sábado, 4 de abril de 2020

DIARIO DEL CORONAVIRUS (XIX): YOU CAN'T STOP THE MUSIC










Pues no. Como cantaban los inefables Village People, ni tú ni nadie puede parar la música. Una música que bien puede ser un hermoso aliado o un insoportable enemigo en estos días del confinamiento. Y es que llegados a este punto una vez más el fascista que llevo dentro únicamente florece en este tema. Ni patrias, ni política, ni religiones, ni fútbol. El fascista que yo llevo dentro sólo sale cuando hay que hablar de música.



Y es que si en los últimos años hemos visto una proliferación de pinchadiscos invadiendo las cabinas de algunos de los bares de rock'n'roll más míticos sin apenas contar efectivos en su colecciones, o peor todavía, directamente sin colección alguna y recurriendo a elementos digitales, ordenadores portatiles, tablets o unidades usb (lo que coloquialmente llaman “pincho”), esta “democratización” de los pinchadiscos adquiere todavía un significado más perverso con centenares de vecinos martirizándonos desde sus balcones demostrando su pésimo gusto musical, o con presuntuosas exhibiciones de narcisismo a través de vídeos en redes sociales en los que al suplicio auditivo hay que sumar en no pocas ocasiones el delirio estético de la imagen. Porque ya me dirán ustedes la gracia de ver a fulano o mengano pinchando en calzoncillos después de cinco días sin ducharse y con barba de una semana. En esta legión de torturadores musicales caben todos, lo mismo quienes llevan toda la vida comprando unos discos para los que ya no quedan rincones en sus casas que los que desde que apareció la cosa esta de internet no se han comprado ni un solo disco ni han gastado un solo euro en música, señal de lo que les interesa realmente esa disciplina artística. No compran música porque no les importa la música, ni los discos, ni las bandas, ni los sellos, ni las salas, ni los promotores, y les da exáctamente igual que el mundo de la música mueva millones o no mueva ni un céntimo. No es su guerra. Nunca les ha interesado y a estas alturas ya no les interesará, pero mientras puedan seguir dándole a un botón para tener el último tema de moda seguirán diciendo que sí, que les gusta la música, que escuchan mucha música, de todo tipo, y que posiblemente les gusta “toda la música". Desconfíen inmediatamente de quien hace tal afirmación y tengan la completa seguridad de que se encuentran frente a un zote sin oídos cuyos conocimientos sobre el mundo de la música tiene el mismo peso que el de Jair Bolsonaro respecto al covid-19.



Pero ahí les tienen, manteniendo alta la moral de la tropa sin que nadie les haya pedido que acudan en nuestro socorro. El himno nacional a todas horas, el “¡Qué viva España!” de don Manolo, el sempiterno y recurrente Sabina, pseudocantautores de todo tipo y pelaje, y como no, reaggeton a todo trapo para que sigamos moviendo el cucu en el salón de casa y que papi le siga dando gasolina a mami. Dejo para un comentario aparte lo del “Resistiré” de Manolo y Ramón, aka el Dinámico Duo... denarrrrrrrrrr porque el nivel de indigestión al que hemos llegado con las mil versiones del dichoso tema amenaza con destrozar todos los registros de ignominia conocidos en el pachangueo musical, canciones de verano, y éxitos de radio-fórmulas... desde Georgie Dann hasta el ridículo “Despacito” pasando por el grotesco coreano aquel que nos martirizó durante un tiempo y del que afortunadamente no recuerdo su nombre (a decir verdad nunca lo supe), nada se puede comparar a la sobresaturación que estamos viviendo del himno oficioso de la pandemia en España en poco más de dos semanas.



