jueves, 12 de marzo de 2020

DIARIO DEL CORONAVIRUS (II): NINGÚN HOMBRE ES UNA ISLA.









Miramos a China con optimismo. La cuna del Covid-19 afirma haber superado el pico del coronavirus y la curva del contagio muestra con orgullo la deseada forma descendente. Han sido prácticamente dos meses de sacrificios y restricciones por parte de la ciudadanía obligados por el gobierno comunista de Xi Jinping. Veíamos las noticias que nos llegaban desde el país asiático, cuando la epidemia parecía tan lejana y ajena a nosotros, ciertamente horrorizados por las draconianas medidas impuestas por un estado continuamente en entredicho por sus constantes violaciones a los derechos humanos. Un estado que no había tenido ningún reparo, para que nos demos cuenta de la catadura moral manejada, en acusar de difamación a los primeros médicos que advirtieron de un repunte del SARS (el coronavirus que entre 2002 y 2003 dejó más de 700 muertes en el Asia Oriental) sin saber que en realidad se trataba de un nuevo virus todavía más dañino y contagioso. El propio Li Wenliang, oftalmólogo del Hospital Central de Wuhan y primera persona en advertir del peligro, fallecería a causa de la propia enfermedad convirtiéndose en otro icono más de la lucha por la libertad de expresión e información en el opaco y totalitario país asiático.


Pero tras la ignominia inicial las posteriores medidas del gobierno chino fueron ejemplares, aunque algunas resultasen impopulares. Construyeron para asombro del mundo un hospital en diez días, cerraron y confinaron Wuhan, y sellaron los bloques en los que vivieran infectados, a los que se les dejaba diariamente comida en la puerta de sus casas como antiguamente se hacía con los leprosos a quienes se les negaba el contacto con el resto de congéneres. No faltaron los controles periódicos a toda su población. Nada podía quedar sujeto al azar, o mejor dicho, a la libertad individual y responsabilidad de unos individuos quienes por otro lado están acostumbrados al sometimiento ante un régimen que lleva más de 70 años imponiéndose.


La crisis del coronavirus plantea por tanto un debate necesario sobre la idoneidad del totalitarismo frente a las crisis o la capacidad de las democracias y los estados libres para resolver estos problemas con igual eficacia. ¿Seremos capaces los libres ciudadanos europeos de superar esta emergencia simplemente apelando a nuestro sentido de la responsabilidad? En ese sentido quien a día de hoy siga sin ser capaz de comprender la magnitud de lo que enfrentamos y no adopte las básicas medidas de higiene, no ya para evitar el contagio, si no para propagarlo por si mismo como seguro está sucediendo con muchos ciudadanos asintomáticos que ignoran estar infectados, no merece otro calificativo que el de irresponsable y mal ciudadano. La duda sobre nuestro sentido de la responsabilidad es fundamentada. Seguro que les viene a la memoria un líder político de infausto recuerdo que se jactaba y hacia chanzas sobre coger el volante con unos vasos de vino encima. Aquella boutade fue bien recibida desde ciertos sectores como ejemplo del liberalismo peor entendido. Ese que no tiene en cuenta aquello que decía John Donne de que ningún hombre es una isla y que todas nuestras acciones pueden tener repercusión en los demás, por mucho que apelemos a esa libertad individual, a esa parcela que todos deseamos. Ahora que se avienen días de confinamiento (forzoso o voluntario, ahí está el debate y ojala seamos conscientes para que no haya que recurrir a lo primero) en aras del bien general y la salud pública, bien podríamos hacer en limpiar el polvo de las estanterías y recuperar el saludable hábito de la lectura buscando la necesaria brújula humanista en autores como Donne. Entonces nos daremos cuenta de que el continente humano que formamos no merece ser infectado por nuestras irresponsabilidades. Que ningún estado comunista o totalitario tenga que venir a recordárnoslo.





miércoles, 11 de marzo de 2020

DIARIO DEL CORONAVIRUS (I): DESGRACIADO PRIVILEGIO











Consciente de que estoy viviendo un momento histórico me veo obligado a dejarlo escrito comenzando esta especie de diario sobre estos días que se suponen serán semanas y posiblemente meses. Veremos hasta donde me llevan estas líneas que aquí comienzan, quizás incluso y de hecho sería lo más posible yo mismo acabe siendo uno de los millones de infectados repartidos a lo largo de todo el globo terráqueo.


Admito mi falta de reflejos en apreciar la magnitud de la catástrofe. Quizás contagiado de la misma falta de reflejos de nuestros gobiernos, principalmente italiano y español, no he sido realmente consciente hasta ayer, 10 de Marzo de 2020, que asisto a un momento nunca visto antes en la historia de la humanidad, o al menos en la historia de mi generación. Siempre he pensado que los humanos que asistiesen al apocalipsis, al tan manido “fin del mundo”, serían unos privilegiados, ya que después de miles de millones de años ser protagonistas de la desaparición de un planeta, o incluso de la extinción de una especie, pues oigan, ya es casualidad, ¿no? Lo cual no quiere decir que yo desease ser uno de esos protagonistas, líbreme Dios. Simplemente se trata de verlo por el lado... ¿positivo?


Tampoco quiero decir que piense que esto signifique el “fin del mundo” y que ya escucho a lo lejos las trompetas del Apocalipsis (aunque soy de los que prefiere ponerse en lo peor, y a partir de ahí, pues oye, todo lo que venga bienvenido sea), pero si tengo claro que jamás he vivido un momento tan crucial que posiblemente marque el rumbo de todo nuestro planeta durante varios años posteriores, quizás décadas. Posiblemente sólo las dos grandes guerras mundiales han sido capaces de condicionar toda la agenda global de la manera en la que lo está haciendo ese ya maldito y odioso virus. Al fin y al cabo lo que estamos viviendo ahora mismo es otra guerra, en este caso de toda la humanidad frente a dicho virus. Quiero pensar que no vamos a ser tan ineptos como para no ser capaces de ganar esta guerra cuando cualquiera de nosotros simplemente con unas básicas medidas de higiene y precaución puede retrasar muchísimo el avance de este particular enemigo. En ese sentido estamos ante una magnífica ocasión de demostrar que los ciudadanos libres, los que llevamos años disfrutando de las bondades de la socialdemocracia, somos capaces de ejercer nuestra responsabilidad con nosotros mismos y nuestros vecinos sin necesidad de que se alce ninguna tiránica mano dictando nuestros gestos y conductas durante una auténtica emergencia mundial.


Precisamente hoy 11 de Marzo se cumplen 16 años del mayor atentado terrorista sufrido en este Madrid que ya es mi ciudad adoptiva. En aquellos momentos la ciudadanía dio una lección de solidaridad y entereza demostrando la valía del ser humano. Poca duda tengo a ese respecto en que de esta crisis saldremos más fortalecidos y que mostrará lo mejor de nosotros mismos, pese a que acentuará también la villanía de quizás las mentes más frágiles y mezquinas, pero demostraremos que las nuevas generaciones, esas a las que las antiguas acusan en eterno tópico de haber perdido el rumbo (usted se dará cuenta de que se ha hecho mayor cuando comience a hablar de “los jóvenes de ahora” al igual que los viejos de antes hablaban de usted) llegan cargadas de robustos valores humanistas.


Admito mi torpeza y mi lentitud de reflejos. Vivía el día a día de manera despreocupada bajo la coraza de mi propio mundo, pero ayer todo cambió al confirmarse un positivo en mi puesto de trabajo. A partir de ahí todo ha sido improvisación y rápida adaptación a un nuevo escenario. Esta mañana preparando mi bolsa del trabajo sentía una agitación que no experimentaba desde la muerte de la abuela de Isa, cuando tuvimos que viajar a su pueblo de repente y con lo puesto. Esa sensación de estoica angustia mientras guardaba un cepillo de dientes o algo de lectura. Viajar por este Madrid que comienza a adquirir tono fantasmagórico hacia salas de contingencia catalogado como “personal crítico”, el que no puede faltar bajo ninguna circunstancia porque el capitalismo no puede parar. Y así debe ser. O debiera. Al fin y al cabo siempre estamos obligados a replanteárnoslo todo. Pero nos hemos acostumbrado a un sistema que, admitámoslo, funciona. Al confort de una deliciosa rutina de partidos de fútbol o estrenos cinematográficos. Todo eso de repente vuela por los aires. Momento por tanto de adaptarse al nuevo medio, al que nos empuja esta extraña situación de desgraciados “privilegiados”. Ojala no fuera así. Ojala siquiera este diario no hubiérase comenzado nunca.






sábado, 7 de marzo de 2020

8 DE MARZO








Jacinto despertó aquella mañana más sobresaltado de lo habitual. Llevaba meses planeando aquel encuentro desde el último 19 de Noviembre en el que en la marcha por el Día Internacional del Hombre su amigo Jaime le había insinuado aquella posibilidad. Al día siguiente, en el homenaje al Caudillo, entre viejos camaradas y patriotas, la insinuación del día anterior cobró otro cariz cuando Jaime le dio dirección y teléfono de lo que Jacinto, uno más entre tantos hombres, buscaba.


