lunes, 13 de julio de 2015

IKER









Iker, cuatro letras, como Raúl, sólo cuatro letras que alumbrarán para siempre el recuerdo de los madridistas más sensatos a la par que sensibles. Resumir lo que ha significado Casillas para el Real Madrid y el fútbol español no es tarea fácil, pero nadie debería dudar, con un mínimo de perspectiva histórica de que estamos hablando del mejor portero de la historia de este club, del mejor guardameta del fútbol español en todos los tiempos, y que inevitablemente entrará en todos los debates posibles sobre el mejor en su puesto en la historia del fútbol mundial. Lo descomunal de tales afirmaciones bastaría para comprender el vacío que deja Iker, pero además hay que sumarle un compromiso y un madridismo fuera de toda duda desde los 9 años en los que ingresa en el club. En total 25 años, un cuarto de siglo, representando desde la más profunda convicción madridista el escudo del club más laureado del mundo.   

Adiós al mayor mito de la portería blanca, cuya trascendencia como leyenda madridista sólo aguantaría comparaciones con Di Stefano, Paco Gento, y por supuesto, Raúl, quien sigue superando en 16 partidos a Iker como el jugador que más veces ha vestido la camiseta blanca en partidos oficiales (741 del delantero por 725 del guardameta) Se va Iker y no sabemos si lo hace por la puerta pequeña, la de atrás, o por la grande, ya que sencillamente no existe puerta del tamaño adecuado para despedir a una figura tan superlativa dentro de la historia del Real Madrid, que es lo mismo que decir de la historia del fútbol. 

Su despedida vuelve a poner encima de la mesa el debate sobre el fútbol actual y el modelo presidencialista de Florentino Pérez, experto en conformar plantillas estratosféricas a golpe de talonario, pero que rara vez acaban siendo los equipos dominadores que las expectativas generaban. Sólo Del Bosque y Ancelotti, entrenadores ambos vilipendiados por Pérez, fueron capaces de dar con la tecla que procura éxitos, buen fútbol, y la tranquilidad en el ambiente que se le supone a un club que debiera vivir instalado en la felicidad y no en la crispación. Del Bosque, Hierro o Raúl, son nombres que salen a la palestra en estos días para acompañar a Casillas en la realidad incontestable de que el Real Madrid no sabe honrar a sus héroes, a aquellos que más éxitos han dado al club y más abrazos han recibido por parte de un presidente eufórico por sacarse la foto con sus capitanes cuando llegaban los éxitos, pero inflexible en sus decisiones de destrozar proyectos ganadores a los que nunca deja madurar. Es cierto que en un club como el Real Madrid la exigencia es máxima e impera la obligación de ganar, pero precisamente por eso chirría el maltrato que reciben quienes han tenido más condición de ganadores en este equipo. Y aunque también es cierto que el actual Iker Casillas no es la mejor versión de sí mismo, el club debería encontrar la manera de equilibrar un presente ganador y competitivo con el respeto a sus más valiosos estandartes. Porque ganar no lo es todo en la vida, y pese a que algunos se empeñan en decir eso de que “en el fútbol no caben sentimentalismos”, la realidad es que si el fútbol ha llegado a ser el deporte más popular del mundo, con una trascendencia social que supera ampliamente el estricto terreno deportivo, es precisamente por su capacidad para acomodarse de manera natural en el campo de las emociones y los sentimientos. Por eso nunca será lo mismo un Iker Casillas que un chaval fichado de la Premier, igual que no es lo mismo un Koke Resurrección que un Arda Turan, por poner un ejemplo válido para estos días y que todos podrán comprender.

Florentino Pérez, uno de esos personajes que parece tener el dinero por castigo, ha convertido lo económico en el principal valor del Madrid de hoy día. Exhibe sus fichajes orgulloso del coste, independientemente de las virtudes futbolísticas de los protagonistas. Recuerda a esos caricaturescos millonarios excéntricos, que tienen una colección de 60 relojes pero sin ningún pudor aparecen en la última fiesta con uno nuevo, mientras engoladamente refieren a sus amistades: “la verdad es que no lo necesitaba para nada, pero es tan mooooooono que no me pude resistir”. Valorar a los jugadores por su estatus económico incendia vestuarios (y no cenar con periodistas), vestuarios que, hay que repetir, sólo entrenadores como Del Bosque o Ancelotti han sabido llevar, alejados de la ideología marcial de técnicos dictatoriales y egocéntricos que suelen fracasar en este tipos de clubes en los que hay que saber manejarse con psicología un tanto libertaria y no constreñir el talento de los jugadores, que al fin y al cabo son los auténticos protagonistas. Vestuarios que viven casos como el actual de Sergio Ramos, capitán y hombre clave en los últimos éxitos de su equipo y que reclama ahora el mismo estatus económico que el de otros jugadores apenas recién llegados y que aún poco han demostrado.       






Pero seamos justos, siendo Florentino un presidente con más sombras que luces, que manejando los presupuestos más altos de Europa no ha obtenido una relación inversión/títulos acorde con esa exigencia que tanto pide para los demás, que ha cercenado proyectos ganadores, y que ha despreciado a la cantera madridista (que sigue nutriendo a clubes de primera y segunda división de nuestro fútbol), no ha sido el creador del “madridismo cainita”, tampoco lo fue Mourinho, personaje con una capacidad de empozoñamiento como jamás se ha visto en nuestro fútbol. Por mucho que le pese a los talibanes del entrenador portugués, convencidos de que su amado líder ha inventado el fútbol y descubierto el madridismo “verdadero”, lo cierto es que el desagradable y extradeportivo ataque que ha tenido que sufrir el ya ex –capitán madridista por parte de algunos de sus propios aficionados no es la primera vez que lo vemos en la entidad blanca, más bien al contrario y por desgracia, parece que es ley no escrita que todo personaje cuya vinculación a este club adquiera auténtica trascendencia (cosa que se consigue, lógicamente, con los años) deba acabar sus días como madridista siendo vilipendiado, insultado y ultrajado por ese madridismo que se erige en auténtico simplemente por su actitud beligerante. Yo, que llevo décadas de madridismo a mis espaldas, esto ya lo he visto con Del Bosque, Raúl, Hierro, Sanchis, Michel o Butragueño, por citar unos cuantos nombres ilustres. Lo estamos viendo con Sergio Ramos, estamos a punto de verlo con Cristiano Ronaldo,  Marcelo o Pepe, y en unos pocos años, si tenemos la suerte de que sigan en este club, lo veremos también con jugadores como Carvajal o Isco. En definitiva, y por sistema, todo jugador que consigue hacer una carrera más o menos larga en el Real Madrid, llega un día en el que es definido como “cáncer” del Real Madrid. 

En todos los casos la argumentación, simplona a más no poder, es siempre la misma, con alguna pequeña variante: se les acusa de acomodados, de amiguismo con la prensa, la cual les protege, se inquiere que juegan por decreto, y no por su calidad como deportistas, y de que mandan más que entrenadores y directivos.  Pueden ustedes tirar de hemeroteca y ver como esto que digo es cierto respecto a los más grandes personajes del Madrid en los últimos 40 años. En ese sentido los ataques a Iker forman parte de la tradición del madridismo cainita, ese, que para más saña, se autodefine a sí mismo como el único y verdadero. Incluso pueden encontrar un paralelismo con lo sucedido con Felipe Reyes durante la ignominiosa era Messina en el baloncesto madridista. Messina, como Mourinho en el fútbol, llegaba al club blanco con un palmarés incontestable, deslumbrando a un presidente convencido de que el nombre, y no el hombre, sería suficiente para devolver al baloncesto madridista aquellos años dorados de Pedro Ferrándiz y Lolo Sainz y que los títulos caerían como llovidos del cielo. A Messina se le dio libertad absoluta para contratar y despedir jugadores, tanto que recordar todos los fichajes realizados por el italiano resulta imposible si no se hace con la ayuda de Google. Inversiones millonarias, un juego aburrido, una afición descontenta y los títulos… ni se olieron. En medio de todo aquello el madridismo cainita encontraba un culpable de la situación: Felipe Reyes. El capitán, un cáncer enquistado, un jugador viejo que no aceptaba el paso del tiempo y buscaba refugio y protección en la prensa. Una sincera entrevista a Marca, en la que de una manera totalmente respetuosa y autocrítica Felipe analizaba su mal momento en el club blanco les dio la razón a los cainitas. Había que cargárselo a toda costa. Afortunadamente quien se marchó fue Messina. Se acabó aquella temporada como se pudo, vapuleados en una Final Four que se llevaba sin pisar 15 años por el Maccabi Tel Aviv y eliminados en semifinales ligueras por el Bilbao. El verano nos trajo a Pablo Laso, entrenador en quien nunca ha confiado Pérez, y que tras todas las zancadillas posibles y de estar más fuera que dentro el pasado año mientras Florentino elucubraba con Fotsis Katsikaris como técnico, ha dado a la entidad madridista el año más glorioso en la historia de su sección de baloncesto. Pérez, que es un madridista con muy pocas nociones de historia, no debía recordar que Ferrándiz y Sainz también perdían finales, incluso Ferrándiz, al igual que Laso, perdió sus dos primeras finales europeas y hoy en día es un miembro del Hall of Fame del deporte del baloncesto. A todo esto Felipe sigue levantando trofeos con el club blanco y obteniendo reconocimientos como su MVP de la temporada regular.    

