lunes, 16 de marzo de 2020

DIARIO DEL CORONAVIRUS (VI): TELETRABAJO









A fuer de ser sincero nunca he sido yo muy fan de eso del teletrabajo. En primer lugar porque dudo de mi propia autodisciplina y capacidad para organizarme. Entregarme a esa desidia similar a la de ver una película en casa a través de alguna de esas plataformas de moda que te permite pararla, volver atrás, adelantar... para que al final te hayas tirado toda la tarde mirando el móvil o visitando el baño y apenas hayas visto 15 minutos del citado largometraje. Realmente para ver una película en condiciones necesito ir a una sala de cine donde me sienta obligado a permanecer sentado todo el minutaje que dure la obra, del mismo modo que para trabajar de manera eficiente necesito un puesto físico destinado única y exclusivamente a ello, sin otras distracciones alrededor.

No veo ninguna ventaja en no sentirme obligado a afeitarme, en no tener que vestirme y estar frente al ordenador en pijama o (peor todavía) en chándal.

Una de mis rutinas cada noche es mirar la web de Aemet para en base al tiempo pronosticado para la mañana siguiente dejar preparada la ropa con la que salir de casa.

Me gusta madrugar, pasear temprano, ver amanecer en la calle.

Pero bajo ningún concepto podía imaginar que mi primer día de teletrabajo fuera la pesadilla asfixiante de hoy. Espero ir encontrando en próximas jornadas el apoyo de los compañeros a los que todavía no se les ha dado acceso a esta modalidad a la que recurrimos ahora obligados por las circunstancias. No obstante dudo que pueda eliminar esa sensación opresiva de sentir la pared del salón de mi casa detrás mía durante tantas e interminables horas.

Necesito huir.










domingo, 15 de marzo de 2020

DIARIO DEL CORONAVIRUS (V): CUATRO GOTAS








Seguro que todos hemos vivido una anécdota como la de aquella pachanga de 6º de E.G.B. Jugábamos en los campos del Polígono de las Huertas, los conocidos como “las escombreras”. La tarde había comenzado con un sol reluciente que poco a poco se fue ocultando tras unas amenazadoras nubes. A los diez minutos de partido el color gris presidía el cielo, y no podíamos evitar mirar hacia arriba con recelo. En cuanto comenzó a llover los más precavidos, por no decir timoratos, corrieron a protegerse bajo las cornisas de los vestuarios. Pero en el medio del campo uno de los nuestros permanecía impasible diciendo: “son cuatro gotas”.

En pocos minutos la tormenta era ya una realidad y nos vimos atrapados bajo una fenomenal tromba de agua. A duras penas pudimos llegar hasta donde nuestros compañeros más precavidos por no decir timoratos se resguardaban desde unos anteriores instantes. Una vez todos juntos volvimos nuestra mirada al campo de juego y ahí seguía nuestro amigo, erguido y desafiante asegurando “son cuatro gotas”.

El terreno de juego que pisábamos minutos antes se había convertido en un impresionante lodazal que muy a su pesar nuestro disidente compañero de fatigas abandonaba, eso sí, con un envidiable paso firme y marcial, como si la lluvia no hiciera mella sobre su púber cuerpo de colegial. Mientras caminaba hacia nosotros todavía pudimos escuchar entre su rechinar de dientes como maldecía: ¡pero si son cuatro gotas, joder!”

Fue una de las mayores tormentas de la historia de nuestra ciudad y faltó muy poco para que el pantano no llegara a desbordarse. Nuestro compañero, el valiente negacionista de la lluvia, estuvo dos semanas sin ir a clase por culpa de la tremenda pulmonía que se pilló aquella tarde bajo el agua.