Siempre he dicho que por lo general en este país la música importa más bien poco. Es simplemente un acompañamiento para planchar las camisas o freír unas croquetas. Un kleenex de distracción sonora con el que sonarte la cera de las orejas, de usar y tirar. Ahondar en lo que ahí detrás de ese mundo interesa bien poco. Si usted sale a la calle (bueno, ahora no, cuando se pueda) y comienza a preguntar a los viandantes que se encuentra a su paso quien es Josele Santiago quizás con suerte después de unos 20 transeúntes alguien le de la respuesta. Y eso Josele. Pruebe a preguntar por Paco Poza y si un peatón de cien con los que se cruce le sabe decir quien es y el título de alguna de sus canciones puede usted abrazar una farola en señal de alegría y en homenaje a José María García. Esto por citar los dos primeros nombres que se me han venido a la cabeza de dos tipos que escriben canciones enormes como soles dentro de un país que atesora una calidad musical extraordinaria con grandísimos compositores, fantásicas bandas, y muchísima y muy buena gente de música... pero con una cultura general pobre, paupérrima, por parte del común de los ciudadanos.



Y esa cultura pobre y paupérrima cobra triste y gris reflejo en estos días de pandemia que han transformado nuestros balcones, terrazas y ventanas en auténticas salas de tortura que ríase usted de Guantánamo.



Por favor, sólo por unos días, pero que alguien pare la música.










jueves, 2 de abril de 2020

DIARIO DEL CORONAVIRUS (XVIII): EL REY DE MÉJICO











La otra noche en el breve intervalo de unos 20 minutos supe de dos noticias relacionadas con la crisis a nivel global de la pandemia del covid-19 las cuales conformando parte de este diario particular que todos estamos viviendo en esta época, plagado de pequeñas o grandes historias, significaban dos polos opuestos en cuanto a entender tu papel en la vida.


Primero escuchaba a Michel, el fantástico extremo que fuera dueño de la banda derecha del Bernabéu durante varios años entre las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo, afirmar que la situación actual le afectaba hasta el punto de verse recortado en su sueldo alrededor de un 80%. El ex –futbolista actualmente ejerce de entrenador en Méjico, llevando el banquillo del histórico Pumas (club muy vinculado a su amigo y ex –compañero Hugo Sánchez) de la liga centroamericana, que como la grandísima mayoría de competiciones en todo el mundo (si nos centramos en el fútbol sólo tengo constancia de que no hayan parado en Bielorrusia y Nicaragua) ha interrumpido su calendario. Escuchando a nuestro compatriota, el bueno de Michel no sólo afirmaba que comprendía la decisión del club, si no que desvelaba que el recorte en principio iba a ser menor pero fue su propia insistencia la que instó a sus superiores a tomar una medida tan drástica. El madrileño confesaba que lo hacía para que otros empleados del club menos afortunados (jardineros, utilleros, limpiadores… o servicios de mantenimiento en general) no viesen tocados sus bolsillos en una entidad que en buena justicia está intentando (en palabras del propio Michel) que los trabajadores a su cargo con una nomina mensual inferior a 40000 pesos (unos 1500 euros) no vean recortados sus ingresos.



Nunca ha hecho gala Michel de ninguna ideología política. Sí conocemos su compañerismo y solidaridad dentro y fuera de su profesión, como demostró cuando al lado de Butragueño encabezó el comité de huelga de los futbolistas en la huelga general de 1988, o sus reivindicaciones para que la federación española asegurase a los jugadores y se hiciese cargo de los lesionados vistiendo la camiseta de la selección nacional. No creo que la solidaridad sea una cuestión de izquierdas o de derechas si no de comprender en que mundo vives y ser consciente de tus privilegios en comparación con una gran parte de los conciudadanos que te rodean y no tienen los ingresos de un profesional del fútbol de élite. Privilegios que te los has ganado en buena lid con tu trabajo, como es el caso de Michel, cuyos orígenes hay que situarlos en el barrio de Ciudad de Los Ángeles, ubicado en el distrito de Villaverde, uno de los más pobres de la capital española, pero privilegios al fin y al cabo.