Lo que ha hecho especialmente doloroso el asunto Iker, por encima del despelleje que han sufrido el resto de capitanes madridistas, es que ha sido objeto de unos ataques mucho más duros que sus antecesores, en los que el juicio deportivo era lo de menos y el agraviado era la persona, no el deportista. Por un lado el haberse convertido en el principal objetivo de Mourinho, entrenador que más que seguidores tiene una auténtica legión de fanáticos detrás suyo, y que siempre ha buscado un elemento externo al que echar la culpa de sus fracasos. Ese enemigo era Guardiola. Una vez ausente el actual entrenador del Bayern Munich, el portugués necesitaba otro chivo expiatorio con el que vender su discurso victimista, y en esta ocasión decidió no irse más lejos y buscarlo en su propio vestuario. La primera temporada de Guardiola fuera del Barcelona, fue, casualmente, el año en el que comienza la cacería mourinhista al capitán madridista, quien había sido titular absolutamente imprescindible para el portugués, pero se convirtió de la noche a la mañana en el recipiente donde desahogar todas sus frustraciones, llevando al madridismo a la guerra civil y tirando en Diciembre una liga de la que éramos vigentes campeones (con Casillas, como no, en la portería) 

A este respecto creo que es justo hacer memoria para comprender realmente la historia de lo sucedido con Casillas y Mourinho. A su llegada al club blanco el portugués no tiene ninguna duda sobre la calidad de Iker y se convierte en un jugador prácticamente intocable para el de Setubal. De hecho es la temporada en la que más partidos juega en su historia en el club blanco, ya que es titular en todas las competiciones (en las temporadas anteriores César, quien llega a dos finales, y posteriormente Diego López y Dudek jugaban la Copa, con sonoros tropiezos a las primeras de cambio contra equipos de divisiones inferiores en el caso de estos dos últimos arqueros) Mourinho decide dar la Copa a Iker, cuya participación resulta decisiva en la final de Valencia contra el Barcelona, sobre todo durante una segunda parte de intenso dominio barcelonista y en la que las intervenciones de Casillas permiten a los blancos llegar a una prórroga sentenciada por el certero cabezazo de Cristiano Ronaldo. El Real Madrid ganaba un título que se le escapaba desde 1993, y se constataba una vez más que Iker Casillas es el único portero con el que el Real Madrid ha sido capaz  de ganar títulos, ya que posteriormente ni Diego López (ligas 2012-13 y 2013-14, champions 2012-13 y copa 2012-13) ni Keylor Navas (copa 2013-14) han sido capaces de ganar títulos defendiendo la puerta madridista. Está claro que la suplencia de Casillas con Mourinho obedece a cuestiones extradeportivas, y aquí es donde el relato alcanza sus tintes más agrios. Se sigue aludiendo a la tristemente famosa semifinal de Champions League de la temporada 2010-11 como el nacimiento del “topo”, indigna etiqueta con la que muchos, sin prueba alguna, siguen intentando manchar la imagen de Iker. A Mourinho le molestó que horas antes del encuentro ante el Barcelona la prensa descubriera que Pepe iba a jugar en el centro del campo, pero lo cierto es que ya había empezado a ensayar aquella posibilidad semanas antes en partido de liga contra el Athletic de Bilbao, e incluso en también partido liguero, diez días antes del de Champions, y precisamente ante el Barcelona, veíamos a Pepe ocupar el centro del campo. Que el defensa portugués iba a salir en esa posición con la misión de neutralizar a Messi en el partido de ida de las semifinales de Champions era algo que se daba por seguro en el 99% de los analistas deportivos (y quien lo dude no tiene más que tirar dehemeroteca) El Real Madrid pagó su racanería táctica quedando eliminado de Europa, pero una vez más el victimismo de Mourinho, aplaudido por sus acólitos, buscaba culpables externos. Por un lado el Barcelona de Unicef, en una rueda deprensa que figurara por siempre como uno de los momentos más negros de la reciente historia madridista, por otro, en la figura de un presunto “topo” que nunca nadie ha podido descubrir. Con el tiempo quizás sepamos toda la verdad, como ahora sabemos, gracias a las revelaciones de Dudek, que Mourinho entró en el vestuario señalando a Granero, posiblemente para intentar desenmascarar o poner nervioso a tal “topo”, en otra estrategia de chirigota a la que nos tiene acostumbrados el de Setubal. Algo me dice que en caso de que sepamos algún día quien ha sido el mayor filtrador del vestuario madridista en la época de Mourinho, no va a ser Casillas el nombre que salga a la luz. Por cierto, no está de más recordar como Ancelotti utilizó a Sergio Ramos en el centro del campo en su eliminatoria ante el Atlético de Madrid, desvelado por la prensa horas antes del encuentro. Creo que el italiano no montó ningún incendio por ello.  Lo cierto es que no sólo no se probó la existencia del famoso “topo”, si no que Casillas siguió gozando de la total confianza de Mourinho para la temporada siguiente, 2011-12, siendo titular nuevamente en las tres competiciones, ganando la liga de una manera imponente, y con un buen rendimiento en la Champions League, donde en un fenomenal duelo con Neuer en la tanda de penalties en semifinales ante el Bayern Munich llega a atajar dos lanzamientos, de Kross y de Lahm, antes del fallo de Sergio Ramos que propicia el pase del Bayern de Heynckes a la final.

Con el asunto del “topo” sin poder demostrar (quizás porque no exista tal “topo” salvo en los sueños húmedos de los mourinhistas y en su realidad alternativa de madridismo victimista), otro episodio clave para entender el odio visceral del mourinhismo a Casillas viene de la llamada a su amigo Xavi Hernández en los momentos de mayor tensión de la guerra Barcelona-Real Madrid, una guerra que nunca debería pasar de una rivalidad deportiva, pero que el mourinhismo convertía de manera ciega en una auténtica batalla que debía durar las 24 horas del día. Un disparate.  

Lo cierto es que no se puede entender el éxito histórico del fútbol español, ganador de dos eurocopas y un mundial de manera consecutiva, sin comprender la relación entre Iker y Xavi, que se remonta a su adolescencia cuando son abanderados de unas selecciones de formación que culminan con el título del Mundial sub20 de 1999 en Nigeria. En un país en el que históricamente la selección no ha logrado conseguir ser “el equipo de todos”, debido al fanatismo ciego de quienes enarbolan más la bandera del “anti” que la del “pro”, el tener dos figuras tan integradoras como líderes de los dos grandes equipos de nuestro fútbol ha sido la clave que ha llevado a nuestro fútbol a lo más alto. Y es que la sincera amistad entre Iker y Xavi nos hace recordar a las tan exitosas selecciones de baloncesto, ya no actuales, si no la de aquella inolvidable plata de Los Angeles de 1984. Baste recordar sin ir más lejos la inquebrantable y duradera amistad que han mantenido entre sí jugadores como Corbalán, Iturriaga y Romay  por un lado, y Solozabal, Epi o Jiménez por otro. Duros antagonistas capaces incluso de llegar a las manos en la pista, para a la media hora de finalizado el partido tomarse una caña juntos. No queremos caer en el excesivo ensalzamiento del baloncesto, que es nuestro deporte favorito, pero es una pena que el fútbol no sea capaz de saber crear un ambiente tan sano. Sea como fuere lo cierto es que esta generación de deportistas nacidos en los años 80, y que nos han dado la época de mayor gloria deportiva a este país (los Gasol, Navarro, Reyes, Iker Casillas, Xavi, Iniesta, Fernando Alonso, Rafa Nadal…) no puede entenderse sin ese respeto y cordialidad que se procesan. Deportistas en el concepto más amplio de la palabra, mucho más que simples practicantes de un deporte.   

"No tiene dobleces. Es sincero, va de cara y eso nos gusta a los entrenadores", lo dijo sobre Iker Casillas un hombre de fútbol que si por algo se caracterizaba era por su independencia y no casarse con nadie: Luis Aragonés. 

Iker, víctima por un lado de un mourinhismo que definitivamente se ha quitado la careta para dejar a las claras su condición de secta, de religión, de dogma de fe. No es el madridismo lo que importa, hay algo que va más allá y en el que el madridismo cainita ha encontrado su razón de ser. Y esto sí que tiene difícil solución, cura, o extirpación. Por otro, la propia situación de la información, o desinformación, u opinión deportiva actual, con un arma de desestabilización realmente poderosa: las redes sociales. Y ahí es donde el odio a Iker ha encontrado un caldo de cultivo para extenderse con toda su mezquindad. Amenazas y mensajes contra la persona, su familia, e incluso contra un hijo de poco más de un año de vida. Tweets, páginas de Facebook, o foros de internet en los que el madridismo cainita y fagocitador, ese Saturno que devora a su hijo, campa a sus anchas instalado en una apología del disparate que les hace abrazar ese insolente dogma de fe basado en que más madridista eres cuanto más odies al capitán. Un disparate de muy mal gusto y del que es muy difícil abstraerse. Esperemos que a Oporto no lleguen esos cañonazos de mala baba.


La despedida de Iker nos deja huérfanos del madridismo más sentimental. Y es que como ya hemos dicho ganar no lo es todo. La identificación con el equipo es fundamental, y va a ser difícil encontrar un sustituto ya no sólo en la portería blanca, si no en la sensibilidad del madridismo que no vive con el cuchillo entre los dientes. Seguiremos viendo con envidia como se ha reconocido a Gerrard o Xavi en sus despedidas, por no hablar del estremecimiento de recordar a los Baresi, Maldini, Puyol o Giggs, jugadores de club por encima de todas las cosas. Eso es lo que diferencia a los buenos jugadores de los absolutamente grandes, los que a sus hazañas deportivas complementan la conquista del corazón de los aficionados. 


