y el robo estaba a la orden del día.  


Aquel miedo tenía cara y ojos, el de los pandilleros del barrio. Pero había otro miedo que no enseñaba su rostro y lo cubría bajo tétricos pasamontañas. El nombre de aquel otro miedo que se respiraba en las calles ya lo decía todo, puesto que se le conocía como terrorismo. Un fenómeno muy europeo que en España tuvo su máximo exponente desde el País Vasco con ETA (hubo otras bandas pero ninguna con el nivel de “éxito” de estos… recuerden aquel chiste de que ETA tenía más números uno que los Beatles, en alusión a las noticias que cada poco salían en los medios asegurando que había caído el número uno de la banda armada) Mi primer recuerdo más o menos claro es viendo un reportaje en televisión en el que las cámaras de TVE inquirían a los ciudadanos a dar su opinión sobre ETA. Pero la mayoría de las respuestas eran el silencio o un “no quiero hablar”. Creo recordar que fui yo quien preguntó en casa que porque nadie quería hablar y fui contestado por mis hermanas mayores con “tienen miedo”. Yo era tan pequeño que no entendía muy bien porque, pero pronto fui consciente de la magnitud de ese miedo. La violencia etarra ha sido una de las más grandes lacras que jamás haya existido en este país manteniendo un auténtico reinado del terror que despojado de cualquier tinte político arroja la cruda realidad de miles de víctimas de todas las edades, profesiones, ideologías y estratos sociales. Ojala hubiera sido una pesadilla, pero fue real. Alimentaron la “cultura del miedo” como nadie en este país. A todo ello se sumaba como es habitual la leyenda urbana, con lo cual cada destino turístico en cada verano era un objetivo de las “campañas veraniegas” de la banda, o cualquier caja de cartón en la calle podía contener una bomba porque te habían contado la historia de un chaval que le pegó una patada a una y se quedó sin piernas. De modo que aquel niño que dormía con un transistor para saber si estallaba una guerra nuclear al poco tiempo salía a la calle pensando que quizás no volviera a casa simplemente por jugar al fútbol en la calle.  


El patrimonio del terror en España ya no es exclusivo de ETA (cuyo estatus actual, y que así siga, es el de banda extinguida) El terrorismo islámico, yihadista, ha ocupado su lugar y el 11M de 2004 marca un desgraciado antes y después en nuestro país. Miles de personas seguimos montando a diario en esos trenes de cercanías que fueron multitudinarios ataúdes, porque a pesar del miedo la vida sigue. Pero básicamente se trata de lo mismo. Cualquier tren, autobús, avión… cualquier sala de cine, de conciertos… cualquier viaje a una ciudad con tradicional tránsito turístico… en cualquier momento el terrorismo puede hacer acto de presencia. Aquel 11M no fue más que una continuación, una más, de aquel 11S de 2001 en Nueva York que cambió para siempre el mundo y alimentó la “cultura del miedo” más que nunca. La paranoia que se instaló en el mundo occidental no se conocía desde mediados del siglo XX, cuando todo vecino podía ser un peligroso comunista dispuesto a implantar una dictadura roja que cercenase la libertad individual. Es curioso por tanto comprobar como la excusa de luchar en defensa de la libertad no hace sino recortarnos nuestras propias libertades, ejemplificado en el “Patriot Act” redactado por el entonces presidente de los Estados Unidos, George Bush Jr. y declarado inconstitucional en diferentes fallos judiciales a través de los últimos años.