Desconozco el salario actual de Michel llevando el banquillo del Pumas, pero dudo que esté siquiera entre los 50 entrenadores mejores pagados del mundo. Si abrimos el abanico al mundo del fútbol en general, considerando tanto entrenadores como jugadores o incluso directivos que perciban un salario exclusivo del club para el que trabajan, me cuesta imaginar que llegue incluso a situarse entre las 300 personas que más ingresen gracias al fútbol. Dudo que Michel esté lejos de poder considerarse lo que llamaríamos un “millonario”. Simplemente es un tipo al que la vida le ha ido bien y él lo sabe.



El comportamiento de nuestro ex -internacional contrasta con la noticia que escuché minutos después respecto al rey de Tailandia, el monarca más rico del mundo al frente de un país en el que recordemos que el comunismo está prohibido, quien ha aprovechado la cuarentena mundial provocada por el covid-19 para alquilar un hotel de lujo en los Alpes alemanes rodeado de 20 concubinas. La obscenidad ha sido tal que el sufrido pueblo tailandés ha comenzado a preguntarse el motivo por el que tener un rey, cuyo único propósito en la vida parece ser el de vivir a cuerpo de idem. El sinsentido de que alguien por una mera cuestión genealógica disponga de más privilegios que la gran mayoría de los seres humanos que le rodean.



Del humilde barrio obrero de Ciudad de Los Ángeles al lujoso palacio real tailandés, las realidades que nos muestra el mundo frente a esta crisis que está asolando el planeta no pueden ser más diferentes entre sí. Y es que muchas veces los reyes de verdad no llevan corona, si no sentido común. Cualquiera con dos dedos de frente comprende que vivimos un mundo histórico en el que nos va a tocar sacrificarnos y que en base a esos privilegios que cada cual posea, ese sacrificio ha de ser mayor. O parafraseando al gran Peter Parker, “todo gran poder conlleva una gran responsabilidad”.




miércoles, 1 de abril de 2020

DIARIO DEL CORONAVIRUS (XVII): UNIDOS








Ahora es el momento de que todos los españoles, en un ejercicio de responsabilidad y patriotismo estemos unidos en la lucha frente al coronavirus.  


Ya habrá tiempo de pedir explicaciones y ajustar cuentas con este gobierno de rojos, comunistas, fascistas, nazis, feminazis, bolivarianos, chavistas, golpistas, terroristas, etarras, filoetarras, sátrapas, dictadores, totalitarios, hippies, pies negros, comeflores, buenrollistas, buenistas, traidores, separatistas, independentistas, nacionalistas, europeístas, liberticidas, progres, mentirosos, incompetentes, inútiles, fariseos, hipócritas, demagogos, ladrones, chorizos, mangantes, farsantes, asesinos, criminales, delincuentes, golfos, apandadores, felones, truhanes, facinerosos, ventajistas, guerracivilistas, animalistas, indigenistas, ecologistas, intolerantes, maleducados, analfabetos, iletrados, groseros, cretinos, ruínes, mezquinos, miserables, gusanos, ratas inmundas, animales rastreros, escorias de la vida, adefesios mal hechos, infrahumanos, espectros del infierno, malditas sabandijas, alimañas, culebras ponzoñosas, deshechos de la vida, malditas sanguijuelas, malditas cucarachas, que infectan donde pican, que hieren y que matan. 


Pero ahora como decimos es tiempo de ser responsables y patriotas y no enzarzarnos en discusiones con este gobierno de cainitas, egoístas, insolidarios, camorristas, malhechores, hienas, vagos, maleantes, carteristas, trapisondas, zafios, insensibles, tramposos, borrachos, drogadictos, melenudos, piojosos, malolientes, apestosos, apestados, buitres carroñeros, mamporreros, desgraciados, sectarios, satanistas, islamistas, paganos, ateos, hembristas, pederastas, pedófilos, zoofílicos, sádicos, coprófagos, bolcheviques, marxistas, leninistas, trotskistas, estalinistas, radicales, titiriteros y cajeras de supermercados. 