Echó mano de su agenda y fijó la cita. La llamada a aquel centro le había dejado satisfecho y disipada cualquier duda había marcado en el calendario el 8 de Marzo como el día señalado. Fueron tres largos meses de espera, aburridos, anodinos, transcurridos entre partidas de brisca y charlas en el trabajo sobre la dictadura progre que les oprimía. Nunca hubo hombres más oprimidos que Jacinto y sus compañeros y así dejaban constancia de ello desde que se levantaban hasta que se acostaban. Bien fuera de camino al trabajo, en el ascensor, y por supuesto en las redes sociales. Jamás se vio mayor opresión en el ser humano que la del hombre blanco católico heterosexual del siglo XXI. Las victimas de las dos grandes guerras mundiales, los judíos aniquilados por el nazismo, los disidentes comunistas del stalinismo, los kurdos masacrados por Iraq, los musulmanes exterminados en Birmania, y hasta los tutsis en Ruanda... ninguna de esas matanzas podía ser comparada a la que vivía cualquier congénere de Jacinto en España en el siglo XXI por el simple hecho de haber nacido hombre.


A duras penas consiguió sobrevivir el bueno de Jacinto el infierno de aquellos meses de opresión y represión desde que se levantaba hasta que volvía al consuelo de la almohada. Sólo Dios sabe lo que tuvo que padecer aquellos meses de represión en los que su único consuelo era saber que tenía apalabrada la cita del 8 de Marzo en el centro Cabree A Grudo.


Y llegó el día.


Jacinto, como hemos dicho, despertó aquella mañana más sobresaltado de lo habitual. No era para menos después de tantos meses bajo la asfixiante dictadura progre. Desayunó un sol y sombra mientras leía en el periódico que las últimas encuestas vaticinaban una mayoría absoluta de VOX y Santiago Abascal como presidente del gobierno. No obstante él sabía que todo aquello era una patraña, que vivía bajo una dictadura progre, y que ese tipo de propuestas políticas estarían irremisiblemente prohibidas, pese a que ya ocupaban la mitad del arco parlamentario y todos sus representantes vivían a cuerpo de rey (nunca mejor dicho porque la monarquía, como la unidad de España, era algo absolutamente innegociable para estas pobres víctimas de la dictadura progre)


Jacinto se perfumó debidamente y se vistió con sus mejores galas. No podía ocultar su nerviosismo, pero al fin y al cabo llevaba meses viviendo para aquel día. Alcanzó el centro Cabree A Grudo a las diez de la mañana y traspasó la puerta giratoria para envolverse de aquel aura. Algo le decía que estaba en el lugar correcto. Como si se hubiera detenido el tiempo. Se acercó al mostrador donde una recatada señorita embutida en un vestido rojo y aplastada bajo un gigantesco moño se limaba las uñas.


-Buenos días- disparó la muchacha.


-Buenos días-respondió Jacinto- Jacinto Rodríguez Hermosilla. Tengo cita para las diez y media de la mañana.


-Caray Jacinto, que madrugador es usted- respondió la mujer mientras pasaba las páginas de una agenda- ...a ver... Jacinto Rodríguez, sí, a las diez y media, aquí está. Primero debe responder este formulario con una serie de cuestiones básicas- y le alargó un papel.


Jacinto recogió el formulario y se retiró a una mesa, sacó su estilográfica del bolsillo y con pulso firme se decidió a responder lo que se le planteaba. Básicamente eran preguntas sobre sus relaciones con las mujeres, cuanto tiempo hacía que no hablaba con alguna, y si había sido capaz de plantear una conversación con el otro sexo más allá del tiempo meteorológico.


Una vez completado se lo devolvió a la mujer del moño, la cual echó un vistazo satisfactorio, archivó el papel y simplemente dijo:


-Acompáñeme.


Jacinto siguió a su anfitriona por un largo pasillo desembocando en una especie de sala de espera con sillones en forma ovalada enfrentados a una serie de puertas presididas por varios nombres propios que le eran familiares a nuestro protagonista.


-Jacinto- resolvió la muchacha- tiene usted que elegir a cual sala quiere acceder, dependiendo de lo que busca. Tenemos distintos accesos, desde el caballeroso rancio a lo Julio Iglesias hasta el macho abrupto tipo Sánchez Dragó, personalmente le recomiendo la sala Plácido Domingo, muy demandada últimamente, donde puede hacer cargo de su situación de poder por ser hombre sin ningún recato ni miramiento por parte de la sociedad. Recuerde que está en el centro Cabree A Grudo y todo lo que sucede en estas cuatro paredes nace y muere aquí, como siempre debió suceder entre hombres y mujeres. Usted ya me entiende Jacinto.


-Y tanto que la entiendo. Pero mire señorita, creo que me voy a decantar por la sala Arturo Fernández.


-Por supuesto Jacinto, y permítame decirle que ha tenido usted una elección acertadísima.


La muchacha del vestido rojo y moño estratosférico abrió la puerta de la sala demandada por Jacinto y se retiró. Nuestro hombre tragó saliva, posteriormente la escupió sobre la palma de su mano, y se repeinó su grasiento pelo hacia atrás. Caminó con la incertidumbre de quien camina hacía un altar, presa de ese miedo católico que le habían enseñado desde niño. Pasado el pasillo de la estancia adivinó un majestuoso par de piernas cruzadas presididas por unos zapatos de tacón negro y alto. La escena la completaba un escultural cuerpo de mujer dentro de un vestido tan negro como los zapatos. Rubia y de ojos azules, miró y habló a Jacinto como si le llevara esperando toda su vida:


-Hola.


-Ho... hola- acertó a decir Jacinto.


-Siéntese aquí, a mi lado. Jacinto, ¿verdad?


-Sí, ¿cómo sabe mi nombre?


-¿Acaso no debería saberlo?, ¿cuándo su presencia aquí supone mi sustento?, ¿qué clase de mujer sería si no fuera capaz de saber siquiera el nombre del hombre que viene a buscarme?, yo me llamo Susana, por cierto.


-Encantado Susana.


Jacinto se sentó tímida y torpemente al lado de aquella magnífica mujer, azorado, intentaba mirar hacia otro lado pero Susana, haciendo gala de una estupenda profesionalidad, no estaba dispuesta a salirse de su guión.


-Y bien Jacinto, ¿qué es lo qué busca por aquí?


La vergüenza,el miedo y el temor le carcomían, pero a la vez sabía que aquellos meses de opresión feminista y dictadura progre habían sido demasiado y necesitaba desahogarse.


-Pues yo busco, señorita Susana, simplemente poder hablarle a una mujer como le hablábamos antaño. Mirarla como la mirábamos antaño. Olerla como la olíamos antaño. Desearla como la deseábamos antaño. Usted ya me entiende, ¿verdad?, tomarme la libertad de hablarle de la magnífica longitud de sus piernas, del vértigo de su escote, del fulgor de su rubio pelo, o de como esos ojos azules que parecen zafiros hipnotizan hasta al más experto tahúr. Poder deslizar mi mano por su muslo, tontear con el equivoco, hacerme el encontradizo... al fin y al cabo seducirla, al fin y al cabo digamos saber que yo soy hombre y usted mujer, y ya sabe lo que eso significa, significa ese piropo ardiente, ese halago encendido, esa mano como le dije despistada por su muslo, porque yo soy hombre y usted mujer y por eso yo, yo...- Jacinto comenzó a respirar agitádamente mientras era consciente de que por primera vez en su vida estaba tocando la pierna de una mujer, ¡y qué mujer!, pensaba para si mismo... se sentía tan azorado que no podía continuar hablando...