Aquel muchacho que ante la tormenta se empeñaba en afirmar que eran “cuatro gotas” es el mismo que a día de hoy sigue proclamando que la pandemia de covid-19 no es más que una “gripe fuerte”.








sábado, 14 de marzo de 2020

DIARIO DEL CORONAVIRUS (IV): SATURDAY'S KIDS










Saturdays boys live life with insults,
Drink lots of beer and wait for half time results,
Afternoon tea in the light-a-bite, chat up the girls, they
Dig it!
Saturdays girls work in tescos and woolworths,
Wear cheap perfume cause its all they can afford,
Go to discos they drink baby cham talk to jan, in bingo
Accents.
Saturdays kids play one arm bandits,
They never win but that's not the point is it,
Dip in silver paper when their pints go flat,
How about that, far out!
Their mums and dads smoke capstan non filters,
Wallpaper lives cause they all die of cancer,
What goes on, what goes wrong.
Save up their money for a holiday,
To selsey bill or bracklesham bay,
Think about the future, when they'll settle down,
Marry the girl next door, with one on the way.
These are the real creatures that time has forgot,
Not given a thought, its the system,
Hate the system, what's the system?
Saturdays kids live in council houses,
Wear v-necked shirts and baggy trousers,
Drive cortinas fur trimmed dash boards,
Stains on the seats - in the back of course!

(“Saturday's Kids” The Jam)



Primer sábado del estado de alarma. No ha estado mal. No he podido resistirlo y he salido a correr. No sé hasta que punto puede haber sido una irresponsabilidad, lo he hecho por una zona bastante aislada y apenas me he tropezado con algún transeúnte paseando a su perro. He paladeado cada uno de los diez kilómetros de esta tirada consciente de que pueden haber sido los últimos en unas cuantas semanas.

Me siento como un león enjaulado y esto no ha hecho más que empezar.

¿Podré tomarme un tinto de verano en una tintorería?

Parece una coña, pero al final el coronavirus ha logrado implantar un estado jacobino.

Mi primera reacción a lo de mantener abiertas las peluquerías ha sido, como la de la mayoría, la de tomármelo a coña. Posteriormente leyendo y escuchando a otra gente he caído en que, en efecto, puede haber personas incapaces de poder mantener su higiene capilar sin ayuda. La reflexión que me deja esto es que, una vez más (y todo el tema del coronavirus es un grandísimo ejemplo) nuestra tendencia natural es pensar en que no existe más realidad que la nuestra. La mía. Con mi salud, mis dos brazos y mis dos piernas. Cambiar ese chip mental debería ser prioritario si queremos vencer en esta lucha que trata realmente de mantener vivo el sistema.


Qué sábado más raro, pero sábado, al fin y al cabo. Con ese sabor, ese picorcillo especial... voy a echarme una copa.







viernes, 13 de marzo de 2020

DIARIO DEL CORONAVIRUS (III): I THINK I'D RATHER BE AT HOME LISTENING TO THE RAMONES!












Lo cantaban The Queers en uno de los más deliciosos versos dentro de un LP maestro que estaba plagado de ellos, como fue el “Love songs for the retarded”, una colección de himnos rotundos de principio a fin, entre ellos ese “Granola-Head” que retumbaba como solipsista lema punk-rocker a mediados de los 90 para jóvenes y coléricos cretinos como yo. No nos interesaban ni los bares llenos de gente, ni ligar con chavalas, ni estar a la última moda. Preferíamos quedarnos en casa escuchando a los Ramones.


Claro que la realidad era otra porque en la Ponferrada de los 90 disfrutábamos de un buen número de locales de rock and roll que convertía en misión imposible el quedarnos en casa. Saloon, Barracuda, La Meca, Metrópolis, Quijote... ¡qué suerte tuvimos!


