domingo, 10 de enero de 2021

EL MEJOR DE TODOS NOSOTROS

 








Cuando en 2014 falleció el gran Alfredo Calonge, miembro fundador de Los Negativos, su gran amigo y compañero de fatigas Carles Estrada escribió algo muy bonito a modo de elegía, donde hablaba de la vida como un albúm de cromos y en el suyo le había tocado el cromo de Alfredo, el cual exhibía con orgullo. He recordado aquella emotiva metáfora estos días porque, sin llegar al nivel de complicidad con el que Carles y Alfredo (junto a Valentín Morató y Roberto Grima) sacudieron el modernismo español al frente de Los Negativos, yo también tuve mucha suerte cuando en mi album particular me tocó el cromo de Jacob Gonzalez Gancedo aquella lejana noche en el Metrópolis (posterior Morticia) invitándome a formar parte de la banda de garage que estaba formando. Y así estuvimos unos años, los “casimúsicos”, como nos llamaba el tipo del Bar Las Torres, cargados por las calles de Ponferrada con nuestros instrumentos al hombro.


Una noche, de vuelta a casa tras reencontrarme con Jacob después de un cierto tiempo (desde que ambos abandonamos nuestra ciudad los encuentros han sido más bien esporádicos pero constantes a lo largo de todos los años) y después de cenar en su casa, alumbrado por el calor de los tragos que acompañaron la jornada, le mandé un whatsapp en el que le definí como “el mejor de todos nosotros”. No el más juerguista, ni el más cachondo, ni el más timbero. Nada menos que “el mejor”. Refería con aquello la capacidad de Jacob para ordenarse en la vida y reconstruírse después de algún pequeño traspiés académico o del habitual desengaño amoroso que acompañaba aquellas edades. Porque Jacob nunca volvió a equivocarse. Ya no tomó ningún desvío. Comenzó a coleccionar masteres y doctorados, a triunfar personal y profesionalmente, se casó, fue padre, y todo ello sin dejar en ningún momento su auténtica gran pasión: la música. Esa enorme capacidad intelectual que le convirtió en un devorador de estudios además de músico multidisciplinar, todo ello a raíz de una envidiable disciplina con el objetivo de exprimirle el máximo provecho al tiempo, despertaba en mí tanto la citada envidia como muchísimo orgullo, y nunca dejé de admirar y alegrarme por cada pequeño nuevo éxito conseguido por mi amigo, de igual modo que desde la distancia veía como él sentía lo mismo cada vez que yo hacía algo más o menos relevante dentro de esa cultura bajo el radar en la que nos movemos. Creo que entenderán por tanto que pudiera considerar a Jacob como “el mejor de todos nosotros”, ya que precisamente esa entereza y rectitud le convertían en referente moral, es decir, en lo que se conoce como una persona “buena” (cuyo comparativo es precisamente “mejor”), quienes no hemos sido capaces de seguir ese camino del virtuoso somos los más conscientes de la dificultad del mismo, y ante quien supera dificultades sólo cabe la admiración.


Pero si Jacob me enseñó la importancia de aprovechar el tiempo y utilizar ese magnífico regalo que son nuestro cerebro e intelecto, también me ha hecho recordar que si debemos vivir cada día como si fuera el último, igualmente debemos procurar no estar en deuda con nadie precisamente porque no sabemos si mañana estaremos nosotros, deudores, o lo estarán nuestros fiadores. Y yo estaba en deuda con Jacob. Tanto es así que albergaba la esperanza de verlo despertar y en cuanto pudiera tener unos días libres y las autoridades me permitieran viajar entre comunidades autónomas saldar esa deuda y echarle una mano en todo lo posible en lo que en mi ensoñación optimista creía una recuperación. No la he podido saldar y tampoco me puedo despedir de él como quisiera. Hace ya meses escribí que lo peor de esta pandemia se reflejaba en las despedidas a los seres queridos que no se pueden concretar y rezaba porque no sufriese yo la desazón de perder a alguien a quien no poder darle el último adiós y acompañarnos mutuamente en el dolor. Siempre se está en deuda con alguien que se porta bien contigo (y qué decir de toda su familia), pero es que además en el caso de Jacob nunca le he podido agradecer lo suficiente el verano del 99. Mi verano tuberculoso en el que sin alcohol, bares ni fiestas Jacob fue el mejor amigo posible, y quien hizo posible que lo que podía haber sido uno de los peores años de mi vida acabase siendo de los más provechosos, desde que nos levantábamos por la mañana hasta la hora de echar el cierre, llenando las horas de cada día de subidas al Pajariel, pachangas de baloncesto y sobre todo muchísimas horas en el local de ensayo de donde surgieron igualmente muchísimas canciones.