Hasta entonces, que nadie dude de nuestra responsabilidad y patriotismo. Todos unidos en la lucha contra el coronavirus. 








domingo, 29 de marzo de 2020

DIARIO DEL CORONAVIRUS (XVI): CACHITOS DE RED Y CANASTAS












El canal público Teledeporte se ha convertido en estos días del confinamiento en un poderoso aliado para todos los amantes del deporte. Con prácticamente todas las competiciones aplazadas a lo largo del globo, la cadena pública española resurge gracias a lo único en lo que es todavía superior a las privadas: el archivo.



En una sociedad de libre mercado y de ley de oferta y demanda es comprensible que la televisión de todos se haya quedado atrás y no compita con el resto de grandes cadenas por los derechos de los grandes acontecimientos deportivos. Me parece bien. Que se gasten nuestro dinero en otras cosas. Peor me parece, hasta el punto incluso de indignarme, que siga la fiebre de “Cachitos de hierro y cromo” como una de las grandes bazas de RTVE tirando de su potentísimo archivo y sin apostar apenas por jóvenes bandas actuales más allá de los Conciertos de Radio 3, a horas intempestivas y con nocturnidad y alevosía. Sinceramente, ¿cuánto puede costar volver a hacer un programa del estilo de Plastic?, poner a un par de fulanos haciendo el gamberro y presentando a unos jóvenes punks que acaben de sacar un EP con Family Spree Recordings. Si hace falta yo me ofrezco a ser uno de esos fulanos, y gratis además.



Pero bueno, estábamos con el deporte. Entre clásicas reposiciones de etapas del Tour de Francia a la mayor gloria de Perico e Indurain, partidos míticos del denostado balonmano o históricos encuentros de fútbol, a mí los ojos se me van a los partidos de baloncesto. Y en este revivalismo histórico constato de nuevo la realidad de la travesía en el desierto que sufrió mi deporte favorito especialmente durante la década de los 90 y parte de este siglo XXI. Nunca he compartido la nostalgia que padecen los aficionados que muy posiblemente no sigan el baloncesto actual, deporte que vive uno de los mejores momentos de su historia. Si comprendo el recuerdo a la mayor parte de la década de los 80 por parte de mi generación, los jugadores con los que crecimos y que practicaban un baloncesto de ritmo naturalmente alto en el que lo que se buscaba era profanar el aro rival cuanto antes. Con el paso de los años las pizarras de los entrenadores fueron frenando la velocidad de los jugadores, especialmente los exteriores, obligados a botar el balón mientras el reloj de posesión consumía los segundos y las defensas rivales cada vez estaban más formadas. Si en aquel baloncesto triunfaban las defensas no es porque se defendiera más y mejor, si no simplemente porque alargar los ataques, lejos de asegurar mayor éxito ante el aro rival, permitía a los equipos armarse mejor atrás y dejar menos espacios a los atacantes. Un desastre que echó a los espectadores de los pabellones.



Y así, con diferencia, los peores partidos de estos días han sido los de la década de los 90, mientras que encuentros como la semifinal del Eurobasket 83 entre España y la extinta URSS o la final de Copa ACB de 2008 entre Joventut Badalona y Saski Baskonia nos recordaron ese baloncesto en el que los principales protagonistas eran los jugadores y no los entrenadores y sus tácticas. Y en ese juego de vértigo y regocijo ha sido un placer ver la evolución del base español, desde Corbalán anunciando su precoz alopecia con los cuatro pelos de su melena agitándose en los contraataques embutido en sus muy cortos pantalones ajustados, al Ricky Rubio adolescente del Joventut con flequillo beatle y pantalones casi hasta los tobillos. Dos genios, dos estilos, dos estéticas, pero un baloncesto similar en cuanto a ritmo y filosofía. En eso hemos ganado respecto a los 90.