Lo explican muy bien en la estupenda saga superheróica de Marvel, “Civil War”, serie que no podría entenderse precisamente sin el contexto de los Estados Unidos post-11S. Seguramente cualquier lector de este tipo de comics se habrá preguntado alguna vez como es posible que en las espectaculares batallas entre superhéroes y supervillanos, con explosiones y demoliciones de todo tipo apenas haya desgracias civiles. Los guionistas de Marvel, siempre abiertos a madurar sus historias, pergeñaron a mediados de la década pasada varias historias precisamente con víctimas de este tipo, cuyo climax llegaría con la masacre de Stamford en la que 600 civiles (varios de ellos niños) pierden la vida tras el enfrentamiento entre los Nuevos Guerreros y Nitro. A partir de ahí el gobierno de Estados Unidos emite un acta de registro superheróico que obliga a los héroes a desvelar sus identidades secretas para rendir cuentas como cualquier ciudadano llegado el caso, siendo declarados al margen de la ley en caso de no aceptar inscribirse en el registro. Se forman de esta manera dos bandos con dos filosofías distintas. Por un lado el Capitán América (curiosamente uno de los pocos de los que siempre se ha conocido su identidad de Steve Rogers) defiende la libertad del superhéroe para no desvelar su nombre ni entregar información personal, encarnando en cierta manera viejos valores patrióticos norteamericanos de utópica libertad individual capaz de no entrometerse en la libertad del otro, una especie de liberalismo al estilo europeo pero obviando que todos los ciudadanos respondan por igual ante la ley. Frente a él Tony Stark/Iron Man defiende la postura contraria, la necesidad de entregar la información requerida a su gobierno y responder ante la justicia. Un sometimiento al Estado excusado en la seguridad y el bienestar de los ciudadanos. Un liberalismo más estadounidense. A pesar de la complejidad de la trama Steve Rogers se presenta como el gran protagonista de la saga mientras que un Stark cada vez más autoritario parece, en cierta manera, el villano de la serie, lo cual nos hace plantearnos si los estados son autoritarios y represores por naturaleza además de insaciables en cuanto a recorte de libertades del individuo. Cuanta más parcela de nuestra libertad individual les demos, parcela más grande querrán.  


Sin llegar a tales simplificaciones extremistas, de lo que no me cabe duda es de que “Civil War” es un magnífico ejemplo para entender el funcionamiento de la “cultura del miedo”.   


Yonquis navajeros, asesinos en serie, violadores en manada, terroristas… el espectro que sigue protagonizando el miedo asegura la pervivencia de esta cultura. Poco importa cuando nosotros mismos ya nos hemos entregado y a través de las redes sociales desvelamos donde y que hacemos en cada momento. A lo mejor, y pese a que nos encante enarbolar banderas apocalípticas, es porque las cosas no están tan mal ahí afuera. 





¿Quién vigila a los vigilantes?








sábado, 20 de julio de 2019

LUNÁTICOS










"In starlit nights I saw you, so cruelly you kissed me.
Your lips a magic world, your sky all hung with jewels.
The killing moon will come too soon" 
("The Killing Moon", Echo and The Bunnymen)






Se conmemoran 50 años de la llegada del hombre a la Luna. Hombre blanco, robusto y norteamericano para más señas, superando en la loca carrera espacial a la Unión Soviética de cosmonautas y perritas en sputniks. El gran paso para la historia de la humanidad, el gran hito moderno, y a la vez el gran sacrilegio, la mancilla en el romanticismo y la poesía. Con el pie humano puesto sobre la luna, ¿qué lugar queda para la magia?



Se conmemoran 50 años del alucinante alunizaje de Armstrong y Aldrin, mientras su compañero Collins ejercía de solitario pagafantas espacial confinado al lado oscuro de la Luna. Y precisamente ahora el Gran Mago de nuestro tiempo, Alan Moore, anuncia definitivamente su retirada del mundo de los comics. Una retirada que lleva cinco años cociéndose a fuego lento, desde que en 2014, y posteriormente en 2016, ya sugiriese que no tenía nada más que contar.