Estoy todavía en un estado tan de shock por su perdida que me cuesta sumergirme en el dolor. La coraza, sin haberlo pedido, ha sabido colocarse sola sobre mi pecho. No quiero caer yo en bramar mis cuitas al cielo. Prefiero pensar en que mi amigo, “el mejor de todos nosotros”, tuvo la vida más plena, feliz y satisfactoria posible, ya que todo lo que estuvo en su mano para conseguir lo que quería así fue empleado. No tengo otra cosa por tanto que enorme admiración a la hora de despedir a ese amigo quien mejor que nadie supo transitar por ese inaccesible camino del virtuoso. En su ida deja el último ejemplo, ya que al ser donante de órganos su muerte salvará otras vidas.


Más allá de creencias espirituales o religiosas está claro que el fallecimiento terrenal supone un paso a otro mundo u otra vida. Por lo menos al mundo de los recuerdos, y ahí es donde nunca la verdadera muerte, que es el olvido, vencerá. Si la amistad de Jacob fue un orgullo y un regalo que la vida me ha dado sólo queda honrar tal honor con el recuerdo y poner en práctica lo aprendido a su lado. Seguir ese camino del virtuoso que nos enseñó. Nos deja el listón muy alto, pero hay que intentarlo. Por su memoria.




viernes, 23 de octubre de 2020

¡CONTIGO NO, FACHA!