-¡Yo le entiendo Jacinto!- respondió Susana con una patética impostura- ¡claro que le entiendo!, no sabe como las mujeres echamos de menos esto, sentirnos mujeres de verdad, deseadas y seducidas por hombres tan auténticos, tan genuinos, tan hombres como usted.


Al escuchar aquello Jacinto, que por alguna extraña cuestión de la física era incapaz de soltar su mano de la pierna de Susana, como el herido por arma blanca que tiene el cuchillo clavado en su costado y no puede arrancarlo porque sabe que es peor el desangre que tener el arma incrustada bajo su piel, sintió un estremecimiento en su entrepierna. Un calambre, un chasquido. Suficiente para sentir su calzoncillo húmedo y manchado. Se levantó más azorado todavía de lo que estaba al llegar y dijo:


-Muchas gracias señorita, debo retirarme.


A la salida volvió a tropezarse con la azafata del vestido rojo y moño mastodóntico quien no pudo evitar preguntar a Jacinto por lo satisfactorio o no de una experiencia que le suponía el pago de 120 euros.


Jacinto, con toda lógica aún manchado y húmedo en su entrepierna, se esforzó para esbozar una muy sincera sonrisa y responder:


-Ha sido el mejor día de mi vida.


Traspasó la puerta del centro y tanteó su bolsilló para marcar el número de su amigo Jaime. Lo mejor estaba por llegar. No podía esperar a contarle su experiencia.



domingo, 1 de marzo de 2020

LA ANOMALÍA DEL GÉNERO TRAS LA CÁMARA










Admito que cuando leí la noticia de la intención del gobierno de establecer ayudas a las películas dirigidas por mujeres no me gustó. Por principios y desde una sana posición liberal creo que ningún colectivo debiera tener más privilegios que otros, ya que de ser así torpedearía cualquier intento de igualdad, igualdad a la que deberíamos aspirar todos los que nos sentimos cercanos a ese espíritu liberal item más si lo hacemos desde la izquierda, pese al secuestro del liberalismo que lleva décadas perpetrando en este país la derecha más caduca, casposa y carpetovetónica, pero ese es otro tema.

Decía mi admirado Vicente Del Bosque una vez preguntado sobre el seguir llevando a la selección al mejor portero español (y posiblemente mundial) de todos los tiempos, Iker Casillas, a pesar de ser suplente en el Real Madrid por un capricho de José Mourinho que pagaba su cuita personal con el guardameta campeón del mundo y Europa relegándole al banquillo para poner a un Diego López que venía de descender con el Villarreal y ser suplente en el Sevilla en su último año de carrera, decía don Vicente como digo aquello de que “no hay mayor injusticia que tratar a todos por igual”, dando en el clavo desde su bonhomía socialista del porque de lo necesario de ciertas discriminaciones positivas (aunque en ese caso particular se trataba de un caso claramente elitista como el de Casillas, pero no me nieguen el buen sabor de boca que me deja traer a la palestra de mis reflexiones los pensamientos de uno de los españoles más ejemplares que puedo concebir como es el marqués salmantino de recio mostacho castellano)

El caso es que una vez conocida la noticia de que el Ministerio de Cultura iba a reservar un 35% del dinero destinado al cine a proyectos firmados por mujeres me planteé, como creo que debiera hacer cualquier ser humano con dos dedos de frente y un mínimo de riego sanguíneo circulando sobre su cerebro, sobre lo necesario o no de esta medida.

Y lo primero que hice fue plantearme una cosa muy sencilla. Tan sencilla pero tan definitiva que si me permiten la iré repitiendo a lo largo de este texto cual homilía litúrgica cristiana (y como buena homilía litúrgica cristina a los fariseos que bien poco les importa la situación de nuestro país en cualquier contexto, incluyendo cultural, les entrará por un ojo y les saldrá por otro, o no siquiera eso porque tendrán sus órganos ópticos embebidos en el penúltimo embuste que les brinde cualquiera de los mayores fariseos del reíno, tipo Eduardo Inda) La pregunta que me hice es: ¿soy capaz de decir sin pensarlo demasiado, sin rebuscar en mi memoria, y por supuesto sin buscar en Google el nombre de simplemente tres cineastas españolas actuales?, no, no he sido capaz. No tendría ningún problema en citar una decena de directores masculinos, desde Almodóvar hasta el estomagante Santiago Segura pasando por Trueba (mayor y menor), De La Iglesia, Colomo, Amenábar, Bayona, León de Aranoa, Monzón, etc

Le planteo esta misma cuestión al amable lector: ¿es usted capaz de decir sin pensarlo demasiado, sin rebuscar en su memoria, y por supuesto sin buscar en Google el nombre de simplemente tres cineastas españolas actuales?

Es complicado, ¿verdad?, como cualquier cuestión complicada merece una reflexión. ¿Será qué a las mujeres españolas no les interesa el cine tanto como a los hombres? Busco noticias a este respecto y veo que en 2018 las matriculadas en cinematografía representaban el 54% del alumnado, o sea, más mujeres que hombres estudiando cine. También es cierto que no es necesario pasar por una escuela de cine para acabar haciendo películas (aunque indudablemente ayuda), y de hecho una gran cantidad de mis cineastas favoritos nunca pasaron por ninguna academia sino que venían de otras disciplinas (fotografía, caso de Stanley Kubrick, pintura, caso de Fritz Lang...), pero es que estoy absolutamente convencido de que precisamente una mujer que no haya pasado por una escuela de cine tiene todavía más complicado poder llegar a dirigir un día una película.

A todo esto, ¿es usted capaz de decir sin pensarlo demasiado, sin rebuscar en su memoria, y por supuesto sin buscar en Google el nombre de simplemente tres cineastas españolas actuales?

La anomalía de la escasa presencia de mujeres detrás de la cámara en el mundo del cine es tan sorprendente en pleno siglo XXI que no encuentro ningún otro ámbito cultural en el que se de esta diferencia de género tan abrumadora. Anomalía que trasciende nuestras fronteras. Incluso el mejor aficionado al cine a nivel global sería incapaz de citar una decena de grandes directoras de cine a lo largo de la historia del séptimo arte, pero no tendría ningún problema en hacer “tops 20” como mínimo de cualquier década de la historia, desde D.W. Griffith y Eisenstein hasta Tarantino pasando por Howard Hawks, Peckinpah, Scorsese, Coppola o Spielberg. Una anomalía de género que no se da en ninguna otra disciplina artística, ni literatura, ni pintura, escultura, etc... es cierto que en el caso del cine hablamos de un arte relativamente joven, que ni siquiera llega al siglo y medio de vida. Pero también es cierto que si precisamente ese es un argumento para explicar la poca presencia femenina en este escenario, reafirma el hecho de que hablamos de una disciplina cultural en la que todavía no se ha conseguido el deseado derribo de la discriminación de género. Entonces, ¿si no hemos conseguido derribar esa discriminación no es justo tomar medidas para conseguirlo?

A todo esto, ¿es usted capaz de decir sin pensarlo demasiado, sin rebuscar en su memoria, y por supuesto sin buscar en Google el nombre de simplemente tres cineastas españolas actuales?

Incluso retomando el argumento de la “juventud” del cine como un arte joven respecto a otras disciplinas, podemos observar la diferencia dentro de toda la cultura juvenil de la segunda mitad del siglo XX (si me permiten, la llamaremos “cultura pop”) de la cual evidentemente el cine es parte fundamental. Ni en diseño de moda, fotografía, pintura, literatura, etc, encontramos esta anomalía. No la encontramos por supuesto en el mundo de la música pop y el rock'n'roll. Una jungla eminéntemente machista sazonada de hazañas sexuales de la estrella masculina de turno. Las razones por las que en ese escenario la mujer si ha logrado triunfar se me ocurren principalmente dos:

-Una cuestión de marketing, de productores sabedores de lo que puede vender una voz bonita acompañada de un cuerpo escultural (Tina Turner por poner un ejemplo)

-Esta razón más agradecida: una cuestión de talento capaz de sobrevivir y florecer hasta en una jungla tan inhóspita. El rock`n`roll siempre ha tenido esa deliciosa anarquía y ese “Do It Yourself” en el que se pueden colar hasta unas indómitas gamberras como las Slits, o mejor todavía unas Pandoras.