Y ahora nos encontramos ante el primer fin de semana del estado de alarma por coronavirus. Era cuestión de días que llegásemos a la reclusión forzosa, y por desgracia pese a lo que escribí en las dos entradas anteriores de este diario, mucho me temo que haber dejado al libre albedrío del ciudadano la conducta a seguir durante esta crisis hubiera sido un poderoso aliado para la expansión del virus. No hace ni media hora todavía he visto alguna terraza alegremente montada en la calle ocupada por despreocupados e irresponsables compatriotas que, ya que ellos se sienten bien, a ver porque no van a darse el capricho de tomarse una jarra de cerveza aun existiendo la posibilidad de contagiarse o peor todavía contagiar a algún vecino en grupo de riesgo.


Ha sido una jornada agotadora, ha habido momentos en los que ya he llegado a perder la noción del tiempo. Todo ello rematando una de las semanas más estresantes que pueda recordar. Y no por volumen de trabajo, si no por capear el temporal en unas circunstancias tan adversas. Ese “clean living under difficult circumstances” de los mods trasladado al ámbito laboral. Pero lo hemos sacado adelante. Esto merecía celebrarse con una buena cerveza brindando con un amigo...


...pero una, otra más, de las cosas terribles que nos deja esto es que ahora mismo no se cuando podré volver a abrazar a mis amigos.


Toca quedarse en casa escuchando a los Ramones.






jueves, 12 de marzo de 2020

DIARIO DEL CORONAVIRUS (II): NINGÚN HOMBRE ES UNA ISLA.









Miramos a China con optimismo. La cuna del Covid-19 afirma haber superado el pico del coronavirus y la curva del contagio muestra con orgullo la deseada forma descendente. Han sido prácticamente dos meses de sacrificios y restricciones por parte de la ciudadanía obligados por el gobierno comunista de Xi Jinping. Veíamos las noticias que nos llegaban desde el país asiático, cuando la epidemia parecía tan lejana y ajena a nosotros, ciertamente horrorizados por las draconianas medidas impuestas por un estado continuamente en entredicho por sus constantes violaciones a los derechos humanos. Un estado que no había tenido ningún reparo, para que nos demos cuenta de la catadura moral manejada, en acusar de difamación a los primeros médicos que advirtieron de un repunte del SARS (el coronavirus que entre 2002 y 2003 dejó más de 700 muertes en el Asia Oriental) sin saber que en realidad se trataba de un nuevo virus todavía más dañino y contagioso. El propio Li Wenliang, oftalmólogo del Hospital Central de Wuhan y primera persona en advertir del peligro, fallecería a causa de la propia enfermedad convirtiéndose en otro icono más de la lucha por la libertad de expresión e información en el opaco y totalitario país asiático.


Pero tras la ignominia inicial las posteriores medidas del gobierno chino fueron ejemplares, aunque algunas resultasen impopulares. Construyeron para asombro del mundo un hospital en diez días, cerraron y confinaron Wuhan, y sellaron los bloques en los que vivieran infectados, a los que se les dejaba diariamente comida en la puerta de sus casas como antiguamente se hacía con los leprosos a quienes se les negaba el contacto con el resto de congéneres. No faltaron los controles periódicos a toda su población. Nada podía quedar sujeto al azar, o mejor dicho, a la libertad individual y responsabilidad de unos individuos quienes por otro lado están acostumbrados al sometimiento ante un régimen que lleva más de 70 años imponiéndose.