50 años de un alunizaje que no está reñido con otra realidad alternativa, con una realidad no real, con la apología de la más pura hiperstición. La realidad de los farsantes, cuentistas, magos y embaucadores que han estado durante siglos visitando la Luna. La realidad, en definitiva, en la que preferimos vivir los poetas. Fue Luciano de Samósata el primer nauta (o al menos así está documentado) que viajó al nocturno satélite. El título de su aventura no puede ser más explícito: “Historia Verdadera”, dejando clara la verdad de su mentira, o la mentira de su verdad, tanto da. Lean lo que el propio autor decía al respecto de su obra: “Me orienté a la ficción, pero mucho más honradamente que mis predecesores, pues al menos diré una verdad al confesar que miento. Y así creo librarme de la acusación del público al reconocer yo mismo que no digo ni una verdad. Escribo, por tanto, sobre cosas que jamás vi, traté o aprendí de otros, que no existen en absoluto ni por principio deben existir. Por ello mis lectores no deben prestarles fe alguna” ¡Qué maravilloso canto a la libertad literaria!


La línea genealógica trazada desde Luciano de Samósata, quien viviera bajo el Imperio Romano en el segundo siglo después de Cristo, hasta el actual Alan Moore, bardo de Northampton, ha sido el justo ejercicio de rebeldía e inconformismo ante el mundo material y verdadero, esto es, el mundo gris y tedioso que ha tratado de imponer, y ha impuesto, la dictadura de la objetividad intentando desproveernos de nuestro rasgo más humano: el de la propia experiencia, es decir, la subjetividad. Volviendo (y siempre hay que volver) a Moore, en su posiblemente obra maestra más rotunda (y tiene unas cuantas), la impresionante “From Hell”, el genio inglés formula una apasionada apología sobre el pensamiento mágico y la imaginación y las virtudes del hemisferio derecho de nuestro cerebro. El hemisferio creativo, rebelde, y emocional. Conecta esta reivindicación con una defensa del poder femenino, de Diana sobre Apolo, y por supuesto de la Luna sobre y el Sol, y con su teoría de que la humanidad en sus principios fue principalmente matriarcal y las primeras deidades fueron féminas hasta que una rebelión masculina decidió cambiar el orden establecido. Teoría que según la antropología tiene todos los visos de ser realidad, ya que se estima que al menos durante los primeros 200000 años del hombre sobre la tierra la divinidad más poderosa y adorada era una diosa madre y no un dios padre. Teorías antropológicas que bien harían en repasar los modernos reaccionarios de hoy día que bajo el dictado de nuevo de la verdad absoluta y objetiva niegan la necesidad de la lucha feminista. No es la única vez que Moore ha manifestado este atávico feminismo antropológico. En el número 40 de la saga de “La Cosa del Pantano”, con el título de “La Maldición”, nos presenta el personaje de una mujer-lobo que bajo el influjo (una vez más) de la Luna encierra en si misma una historia de opresión colectiva liberada a través de la licantropía. Hermoso y salvaje, como toda buena revolución.



Las vanguardias artísticas, y principalmente literarias, del “fin de siecle” que sirve de transición entre los siglos XIX y XX, siguen resultando las más excitantes de la historia de las letras. El simbolismo y el modernismo fueron los movimientos más rebeldes y transgresores posibles, rebelándose contra el nuevo mundo materialista y burgués. Curiosamente el modernismo, como movimiento artístico, fue el gran contrapunto a la modernidad de un mundo que abrazaba la ciencia como una nueva religión sepultando sin piedad el pensamiento mágico. La razón despedazando a la imaginación. Posteriormente sería un hombre de ciencia como Freud quien demostraría las conexiones entre ambos mundos y la importancia de lo onírico, inconsciente y surreal en nuestra manera de percibir el mundo, es decir, en lo que entendemos como “realidad”, concepto que erróneamente nos empeñamos en seguir revistiendo de verdad absoluta y objetiva cuando no se trata de nada más (ni nada menos) que de una percepción individual y subjetiva, una experiencia personal e intransferible que en todo caso puede encontrar rasgos comunes en la colectividad, y así, cuando un grandísimo porcentaje de la población ha percibido un mismo color nos hemos atrevido a ponerle nombres a los colores, o de una manera todavía más osada, cuando hemos comprobado que la mayoría de los seres humanos padecemos ciertas cuítas emocionales (melancolías, tristezas y todo ese etcétera de quejidos anímicos) hemos intentado definir tales sentimientos, buscando apoyo en las palabras que funcionan como muletas de nuestros pensamientos. Pero aun con todo eso no somos realmente capaces de expresar lo que sentimos, ya que alma y verbo no son lo mismo por mucho que se empeñe la Biblia. Freud abriría el camino para posteriores psiconautas de sobra conocidos (Hoffman, Huxley, Leary...), otros valientes lunáticos que han buscado viajar más allá de los límites de su mente gracias a esos regalos de los dioses que son las drogas, llegando donde otro lunático como William Blake sólo pudo llegar con ayuda de su cerebro, que no era poca cosa. Blake, lunático igualmente transgresor y revolucionario y a quien los modernos reaccionarios de hoy día despacharían de manera despectiva como animalista y feminista sin pudor alguno. “Cada cosa existente tiene tanto derecho a la Vida Eterna como Dios, quien es el sirviente del hombre”.