Si analizamos el segundo punto (el más agradecido), tendríamos sin duda el mejor escenario en el que una cineasta pudiera desarrollarse. Libre de ataduras y subvenciones, como el primer y gamberro Almodóvar que semejaba una especie de John Waters patrio. Ahora bien, ¿qué hay de la chavala que sale de la escuela de cine y quiere hacer una producción a lo Amenábar?, ¿hasta cuándo debe seguir topándose con el evidente “techo de cristal” que existe en el cine español cuándo hablamos de ponerse detrás de una cámara?

Pero es que si nos vamos al primer punto el panorama es todavía más desalentador. El que considera que la mujer directora no vende. Ni vende su película, ni vende su imagen, ni vende su personaje, ni vende su pose.

A todo esto, ¿es usted capaz de decir sin pensarlo demasiado, sin rebuscar en su memoria, y por supuesto sin buscar en Google el nombre de simplemente tres cineastas españolas actuales?

Sigo pensando, como expresé al comienzo de este texto, que nadie debería ser juzgado respecto a su sexo, raza, etc... pero sigo pensando que la discriminación positiva es necesaria. Es triste tratar a la mujer cineasta como una especie de minusválida. Sí, es muy triste. Pero cuando la realidad es tan atroz que demuestra la diferencia de género a la hora de ponerse detrás de una cámara quizás esa peliaguda discriminación positiva sea necesaria, porque oigan, que en este país de más de 45 millones de habitantes no sepamos citar tres directoras de cine españolas actuales, quizás es que estamos cojeando en algo y aunque no venda tanto como envolverse en una bandera o demás ridículas perfomances de políticos de cartón piedra, reivindicar nuestra cultura también es patriotismo.


El día que seamos capaces de decir sin pensarlo demasiado, sin rebuscar en nuestra memoria, y por supuesto sin buscar en Google el nombre de simplemente tres cineastas españolas actuales, seré el primero en denunciar que ningún colectivo en el cine español tenga más privilegios que otro. Mientras tanto seguiré esperando que usted sea capaz de decir sin pensarlo demasiado, sin rebuscar en su memoria, y por supuesto sin buscar en Google el nombre de simplemente tres cineastas españolas actuales.

Porque la triste realidad es que no las encuentra... en un país de más de 45 millones de habitantes.

jueves, 26 de diciembre de 2019

COPOS DE NIEVE Y VASOS DE WHISKIE


En Diciembre de 2017 recibí con sumo gusto el encargo para la revista Vanity Fair de escribir un texto sobre una de esas canciones más grandes que la vida, "Fairytale of New York" de The Pogues. Como suele suceder en estos casos el artículo no se publicó integro, pero lo guardé esperando el momento de sacarlo a la luz en este rincón eyaculatorio donde trato de ordenar algunas de las cosas que pasan por mi cabeza. Este momento es tan bueno como cualquier otro, de modo que espero que lo disfruten tanto como yo lo disfruté pariéndolo y... Happy Christmas Your Arrrrrse!!!







Portada del single original.






El pasado 23 de Noviembre se cumplieron 30 años del lanzamiento oficial de un single destinado a instalarse para siempre en la memoria colectiva de la humanidad como ninguna otra canción en las tres últimas décadas. Pese a lo hiperbólico del juicio no podemos referirnos de otra manera a un tema musical considerado una y otra vez como la canción navideña por excelencia tal y como se demuestra en cada encuesta realizada al uso en el mercado occidental. Desde Bing Crosby y su “White Christmas” (radiado por vez primera el día de Navidad de 1941 y puesto a la venta en 1942) hasta productos prefabricados del estilo de “Santa Tell Me” de Ariana Grande, la historia de la música pop ha asistido al alumbramiento de cientos de tonadas navideñas buscando estremecer el corazón (pero sobre todo la billetera) del consumidor musical. Una carrera por ganarse el fervor popular capaz de producir tanto auténticas obras maestras (el álbum navideño de Phil Spector de 1963) como vergonzosos, predecibles y olvidables números destinados únicamente a inflar las cuentas corrientes de los prebostes de la industria (el citado tema de Ariana Grande, “Happy & Merry” de Katy Perry, y un largo etcétera de subproductos envueltos en coloristas videoclips plagados de buenrollismo y desfiles de sonrisas bobaliconas) Pero ninguna canción ha conseguido el difícil y equilibrado éxito entre crítica y público de la manera en la que la banda anglo-irlandesa The Pogues lo hiciera cuando a finales de 1987 su cuento de hadas de Nueva York viera la luz, convirtiendo el tema musical en un “item” navideño de calado tan obligatorio como “¡Qué bello es vivir!” de Frank Capra. Y al igual que una de las varias obras maestras de Frank Capra hablamos de un producto navideño que lejos de padecer un exceso de azúcar y almíbar, presenta en realidad una capa de amargura bajo su superficie que ayuda en su trascendencia como instrumento de las más profundas emociones humanas. Todo ello pese a la previsible “explotaition” del tema en los últimos años, con distintas voces femeninas intentando recrear la magia de la versión original y un Shane MacGowan cada vez más deteriorado (la más reseñable, la que cuenta con Katie Melua en Diciembre de 2015, con un resultado tan fantástico que ha sido incluida en la reedición con motivo del 30 aniversario de la canción… la más curiosa, en la que participa Ella Finer, hija del músico Jem Finer, uno de los protagonistas principales de esta historia, como el lector descubrirá si decide acompañarnos durante las próximas líneas)


The Pogues, a pesar de su corta vida por aquel 1987, ya eran una banda extremadamente popular en el Reino Unido, gracias en gran parte al carisma de su vocalista y uno de los principales compositores, Shane MacGowan, un punk alcohólico nacido en Kent precisamente un día de Navidad (el 25 de Diciembre de 1957) de ascendencia irlandesa y quien después de haber demostrado sus cualidades al frente de The Nipple Erectors (también conocidos simplemente como The Nips), banda en la que coincidiría con James Fearnley (posteriormente acordeonista en The Pogues), encontraría el vehículo para su asalto a la posteridad cuando con otros ingleses e irlandeses devotos del folk irlandés formase The Pogues, la banda que supo ganarse el favor del gran público y la atención de los medios de comunicación con sus sonidos de reminiscencias célticas pero manteniendo su particular actitud y personalidad punk desde la independencia de su propio sello discográfico, Pogue Mahone. Como se ha dicho en tantas ocasiones, The Pogues se formaron buscando ser el cruce imposible entre The Clash y The Dubliners.


Atendiendo a la biografía de la banda escrita por el citado James Fearnley (“Here Comes Everybody: The Story of The Pogues” Faber & Faber, 2012), la historia alrededor de “Fairytale of New York” responde simplemente al prosaico interés monetario del manager de la banda, Frank Murray, quien inquirió a sus músicos a lanzar un tema navideño, llegándoles a proponer incluso una versión de un tema de 1977 de los americanos The Band, “Christmas Must be Tonight”, canción que no hacía especial ilusión al grupo por lo que la propuesta de acometer una lectura del tema de Robbie Robertson fue desechada y MacGowan y compañía se lanzaron a escribir su propia canción navideña . Esta parte de la historia la corroboraría años después otro miembro de la banda, “Spider” Stacy, con motivo del fallecimiento de Murray, en Diciembre de 2016 (curiosamente pocos días antes de la Navidad), pero hay otra versión que particularmente nos gusta más y es la que mantiene el cantante MacGowan, puesto que nos trae a escena a uno de los mayores genios musicales de toda la historia del pop británico: el inabarcable Declan McManus/Elvis Costello.   



El "Rey del America" y la "suntuosa".