sábado, 28 de marzo de 2020

DIARIO DEL CORONAVIRUS (XV): LOS HOMBRES TRANQUILOS





















Escribía Carlos Prieto en la primera entrada de su Diario de la Pandemia (qué gran descubrimiento, por cierto, desde aquí lo recomiendo), que hemos pasado de la pachorra a la histeria en tiempo record. Somos así. Parece que lo del equilibrio aristotélico en las clases de filosofía lo aprendimos los cuatro tarados de siempre (o más bien todo lo relacionado con la filosofía) y nos encantan los extremismos. Aunque una de las principales diferencias en esta lucha contra el coronavirus radica en la naturaleza democrática de nuestros gobiernos europeos frente al totalitarismo chino (al que tristemente quizás debamos recurrir), en los últimos tiempos ha sido inevitable advertir en el viejo continente una preocupante añoranza de la Europa de mediados del siglo XX, la de los totalitarismos fascistas y comunistas. Pero ese es otro tema, aunque creo que algo de eso ahí en esta esquizofrenia extremista del español actual bajo la cual el vecino del cuarto que está en el balcón increpando al viandante que camina quien sabe si a comprar fruta, tabaco, a trabajar, o simplemente necesitaba airearse tras discutir con la parienta vaya a ser el primero en saltar a la calle pidiendo la cabeza del presidente del gobierno y llamando a la revolución porque “emosido engañado”. Denle unos días y verán.



Lo cierto es que a mí también me ha llamado la atención el cambio en la percepción respecto a Fernando Simón, ocasional parapeto del gobierno de Sánchez en esta crisis (como lo fuera del de Rajoy en 2014 con el ébola... crisis aquella que definitivamente fue un juego de niños al lado de esta pandemia global) El doctor Simón (licenciado en medicina y especializado en epidemiólogia, por si acaso alguien pensaba que es un señor al que encontró Pedro Sánchez una mañana comprando el pan debajo de su casa y le pidió que se saliera ahí a dar la cara en este marrón), quien por cierto no me negarán que cada vez tiene un aspecto más desmejorado, ojeroso y el rostro más cansado, como Guardiola cuando dejó el Barcelona, ha pasado de ser un ejemplo de mesura, serenidad y tranquilidad en los momentos críticos, de ese capitán de barco que no pierde los nervios en medio de la tormenta, a un incompetente torpe patán y mentiroso que apenas sabe siquiera de lo que habla cada vez que se nos cuela en los hogares españoles para informar sobre el estado de la pandemia en nuestro país. Quizás lo más responsable por parte de Simón debiera ser aparecer en nuestras pantallas temblando y con los ojos inyectados en sangre gritando “¡vamos a morir todos (y todas, claro)!, ¡estamos perdidos!, ¡no hay cura y de hecho están las iglesias cerradas!”, mientras los cámaras de RTVE que le graban dejan a toda pastilla sus instrumentos de trabajo y salen corriendo en medio del pánico y el caos.




No sé hasta que punto Simón y el resto de profesionales al frente de esta crisis nos están mintiendo. Si puedo decirles por la experiencia que me proporciona el ser un aprensivo e hipocondríaco de manual que las varias ocasiones en las que he sufrido episodios repentinos en los que algo no ha ido bien en mi cuerpo y mi salud (y que afortunadamente no han sido nunca graves... toco la madera de mi escritorio) el pensamiento inicial que me ha poseído de “¡Dios mío, voy a morir!”, lejos de ayudarme lo único que ha hecho ha sido acentuar y empeorar esa crisis esporádica. Si es cierto que vamos a morir y que no hay escapatoria posible a esto, prefiero que me lo comuniquen con la tranquilidad y el estoicismo propio de un músico de la orquesta del Titanic. Si esto es el fin, lejos de arrancar a correr sin dirección presa del pánico exclamando al resto de mis congéneres que ha llegado el final, prefiero ponerme mi mejor traje, abrir una botella de mi whisky favorito, encender un puro y esperar la muerte entre el estoicismo y la estética. Un poco de consideración ante la Parca, ¿no?, al menos que te pille bien vestido.