La crisis del coronavirus plantea por tanto un debate necesario sobre la idoneidad del totalitarismo frente a las crisis o la capacidad de las democracias y los estados libres para resolver estos problemas con igual eficacia. ¿Seremos capaces los libres ciudadanos europeos de superar esta emergencia simplemente apelando a nuestro sentido de la responsabilidad? En ese sentido quien a día de hoy siga sin ser capaz de comprender la magnitud de lo que enfrentamos y no adopte las básicas medidas de higiene, no ya para evitar el contagio, si no para propagarlo por si mismo como seguro está sucediendo con muchos ciudadanos asintomáticos que ignoran estar infectados, no merece otro calificativo que el de irresponsable y mal ciudadano. La duda sobre nuestro sentido de la responsabilidad es fundamentada. Seguro que les viene a la memoria un líder político de infausto recuerdo que se jactaba y hacia chanzas sobre coger el volante con unos vasos de vino encima. Aquella boutade fue bien recibida desde ciertos sectores como ejemplo del liberalismo peor entendido. Ese que no tiene en cuenta aquello que decía John Donne de que ningún hombre es una isla y que todas nuestras acciones pueden tener repercusión en los demás, por mucho que apelemos a esa libertad individual, a esa parcela que todos deseamos. Ahora que se avienen días de confinamiento (forzoso o voluntario, ahí está el debate y ojala seamos conscientes para que no haya que recurrir a lo primero) en aras del bien general y la salud pública, bien podríamos hacer en limpiar el polvo de las estanterías y recuperar el saludable hábito de la lectura buscando la necesaria brújula humanista en autores como Donne. Entonces nos daremos cuenta de que el continente humano que formamos no merece ser infectado por nuestras irresponsabilidades. Que ningún estado comunista o totalitario tenga que venir a recordárnoslo.





miércoles, 11 de marzo de 2020

DIARIO DEL CORONAVIRUS (I): DESGRACIADO PRIVILEGIO











Consciente de que estoy viviendo un momento histórico me veo obligado a dejarlo escrito comenzando esta especie de diario sobre estos días que se suponen serán semanas y posiblemente meses. Veremos hasta donde me llevan estas líneas que aquí comienzan, quizás incluso y de hecho sería lo más posible yo mismo acabe siendo uno de los millones de infectados repartidos a lo largo de todo el globo terráqueo.


Admito mi falta de reflejos en apreciar la magnitud de la catástrofe. Quizás contagiado de la misma falta de reflejos de nuestros gobiernos, principalmente italiano y español, no he sido realmente consciente hasta ayer, 10 de Marzo de 2020, que asisto a un momento nunca visto antes en la historia de la humanidad, o al menos en la historia de mi generación. Siempre he pensado que los humanos que asistiesen al apocalipsis, al tan manido “fin del mundo”, serían unos privilegiados, ya que después de miles de millones de años ser protagonistas de la desaparición de un planeta, o incluso de la extinción de una especie, pues oigan, ya es casualidad, ¿no? Lo cual no quiere decir que yo desease ser uno de esos protagonistas, líbreme Dios. Simplemente se trata de verlo por el lado... ¿positivo?


Tampoco quiero decir que piense que esto signifique el “fin del mundo” y que ya escucho a lo lejos las trompetas del Apocalipsis (aunque soy de los que prefiere ponerse en lo peor, y a partir de ahí, pues oye, todo lo que venga bienvenido sea), pero si tengo claro que jamás he vivido un momento tan crucial que posiblemente marque el rumbo de todo nuestro planeta durante varios años posteriores, quizás décadas. Posiblemente sólo las dos grandes guerras mundiales han sido capaces de condicionar toda la agenda global de la manera en la que lo está haciendo ese ya maldito y odioso virus. Al fin y al cabo lo que estamos viviendo ahora mismo es otra guerra, en este caso de toda la humanidad frente a dicho virus. Quiero pensar que no vamos a ser tan ineptos como para no ser capaces de ganar esta guerra cuando cualquiera de nosotros simplemente con unas básicas medidas de higiene y precaución puede retrasar muchísimo el avance de este particular enemigo. En ese sentido estamos ante una magnífica ocasión de demostrar que los ciudadanos libres, los que llevamos años disfrutando de las bondades de la socialdemocracia, somos capaces de ejercer nuestra responsabilidad con nosotros mismos y nuestros vecinos sin necesidad de que se alce ninguna tiránica mano dictando nuestros gestos y conductas durante una auténtica emergencia mundial.