A mediados de los 80 la figura de Costello ya era gigantesca. No sólo era el artista que acompañado de The Attractions había puesto patas arriba la escena punk y power-pop mundial. Su labor como productor y valedor de nuevos talentos le convertía en una especie de “gurú” del pop británico. Nombres como Squeeze, Specials, o su viejo amigo Nick Lowe ya conocían las excelencias a los mandos de la producción por aquel entonces del músico londinense. The Pogues serían otros de los que pasarían por las manos de Costello. El segundo LP de la banda, “Rum Sodomy & The Lash”, trabajo que les había puesto en el mapa gracias a temas tan formidables como su lectura del clásico de Ewan MacColl, “Dirty Old Town”, o ”A Pair of Brown Eyes”, contaba entre otros aciertos con la sabia producción de Declan McManus. Era 1985. Un año más tarde el imprescindible sello Stiff (label que fue cuna tanto de The Pogues como del propio Elvis Costello) editaría un 7” de cuatro temas, “Poguetry in Motion” (fabuloso juego de palabras con el famoso tema de Johnny Tillotson, “Poetry in Motion”) también producido por Costello. A esas alturas de la historia, en aquel 1985 de plena relación entre Elvis Costelllo y The Pogues, es cuando Shane McGowan afirma que, en una especie de vuelta de tuerca a la génesis del “Frankestein” de Mary Shelley, Costello reta a la banda alegando que no son capaces de escribir una canción navideña. Más aún, la consigna es que sean capaces de escribir e interpretar una canción navideña con dueto vocal masculino-femenino, sugiriendo, para que todo quede en casa, que la voz femenina sea la de la “suntuosa” Cait O'Riordan, bajista de la banda y a la sazón pareja sentimental por aquel entonces de Costello, “el rey del América” (en el famoso tema “Fiesta” Cait O'Riordan y Elvis Costello aparecen por la canción con estos adjetivos, en el caso de McManus aludiendo a su LP de 1986 “King of America”. Posiblemente y como suele suceder en estos casos, y más cuando el paso de los años (y de los vasos de whiskie) hacen tantos estragos en las memorias de los protagonistas, la verdad de la historia esté a medio camino entre las distintas versiones. Tan factible es entender la existencia de las presiones y sugerencias de su manager como que la constante inquietud de Elvis Costello intentase empujar a sus amigos a probarse en un género inédito para ellos como el del villancico. Sea como fuere, MacGowan y su habitual colega en la composición, el multinstrumentista Jem Finer se lanzan a la escritura de un tema que daría tantas vueltas como para no ver la luz hasta dos años después de dar sus primeros pasos.


Y es que el parto de “Fairytale of New York” no fue tarea fácil. Finer, músico sobrado y solvente perfectamente cualificado para la composición comenzó a pergeñar una melodía que envolviera una tierna historia navideña, imaginando la sensación de soledad de un marinero en alta mar en fechas tan señaladas echando de menos a su esposa. Afortunadamente la propia mujer de Finer, Marcia Farquhar, le hizo desistir de la idea describiendo aquella primeriza historia con un adjetivo harto clarificador: “corny” (“cursi”) Marcia sugirió a su esposo la posibilidad, en caso de que buscase escribir una clásica canción de amor entre una pareja heterosexual en fechas navideñas, de introducir una voz femenina en la historia, creando un diálogo entre ambos amantes. De modo que a ella le debemos uno de los elementos claves en el éxito y la peculiaridad de “Fairytale of New York”. Posteriormente entraría en escena MacGowan, imaginando algunos versos y fantaseando con una ciudad de Nueva York que por aquel entonces nunca había visitado. La influencia de “Érase una vez en América”, la epopeya gansteril de Sergio Leone (de la cual McGowan es fan declarado) que recreaba el ascenso en el crimen organizado neoyorquino de una pandilla de inmigrantes, acabaría siendo patente tanto en aquellos primeros y melancólicos versos con aroma de cine negro de McGowan como en el desarrollo melódico definitivo (puede percibirse cierta influencia del bellísimo score de los créditos iniciales compuesto por Ennio Morricone para la película) Finalmente aprovechando una estancia en un balneario en el retiro sueco de Malmo debido a la necesidad de recuperarse de una neumonía, Shane McGowan daría con el acabado lírico de la canción.


En enero de 1986 durante la grabación del EP “Poguetry in Motion” la banda registra las primeras tomas del tema, con Cait O’Riordan dando la réplica a McGowan en dos demos cuya austeridad contrasta con la riqueza y ampulosidad de la versión definitiva. La primera comienza con un piano eléctrico, pero MacGowan enfatiza el texto y voltea la melodía de manera que la hace casi irreconocible. Más fiel resulta la segunda toma, abierta con el acordeón de James Fearnley, en la que MacGowan arrastra la cadencia que posteriormente reconoceremos en la versión definitiva y en la que Cait O’Riordan está esplendida. Quien poco después sería esposa de Elvis Costello (el cual, recordemos, está a la producción de estas demos) canta con la rabia que la caracterizaba por aquel entonces, cuando lejos de ser el actual sosias de Tom Petty en el que se ha convertido con los años, lucía un corto peinado moreno a la última moda punk. O’Riordan escupe su furia contra McGowan, canta, si me lo permiten, como si te estuviera mordiendo los huevos. Pese a la insulsa obertura de acordeón lo cierto es que esta segunda toma es magnífica, y se puede escuchar, al igual que la primera (y una posterior ya de 1987) en el completo “box set” de cinco compact discs que Rhino Records editó en 2008.


Aquel borrador casi definitivo de “Fairytale of New York” no encontró sitio en el nuevo extended play de la banda. En “Poguetry in Motion”, editado en Febrero de 1986 todavía por Stiff Records, no había lugar para la congoja navideña. La banda, en auténtico estado de gracia por aquel entonces, apostaba sin ambages por su mixtura entre punk y folk con un Shane McGowan que bien hubiera podido pasar por su colega Joe Strummer, sacudiendo con pildorazos de su puño y letra como “London Girl”, “The Body of an American”, o la deliciosa “A Rainy Night in Soho”, impregnada de un desgarrador lirismo melancólico anticipando la carga emocional que el cantante sería capaz de demostrar en la versión definitiva de “Fairytale of New York”. Jim Fener, por su parte, se encargaba de cerrar el disco con uno de los habituales temas instrumentales celtas bullangueros, tan propios de la banda, en este caso “Plantxy Noel Hill”.


The Pogues tardarían en volver a meterse en un estudio de grabación, pero no sería por falta de actividad. Sus giras y conciertos eran frenéticos. Pocas bandas eran capaces de ofrecer bolos tan intensos durante varias horas. Llenaban estadios y grandes pabellones. En aquel 1986 visitan por fin Estados Unidos, primero en primavera para dos conciertos en Boston y Providence y posteriormente en verano para un largo tour en el continente americano que les llevará también a Canadá. Es el mismo año en el que pasarán unos días en Almería para el rodaje de la película “Straight to Hell”, del cineasta Alex Cox, reconocido amante de la cultura punk y amigo personal de gran parte del movimiento en Estados Unidos e Inglaterra (su firma se puede encontrar en películas de culto como “Repo Man”, “Sid y Nancy”, o siguiendo con los Pogues, en el clip de “A Pair of Brown Eyes”) Éste periplo español es fundamental para la banda, ya que servirá de inspiración para otro de sus más celebres temas, “Fiesta”, basado en una machacona sintonía que sonaba una y otra vez desde un puesto de comida rápida en plenas fiestas almerienses. En concreto se trataba de Hamburguesas Uranga, establecimiento que usa la melodía de una pegadiza polka de Liechtenstein como reclamo en sus chiringuitos en las distintas fiestas populares. La historia no es baladí, y de hecho Philip Chevron llegó a reconocer en una entrevista que posteriormente hubieron de pagar los derechos de la dichosa polka de marras. 1986 supondría también el año de la despedida de Cait O'Riordan de The Pogues, finalmente llevada al altar por Elvis Costello. Nuestro miope favorito rompía relaciones con la banda, se llevaba a la chica guapa, y dejaba a los muchachos en busca de otro productor. Lo encontrarían en la figura de Steve Lillywhite, con quien comenzarían a grabar en 1987.



Steve Lillywhite, historia viva del pop británico.