La impasibilidad de Simón y su efecto en algunos de mis conciudadanos, esos que en sus comparecencias echan de menos tragedia, drama e histrionismo como si hubieran ido al cine a ver a Joaquín Phoenix en “Joker” me ha hecho recordar la ya olvidada (buena cuenta de que paradójicamente estos días de inacción vivimos a una velocidad de vértigo) intervención del periodista Lorenzo Milá desde Milán (¿existirá una ciudad llamada Sardán para envíar allí a Javier Sardá?) Fue el 25 de febrero de este año, lo cual a efectos del tiempo bajo una pandemia es como decir hace un lustro, y el reportero aparecía en pantalla henchido de campechanía haciendo un llamamiento a la calma como quien ante una inminente tormenta se empeña en asegurar que serán cuatro gotas. Lo cierto es que repasando aquella intervención, el grueso de lo dicho por el reportero no faltaba a la verdad (afecta especialmente a personas con las defensas bajas, la mayoría de la gente se recupera de la enfermedad, y la mayoría de esos infectados tienen esa recuperación en sus casas), ¿qué fue lo que no pudo prever Milá?, lo que me temo nadie pudo: el colapso sanitario que esto está produciendo en toda Europa, con una sanidad pública incapaz de hacer frente a la pandemia. Una sanidad, que dicho sea de paso, no hay que dejar de aplaudir cada día, cada tarde, cada hora... pero a la que cuando esto acabe habrá que reconocerle todavía más su labor y sobre todo fortalecer e inyectarle el músculo debido. Es evidentemente otro debate, pero si tras esta crisis no somos capaces de darnos cuenta de que no hay dogmas de fe liberales ni capitalistas que aseguren la pervivencia del bienestar humano y que por tanto necesitamos un estado, conjunto, nación, llámenlo como quieran, que tendrá más fácil garantizar ese bienestar humano y social por la simple lógica de que dicho conjunto siempre tendrá más fuerza que el individuo, tiro la toalla respecto al raciocinio de mis compatriotas.



Aquella aparición de Milá fue sonoramente aplaudida tras ser, como no, viralizada y retwiteada (o a ver si pensaban que en realidad miles de españoles se encontraban viendo nuestra cadena pública en aquel momento... ¡existiendo Netflix!), y el sanedrín de sabios que conforma Twitter pronto pidió para el periodista el premio Ondas, el Princesa de Asturias, la Orden del Mérito Civil, y hacerle cabeza de cartel del Primavera Sound. Las mismas redes sociales en las que se puede leer (lo acabo de hacer ahora mismo) perlas como: este debe acabar entre rejas o fusilado por mentir a la población. No voy a decir el nombre del foro en el que se ha publicado tal exabrupto porque prefiero no hacer publicidad de ese tipo de estercoleros, que por otra parte, no podía ser de otro modo, son los que más éxito tienen (y donde sus usuarios lloran a gusto sobre una presunta dictadura progre que les prohíbe decir eso que sabemos que piensan porque en efecto nadie les prohíbe decir lo que piensan, pero oye, el victimismo siempre vende) El hombre tranquilo de la película de John Ford finalmente muere abrasado por el lanzallamas de Chuck Norris en las producciones de la Cannon.




Recordando aquello de Milá a finales de Febrero (ya digo, hace un lustro en el universo coronavirus) y googleando al periodista fue como descubrí el blog de Carlos Prieto al que me he referido al comienzo de esta entrada. Evidentemente no podía ser yo el único que estuviese redactando un diario sobre estos días de la pandemia. Hagan como nosotros y escriban. Que las videollamadas y martirizar a los vecinos con la enésima versión del “Resistiré” está muy bien, pero dejen algo por escrito para las generaciones venideras, o para cuando los alienígenas descubran que hubo vida (inteligente o no, ya es otro tema) en este planeta. Porque recuerden, vamos a morir todos.





miércoles, 25 de marzo de 2020

DIARIO DEL CORONAVIRUS (XIV): LA PEOR DESPEDIDA










Dentro de toda esta pesadilla que vive nuestro país como uno de los principales focos del covid-19 (recordemos que hoy hemos adelantado a China y sólo Italia registra más fallecidos que España en el siniestro ranking de decesos), creo que nada hay peor que el hecho de no poder despedirte de tus seres queridos, no darles el último adiós y ni siquiera sentir el abrazo de un familiar o amigo que te acompañe en el trance.