No he venido hasta aquí para clavar impunemente mi pluma en los costados de Armstrong y Aldrin (ni de Collins, ¡pobre Collins y sus solitarias 24 horas en la órbita lunar!), yo de niño, como todos los niños occidentales de finales de los 70, quería ser astronauta y en mi colección de figuras de acción tenía un lugar prominente el mítico madelman con traje espacial y casco inspirado en “2001.Una odisea en el espacio”. Pero luego quise ser mago. Y se trata de volver a esa magia. A esa poesía. Al hemisferio derecho del cerebro. A la Luna. A Selene. A Luciano de Samósata. A Verne. A Melies. A Moore.







miércoles, 17 de abril de 2019

CAYETANA Y EL SILENCIO








Cayetana, cuello esbelto, noble garza, musa pétrea y esfinge regia. 


Cayetana, dama dama de alta cuna de baja cama, pescuezo infinito de la una, grande y libre España.


Cayetana sueña, detrito inconfesable, anhelo orgiástico, dentro de un océano de abrasadora masculinidad, de hombría con aroma a Varon Dandy y after shave. 


Cayetana, fiera inquieta, busca a Jacq’s, a ese hombre que la mira y la desnuda.


Cayetana quieta y callada que está como ausente,  lienzo insondable, veneno en la piel, dibuja corazones y flechas en su cuaderno de niña rebelde en la “uni”… y espera la llegada del hombre. Ese hombre que vendrá como si pisase la Luna, pequeño paso y gran empresa.



Y él llegará y le dirá: “Cayetana, cigüeña preñada de emociones, veo en ti el deseo y el ardor. Cayetana, niña mía, nada digas, pues todo lo dice tu mirada” Y Cayetana, silencio cómplice, mirada furtiva, aguardará que él la coja de la mano, acaricie su pelo, y bailen la eterna danza prohibida, inaccesible para el vulgar vulgo de progresía y feminazismo. 



Cayetana, yegua salvaje que necesita ser domada. No digas nada, Cayetana, no digas nada. Tu silencio escupe versos de fuego por ti.  