Lillywhite es otra figura gigantesca dentro del pop británico, aunque en este caso y a diferencia de Costello, sólo en su labor de productor y arreglista. Cuando entra en las vidas de The Pogues su curriculum ya comprendía nombres del calibre de XTC, Siouxie and The Banshees, U2, The Only Ones, Lurkers, Johnny Thunders, Peter Gabriel, The Psychedelic Furs, The Rolling Stones o Pretenders, y todo esto con apenas 30 años de edad. No era el único cambio que afrontaba la banda, ya que desgraciadamente la historia de Stiff Records tocaba a su fin en 1986 después de diez intensos años de vida que convirtieron con justicia a la escudería de Dave Robinson y Jake Riviera en un sello musical de culto. Baste decir que bajo su etiqueta artistas como Madness, Dave Edmunds, Dr. Feelgood, Motorhead, Graham Parker, Elvis Costello, Nick Lowe, Ian Dury o The Prisoners editaron algunos de sus más recordados trabajos (y por supuesto The Pogues) Pero como suele ser habitual calidad artística y éxito no suelen ir, cual canción de Víctor Manuel, juntos de la mano, y acuciados por constantes problemas financieros Robinson y Riviera hubieron de echar el cierre al sello (actualmente la marca vive una segunda vida bajo el auspicio del grupo SPZ, dedicándose principalmente a la reedición de los más celebrados discos de la era original) Era el momento de que Pogue Mahone, sello creado por la banda para tener el mayor control posible sobre sus lanzamientos discográficos, echase a rodar.


“Fairytale of New York” había quedado hibernando en un cajón, pero McGowan, Fener y compañía la seguían teniendo en mente como un potencial éxito para la nueva vida de la banda. Una vida ya sin Cait O'Riordan, sin Elvis Costello y sin Stiff Records. La ausencia de miembro femenino en la banda (a O'Riordan la sustituye el bajista Darryl Hunt, quien había coincidido con la propia Cait tiempo atrás en una banda llamada Pride of The Cross de marcado aroma jazz y lounge) plantea un nuevo problema a la hora de afrontar una nueva lectura de la canción una vez que la temática y letra ya habían sido consolidadas. En los míticos estudios de Abbey Road en marzo de 1987 la banda registrará una tercera demo del tema, ya con Steve Lillywhite a los mandos y con Shane MacGowan llevando todo el peso vocal. Sin “partenaire” femenina esta tercera versión es con diferencia la más deslucida de los intentos anteriores a la toma definitiva (y al igual que las dos anteriores también se puede escuchar en la anteriormente citada caja de Rhino Records) No hacía falta tener el oído (y el olfato) de Phil Spector para darse cuenta de que “Fairytale of New York” sólo podía funcionar una vez encontrado el contrapunto femenino a la quebrada voz de MacGowan. Las siguientes grabaciones con Lillywhite, en verano de aquel 1987, tendrían lugar en otros mítico estudios londinenses, los RAK (“All Mod Cons” de The Jam, “Vienna” de Ultravox o “Pornography” de The Cure, por poner unos ejemplos, fueron paridos entre sus paredes antes de la llegada de The Pogues a aquel lugar) En una entrevista a The Guardian en 2012 Jem Finer afirmó que por sus cabezas pasaron nombres como los de Chrissie Hynde (la líder de Pretenders) o Suzy Quatro, habituales en los estudios RAK, para interpretar “Fairytale of New York”. Poco podían imaginar que la solución la tendrían mucho más a mano, y de hecho el propio Finer afirma que quien fuera voz definitiva en el tema, la nunca bien ponderada Kirsty MacColl, era un nombre que jamás se les había pasado por la cabeza, pese a ser una de las jóvenes musas del nuevo pop británico. Y es que MacColl, en su corta trayectoria musical a mediados de los 80, ya había dejado ingentes muestras de su talento como compositora e interprete siendo responsables de auténticas gemas del pop como “They Don’t Know” (su exuberante single debut en el sello Stiff, años más tarde popularizado por Tracey Ullman), “There’s a Guy Works Down The Chip Swears He’s Elvis”, o su radiante lectura del clásico de Billy Bragg “ANew England”. Kirsty MacColl fue una de las luces más brillantes que jamás dio el pop inglés hasta su trágica desaparición en el año 2000 arrollada por una lancha mientras buceaba junto a sus dos hijos en la costa mejicana de Cozumel. Una muerte absurda y maldita para una artista venerada en el Reino Unido pero todavía muy desconocida para el gran público global. Ojala sirvan estas humildes líneas para despertar la curiosidad en algún lector sobre una obra musical que brilla con luz propia, y es que aquellas añejas grabaciones de MacColl con Stiff siguen estremeciendo como mantequilla derretida. Basta con revisitar aquel debut titulado “They Don’t Know” para darse cuenta de la sensibilidad de una artista que había mamado una educación y una cultura y unos valores esenciales en lo humanístico, siendo hija del comprometido cantautor Ewan MacColl (a quien ya hemos citado como autor de aquel “Dirty Old Town” que precisamente tanto éxito rentaría a The Pogues) y de la bailarina y coreógrafa Jean Newlove (quien publicaría en 2014 un homenaje póstumo en forma de libro sobre su hija bajo el explícito título de “My Kirsty. End of the Fairytale”.




Kirsty, la musa.



La manera en la que Kirsty MacColl llegó a la grabación definitiva, en verano de 1987, de “Fairytale of New York” no puede ser más sencilla, y es que la cantante y el productor Steve Lillywhite estaban felizmente casados (y lo estuvieron hasta el trágico fallecimiento de Kirsty, en unas vacaciones a las que el productor y padre de los dos hijos del matrimonio tenía previsto incorporarse más tarde) Kirsty ensayó y grabó el tema en casa antes de ir al estudio, y pese a las reticencias iniciales de la banda dieron su brazo a torcer en cuanto escucharon los resultados, por lo que Lillywhite se salió con la suya logrando que su esposa diese la réplica a Shane MacGowan. Treinta años después sólo podemos dar las gracias al cielo por tan feliz encuentro, y es que la química resultante entre MacGowan y MacColl no puede ser más espectacular. Shane McGowan es un punk anglo-irlandés alcohólico, grotesco y desdentado en la mejor tradición shakespeariana de Ricardo III, cuya encarnación absoluta llegaría en Londres con Johnny Rotten al frente de los Sex Pistols (de profesión Anticristo y el mayor grano en el culo que ha conocido el negocio discográfico) Un bala perdida expulsado del colegio y detenido en su adolescencia por posesión de drogas. MacColl, ya lo hemos dicho, era producto de una educación exquisita y una cultura humanista. Una buena chica a todas luces. Musicalmente el contraste es igualmente rico y notable. La voz rota de McGowan, deudora de tantas noches de nicotina y whiskie escocés, se ve de repente acariciada por el terciopelo vocal de una dulce Kirsty MacColl nacida para cantar un tema cuyo título finalmente es elegido gracias a la lectura que por aquel entonces tenía absorto a Jem Finer, la novela “ A Fairy Tale of New York”, de J.P. Donleavy.


James Patrick Donleavy, fallecido el pasado 11 de Septiembre de este 2017, fue un dramaturgo y novelista nacido en Estados Unidos y posteriormente nacionalizado irlandés (la tierra de sus padres, unos de tantos inmigrantes llegados a Norteamerica entre finales del siglo XIX y comienzos del XX) cuya temática principal fue habitualmente el folklore y las costumbres irlandesas y su adaptación en la cultura estadounidense. En 1955 alcanzó gran notoriedad con ·The Ginger Man”, novela que llegó a ser prohibida tanto en Irlanda como en Estados Unidos debido a su contenido explícitamente sexual. Años después ,en 1961, escribiría una obra de teatro titulada “Fairy Tales of New York”, que finalmente acabaría siendo novela en 1973, narrando las peripecias del joven Cornelius Christian en su regreso a Nueva York tras realizar sus estudios en Irlanda. No es exactamente la historia de amor de la pareja de borrachines que narra la canción de The Pogues, pero después de un tiempo huérfana de título pese a contar con la letra definitiva, el nombre de la novela de Donleavy se presentaba como una opción francamente acertada. De modo que finalmente durante el caluroso mes de agosto de 1987,(paradojas de la vida ) en los estudios RAK de Londres y bajo la producción de Steve Lillywhite se grabaría la canción navideña más grande de todos los tiempos, posteriormente arreglada por James Fearnley con la colaboración del pianista, arreglista y compositor Fiachra Trench y con Chris Dickie como ingeniero de sonido. El tema vería la luz el 23 de Noviembre de aquel mismo año editado por Pogue Mahone Records pero con copyright de Stiff, qué aún mantenía derechos sobre la banda. A partir de ahí y como se suele decir el resto es historia.