Y es que desde ayer, seguro que el Oporto tiene muchos más seguidores.  

viernes, 3 de julio de 2015

LA AMARGURA


Normalmente me levanto los viernes henchido de un brío descomunal. No puede ser de otra manera cuando se acercan dos días en los que la palabra libertad cobra significado, sin horarios ni obligaciones, 48 horas para disponerlas uno en los propios asuntos que tenga a bien. 

En efecto, estamos tan domesticados y hechos a la vida que nos han obligado a vivir que irremediablemente la llegada del fin de semana nos proporciona una estimulante y necesaria felicidad con la que afrontar la llegada de un nuevo lunes. Funcionamos, en ese sentido, como animales que responden a estímulos condicionados. No somos más que perros de Pavlov con maletines de ejecutivo y corbata.

Celebraba pues, la llegada de un nuevo viernes, antesala de descanso laboral y de tiempo de asueto y ocio, con el optimismo que merece tan sugerente día de la semana, cuando no llevaba una hora de estar puesto en pie vino a importunarme sin pedir siquiera permiso una vieja conocida: la amargura.  

Verán, de un tiempo a esta parte, en concreto desde mi última mudanza, vengo llegando al trabajo prácticamente una media hora antes de lo que indica mi contrato. No se trata de ser el empleado ejemplar, ni de buscar con ello medranza en la empresa, Dios me libre, ya que creo esto no es tomado en cuenta, ni desde luego tan tomado en cuenta como el día que saliera cinco minutos antes, ya que tengo la sensación de que nuestros semejantes son capaces de percibir a la perfección cualquiera de nuestros defectos o errores pero pasan por alto sin embargo las virtudes o aciertos del vecino. La explicación a mi premura en dejarme abducir por la oficina donde las horas de mi vida se consumen a fuego lento se encuentra en la búsqueda de una mejor condición anímica con la que afrontar mis días. Por un lado el llevar años lidiando con problemas de ansiedad hace que haya aceptado un consejo que, valga la redundancia, es muy aconsejable. Y es el de saber manejarse con margen de tiempo y no vivir agobiado por las manecillas del reloj. Resumiendo, el salir de casa con el “me sobra tiempo” y no con el “voy justo”. Por tanto suelo abandonar el domicilio a una hora bastante más temprana que lo que debería si calculase exactamente el tiempo que me lleva en llegar al trabajo. Esa media hora sobrante podría gastarla en ir al parque a dar de comer a las palomas (las madrugadoras, claro), pero una vez llegado al barrio donde trabajo acabo, cual metal atraído por imán, entrando en el edificio laboral de mis cuitas e instalándome en mi puesto, por si podemos ir adelantando algo, y para poner en funcionamiento el equipo y las decenas de aplicaciones a utilizar durante la jornada con saludable tranquilidad. 

Pero hay otra cuestión por la que salgo temprano de casa, y es que tengo que coger el metro. Y he llegado a la conclusión de que cuanto antes coja el metro con menos usuarios voy a compartirlo, y, dentro del agobio habitual, la situación no será tan insostenible como si me subo (me bajo más bien) media hora más tarde.

Qué cierto es que no se valoran las cosas hasta que uno las pierde. Durante años he tenido la suerte de poder ir a trabajar andando. Cuanta salud, cuanta felicidad y cuanta tranquilidad me procuraba aquello. El ánimo con el que afrontaba la jornada era distinto después de un buen paseo (una media hora me llevaba) al de padecer, y digo bien padecer, el infierno del transporte subterráneo. No sé si ustedes conocen la actividad en días laborables de la línea 6 del metro de Madrid en la dirección de Méndez Álvaro, Pacífico, Sainz de Baranda, etc… si la conocen saben bien de lo que hablo. Al suplicio de la condensación humana y la saturación física, la incomodidad del asunto, se suma la desorbitada cantidad de incidencias y averías que los usuarios debemos padecer. Yo hoy he sufrido la segunda de esta semana. No hay semana que no tenga que verme en una, y en ocasiones, como ven, más de una.

Creo firmemente en que somos dueños de nuestro estado de ánimo, y que para un espíritu positivo y optimista todo son ventajas. Verse atrapado en una avería de metro puede tener su lado bueno (avanzar en la lectura del libro que lleves entre manos, pese a lo dificultoso de poder leer en tales condiciones, aplastado por una soliviantada y enfurecida marea humana), además siendo previsor con el tiempo tal y como he relatado tales vicisitudes gran parte de las veces no me impiden llegar a mi hora (en otras ocasiones si lo hacen, porque ya digo que lo de la línea 6 y sus averías es cosa digna de estudio), y sobre todo tengo claro que las desgracias de la vida son otras, no las de las zancadillas de la cotidianeidad.  Pero también creo que la queja y la protesta son armas que el ciudadano de a pie debe usar para luchar por una mejor calidad de vida y no pasar por el aro. Que no nos domestiquen más de lo necesario. Procurar un estado de ánimo plácido, sosegado y estoico, a la vez que no se abandona la conciencia de luchar por lo que se cree justo, es otro de esos equilibrios a los que aspiro en mi aristotélica filosofía de vida.   

El caso es que la simple avería del metro de esta mañana ha ido facilitando un devastador efecto dominó en mi cerebro. Primero escuchando a un cabreado usuario que voz en grito recurría a los tópicos “¡no hay derecho!”, ¡siempre igual!” y “¡ya está bien!” Lo cierto es que aquel buen hombre tenía toda la razón, pero además lo acompañaba de ciertas reflexiones que entran directamente en el terreno de la amargura: “ya no sé cuantas veces he llegado tarde a este trabajo, menos mal que es un contrato basura y me da igual lo que me pase, si llega a ser un trabajo en buenas condiciones ya me habían echado”, esto, escuchado por un caballero que rondaba los 60 años resultaba totalmente desazonador. No pude evitar sentir un escalofrío al pensar que aquel buen señor podría ser yo perfectamente dentro de un par de décadas, si sigo vivo, desesperanzado, mendigando por trabajos que no me gustan con contratos de mierda y sin más ilusión que el partido del miércoles de la Champions League.

Seguí observando la humanidad airada que se congregaba en el vagón. Pobres víctimas de un sistema de vida que nos ha deshumanizado en todo punto. La crispación de padecer constantes averías en un medio de transporte que obligatoriamente has de coger cuando vives a varios kilómetros de tu puesto de trabajo. Una crispación, una ira contenida (tan bien reflejada, esa contención y posterior liberación, por Joel Schumacher en 1993 con su “Un día de furia”) que hace que la simple caricia involuntaria del viajero que tienes a tu lado te provoquen ganas de estamparle un puñetazo, cuando el pobre no tiene la culpa de nada y es otra víctima más.  

Para mí infortunio seguí pensando. Esto no puede seguir así. La única manera de que la comunidad de Madrid se diese cuenta del daño que hace a la ciudadanía sería que toda la población, aunque fuese un solo día, no cogiese el metro. Un día en el que no se viese un solo viajero en el suburbano. Sería la mejor llamada de atención. Pero hay que desengañarse, es imposible. Y así de atados de pies y manos estamos. Otra posibilidad sería una huelga radical de los trabajadores, que también padecen la mala calidad del servicio, de todos ellos, sin excepciones. Pero esto crearía aún mayor crispación, con una parte de la población sólo preocupada de su propio trabajo incapaz de ver que este tipo de luchas nos favorecen, en realidad, a todos.

Y empecé a pensar en el dinero, el maldito parné, ¿merece la pena pagar 54,60 euros cada 30 días por un servicio así? Ciertamente no sé medir si tal cantidad de dinero es mucha o poca. El dinero me parece el peor invento de la humanidad junto a las armas y las religiones. Pedazos de papel, cachos de metal y tarjetas de plástico. Y sin embargo todo está ahí, excepto el aire que respiramos y el sol que nos alumbra (y démosle tiempo al tiempo), todo tiene un precio. Es decir, esos 54,60 euros pueden significar mucho para mí. Y ya lo creo que sí. Cuando tienes un sueldo de mil euros (y parece ser que “y gracias”), tienes que pagar un alquiler por vivir bajo techo, y todas esas cosas sin las que el hombre, esclavo tecnológico del siglo XXI, no puede vivir (electricidad, luz, teléfono, internet, y claro, agua), te conviertes, a tu pesar, en un funambulista de los números, y es que tienen que verme a mí a mediados de mes bolígrafo en ristre cartografiando sobre el papel mi desgracia en cifras, calculando que si me quito cinco céntimos del papel higiénico extrasuave y me limpio el culo con papel de lija, igual los puedo aprovechar en un paquete de tallarines.   

Todos estos pensamientos me fueron llevando a otros, las fichas de dominó cayendo ya sin remedio y de manera desbocada. Un trabajo que no me gusta, un sueldo que apenas me da margen a ninguna alegría y me obliga a vivir al día, una edad ya respetable. Por si fuera poco la imposibilidad momentánea de vivir con mi pareja, a la que echo de menos cada instante, unido a la lejanía de la familia y de los amigos más antiguos. He sido un desastre y he hecho muchas cosas mal en mi vida, lo admito, pero, ¿tan malas han sido mis elecciones para este doloroso penar que me aflige? ¿Hasta cuándo tengo que pagar por todos mis errores?, ¿cuánta sangre todavía debe exprimirme esta vida?, ¿cuánto sudor debe brotar aún de mi frente?, ¿llegará un día en que esa “mano invisible” de la que hablaba Adam Smith sienta saciada su hambre, y pueda yo, y tantos como yo, vivir, simplemente vivir y ver pasar mis horas sin la obligación de mantener Dios sabe qué extraña cadena indestructible?, ¿para qué demonios hemos sido creados? 