Precisamente hoy 11 de Marzo se cumplen 16 años del mayor atentado terrorista sufrido en este Madrid que ya es mi ciudad adoptiva. En aquellos momentos la ciudadanía dio una lección de solidaridad y entereza demostrando la valía del ser humano. Poca duda tengo a ese respecto en que de esta crisis saldremos más fortalecidos y que mostrará lo mejor de nosotros mismos, pese a que acentuará también la villanía de quizás las mentes más frágiles y mezquinas, pero demostraremos que las nuevas generaciones, esas a las que las antiguas acusan en eterno tópico de haber perdido el rumbo (usted se dará cuenta de que se ha hecho mayor cuando comience a hablar de “los jóvenes de ahora” al igual que los viejos de antes hablaban de usted) llegan cargadas de robustos valores humanistas.


Admito mi torpeza y mi lentitud de reflejos. Vivía el día a día de manera despreocupada bajo la coraza de mi propio mundo, pero ayer todo cambió al confirmarse un positivo en mi puesto de trabajo. A partir de ahí todo ha sido improvisación y rápida adaptación a un nuevo escenario. Esta mañana preparando mi bolsa del trabajo sentía una agitación que no experimentaba desde la muerte de la abuela de Isa, cuando tuvimos que viajar a su pueblo de repente y con lo puesto. Esa sensación de estoica angustia mientras guardaba un cepillo de dientes o algo de lectura. Viajar por este Madrid que comienza a adquirir tono fantasmagórico hacia salas de contingencia catalogado como “personal crítico”, el que no puede faltar bajo ninguna circunstancia porque el capitalismo no puede parar. Y así debe ser. O debiera. Al fin y al cabo siempre estamos obligados a replanteárnoslo todo. Pero nos hemos acostumbrado a un sistema que, admitámoslo, funciona. Al confort de una deliciosa rutina de partidos de fútbol o estrenos cinematográficos. Todo eso de repente vuela por los aires. Momento por tanto de adaptarse al nuevo medio, al que nos empuja esta extraña situación de desgraciados “privilegiados”. Ojala no fuera así. Ojala siquiera este diario no hubiérase comenzado nunca.






sábado, 7 de marzo de 2020

8 DE MARZO








Jacinto despertó aquella mañana más sobresaltado de lo habitual. Llevaba meses planeando aquel encuentro desde el último 19 de Noviembre en el que en la marcha por el Día Internacional del Hombre su amigo Jaime le había insinuado aquella posibilidad. Al día siguiente, en el homenaje al Caudillo, entre viejos camaradas y patriotas, la insinuación del día anterior cobró otro cariz cuando Jaime le dio dirección y teléfono de lo que Jacinto, uno más entre tantos hombres, buscaba.


Echó mano de su agenda y fijó la cita. La llamada a aquel centro le había dejado satisfecho y disipada cualquier duda había marcado en el calendario el 8 de Marzo como el día señalado. Fueron tres largos meses de espera, aburridos, anodinos, transcurridos entre partidas de brisca y charlas en el trabajo sobre la dictadura progre que les oprimía. Nunca hubo hombres más oprimidos que Jacinto y sus compañeros y así dejaban constancia de ello desde que se levantaban hasta que se acostaban. Bien fuera de camino al trabajo, en el ascensor, y por supuesto en las redes sociales. Jamás se vio mayor opresión en el ser humano que la del hombre blanco católico heterosexual del siglo XXI. Las victimas de las dos grandes guerras mundiales, los judíos aniquilados por el nazismo, los disidentes comunistas del stalinismo, los kurdos masacrados por Iraq, los musulmanes exterminados en Birmania, y hasta los tutsis en Ruanda... ninguna de esas matanzas podía ser comparada a la que vivía cualquier congénere de Jacinto en España en el siglo XXI por el simple hecho de haber nacido hombre.


A duras penas consiguió sobrevivir el bueno de Jacinto el infierno de aquellos meses de opresión y represión desde que se levantaba hasta que volvía al consuelo de la almohada. Sólo Dios sabe lo que tuvo que padecer aquellos meses de represión en los que su único consuelo era saber que tenía apalabrada la cita del 8 de Marzo en el centro Cabree A Grudo.