Recuerdo cuando falleció mi padre, en septiembre de 2012. No tengo problema en reconocerlo porque al fin y al cabo cuando uno escribe un diario se trata de eso, de desnudarse emocionalmente ajeno a las miradas extrañas. La noticia me la dio mi hermana mientras todavía leía en un parque, o quizás simplemente paseaba por el, aprovechando mi hora libre del trabajo. Volví a la oficina en estado de shock, como un zombi. Descolgué el teléfono de mi puesto y marqué el número de la casa paterna, en Ponferrada, a 400 kilómetros de donde me encontraba. Al escuchar la voz entrecortada de mi madre fue cuando cortociruité y me dio uno de esos violentos sincopes que he sufrido de vez en cuando a lo largo de mi vida. Mi padre ya llevaba unos años en una situación tan delicada que la noticia de su fallecimiento no debería pillarme por sorpresa, era consciente de que cualquier día podría suceder, pero aun así la bofetada repentina dejaba al descubierto la realidad de mi soledad en un momento así. No estaba allí para siquiera abrazar a mi madre y llorar junto a ella. Fueron unas horas interminables las que sucedieron hasta que pude estar junto a mi familia.




Es natural pensar que siempre duele más la muerte de una persona joven, a la que la vida todavía en buena lógica le debe deparar mucha aventura, pero cuanto más mayor es quien se va también parece lógico que deje a su perdida mayor orfandad en la figura de hijos, nietos, sobrinos, etc... piezas del puzzle de su vida que buscan reunirse en esos momentos de dolor. Porque el dolor de verdad es para los que se quedan aquí. Parece también justo que quienes llegan a una cierta edad y han sobrevivido a tantos envites de la vida se hayan ganado el derecho a ese sobrio “ars moriendi”, de irse en paz y rodeados de los suyos.




Nada de eso sucede estos días. Hasta la maldita pandemia nos ha robado eso en estos días en los que miramos a nuestros mayores con el especial celo que merecen quienes tanto nos han dado y tanto han perdido y viven ahora más que nunca presos de la indefensión.




Rezo para que esta reflexión que me atormenta estos días no deba vivirla en primera persona, pero si de algo sirve, vaya todo mi ánimo para quienes estos días no han podido darle a los suyos la despedida merecida. Como dice mi buen amigo Arcadio, la verdadera muerte es el olvido, o sea que entre todos vamos a tener la obligación de recordar a tantos que se quedan en el camino. Siempre por ellos.







martes, 24 de marzo de 2020

DIARIO DEL CORONAVIRUS (XIII): DOLOR DE MUELAS










Eramos pocos y llegó el dolor de muelas. Bueno, dolor de muelas por decir algo genérico. En realidad es todo un lado de la cara irradiando e irradiándose incapaz de saber cual es el origen. Y en realidad no es que haya llegado ahora. Ya llevaba unos días aguantando como un campeón antes de que nos sacudiese la pandemia, porque aunque no sé lo crean, por muy hipocondríaco que yo sea mi capacidad para aguantar el dolor es espartana, olímpica, homérica, hercúlea.




¿Se acuerdan de Antonio Banderas en “Dolor y gloria” machacando pastillas para tomárselas de golpe?, pues así estoy yo con el nolotil y el naproxeno. De algo tenía que servirme mi experiencia machacando pastillas. Y porque no tengo heroína a mano para fumarme unos chinos.




Total, que lo que no han conseguido las adicciones lo va a conseguir el dolor de muelas: echarme desesperado a la calle en busca de un dentista de urgencias. No puedo más, en serio, esto es insoportable. Es un dolor que no está en los escritos. Por eso lo estoy escribiendo. Para que al menos esté en los escritos.