Todas estas congojas acompañaban mi presto caminar una vez salido del diabólico subterráneo que tanto horada mi placidez mental. Elucubraba entonces sobre si debiera plasmar estas inquietudes en negro sobre blanco, consciente de que este lacrimoso exhibicionismo de penas y pesares no me deja en buen lugar, ya que, no nos engañemos, todo el mundo gusta de proyectar una imagen triunfal de fuerza y aparecer a los ojos de nuestros coetáneos (hoy más que nunca que nuestras vidas son un constante show retransmitido las 24 horas del día gracias a las redes sociales) como felices “bon vivants”. Pero precisamente por eso me asaltó el deseo, aún más vivamente, de rebelarme contra esas imposturas que de alguna manera nos siguen cegando frente a la situación en la que vivimos. Facebook, Instagram, etc, se han convertido en escaparates donde mostrar nuestros éxitos en la vida, nuestras mejores vacaciones, cenas, compras, etc, pero apenas nadie se atreve a mostrar la otra cara, nadie se atreve a decir “a mí, sinceramente, en la vida me va mal” Porque una cosa es el romanticismo del perdedor, que no deja de ser una pose estética y desgarradora que muchos hemos practicado como dandis malditos que somos, y otra cosa admitir la condición de fracasado en una vida que sólo se vive una vez. Y ese miedo a exponer algo tan humano como es simplemente la precariedad económica o la escasez de recursos esconde la realidad de una sociedad descompuesta y una clase media extinguida. No comparto tal temor, ya que tengo la absoluta certeza que esto que estoy escribiendo no es más que un retrato cotidiano que podrían firmas millones de ciudadanos en toda Europa hoy día. Con una manifiesta incapacidad para enfrentarnos y derrotar al poder establecido, tanto de estado como de mercado (en definitiva, “a los que nos gobiernan”, como escribía Tolstoi en su lúcido ensayo de vejez), sí en cambio es fácil percibir la susceptibilidad con la que nos enfrentamos los unos a los otros embaucados en nuestros dogmas de fe (y como buen dogma de fe, superior al dogma de fe del vecino), una vez abandonada la perspectiva de luchar por lo que debiera ser justo y conformistas con las migajas que suponen nuestras escasas horas libres al día mientras que entregamos la mayor parte de nuestro tiempo a vivir esclavizados, porque infeliz quien piense, infeliz que se haga preguntas, infeliz quien se rebele, infeliz quien proteste e infeliz quien se queje. Infeliz, y amargado, claro. 

Y así, envuelto en esta amargura con aroma a café negro sin azúcar, sumido en el pozo abisal de mis pensamientos, comienzo otro fin de semana apoyado, finalmente, en el desahogo de escribir.   


Y cuando más tarde vea saltar hacia los aires el tapón de la primera cerveza, pensaré, qué duda cabe, que tampoco estoy tan mal…   



"Gracias a la almorta" (Francisco de Goya)

viernes, 5 de junio de 2015

EL GOL DE MESSI



Hay una expresión que dice “el arte de congelar el tiempo”, pero es que en realidad todo arte tiende a tener esa asombrosa capacidad de congelar el tiempo, de que por un instante desaparezca el contexto espacio-temporal que da sentido a cada uno de nuestros actos, esclavizados por la tiranía de las esferas con las que medimos el devenir de la vida.

Pero esta capacidad de detener el reloj alcanza una definición aún más allá cuando hablamos del deporte, escenario que suele regirse por minutos, y en el que los protagonistas están obligados a dejar las pinceladas con las que serán recordados en un lapso concreto de tiempo. En el baloncesto Michael Jordan representaba como nadie esa congelación del crono. Su impresionante capacidad atlética más propia de un hijo de los dioses del Olimpo griego le hacía literalmente suspenderse en el aire. Podía ser un segundo el tiempo transcurrido entre que despegase los pies del suelo y hundiese el balón en el aro en un matrimonio con la canasta entre apasionado, salvaje, romántico y tierno. Como los más grandes amores. Sin embargo al aficionado le podía parecer una eternidad. La eternidad del éxtasis, del goce estético. Su lanzamiento en suspensión producía la misma sensación, con el añadido de que el resultado era más incierto. Esa apoteosis poética alcanzó su cenit en el legendario lanzamiento final en las finales de 1998 entre los Bulls de Chicago y los Jazz de Utah. Jordan robaba el balón a Karl Malone para negarle por siempre jamás un lugar entre los elegidos y confinarle a la galería maldita de los grandes de la NBA sin anillo de campeón, llegó hasta la cancha contraria, se zafó de Bryon Russell, posterizándole para la eternidad, se levantó desde seis metros y el balón salió de sus manos para que los dedos de esas mismas manos se enfundasen su sexto anillo. La trayectoria de la pelota hasta besar las redes apenas duraría poco más de un segundo… para los aficionados de ambos equipos, y del baloncesto en general, debió ser un segundo eterno.   

Es difícil considerar quien ha sido el mejor deportista de la historia, difícil y seguro que siempre injusto, ya que cada disciplina es distinta, como lo son las épocas, rivales y circunstancias. Jordan es uno de los nombres más recurrentes en el debate, puesto que a su insaciable ambición por ganar unía épica, liderazgo y un componente artístico difícilmente igualable en el por otro lado deporte más espectacular posible (sólo Kobe Bryant ha sido capaz de acercarse y de volver a ofrecer esos retazos imposibles y fantasiosos inalcanzables para el resto de la humanidad) 

El último sábado de Mayo de 2015 el futbolista argentino del FC Barcelona Lionel Messi dejó para el recuerdo, en el trascendente marco de una final de Copa de España, una jugada para la historia. En ocasiones así, cuando el prodigio entra en escena, uno se acuerda de quien no está, de cómo hubiera podido disfrutar esa persona ausente. Y fíjense, yo ni me acordé de ningún ser querido, pero pensé en Eduardo Galeano, de cómo hubiera escrito y descrito ese gol en una edición ampliada de su fútbol a sol y sombra, donde las palabras del comprometido uruguayo acariciaban la pasión del balón en un hermoso maridaje, que dirían hoy día los esnobs de los fogones. Y es que eso es lo que me aterra, finalmente, del día en que deje de existir. Que me voy a perder toda la magia venidera.   

Y Leo Messi cogió el balón entre el medio campo y tres cuartos, donde el peligro ni se intuye, y fabricó el relámpago. Se pegó a la derecha y corrió como alma que llevan los demonios, con el cuero cosido al pie como sólo este pequeño diablo sabe hacerlo. A los cuatro jugadores que le salieron al paso los destrozó, fintó y humilló, remontó la línea de fondo y desde esa derecha de ángulo imposible se cambió el balón a la zurda para soltar el latigazo que miles de gargantas gritaron como gol. Qué envidia de verde césped que contempló el trotar del enano genial. Qué envidia de balón cuyo destino fue la red teletransportado por la magia. Y qué envidia incluso de portero, abatido y destrozado pero testigo de excepción de uno de los goles más gloriosos de la historia. 

Messi, el pequeño Messi, ese jugador con aire de bufón, nariz abrupta, cuerpo menudo. El heredero de Garrincha como el payaso mayor del circo del balón. Y es que por esto el fútbol es por encima de todos el deporte del pueblo, el deporte más democrático, más socialista, más igualitario. El deporte que pueden jugar por igual pobres y ricos, que abraza a todos vengan de donde vengan y sea como Dios los haya construido. Porque en el fútbol caben los genios con narices de elefante, con jorobas de dromedario, con piernas torcidas, con caderas rotas… el fútbol lo juegan los enanos y los gigantes, los grandes y los pequeños, los gordos y los flacos. El fútbol es equilibrio y fantasía, funambulismo y prestidigitación. Y en ese Howgarts* particular, la varita más ilustre ahora es argentina y azulgrana. ¡Cómo si fuera eslovaca y blanquinegra! Qué me importan los colores si el truco de magia es bueno.

Ojala Galeano lo haya visto.     





*Escuela para jóvenes magos en el universo particular de la exitosa serie de novelas del personaje de Harry Potter.

viernes, 29 de mayo de 2015

CARTA ABIERTA A ESPERANZA AGUIRRE



Estimada señora Aguirre:


Como ciudadano residente y votante en Madrid y en la tesitura de mi indecisión ante a quien depositar mi voto en estas últimas elecciones municipales, he seguido con interés la campaña electoral de las distintas propuestas y candidatos, creyéndome en la obligación y responsabilidad de tal asunto, puesto que es tan poca la participación que los ciudadanos de a pie tenemos en esto que ustedes llaman “democracia” (literalmente “poder del pueblo”), que no cabe duda se debe ser riguroso y escrupuloso con el voto emitido.  


Por eso me llamó la atención cuando en pleno debate con la candidata a la alcaldía por Ahora Madrid, doña Manuela Carmena, usted sacó a coalición a la banda terrorista ETA, la cual con fortuna nos podemos congratular de que lleva seis años sin matar, y su alto el fuego parece (crucemos los dedos) definitivo. Para los de mi generación (soy nacido en 1973), el terrorismo etarra es el recuerdo sangriento de una época turbulenta y protagonista de un daño irreparable a nuestra sociedad. Como español he seguido todos los procesos de diálogo y los intentos de acabar con esta lacra por parte de los distintos gobiernos democráticos de nuestro país, desde Suárez hasta hoy, recordando por otro lado cómo fueron durante los gobiernos populares de José María Aznar cuando más presos etarras fueron liberados e incluso el por entonces presidente del gobierno tiznó la bellaquería del terrorismo con cierto romanticismo al referirse a ETA como el “ejército de liberación del pueblo vasco” (¿de qué había que liberar al pueblo vasco, señor Aznar? ¿de España?) Usted lo recordará bien, ya que era el año 2006 y presidía la comunidad de Madrid, siendo una de las personalidades más relevantes de su siempre querido Partido Popular. 