Y llegó el día.


Jacinto, como hemos dicho, despertó aquella mañana más sobresaltado de lo habitual. No era para menos después de tantos meses bajo la asfixiante dictadura progre. Desayunó un sol y sombra mientras leía en el periódico que las últimas encuestas vaticinaban una mayoría absoluta de VOX y Santiago Abascal como presidente del gobierno. No obstante él sabía que todo aquello era una patraña, que vivía bajo una dictadura progre, y que ese tipo de propuestas políticas estarían irremisiblemente prohibidas, pese a que ya ocupaban la mitad del arco parlamentario y todos sus representantes vivían a cuerpo de rey (nunca mejor dicho porque la monarquía, como la unidad de España, era algo absolutamente innegociable para estas pobres víctimas de la dictadura progre)


Jacinto se perfumó debidamente y se vistió con sus mejores galas. No podía ocultar su nerviosismo, pero al fin y al cabo llevaba meses viviendo para aquel día. Alcanzó el centro Cabree A Grudo a las diez de la mañana y traspasó la puerta giratoria para envolverse de aquel aura. Algo le decía que estaba en el lugar correcto. Como si se hubiera detenido el tiempo. Se acercó al mostrador donde una recatada señorita embutida en un vestido rojo y aplastada bajo un gigantesco moño se limaba las uñas.


-Buenos días- disparó la muchacha.


-Buenos días-respondió Jacinto- Jacinto Rodríguez Hermosilla. Tengo cita para las diez y media de la mañana.


-Caray Jacinto, que madrugador es usted- respondió la mujer mientras pasaba las páginas de una agenda- ...a ver... Jacinto Rodríguez, sí, a las diez y media, aquí está. Primero debe responder este formulario con una serie de cuestiones básicas- y le alargó un papel.


Jacinto recogió el formulario y se retiró a una mesa, sacó su estilográfica del bolsillo y con pulso firme se decidió a responder lo que se le planteaba. Básicamente eran preguntas sobre sus relaciones con las mujeres, cuanto tiempo hacía que no hablaba con alguna, y si había sido capaz de plantear una conversación con el otro sexo más allá del tiempo meteorológico.


Una vez completado se lo devolvió a la mujer del moño, la cual echó un vistazo satisfactorio, archivó el papel y simplemente dijo:


-Acompáñeme.


Jacinto siguió a su anfitriona por un largo pasillo desembocando en una especie de sala de espera con sillones en forma ovalada enfrentados a una serie de puertas presididas por varios nombres propios que le eran familiares a nuestro protagonista.


-Jacinto- resolvió la muchacha- tiene usted que elegir a cual sala quiere acceder, dependiendo de lo que busca. Tenemos distintos accesos, desde el caballeroso rancio a lo Julio Iglesias hasta el macho abrupto tipo Sánchez Dragó, personalmente le recomiendo la sala Plácido Domingo, muy demandada últimamente, donde puede hacer cargo de su situación de poder por ser hombre sin ningún recato ni miramiento por parte de la sociedad. Recuerde que está en el centro Cabree A Grudo y todo lo que sucede en estas cuatro paredes nace y muere aquí, como siempre debió suceder entre hombres y mujeres. Usted ya me entiende Jacinto.


-Y tanto que la entiendo. Pero mire señorita, creo que me voy a decantar por la sala Arturo Fernández.


-Por supuesto Jacinto, y permítame decirle que ha tenido usted una elección acertadísima.