jueves, 28 de marzo de 2019

LA BANDA SONORA DE NUESTRAS VIDAS









Observo, con una mezcla entre empatía y orgullo de clase, que ante las numerosas reacciones y comentarios que está suscitando el nuevo disco del trío cada vez menos cretino de Estepona, los fans comienzan advirtiendo con el habitual “yo es que no puedo ser objetivo con Airbag...” dejando claro el punto de vista de fan ante una banda que si puede presumir de muchas cosas entre ellas está el de poseer una legión de seguidores cuya devoción por la música de los malagueños va más allá de la cordura y la razón (créanme, sé de lo que hablo), pero también implícitamente expresando el miedo ante una nueva obra de su banda favorita y la posibilidad de la decepción, con lo que de manera igualmente implícita se asume la responsabilidad de un grupo que se ha empeñado en ponerse el listón cada vez más alto disco tras disco. Poco importa entonces la larga espera entre obra y obra (cuatro años en este caso desde “Gotham te necesita”), se comprende (y esto lo dice quien hizo el pre-order en cuanto Sonido Muchacho lo hizo oficial y fue tachando días tras día del calendario hasta el 15 de Febrero cual preso recluído en una celda contando las jornadas hasta su liberación), que se tomen el tiempo que haga falta, porque como acertádamente afirma Joaquín Niki en la hoja promocional, los albumes de Airbag son bombas de racimo que antes de impactar con la superficie ya han soltado diez o doce bombas más. Nos hemos acostumbrado en los últimos tiempos a que la devastación emocional que supone la música del trío malagueño no sea inmediata pero sus efectos perduren el tiempo necesario hasta que nos regalen otra colección de canciones con las que seguir escribiendo la banda sonora de nuestras vidas.


No descubrimos nada reconociendo que uno de los puntos fuertes, o quizás el mayor punto fuerte que les otorgó estatus diferencial frente al puñado de bandas de punk rock españolas nacidas en los 90 son las letras. Una diferencia sobre el resto que hace que muchas bandas se devanen los sesos intentando imitar esa fórmula que permite con dos frases llegar al centro del corazón del oyente. Desengáñense. No hay ningún truco, esto se tiene o no se tiene, y por alguna extraña razón Airbag lo tienen. Pero resulta injusto considerar a Airbag una banda sólo de letras. La injusticia que se produce cuando alguien es tan increíblemente bueno en algo que eclipsa lo no tan increíblemente bueno en lo otro. Esa calidad en una determinada faceta acaba convirtiéndose en estigma, como ese jugador de baloncesto que mete 50 puntos en un partido y tiene que escuchar que en defensa no ha sido tan bueno. Sólo a los mejores se les ponen pegas, y considerar a Airbag como un grupo que no aporta más que pericia literaria es obviar que sus letras cobran vida y valor gracias a su música. El hombre escoge distintos caminos para vomitar lo que lleva dentro y desnudar su alma: cine, música, literatura... cada campo tiene su lenguaje, y la música pop no puede entenderse sin el matrimonio entre letra y melodía. Airbag, por tanto, no es un grupo de buenas letras... es un grupo de buenas canciones.