De modo que ante la posibilidad de que tuviéramos una candidata a la alcaldía que, en efecto, pudiese, por lo más mínimo, simpatizar con ETA, decidí investigar y profundizar en la figura de doña Manuela Carmena, la cual, he de admitir, hasta esta campaña electoral y sobre todo gracias a su particular empeño en desenmascararla apenas podría decir que conocía. Removí hemerotecas y buceé en las procelosas aguas de la red y no encontré nada que pudiese llevarme a pensar tal cosa. Sí es cierto que la señora Carmena había liberado, ejerciendo sus labores de juez, a una miembro del GRAPO en base al artículo 60 del Reglamento Penitenciario en vigor por aquel entonces, que establecía la libertad condicional para los presos que sufriesen enfermedad grave o incurable (esclerosis múltiple en el caso de la terrorista del GRAPO), y también había hecho lo propio con el etarra José Manuel Azcarate Ramos, aquejado de varices esofágicas crónicas que propiciaron su libertad condicional. De hecho en posteriores arrestos este terrorista ha sido puesto en libertad condicional nuevamente, imagino que por otros jueces distintos a la señora Carmena. Por lo tanto lo único que hizo la juez fue aplicar la ley, la cual puede ser discutible y objetable, y en el caso de la señora Carmena más aún habida cuenta de su pensamiento humanista que otorga un punto de vista muy interesante sobre estas cuestiones, ya que aunque a nadie con un mínimo de sensibilidad le puede gustar ver a un terrorista en las calles, en base a tal sensibilidad tampoco se le puede negar otro mínimo de dignidad a un enfermo, por muy asesino que sea (así al menos pensamos los humanistas) Hay que tener en cuenta, por otro lado, que Manuela Carmena ejerció la labor de juez durante unos 30 años, desde 1981 hasta 2010. 30 años en los que imaginamos encarceló y excarceló a delincuentes de todo tipo. Que en 30 años de carrera concediese libertad condicional a dos terroristas no creo que sea significativo de tendencia alguna. En mi modesta opinión dudo mucho que Manuela Carmena sea en ningún momento simpatizante de ETA, ni condescendiente, ni comprensiva, ni comparta postura alguna con la banda terrorista. Si pensase de tal manera tendría que creer que los señores José María Aznar, Jaime Mayor Oreja, Mariano Rajoy y Ángel Acebes como presidente y ministros del interior respectivamente de los gobiernos que durante dos legislaturas y en ocho años excarcelaron a 311 etarras, son afines a la banda terrorista que tanto daño ha hecho en nuestro país. Sinceramente, no lo creo, por tanto no lo creo igualmente de doña Manuela Carmena, quien por otro lado ya ha explicado como ella misma, igual que muchos de sus compañeros, fue amenazada por el propio grupo asesino.


Seguí investigando más y me congratuló comprobar que la señora Carmena es una firme defensora de los Derechos Humanos, tanto es así que en 1986 fue galardonada con el Premio Nacional Derechos Humanos por la APDH (Asociación Pro Derechos Humanos) Los méritos otorgados a Carmena fueron, cito literalmente al jurado “su trayectoria en la defensa de los valores democráticos, su concepción creativa y original de la forma de administrar justicia equitativa e igualitaria”  Igualmente el jurado destacaba que su nueva carrera como juez protagonizaba “una rica experiencia como juez civil, combatiendo la corrupción, tan arraigada en las oficinas judiciales, demostrando que es posible erradicar ese viejo fenómeno y desarticulando una de las coartadas de uso habitual: la inhibición generalizada y cómplice”


Todo esto podría no pasar de ser (hermosa) palabrería, por lo que decidí investigar a que se referían exactamente, por un lado en la citada trayectoria en defensa de valores democráticos y por otro en esa lucha contra la corrupción en las oficinas judiciales.  


Sobre el primer punto, bastó echar un vistazo a los primeros años de su biografía profesional para entenderlo. Abogada laboralista y luchadora anti-franquista, en 1975 fue detenida por celebrar una reunión no autorizada junto a otros 25 compañeros de profesión en su despacho de la calle Atocha número 49, a sólo 3 portales del tristemente célebre Atocha 55 donde habitualmente trabajaba y que la fortuna hizo que no se encontrara allí en Enero de 1977, cuando vio morir asesinados a cinco compañeros y heridos a otros cuatro a manos de un grupo terrorista de ultraderecha. Carmena conoció por tanto de primera mano el horror de dos de los más grandes males que han conocido las sociedades de la segunda mitad del siglo XX: el totalitarismo y el terrorismo. No cabe duda de que quien sería futura juez vivió una juventud convulsa en medio de una España absolutamente turbulenta (hay que recordar que en el periodo conocido como “transición española”, entre 1975 y 1983,  se estima que murieron nada menos que 591 personas en nuestro país por violencia política, a manos de grupos radicales y terroristas o de las fuerzas de seguridad del estado), pero precisamente el hecho de haber vivido tan de cerca el horror de los totalitarismos y la sinrazón del terrorismo creo que la capacita para, desde las instituciones, asegurar una mayor fortaleza democrática y libertaria ¿Cómo puede alguien creer que quién ha sufrido en sus carnes la monstruosidad de una dictadura y la violencia del terrorismo, pretenda instaurar los mismos horrores para las generaciones venideras? ¿Máxime cuando hablamos de una persona que ha encauzado su carrera profesional dentro del ámbito de las leyes?  


El segundo punto en consideración por el que le fue otorgado aquel premio también llamó mi atención: “combatiendo la corrupción, tan arraigada en las oficinas judiciales” ¿De qué corrupción hablaban? Nuevamente me dispuse a investigar, encontrando como en los 80 era frecuente la corrupción en los juzgados de Plaza de Castilla con funcionarios de diversa índole sobornados por medio de un procedimiento al que daban el nombre de “astillas”. “En Plaza de Castilla todo funciona a base de astillas”, se escucha decir a una acusada en una cinta que sirvió de prueba en un juicio contra aquella corrupción de mediados de los 80 en los juzgados madrileños. Era tan generalizado y conocido aquel indigno proceder que entre los del gremio se referían a aquella sede judicial como “Plaza de Astilla”. Y contra aquella corrupción luchó Manuela Carmena, de manera independiente pero también con la asociación Jueces para la Democracia, de la que fue miembro fundadora en 1983 junto a otros compañeros que como ella venían de la abogacía laboralista y de la lucha anti-franquista. Asociación que como bien sabrá sigue en activo y reivindicando aquello que creen de justicia, como denunciar las abusivas tasas judiciales implantadas por Ruiz Gallardón que no hacen sino impedir que muchos ciudadanos de a pie no puedan recurrir a la justicia llegado el caso debido a la falta de recursos económicos.   


Pude conocer también, y reitero que gracias a usted, señora Aguirre, que Manuela Carmena ha redactado varios informes sobre violaciones de los Derechos Humanos, y no sólo en nuestro país, ya que en su cargo como presidenta relatora del Grupo sobre Detención Arbitraria de la ONU ha tenido que visitar y elaborar informes sobre distintos abusos de poder establecidos en diferentes partes del mundo, siendo habitual su presencia sobre todo en América Latina. Tanto es así que incluso en 2009 se opuso a la detención del banquero Eligio Cedeño en Venezuela por considerarla una violación de los Derechos Humanos por parte del gobierno del presidente Hugo Chávez. Ciertamente la postura de Carmena oponiéndose a esta detención en Venezuela parece un acto de mucho más calado moral y mucho más coherente que el de gran parte de políticos y empresarios españoles a quienes les hemos escuchado despotricar contra el gobierno venezolano mientras por detrás estrechaban manos y firmaban contratos con Chávez. ¿Recuerda lo que le dije sobre que una persona que ha vivido en su propia experiencia el horror del totalitarismo y la dictadura no deseará tal cosa para sus semejantes, y más bien el contrario luchará en la medida de lo posible contra ello? No quiero decir con esto que en Venezuela vivan una dictadura, cuando el propio Jimmy Carter, como observador internacional y después de monitorear las elecciones de 92 países dijo que su sistema electoral era el mejor del mundo, pero creo que el episodio demuestra que la señora Carmena antepone los Derechos Humanos por encima de cualquier ideología y no consiente los abusos de poder, vengan desde la derecha o desde la izquierda. Vuelvo a decirle aquello de que así pensamos los humanistas. Así de raros somos, que nuestra ideología de verdad es el respeto a la vida humana, la justicia, y el bienestar social. Podría aburrirla aquí recordando todos los informes que ha redactado la señora Carmena desde su cargo internacional y toda su lucha a favor de los Derechos Humanos, pero posiblemente usted ya conozca todo eso. Eso sí, no me queda más remedio que darle nuevamente las gracias porque si no fuera por usted yo no me habría acercado a la figura de Carmena.  