La muchacha del vestido rojo y moño estratosférico abrió la puerta de la sala demandada por Jacinto y se retiró. Nuestro hombre tragó saliva, posteriormente la escupió sobre la palma de su mano, y se repeinó su grasiento pelo hacia atrás. Caminó con la incertidumbre de quien camina hacía un altar, presa de ese miedo católico que le habían enseñado desde niño. Pasado el pasillo de la estancia adivinó un majestuoso par de piernas cruzadas presididas por unos zapatos de tacón negro y alto. La escena la completaba un escultural cuerpo de mujer dentro de un vestido tan negro como los zapatos. Rubia y de ojos azules, miró y habló a Jacinto como si le llevara esperando toda su vida:


-Hola.


-Ho... hola- acertó a decir Jacinto.


-Siéntese aquí, a mi lado. Jacinto, ¿verdad?


-Sí, ¿cómo sabe mi nombre?


-¿Acaso no debería saberlo?, ¿cuándo su presencia aquí supone mi sustento?, ¿qué clase de mujer sería si no fuera capaz de saber siquiera el nombre del hombre que viene a buscarme?, yo me llamo Susana, por cierto.


-Encantado Susana.


Jacinto se sentó tímida y torpemente al lado de aquella magnífica mujer, azorado, intentaba mirar hacia otro lado pero Susana, haciendo gala de una estupenda profesionalidad, no estaba dispuesta a salirse de su guión.


-Y bien Jacinto, ¿qué es lo qué busca por aquí?


La vergüenza,el miedo y el temor le carcomían, pero a la vez sabía que aquellos meses de opresión feminista y dictadura progre habían sido demasiado y necesitaba desahogarse.


-Pues yo busco, señorita Susana, simplemente poder hablarle a una mujer como le hablábamos antaño. Mirarla como la mirábamos antaño. Olerla como la olíamos antaño. Desearla como la deseábamos antaño. Usted ya me entiende, ¿verdad?, tomarme la libertad de hablarle de la magnífica longitud de sus piernas, del vértigo de su escote, del fulgor de su rubio pelo, o de como esos ojos azules que parecen zafiros hipnotizan hasta al más experto tahúr. Poder deslizar mi mano por su muslo, tontear con el equivoco, hacerme el encontradizo... al fin y al cabo seducirla, al fin y al cabo digamos saber que yo soy hombre y usted mujer, y ya sabe lo que eso significa, significa ese piropo ardiente, ese halago encendido, esa mano como le dije despistada por su muslo, porque yo soy hombre y usted mujer y por eso yo, yo...- Jacinto comenzó a respirar agitádamente mientras era consciente de que por primera vez en su vida estaba tocando la pierna de una mujer, ¡y qué mujer!, pensaba para si mismo... se sentía tan azorado que no podía continuar hablando...


-¡Yo le entiendo Jacinto!- respondió Susana con una patética impostura- ¡claro que le entiendo!, no sabe como las mujeres echamos de menos esto, sentirnos mujeres de verdad, deseadas y seducidas por hombres tan auténticos, tan genuinos, tan hombres como usted.


Al escuchar aquello Jacinto, que por alguna extraña cuestión de la física era incapaz de soltar su mano de la pierna de Susana, como el herido por arma blanca que tiene el cuchillo clavado en su costado y no puede arrancarlo porque sabe que es peor el desangre que tener el arma incrustada bajo su piel, sintió un estremecimiento en su entrepierna. Un calambre, un chasquido. Suficiente para sentir su calzoncillo húmedo y manchado. Se levantó más azorado todavía de lo que estaba al llegar y dijo:


-Muchas gracias señorita, debo retirarme.


A la salida volvió a tropezarse con la azafata del vestido rojo y moño mastodóntico quien no pudo evitar preguntar a Jacinto por lo satisfactorio o no de una experiencia que le suponía el pago de 120 euros.


Jacinto, con toda lógica aún manchado y húmedo en su entrepierna, se esforzó para esbozar una muy sincera sonrisa y responder:


-Ha sido el mejor día de mi vida.


Traspasó la puerta del centro y tanteó su bolsilló para marcar el número de su amigo Jaime. Lo mejor estaba por llegar. No podía esperar a contarle su experiencia.