En mi caso particular he tardado varios días y varias escuchas en reconocer que estoy ante una obra absolutamente mayestática e imprescindible en mi (no sé si todavía a mi edad) educación sentimental. Y es que los años han pasado para todos, para una generación de peterpanes que hemos encontrado en Airbag a los cronistas de nuestras vidas. Marta, Elena, y el resto de chicas normales han crecido y ahora viven con Mar saliendo dos veces al mes y volviendo a casa por Navidad o algún puente, como cantan en la realista “La fuga de Logan”, agrio mensaje envuelto en celofán pop y otro título que da en la diana. No es el único. “Eleven & Mike” y “Phantasma” juegan de nuevo con la querencia por el universo fantástico para hablar de sus temas favoritos desde títulos que a priori nada tienen que ver, aunque no me digan que no es una pasada cantar eso de “en trece años no había visto a nadie tan especial en todo nuestro Hawkins”, aunque uno esté pensando en una vieja amistad de Buitrago de Lozoya. “Phantasma” es caso aparte, una de esas canciones que no entran a la primera pero en cuanto lo hacen no te sueltan nunca. Imposible no sentirse dentro del tema, de esta oda al amor perdido que estalla en uno de los mejores estribillos de su carrera, un chute energético capaz de remitir al “Radio” de Teenage Fanclub. Y es que siguen estando especialmente atinados en su mirada sobre las relaciones humanas, y más en concreto las relaciones de pareja. Relaciones de pareja por encima de un término tan abstracto como el amor, pero de cuya búsqueda inevitablemente participamos todos. Una búsqueda que lleva a imaginar como será la vida de ese objeto del deseo que apenas surge ante tus ojos unos minutos pero te obsesiona de tal modo que acabas desarrollando la película de su vida, como le sucede al protagonista de “El puente de los alemanes”, tema que cierra el album de una manera tan desgarradora que definitivamente alguien debe venir a recoger los pedazos de tu corazón una vez que la aguja ha llegado al final y el plato ha dejado de girar. ¿Quien no ha vivido historias de estaciones de autobuses, de esperas en el anden los viernes y despedidas los domingos, hasta que “alguien la descubre en la gran ciudad”? Demoledor. Todo dentro de una especie de balada acerada en la que Adolfo hasta se marca un paseo por el mástil de la guitarra como si clavara un cuchillo (tranquilos, apenas dura unos segundos) Pero hasta llegar a este final el paseo ha sido la habitual montaña rusa sentimental de Airbag, prosiguiendo con la “denuncia social” de “El centro del mundo” o la arriesgada “Cita en Honolulú”, de título emparentado con la sublime “Cita en Hawaii” de La Mode, y que acertádamente se aleja de su aspecto de amable tonada surf con un estribillo abrupto y arriesgado. En “Koi No Yokan” y “Metal” se alejan de los típicos cortes estilo Airbag para tejer unas melodías de inspiración más sixties, acertando en el primer caso con un estribillo luminoso que levanta la canción, al revés que en “Metal”, mostrándose más inspirados en las primeras estrofas (ojo a la travesura de Adolfo con la guitarra), y volviendo a dar en el clavo en el tema del que ya son Honoris Causa: “lo primero que me gustó, fue lo mismo que poco después me mató... no lo vi venir...”, desolador. Y por otro lado una muestra más del escapismo de unos Airbag inarbacables a los que cada vez es más difícil de etiquetar. Si a “Metal” le metiésemos una sección de vientos podría pasar por una bisnieta de “I've been hurt” de Bill Deal & The Rhondels.  “Memoriax 500” parece un tema sacado de “Alto Disco”, aquel album que  posiblemente significó el mayor punto de inflexión en su carrera como autores de canciones. “Linda Cuy” desconcierta (Felipe Correa, nombre propio del actual power pop nacional la emparenta con “Gran Caimán” del “Gotham...”), a priori parece el momento menos afortunado del disco (aunque con Airbag y el efecto que producen sus canciones con el paso del tiempo nunca se sabe), pero deja detalles como esa imagen del “bañador que llevas todos los días está hecho polvo y perdiendo color”, concisa metáfora del constante paso del verano en el que quieren instalarse unos Airbag que no por ello carecen de la amargura necesaria para diseccionar todo lo que les rodea, y además qué agradecidos suena esos arreglos de sintetizador nuevaoleros que harían las delicias de Ric Ocasek. “R Tape loading error” es un generoso soplo de brisa fresca plagado de inflexiones melódicas, surferas y vocales que los malagueños manejan con facilidad pasmosa, justo antes de dejarte KO con ese “Puente de los alemanes” ya citado. 


El tiempo acabará poniendo en su lugar este nuevo disco dentro de una discografía que ya es rotunda, mucho más en calidad que en cantidad. Quizás no sea su mejor LP, desde luego no es el peor (o el menos bueno), pero si tengo claro que es el disco de Airbag más desgarrador, el que más duele, el más agrio y amargo. Tan desolador como ese cementerio al que aluden en título y portada, con un acertado juego de palabras que tan bien encaja en una obra tan dura como esta, y es que si el siempre difuso movimiento “indie” español en los 90 estaba plagado de chavales de pelo largo y camisetas a cuadros que hacían sonar sus guitarras con un ruido de mil demonios queriendo emular al mismísimo John Cale, 20 años después se ha convertido en una caterva de señores barbudos con americanas raídas empeñados en cantar con el registro vocal de Victor Manuel. “Cementerio Indie” es en muchos aspectos la obra más aterradora de Airbag. Y es que estos fanáticos del cine de terror conocen bien que precisamente no hay nada más terrorífico que llegar a casa y encontrarte su armario vacío...