No obstante sí hay un informe que creo no debemos pasar por alto, ya que intuyo se ha utilizado de manera, si se me permite, torticera, desde ciertos sectores, para intentar dar una visión de Manuela Carmena que no se corresponde en absoluto con la realidad, o en todo caso sí se corresponde si se accede a la auténtica libertad de pensamiento totalmente despojado de prejuicios y siendo capaz de respetar como piensan, como pensamos, quienes en base a ese humanismo del que le hablo consideramos que todos los seres humanos merecen ser tratados con dignidad y respeto, independientemente de su catadura moral. En 2013 Manuela Carmena junto al catedrático de Derecho Penal Jon Mirena Landa, el notario Ramón Múgica y el obispo emérito José María Uriarte redactaba, por encargo de la Secretaría General de Paz y Convivencia del gobierno vasco de Paxti López, un informe que bajo el título “Informe-base de vulneraciones de Derechos Humanos en el caso vasco (1960-2013)”, analizaba la violencia política sucedida en el contexto espacio-temporal del título para establecer, en las propias palabras del informe, una “referencia fiable para la definición de posteriores actuaciones de memoria y revisión crítica del pasado, así como de reconocimiento y reparación a las víctimas”. Se ha querido ver en este informe (polémico, como cualquier punto de vista sobre el conflicto vasco que no esté basado en el exterminio radical del pensamiento abertxale) una defensa del terrorismo etarra o al menos una equidistancia entre quien aprieta el gatillo y quien es asesinado. Yo, sinceramente, no lo veo así. Creo que la única equidistancia posible es la de la condena de todo tipo de violencia, y el respeto a toda vida humana. Imagino que usted habrá leído el informe,  y recordará que en su comienzo nos advierte de que:  


“Ninguna idea, ningún proyecto político, ningún amor patrio, ninguna razón de Estado pueden anteponerse al núcleo intangible de los derechos humanos: la vida, la integridad física y psíquica, la dignidad moral de la persona humana. Asesinar, mutilar, torturar, secuestrar, envilecer, corromper a un ser humano no tiene justificación moral en ninguna circunstancia”  


Esta es la auténtica equidistancia. La de establecer que toda violencia es reprobable, tanto la de un grupo terrorista como la de las fuerzas de un estado. Fíjese que los términos “idea” o “amor patrio” encajan como un guante en la naturaleza del terrorismo nacionalista etarra… al igual que encajan en la definición que se tienen de sí mismos los patriotas españolistas que desgraciadamente también han conocido encarnaciones sangrientas. Sé que la voy a aburrir con tanto humanismo, pero es que creo firmemente que los defensores de los Derechos Humanos estamos en la obligación de condenar todo tipo de violencia, tanto la que se produce en los campos de batalla, como en las calles, como en las cárceles y comisarías de nuestro país, siendo incluso estas últimas aún más vergonzantes, ya que la violencia de los criminales y asesinos es implícita en su propia condición de asesinos, mientras que las fuerzas de seguridad de nuestro estado deberían existir para garantizar, como su nombre indica, la seguridad del ciudadano, y no exceder de esa tarea. ¿Qué seguridad puede ofrecernos un cuerpo policial que torture?, creo que afortunadamente son los menos esos casos, pero también es cierto que tales abusos no deberían quedar impunes y si queremos una verdadera salud democrática no podemos mirar para otro lado. Decía John Donne que la muerte de cualquier ser humano le disminuía, puesto que él estaba ligado a la humanidad. De igual modo la muerte entre rejas y privado de libertad de cualquier ser humano debería disminuirnos a todos como especie. En esto consiste el humanismo. En entender que nuestra especie puede producir tanto un individuo como Adolf Hitler como un Mahatma Gandhi. Ambos casos nacen del mismo tronco del árbol de la vida, forman parte del mismo cuerpo, un cuerpo con miembros enfermos pero que no deben ser amputados si no sanados. Por eso instrumentos como la educación, la cultura, y el libre pensamiento deben ser los que marquen el camino para que nuestra civilización, poco a poco, mejore y consigamos por fin ese respeto total a la vida y al ser humano.      


Hay que reconocer una vez más y agradecer su particular empeño, señora Aguirre, en que Manuela Carmena se haya convertido en una voz política reconocida en nuestro país, ya no sólo en Madrid. No ha estado usted sola en tal empresa. Algunos medios de comunicación nos han ayudado a conocer más a Manuela rebuscando con desesperación en artículos de opinión, entrevistas o tertulias alguna declaración con la que poder alimentar la tesis de la afinidad de la juez con aberraciones tales como el terrorismo. Así es como he podido acceder a un interesante debate televisivo en la que la señora Carmena, con la experiencia de quien ha dedicado gran parte de su vida a trabajar en el ámbito de la justicia, expone su defensa del abolicionismo penal, exonerando de prisión a lo que se conoce como “delincuencia común”, que en realidad es la que más puebla las cárceles españolas. Entramos de nuevo en terrenos humanistas, en este caso si se quiere un humanismo radical, o quizás ingenuo, iluso y utópico, puede ser. Lo cierto es que el debate sobre el abolicionismo penal resulta harto interesante, pero también comprendo que el desconocimiento sobre el tema y sobre todo los prejuicios puedan hacer que muchos ciudadanos se echen las manos a las cabezas escuchando estas tesis (permítame sugerir que estoy convencido de que en un momento dado de la historia de la humanidad no poca gente se echaría las manos a la cabeza cuando alguien comenzó a plantear cuestiones como la abolición de la esclavitud, la defensa de los animales, o la posibilidad de votar para las mujeres… quien sabe si algún día lo que nos escandalice no sea realmente el hecho de que encerrásemos a nuestros semejantes tras unos barrotes, en vez de la existencia de un debate como éste) Por muy descabellada que pueda parecer esta teoría para quien nunca se haya planteado estos temas morales, ha encontrado apoyo en multitud de filósofos, antropólogos, sociólogos, y por encima de todo criminólogos. Siempre entendiendo que cuando hablamos de abolicionismo penal pueden establecerse distintos grados, desde un grado mínimo a un abolicionismo total (que evidentemente no es el caso de la señora Carmena) Le recomiendo, si le interesa el tema, la lectura de los textos del noruego Thomas Mathiesen, Doctor en Filosofía y profesor de Sociología del Derecho en el Instituto de Sociología del Derecho de la Universidad de Oslo desde 1972 hasta la actualidad. Mathiesen es posiblemente la figura más reconocida en abolicionismo penal. La teoría de Mathiesen se basa principalmente en la ineficacia de la cárcel como vehículo de reinserción (el cual debería ser el fin último de la condena) y como instrumento de disuasión (el delincuente delinque igual aunque sepa de la existencia de la prisión) y en el hecho de que tampoco restituye el daño causado. Además de, claro está, todas las cuestiones éticas y morales que pudiéramos plantear al respecto. Asuntos de una conciencia a menudo dormida, acomodada en el pensamiento fácil, el de verlo en todo en blanco o negro y no escudriñar la numerosa gama de grises que siempre impregnan cualquier debate. Los peligros, en definitiva, del pensamiento fanático. Coincidirá conmigo en que es mejor apostar por un pensamiento intelectual, al estilo por ejemplo de un Michel Foucault, quien en su libro “Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión”, inspira muchas de las teorías abolicionistas y se muestra crítico con el actual sistema penitenciario basado en “crimen y castigo”.


El abolicionismo penal como movimiento pacifista, humanista y de no violencia en su búsqueda progresiva de alternativas puede ser considerado, como ya le he dicho, una utopía. No me resisto a traer de nuevo a Mathiesen, cuando afirma que “no ha habido nunca una transformación social importante en la historia de la humanidad que no haya sido considerada poco realista, idiota, o utópica por la gran mayoría de los expertos”. En efecto, la utopía es el motor del progreso para cualquier sociedad dispuesta a mejorarse. Incluso me atrevería a afirmar que no ha existido un líder, fuese cual fuese su campo e incluyendo, claro está, la política, que no manejase en su pensamiento alguna utopía. Sobre este asunto, no obstante, me llama la atención como se usa la palabra utopía de manera normalmente despectiva cuando se trata de ideas referentes a la moral, la ética, o el compromiso social, pero se es más comprensivo si hablamos de cuestiones políticas o económicas. Déjeme que me explique con una comparación, para que me entienda. Lo que quiero decir es que tan utópico es pensar que una progresiva eliminación de las cárceles y excarcelación de delincuentes comunes buscando alternativas como el trabajo comunitario resulte beneficioso para nuestra sociedad e incluso finalmente reduzca el número de delitos habituales (ya que al vivir en una sociedad “mejor”, formada por individuos “mejores”, la naturaleza de los actos tendería a ser igualmente “mejor”), como el pensar que la desaparición de los impuestos con los que pagamos bienes sociales y públicos como educación y sanidad, traería inmediatamente una espectacular subida de sueldos gracias a la bondad de los grandes empresarios, pasando los mileuristas de repente a triplicar nuestro sueldo con lo cual no haría falta ningún servicio público ya que tendríamos dinero de sobra para pagarlo a una empresa privada. Igualmente es utópico pensar que la completa desregularización del mercado ofrecería una mejor calidad de vida gracias, igualmente, a la bondad de las grandes empresas, que por arte de magia dejarían de ser entidades con ánimo de lucro y lógico beneficio para convertirse en generosas sociedades comprensivas con sus usuarios y ofrecerían los precios más justos para el bolsillo del ciudadano (viendo, sin ir más lejos, como la liberación de la telefonía lo único que ha creado es que las compañías de telecomunicaciones sean las que acumulan más denuncias por parte del consumidor, debido a su tendencia a la estafa, y que seguimos padeciendo el segundo internet más caro de Europa), también es utópico creer que la total liberación laboral que permitiese a los patrones contratar y despedir a la carta trajese para el obrero condiciones más justas, debido a la bondad natural de dicho patrón que sabría dar lo que es justo a su asalariado sin pensar primero en el beneficio propio, cuando hemos visto que la ambición de los grandes capitales no conoce límites. Es utópico pensar, en definitiva, que de repente desapareciese el axioma de que “para que unos pocos vivan bien, unos muchos han de vivir mal”.  