Historia a la que ayudó sobremanera la irrupción en las pequeñas pantallas de nuestros hogares del tantas veces visionado vídeo-clip dirigido por el neoyorquino Peter Daughtery, uno de los grandes nombres de los primeros años de la MTV, cadena fundamental a la hora de entender el éxito de “Fairytale of New York”, ya que nunca como durante aquellos años 80 se cumplió la profecía anunciada por los Buggles de que el vídeo mataría a la estrella de la radio. Y es que tan importante o más que el lanzamiento discográfico de un single lo era también la presentación de su formato audiovisual, de modo que apenas unos tres días después de la publicación del sencillo, en concreto el Día de Acción de Gracias de 1987, The Pogues grabarían el acompañamiento en imágenes para la canción escrita por Fener y McGowan. Rodado en un ensoñador blanco y negro y con una nieve más falsa que la del inicio de “Ciudadano Kane”, el vídeo es el elemento definitivo para el cuento de hadas navideño de la banda británica. La película se abre con un plano corto del piano sobre el que presuntamente revolotean las manos de Shane MacGowan (en realidad son las de James Fearnley, quien toca ese instrumento en la grabación), imagen que se funde con la de una comisaría de policía en la que vemos a nada menos que al actor Matt Dillon arrastrando a MacGowan hacia una celda. Dillon era por aquel entonces una joven estrella de Hollywood gracias principalmente a sus dos trabajos con Francis Ford Coppola, “Rebeldes” (“The Outsiders”) y “La ley de la calle” (“Rumble Fish”), ambos de 1983, y como todo joven neoyorquino que se precie entre sus múltiples aficiones se encontraban el rock and roll y la música pop. En 1986, junto a su amigo Peter Daugherty, disfrutó de la primera visita de The Pogues a su ciudad. A partir de entonces labró amistad con MacGowan y la banda por lo que no dudo un instante en participar en la grabación del vídeo-clip de sus amigos, máxime siendo otro colega, Peter Daugherty, el responsable en la dirección de aquel trabajo. La estación de policía en la que se rodaron algunas de las secuencias (el citado arresto de MacGowan y la posterior escena en el calabozo en la que Jem Finer, borracho, da la tabarra a su compañero de celda) era una localización real que de hecho todavía existe y puede ser visitada en la ciudad de New York, como comisaría de tráfico, en el sur de Times Square, concretamente en el 134-138 West 30th Street, entre la sexta y la séptima avenida. Otros escenarios reconocibles en los que se suceden las imágenes son la 33rd Street que sirve de cruce entre Broadway y la sexta avenida, por donde vemos desfilar a unos sonrientes y se supone recién llegados a New York Shane MacGowan y Kirsty MacColl, o el Washington Square Park del Greenwich Village, escenario en el que aparece la City of New York Police Pipe Band tocando sus instrumentos.


El vídeo-clip, qué duda cabe, es magnífico. El blanco y negro acentúa el tono melancólico de la historia. Daugherty envuelve todo de una neblina alcohólica y de un humo de tabaco que se convierte en un protagonista más del cuento. El aroma disoluto que se percibe en las imágenes no era ficticio. La leyenda alcohólica que perseguía a Shane MacGowan se hizo presente durante el rodaje del vídeo. En Diciembre de 2012 Matt Dillon reconocía que la borrachera que acompañaba al vocalista de The Pogues le hacía insoportable. Puro método Stanislavski. El vídeo ayudo a forjar como icónica la imagen de MacGowan al piano y MacColl apoyada sobre él mirando a su partenaire. Kirsty MacColl, tampoco cabe duda a este respecto, vio despuntar su carrera de forma meteórica y las perfomances en directo con The Pogues durante 1988 (la banda sabía que no podía llevar al escenario aquella canción sin MacColl) ayudaron a superar el miedo escénico de la interprete, como se afirma en el libro de pequeñas biografías musicales “The Rough Ride to Rock”, editado por Peter Buckley. A MacGowan la colaboración con la hija de su ídolo Ewan MacCall le valió para confirmarle como acompañante ideal para voces femeninas, repitiendo la jugada en 1996 con Sinead O'Connor en el tema titulado “Haunted” (en cuyo vídeo-clip también le vemos sentado ante un piano mientras O'Connor le observa apoyada sobre el instrumento, evocando irremediablemente las imágenes de “Fairytale of New York”) y un año antes con Maire Brennan en “You're The One”, dentro de la banda sonora del drama romántico irlandés “Círculo de amigos” (“Circle of Friends”, Pat O'Connor)



Dillon y MacGowan, thick as thieves.



Pero más allá de la fama mediática acaecida sobre MacGowan y MacCall gracias al arrollador éxito de “Fairytale of New York”, canción cuyo triunfo fue patente desde su edición como single y cuya inclusión en el posterior LP de la banda, “If I Should Fall from Grace with God”, editado en Enero de 1988 lo convirtió en el disco más vendido y aclamado por la crítica en la historia de la banda, ¿qué es lo que sigue haciendo que 30 años después “Fairytale of New York” sea la canción pop navideña por excelencia? Sinceramente creo que su rotundo éxito se basa en una combinación de factores que ningún otro tema de similar temática posee, muchos de ellos puramente emocionales y humanos, convirtiendo la canción en una poderosa fuente de empatía, pero también gracias a unos evidentes factores socio-culturales que dieron plenamente en la diana.


Si Nueva York es “la ciudad” por antonomasia, el excelso epítome de urbanidad cosmopolita, tanto más esa excelencia aumenta de manera exponencial en la época más importante del año para la sociedad occidental independientemente de las creencias espirituales o religiosas de cada sujeto. La estampa navideña que supone New York en el frio invierno ha sido utilizada en la ficción en numerosas ocasiones, desde “El Apartamento”, la deliciosa oda a los corazones solitarios de Billy Wilder hasta la estomagante “Sólo en casa” de Chris Columbus, pasando por comedias románticas del estilo de “Tú y yo” de Leo McCarey o el posterior remake de Nora Ephron “Algo para recordar”. Curiosamente el clásico cinematográfico navideño por excelencia, “¡Qué bello es vivir!”, escapa del tópico y pese a situar su historia en un pueblo ficticio llamado Bedford Falls, en realidad se rodó en la soleada California y para más inri entre primavera y verano de 1946 en plena ola de calor, llegando hasta suspenderse el rodaje algún día por causa de dicha ola (otra curiosidad que comparte con “Fairytale on New York”, grabada como ya hemos explicado en un mes de Agosto) Sea como fuere, New York se erige como monumental punta de lanza de una cultura anglosajona que lleva dominando el globo terráqueo durante décadas. Una dictadura cultural de barras y estrellas y botellas de Coca-Cola pero parida, inventada, fabulada y pergeñada por Europa. Y es que la joven historia de Estados Unidos jamás ha sido mejor narrada que por sus padres europeos. Pensemos en los westerns de John Ford, hijo de emigrantes irlandeses, o en el cine negro americano del austríaco exiliado Fritz Lang, o en las comedias de otro exiliado, el “gallego de los Cárpatos” (nació en la zona conocida como Galiztia, o “Galicia de los Cárpatos”, entre Polonia y la actual Ucrania) Billy Wilder, los relatos de Scott Fitzgerald, de ascendencia irlandesa e inglesa, o la sangre galesa que corría por las venas de un gigante de la narración como Jack London. “Fairytale of New York” encaja perfectamente en esa tradición costumbrista de Estados Unidos visto por ojos europeos que tan buenos resultados ha dado en el arte (especialmente cine y literatura), desde el propio título evocador de una novela escrita por un americano-irlandés hasta una letra y vídeo-clip con un marcado enfoque en la inmigración y la perenne capacidad de Estados Unidos para seguir generando sueños como “tierra de las oportunidades”. El “sueño americano” en su máxima expresión. Referencias a Frank Sinatra, prototipo de dicho sueño como flacucho italo-americano quien desde un barrio de clase media de New Jersey fue capaz de llegar a la cima más absoluta. La búsqueda del sueño americano que en este caso finaliza en promesas rotas, porque irremediablemente nos sentimos más identificados con los perdedores. “You promised Broadway was waiting for me” (“prometiste que Broadway me estaría esperando”), reprocha MacCall a MacGowan.