Pero dejemos estos debates económicos sobre las bondades del liberalismo, ya que este no es el tema. Únicamente se trata de hacer ver como cualquier ideología llevada a su naturaleza real siempre es utópica.  Gracias a eso los comunistas dicen que nunca ha habido comunismo verdadero, los fascistas que tampoco se ha interpretado el fascismo como se debe, y actualmente los liberales se quejan de que en ningún lugar del mundo se aplican al 100% sus doctrinas… pese a que hemos asistido a una creciente desregularización del mercado y una globalización echando abajo las fronteras comerciales (pero levantando más las físicas) en los últimos tiempos… cosa de la que por otro lado se quejan amargamente los socialistas, que claman ante la imposibilidad de ver realizado su socialismo utópico.  Al final, señora Aguirre, lo único que nos queda es la libertad de pensamiento sin ceñirnos a ningún dogma de fe. Hablando de fe, uno de los testimonios que más me ha impactado sobre la figura de Manuela Carmena es el recogido en el blog del autor del libro “Dios preso. Teología y pastoral penitenciaria”, el teólogo Xabier Pikaza, antiguo miembro de la Orden de La Merced, quien recuerda el trabajo de Carmena como titular del Juzgado de Vigilancia Penitenciara número 1 de Madrid a finales de los años 80. Tras un primer encontronazo con los responsables de la Pastoral Penitenciaria, posteriormente la juez les pidió disculpas una vez informada de la labor realizada por dicha Pastoral y les dio todo tipo de facilidades. Literalmente afirman que “En los años de Carmena los agentes de pastoral cristiana en las cárceles tuvieron la máxima ayuda, respeto y solidaridad, mucho mayor que la ofrecida por “gobernantes posteriores” que se han querido llamar cristianos, incluso practicantes, pero que no lo han sido de hecho, pues no han mostrado sensibilidad humana y justicia real en el mundo de la cárcel” Ya sabe usted, los locos humanistas, anteponiendo la dignidad del ser humano por encima de ideologías o credos.


Ciertamente y con toda esta información obtenida gracias a la curiosidad que me despertó usted, señora Aguirre, creo que ya tenía bastante material para hacerme una idea bien formada de quien es Manuela Carmena. Aun así me faltaban algunas piezas por encajar en el puzzle de una vida larga y muy activa. La pregunta era, ¿a qué se había dedicado Carmena estos últimos años, siendo ya una feliz jubilada? ¿Habría dedicado su tiempo a buscar el sol de Benidorm asistiendo a los recitales de María Jesús y su acordeón?, ¿la encontraríamos retirada en algún recóndito pueblo de nuestra geografía entregada al cultivo de la tierra y la cría de aves ponedoras? Ni por asomo la protagonista de nuestro relato abandonó su compromiso por las causas que creía justas. Junto a un grupo de amigos sacó adelante un proyecto, una empresa llamada “Yayos Emprendedores S.L.” (emprendedor, esa palabra que nos han metido hasta en la sopa) con el objetivo, una vez más, de ayudar a los colectivos más desfavorecidos. Inspirada por las lecturas del banquero y economista Muhammad Yunus (otro utópico humanista), se lió la manta a la cabeza y se dirigió a esos sitios que conoce tan bien y que tan llenos están de gente que necesita ayuda: las cárceles. Allí organizó talleres de costura y confección donde lo que se produce es vendido en una pequeña tienda de Malasaña (ese barrio donde tiene usted su palacio y continuamente hace gala de pertenecer al mismo, orgullosa de residir en uno de los barrios más míticos de esta ciudad, a pesar de que después de más de diez años de ser habitual transeúnte y cliente de los locales de la zona, jamás la he visto pasear por sus calles) y los beneficios son, lógicamente, para ese colectivo de presas. Por si fuera poco la ex –juez sigue aportando su granito de arena para una sociedad mejor impartiendo otros talleres en centros de inserción social en Orcasitas o Leganés. Lo que se dice aprovechar el tiempo en beneficio de la sociedad, como bien explica en su último libro "Por qué las cosas pueden ser diferentes" (anteriormente había publicado otro, sobre su punto de vista sobre la justicia) toda una apología de la revolución que empieza por uno mismo, es decir, la más posible de todas ya que está en nuestra única mano. Por ejemplo, combatir la contaminación medio-ambiental que tan mala imagen ha dado a nuestra ciudad y que tantas advertencias por parte de la Comunidad Europea nos ha costado (una contaminación que no es sólo atmosférica, si no acústica, o incluso paisajística o estética, como seguro coincidiría conmigo el inolvidable Profesor Avenarius de "La inmortalidad" de Milan Kundera, quien aseguraba que "los coches han hecho que la antigua belleza de las ciudades se haya vuelto invisible"), recurriendo a la bicicleta como medio de transporte, o incluso al metro, donde incluso en plena campaña electoral se la ha podido ver como a una ciudadana más ante el asombro de muchos viajeros, nada acostumbrados a que nuestros políticos bajen de su torre de cristal y se mezclen entre nosotros. 

No puedo finalizar sin remarcar mi gratitud hacia usted, señora Esperanza Aguirre, que me ha dado a conocer la singular trayectoria y personalidad de Manuela Carmena, una persona que a lo largo de su vida ha dado muestras de compromiso con sus principios de justicia, solidaridad y dignidad para los seres humanos, vengan de donde vengan y fuese cual fuese su pensamiento. Afortunadamente no es un caso único. Cientos y cientos, y hasta miles de personas en nuestro país dedican su vida a luchar por estas causas, bien desde su trabajo, desde organizaciones no gubernamentales, o incluso desde la Iglesia, corrompida quizás en sus altas esferas pero en la que se siguen encontrando valores en su base. Son héroes anónimos y para la mayoría de nosotros pasarán desapercibidos. Por eso, una vez más, gracias por darnos a conocer a Manuela Carmena. 


No sabemos lo que pasará en el futuro, y en Manuela Carmena cabe la posibilidad de una enorme decepción, ya que sólo decepciona quien ilusiona y quien hace albergar esperanzas. Por ello únicamente lo que podemos valorar es el pasado. En ese aspecto la trayectoria vital de esta mujer creo que demuestra que merece claramente que le sea otorgado un voto (nunca mejor dicho) de confianza.   


Sirvan pues, estas líneas, señora Aguirre para agradecerle el hecho de abrirme los ojos a mí y a muchos ciudadanos sobre quien es Manuela Carmena. Es un agradecimiento sincero desde mi punto de vista sobre la sociedad y el mundo que nos rodea, que posiblemente difiera de una manera antagónica con el suyo. Pero qué duda cabe que el debate es bueno, y la tengo a usted por una firme defensora de la libertad de pensamiento. Como ya dije varias líneas atrás, debemos dejar de ver el mundo sólo como blanco o negro, como en una película de indios y vaqueros, o como un cuento de buenos y malos. Creo que la historia de la humanidad nos ha demostrado que no hay ideología ni sistema político superior a los demás ni que tenga en su mano la solución a los numerosos males del mundo. Creer eso sería tan peligroso como pensar que Yahvé es mejor que Alá, o viceversa, y que por tanto uno de ambos credos debe imponerse en el mundo. Yo tampoco tengo en mi mano solución alguna a los males y tragedias que nos asolan, pero echando un vistazo a nuestra historia diría que sí hay algo que debemos evitar a toda costa por todo el daño que ha producido a generaciones pasadas: la intolerancia. Por eso es necesario respetar el pensamiento de los demás, aunque diverja del propio.  

Atentamente:  


EL EYACULADOR DE PALABRAS 








miércoles, 29 de abril de 2015

LA GRAN PELEA









No se recuerda nada así, por lo menos desde la última vez en que no se recordaba nada así. Tal es la magnitud del acontecimiento. Los más viejos del lugar rememoran otras batallas legendarias apurando sus orujos en las barras de los bares, mientras escrutan con sus ojos hundidos en las bolsas de la vejez las últimas noticias del combate que ofrecen los diarios deportivos.

La expectación es máxima y cada paso, cada gesto y cada palabra de los protagonistas es un titular de algarabía informativa. Periódicos, radios y programas de televisión. Redes sociales, blogs y foros de internet. Se narran sucesos extraordinarios, se habla de ungüentos maravillosos para los muslos y bíceps de los colosos. Calzones de oro y borceguíes plateados. Diamantes incrustados en los guantes. Fuegos artificiales a la hora del pesaje, por el que además los espectadores entregarán por vez primera estipendio. 

Y se cuentan los días, las horas, los minutos y los segundos que restan para que el árbitro, figurín en blanco y negro primero y espectador de lujo en el rojo de la sangre después, separe  ambos cuerpos aceitosos y comience el baile de ganchos, uppercuts y jabs. Exhibición de músculos y abdómenes retransmitida a todo el globo terráqueo donde se sirven los licores y se jalean los golpes. Los corredores de apuestas enloquecen, los narradores deportivos enaltecen, los grandes empresarios se enriquecen. Todos los ojos de la especie humana se posan por unos instantes en esos dos torsos desnudos y vigorosos en su pura danza de Eros y Thanatos. Las mujeres se desmayan ante la visión de los titanes. Los hombres envidian para sí esos cuerpos cincelados.   

Y llega el combate ¡Qué hermoso discurso de puñetazos! ¡Qué verdad desnuda y cruda la que firman esos puños! La humanidad reducida a un intercambio de ostias, hostias y rehostias. Leches por aquí y por allá. Sangre a borbotones y algún diente saltando a las primeras filas que próximamente será subastado en Ebay. 


Y de repente, en medio del festín de sudor y hemoglobina… uno de los púgiles saca un tablero de ajedrez. Lo estampa en la cabeza contra su rival y es declarado ganador por Knock Out. El intelecto vuelve a ganar.  

lunes, 27 de abril de 2015

CHEPUDO, MIOPE Y DESDENTADO



La joroba es bella



Se acerca otro cumpleaños. Ya escucho el susurro hiriente del paso del tiempo una vez más, y reabro esta bitácora de las eyaculaciones verbales para escribir sobre lo que creo que más conozco: sobre mí mismo. ¿O acaso con 42 años a cuestas no soy ya suficiente conocedor de la paupérrima obra que supone mi escuálida vida, plagada de alientos miserables y promesas rotas? Quizás no, que coño, uno siempre tiene guardadas para sí mismo sorpresas que van más allá del tamo generado en tu ombligo o de que alguna maldita cana venga a recordar que yo prácticamente asistí a la invención de la rueda. 

42 es la cifra. A estas alturas ya queda bien eso de decir “42 añazos” o “42 castañas”, como quitando hierro al asunto. ¡Qué divertido es hacerse viejo! Sinceramente, lo único que me gusta de cumplir años, es que sé que la opción de no cumplirlos es absolutamente peor. 

¿Qué surcos se han ido labrando en mí a través de todo este tiempo?, ¿qué peaje he pagado?, ¿es mucho el desgaste acumulado?, veamos.  

Las tres principales taras físicas que tengo casi desde nacimiento siguen ahí, para deleite de mis enemigos que buena chanza hacen con ello, sin saber, los pobres diablos, que ninguna de sus burlas es comparable a las que yo mismo hago sobre mi aspecto y mi triste figura. Por supuesto, la insondable miopía que desde niño me ha hecho inseparable compañero de unas gafas sin las cuales soy poco menos que un minusválido. Ese desamparo del miope tiene su encanto, claro, y comprenderán cuanto más fácil era identificarme con las personalidades ocultas de algunos superhéroes (mis queridos superhéroes, que nunca me abandonan) como Clark Kent o Peter Parker antes que con bombonas de testosterona andantes e icónicos para mis viejos camaradas jevis de los 80 como Conan el Bárbaro o Thor. También sigue ahí mi mítica joroba, que me convierte en un Quasimodo berciano buscando su particular Notre Dame. Una hermosa y romántica chepa que hunde mi mirada aún más en mis propios pasos. Y por supuesto no podemos olvidar mi dentadura salvaje y mellada, más propia de un redneck o un homeless que de un distinguido, elegante y culto ciudadano de la Unión Europea.   


Call me tiger


Cegato, chepudo y desdentado. Así desde niño, siendo objeto de las burlas de los matones del colegio y de los desplantes de las musas del instituto. Y a pesar de todo aquí estoy. Cegato, chepudo y desdentado, y con 42 años. 

Y con los años… ¡los años! Que cosa, que losa, que prosa pomposa, que cosa horrorosa. Los años son como alfileres clavándosete en la piel. Una pequeña y deliciosa tortura, paciente, pero que nunca se detiene. Una gota china. Con los años lo que antes era un suspiro ahora se transforma en un quejido. Claro que también lo que antes era una sonrisa, ahora bien es una carcajada. Básicamente porque se va uno volviendo cada vez más loco, y se ríe como un loco, y básicamente porque está uno hasta los huevos (unos huevos ya canosos, todo hay que decirlo) 

Tampoco hay que obviar a otro de mis viejos amigos: el soplo en el corazón. Una anomalía de nacimiento que me acompaña desde siempre, y que en mi descaro nostálgico hizo que me apoyara enfermizamente en aquella delicia de Louis Malle, “Le souffle au coeur”, que creía que el director galo había dirigido expresamente para mí, pese a rodarla dos años antes de mi nacimiento (así somos los ególatras) ¡Qué maravilla de película, qué poesía de celuloide, que delicadeza de historia, qué sutileza de vida! Ese soplo murmurante, amenaza de mi hipocondría por siempre, que me abate y me rebate pensando en que en cualquier momento puede llegar el “trallazo”, el gran calambre final.

Los doctores aconsejaban, y mi madre reafirmaba: “puedes hacer vida normal”. Y yo me preguntaba, y aún lo hago: “¿qué es para usted, sabio doctor, hacer vida normal?”, “¿qué es para ti, madre amantísima, hacer vida normal?” Porque en distintas épocas de mi vida ha sido lo más normal del mundo estar tres días con sus noches de fiesta y sin dormir, ventilarme una botella de Johnnie Walker en cuatro tragos, jugar un partido de baloncesto un sábado por la mañana sin haber pasado por la cama, o correr 12 kilómetros cada dos días. De modo que sigo sin saber que es normal o no en la vida de un ser humano, y sólo dejo que el cuerpo siga aguantando, sin saber si ya las abolladuras y desperfectos que van asomando son avisos de que este coche tiene que disminuir la velocidad… velocidad, que bonito nombre tienes, y en inglés todavía más…

Vean que paradójica es la vida del hombre quejumbroso. Aprendan, jóvenes lectores, para lo que se les viene encima con el transcurso de los años. He sufrido en los últimos años de manera bastante constante una afección ocular llamada queratitis. Una sequedad en el ojo producida por el uso de las lentillas, el trabajo con ordenadores, y al parecer porque al dormir no cierro totalmente los ojos (y es que me gusta enfrentarme a mis sueños con los ojos abiertos) Eso provoca unas molestas úlceras en la córnea que resultan una auténtica incomodidad, sobre todo a la hora de leer o ver cine en versión original subtitulada, ambas cosas que hago casi se podría decir que a diario. Entre las soluciones que busqué para solucionar mi queratitis, estuvo la de dormir con doble almohada bajo mi cabeza. Con esto conseguía tener los párpados más caídos y con ello más cerrados durante la noche. Parecía una buena idea. Dos años después los dolores de cuello, de espalda y de hombros, me hicieron pensar lo contrario. De modo que intentando mejorar mi salud ocular, destrocé la lumbar. Lo que se dice desvestir a un santo para vestir a otro, o subirse la manta para abrigarse la cara y dejar desnudos los pies.     

Ocurre lo mismo con la salud dietética. Resulta que he descubierto (fabulosos descubrimientos que nos traen los años, como digo) que soy intolerante a la lactosa. Bien, parece algo fácil de controlar. Se trata simplemente de no consumir alimentos con lactosa. Estupendo. ¿Y qué hacemos con el calcio?, máxime teniendo en cuenta que tengo la ferritina alta, con lo cual necesito calcio, pero no puedo ingerir lactosa. Divertido, ¿verdad? Y al final tu vida se convierte en un puzzle, un tetris diabólico que pone a prueba tu ingenio y en el que tratas de encajar todas las piezas como puedas. Necesito esto pero a la vez esto otro, y tengo que dejar de consumir esto pero no puedo prescindir de aquello. Pura ingeniería.   

Hay más cosas, no se crean. Empiezo a padecer de manera frecuente el conocido como “síndrome del túnel carpiano”. La cosa consiste en calambres, hormigueos y sensación de mano muerta muchas veces en medio de la noche, sobre todo en la derecha, que para eso es la que trabaja. No sean mal pensados, la culpa no ha sido por tributar a Onán. Al parecer es frecuente que llegados a ciertas edades y tras años de trabajo con ordenadores, y más si eres bebedor habitual, sufras este trastorno. Otro más para la colección, que se suma gustoso, jocoso y feliz al álbum de reumas, ciáticas y artritis varias.   

No podía faltar alguna alergia, ¿verdad? Ya ven, yo que siempre respondía ufano a aquello de "¿tiene usted alergia a algo?" con un sonriente "no que yo sepa", imbuido de una seguridad en mi mismo que hacía tenerme por un fenomenal tragaldabas, por una boca insaciable por la que podía entrar de todo, ¡de todo, señores!, y resulta que no, que aquellos frutos secos que antes comía con fruición ahora los tengo prohibidos a menos que quiera verme convertido en una gigantesca roncha andante. Créanme, he probado a remojar los cacahuetes en cerveza, convencido de que así ya no eran frutos secos, pero tampoco ha funcionado. Y con ello, de la mano, vino la alergia al polen, gramíneas y demás amistades peligrosas que se asoman en la Primavera junto a los rayos de sol como un puñetazo histamínico de ojos llorosos y garganta quebrada.

Y la chepa. ¡Ay la chepa! De tanto mirar para abajo. De tanto rascar la guitarra. De tanto botar una pelota naranja en esas canchas callejeras. De tanto y de tonto, de tanto ser tonto, detente so tonto. Esta chepa dromedariana que anuncia mi presencia, que advierte de mí a lo lejos, levantada como una cúpula de mis desaires. Cúpula sin cópula, la cúpula fue del cha cha cha.  

Y esto es lo que hay: cardiópata, miope, jorobado, desdentado, artrítico, reumático, alérgico, nostálgico, berciano y melodramático. Así estamos en este baile de la vida, con estas miserables alforjas nos gobernamos por el mundo. Y eso que no hemos hablado de las cicatrices del alma. Los latigazos sentimentales remojados en alcohol. Parezco un himno del Atleti. ¡Qué manera de sufrir! ¡A mí los Vinicius de este mundo, los poetas y los trovadores y el rasgueo tortuoso de las guitarras melancólicas!   

Se preguntarán entonces, pacientes lectores, sufridos visitantes de esta sinagoga de penas y culpas, porque no arrojo la toalla y dejo de sufrir y de ser este océano de llanto hecha flácida carne y saco de huesos, y sigo aquí dando el coñazo. “¡Qué rollo de tío, qué rollo!”, sé que piensan ustedes con buen criterio. 


Y la razón, queridos míos, es muy sencilla: pese a todos mis males, aún estoy mejor que Eduardo Inda.       



Vinicius, referente.