Pero realmente la temática de “Fairytale of New York”, admitiendo la fuerza socio-cultural que obtiene con la historia de emigrantes en Estados Unidos, es absolutamente universal. Es pura Navidad. Buenos sentimientos y el renovado optimismo al que nos obligamos cuando traspasamos el umbral de un nuevo año. “I’ve got a feeling, this year’s for me and you” (“tengo el presentimiento de que éste va a ser nuestro año”) canta MacGowan con su voz rasgada en los primeros versos de la canción. “I can see a better time, when all our dreams come true” (“puedo ver un futuro mejor en el que nuestros sueños se harán realidad”) Navidad con los habituales contrastes dickensianos, contrastes que vemos en nuestra sociedad durante los 365 días del año, pero que parecen doler especialmente en estas fechas, “they’ve got cars big as bars, they’ve got rivers of gold, but the wind goes right through you, it’s no place for the old” (“tienen coches grandes como barras, tienen ríos de oro, pero el viento te atraviesa, no es lugar para viejos”) Referencias a un pasado hermoso y radiante, al esplendor juvenil, “you were handsome, you were pretty, queen of New York City” (“eras apuesto”, dice MacColl a su compañero, “tú eras hermosa, la reína de Nueva York”, le responde MacGowan), esplendor que desemboca en la amargura del presente, en los sueños rotos. Y así llegamos a esos versos finales que son puro precipicio, cuando asistimos a la exhibición final de la frustración de una pareja protagonista que puede ser cualquiera de nosotros. “Pude haber sido alguien” (“I could have been someone”), se queja MacGowan, pero es que en realidad todo el mundo pudo haber sido alguien, tal y como le recuerda ella (“Well, so could anyone”) para volver al ataque :“you took my dreams from when I first found you” (“me robaste mis sueños cuando te encontré”), pero es que en realidad él los había guardado junto a los suyos, construídos alrededor de ella (“I kept them with me, babe, I put them with my own, can’t make it out alone, I’ve built my dreams around you”) Desgarrador. Una historia de perdedores y de frustraciones. De sueños rotos y promesas incumplidas. Podría ser la historia de nuestros padres, o de nuestros abuelos, o directamente nuestra propia historia, porque todos en algún momento de nuestras vidas creímos que podríamos ser alguien y que habría un Broadway esperando por nosotros. Todo ello después de haber escuchado a la pareja lanzarse auténtico fuego de artillería pesada. Kirsty llama a Shane punk y vago (“You’re a bum, you’re a punk”), él califica a ella de puta vieja basura, tirada todo el día en cama (“you’re an old slut on junk lying there almost dead on a drip in that bed”), mientras que MacCall se defiende y acusa a su pareja de ser un cabrón, un gusano, un marica barato y desea que sea su última Navidad juntos (“You scumbag, you maggot, you cheap lousy fagot, Happy Christmas your arse I pray God it’s our last”) Demolición verbal que no pasó desapercibida para la censura. Cuando la banda fue invitada al célebre Top of The Pops para presentar el tema la BBC prohibió que utilizaran la palabra “arse”, dentro del verso “Happy Christmas your arse”, y sugirió que la cambiasen por “ass”, que viene a decir lo mismo (“culo”) pero en un lenguaje menos barriobajero. Kirsy MacCall, encargada de esa estrofa, finalmente pronunció claramente “arse”, demostrando que había adquirido definitivamente las maneras rebeldes de su compañero vocal. Más sonado fue el caso de 2007, 20 años después de editada la canción, cuando la BBC’s Radio One censuró las palabras “faggot” (marica) y “slut” (puta), haciendo intervenir hasta a la madre de la difunta MacCall para hacer presión y conseguir que la canción fuese radiada en Reino Unido con su rica jerga original.



Cuando “The Simpsons” comenzó a adquirir justa notoriedad como corrosiva y gamberra “sitcom” animada, no fueron pocas las voces que se elevaron advirtiendo de la peligrosidad de un espacio que presentaba a la familia convencional poco menos que como una jungla vietnamita en plena guerra contra Estados Unidos. Hace ya 30 años de ello, como “Fairytale of New York” (y curiosamente su primera emisión fue dentro del show de Tracy Ullman, quien ya ha aparecido por este relato como interprete, versionando el magnífico “They Don’t Know” de Kirsty MacColl) Los miembros de la familia Simpson se insultan, se pelean, se maltratan, se humillan y se despellejan entre ellos. El creador Matt Groening se defendió hábilmente alegando que si sus personajes se insultaban, peleaban, maltrataban, humillaban y despellejaban pero se mantenían unidos, su serie realmente daba testimonio de la fuerza de una familia nuclear. Cada episodio de “The Simpsons” es una infernal sucesión de golpes, peleas, trompadas y trompazos, de malas artes y zancadillas, que finalmente capitula de la misma manera: con los miembros de la familia juntos frente al televisor, o sentados alrededor de la cena en la misma mesa, o con Homer Simpson abrazado a su sufrida esposa Marge a la que cubre de arrumacos y mimos buscando paz y consuelo en los brazos matrimoniales. La familia lo supera todo, devora cualquier caos o entropía, absorbe cualquier bombardeo emocional y establece su propio orden constituyéndose como el último refugio donde todo tiene sentido. La familia, en definitiva, es lo único inquebrantable. Lo único que permanece en pie.



Y lo único que permanece en pie después de haber asistido a la impúdica exhibición de reproches entre MacGowan y MacCall es su icónica imagen de pareja zarrapastrosa, de desastres humanos convergentes y necesarios para entender su propia existencia y la existencia del otro. Esa es la historia universal de “Fairytale of New York”, porque al final, por muchos golpes que nos de la vida, lo cierto es que cuando caen las hojas del calendario y Diciembre hace asomar una nueva Navidad, es absolutamente inevitable que volvamos a pensar que sí, que vamos a tener suerte de una vez, que al fin vamos a ganar, que esta vez saldrá nuestro número, que, por fin, el presentimiento se hará realidad y que “this year’s for me and you”. O sea que volveremos a levantar nuestras copas un año más junto al coro del NTPD cantando “Galway Bay”. Qué así sea por muchos años.





Eterno y nostálgico "toma y daca".





sábado, 30 de noviembre de 2019

HORROR VACUI



"Psicosis" ("Psycho", Alfred Hitchock, 1960)







He aquí mi tributo al vacío,
              al silencio,
                   el psicoanálisis
                         y los abrazos rotos.



Todo esto ya lo advertí (Osborne) en aquel lejano día nublado de neblinas y tormentas pasajeras sentadas en la fila 12 con equipaje de mano y bodega.


Fue el año del aliento del suicidio y de las amapolas rotas, miserables, marchitas... fue el verano de la magia negra y los axiomas de Confucio... fue el verano en el que me partí la esquina dorsal entre la ultraderecha y el mando a distancia de mi televisor...


Recuerdo los besos, la confusión, y el vaho empañando la realidad...


Recuerdo cuando la radio estatal anunció mi esquela... fue el mejor momento de mi muerte...

Recuerdo cada gota de sangre entregada en los análisis para que los doctores las pusieran a competir con sus cucaracha amaestradas.

Recuerdo los últimos pensamientos antes de que me pusieran el casco con los electrodos... estuvieron dedicados a mi madre y a Zidane, no recuerdo si en ese orden...

Esto es, y fue, todo lo que fui, el epitafio del desorden... un fotograma raído, un desorden alimenticio...

...negrura, fealdad y ojos vacíos de sus cuencas buscando una explicación a la nada, lanzando plegarias por un chaleco salvavidas que se agotó con los lanzallamas de la selva del Amazonas...


Este es el particular presidio de los poetas... no nos manden cartas, y si así fuera al menos mantengan el decoro y el buen gusto de enviarlas empapadas en LSD.


Por cierto, mi menisco se llama Manolo y quiere aprovechar la ocasión para saludarles a todo ustedes que nos leen desde sus casas con techo de trueno y almohadas de lepra... que con sangre entra.


Saludo de aguardiente e ideología... mi pobre menisco que se llama Manolo, va directamente a la cárcel sin pasar por salida y sin cobrar 20000


Esta es la auténtica magia y el milagro de toda extremaunción... que el vacío te devuelva la mirada.