Seguro que en alguna ocasión han escuchado eso de “¡contigo no, bicho!”, que viene de una de esas cosas que se viralizó en internet (y que como me suele pasar, yo nunca le encontré la gracia), expresión que viene a decir que por muy desesperada que pueda estar una persona por mantener una relación sexual no está dispuesta a hacerlo con cualquiera. Algo así le ha pasado a Santiago Abascal en la moción de censura contra el gobierno presentada en el congreso esta semana. Por muchas razones que haya para reprobar el gobierno de Sánchez, por muchas ganas que tengan algunos de tumbar la coalición PSOE-Unidas Podemos, a Abascal le han venido a espetar en toda la cara un “¡contigo no, facha!”. Más allá de la parodia y de la caricatura del rancio y apolillado franquista añorante del nazional-catolicismo impuesto de manera dictatorial durante casi cuatro décadas en nuestro país (décadas de dictadura en las que a juicio de Abascal España vivía con un mejor gobierno que bajo este actual democráticamente elegido en las urnas y aprobado en el Congreso), parodia que le viene bien al personaje para seguir alimentando su victimismo y su falsa estampa de rebeldía e incorreción política, lo cierto es que bajo el discurso de VOX se esconde, desde su fundación, un perverso retorno al pasado de políticas represivas, especialmente con los más desfavorecidos, y desigualdades tanto económicas como de libertad. Ya que de lo que se trata es de convencer, y no vencer, vamos a intentar desentrañar una vez más porque por mucho que se intente negar, el ideario de VOX es esencialmente xenófobo, machista, y por supuesto nac(z)ionalista y excluyente, defensor y representante de una única manera de entender España donde no cabe quien se salga de ese citado ideario. Todo sintetizado en un espectro fantasmal, lo que en retórica sería un enorme hombre de paja, basado en la idea de una inexistente “dictadura progre”, o yendo más allá, “consenso progre”, no en vano el reciente “think tank” de VOX recurre al atrayente nombre de “Disenso” que a buen seguro atraerá a un buen número de cabezas huecas incapaces de reconocer que si la sociedad ha avanzado como tal ha sido precisamente gracias al consenso. El consenso, según nuestra Real Academia de la Lengua Española significa “acuerdo producido por consentimiento entre todos los miembros de un grupo o varios grupos”. A quien prefiera la discrepancia al acuerdo, y la imposición al consentimiento, evidentemente un consenso le parecerá algo a combatir, y este es uno de los peligros de VOX, lejos de tender lazos de unión o construir puentes viene a derribarlos. El falso liberalismo de VOX, su falsa defensa de la libertad y su fantasma de la “dictadura progre” se resume en la imagen de Marx que Sánchez le recordó a Abascal, en la que un terrateniente se queja amargamente de que no puede azotar a su esclavo: “¿qué tipo de país es este en el que uno no puede azotar libremente a su esclavo?, ¡esto es una dictadura!” Baste el ejemplo del matrimonio civil homosexual, al que por supuesto VOX se opone. En ningún momento este derecho supone un ataque al derecho de los heterosexuales, pero VOX, alimentando su cultura del terror “progre” así lo afirma. A partir de ahí todo vale, todo de tipo de mentiras, medias verdades, manipulaciones, “fake news”, etc... El partido que en plena pandemia y crisis sanitaria su mayor aportación a España ha sido convocar una manifestación encabezada por un autobús descapotable, reivindicando una presunta libertad perdida por culpa de este gobierno social-comunista (la libertad del terrateniente que no puede azotar a su esclavo) y que en palabras de uno de los pesos pesados del grupo, Espinosa de Los Monteros, fue, literalmente, lo más emocionante que había visto nunca desde la consecución del mundial de fútbol en 2010, volvió a hacer gala de su sentido de la oportunidad y del espectáculo. Empezando por la obertura, oficiada por Ignacio Garriga, el negro catalán hijo de otro catalán y una guineana y candidato a la presidencia de la Generalitat en las elecciones del próximo Febrero. Si la moción de censura VOX la concebía como un enorme mitín electoral, una ocasión para centralizar el foco mediático en política, que mejor que empezar por dar ese foco al primero que habrá de batirse en las urnas. La larga intervención de Garriga arrancó bien, con oratoria solemne, granítica y condensada, explicando las razones de presentar esta moción de censura... pero fue un leve espejismo. Al poco el candidato a la Generalitat se embarcó en el delirio del ideario de su partido, resultando especialmente cansina su referencia al “virus chino”, un tópico, un tic, un mantra, que puede ser cualquier cosa menos casualidad y es otra búsqueda de fantasmas, hombres de paja y enemigos exteriores (no recuerdo quien fue, quizás Arrimadas, que al día siguiente le inquirió a Abascal que si entonces de lo que se trataba era de declarar la guerra a China) Lugares comunes, fango, y hasta el ya olvidado 8M, un batiburrillo penoso. Como supongo (y harán bien) que Pedro Insua les merece mayor respeto que yo a los simpatizantes de VOX, les recomiendo que lean la columna que le ha dedicado en El Español estos días a la intervención de Garriga. Demoledora. Y luego, claro, llegó el delirio. Sólo puede ser tildado de delirio el discurso de Abascal, donde se mezclan conspiraciones, masones, Soros, loas a Trump, ataques a la Unión Europea, nazionalismo español, y un panhispanismo (su soñada “Iberosfera”) que recuerda el pangermanismo de Hitler o el paneslavismo de Stalin y Tito, con su ensoñación de un imperio español sobre el que no se sigue poniendo el sol. A veces Abascal recuerda a ese artista de circo en busca del más difícil todavía. Si todo ya es una dictadura progre y socialcomunismo, desde Pedro Sánchez hasta el panadero de la esquina, hay que llegar todavía más lejos. Socianarcocomunismobolivarianismofiloetarrafeminaziprogre. Es como Julie Andrews en “Mary Poppins” buscando su particular “supercalifragilisticoespialidoso”. Y por supuesto, y por si alguien tenía todavía dudas, que quede claro: hace 80 años, es decir, con Franco, teníamos mejor gobierno. Volvió a recordarlo y refrendarlo, y estuvo muy bien Arrimadas al día siguiente en recordárselo. No pasa nada, se irán a sus televisiones, a sus medios de comunicación, con sus palmeros, a seguir hablando de “dictadura progre”, en un país como este, como nuestra España, tan mía como de Abascal, en el que puedes encontrar canales de televisión y emisoras de radio donde se sigue blanqueando el franquismo. Y este es el país de la “dictadura progre”. Los únicos encargados de reescribir la historia son quienes todavía no son capaces de diferenciar, no sé si por perversidad o porque no les de la cabeza para más, entre un gobierno elegido democráticamente y una dictadura. Y esto lo digo tanto por el actual gobierno como por el de la Segunda República, que ya está bien de que los nostálgicos del franquismo sigan reescribiendo la historia, repito, no sé si por perversidad o porque no les da la cabeza para más, y de que señores como Abascal puedan decir impunemente que este es el peor gobierno en los últimos 80 años o que una guerra civil es consecuencia de unos políticos nefastos. No, basta ya de justificar el alzamiento nazional de Franco diciendo que la Segunda República llevaba minifalda e iba provocando. Que todavía sigamos asistiendo a este bochorno es precisamente síntoma de que vivimos en uno de los países más libres de Europa respecto a ciertos temas... para asistir a la posterior llorera del franquista de turno de que vive bajo una dictadura progre. Si esta presunta dictadura progre con la que se les llena la boca fuera una cuarta parte de lo pérfida que fue su añorada dictadura franquista no les quedaría ni un sólo día sin acabar con sus huesos en la cárcel, o peor todavía, ajusticiados a fuego y plomo. El resto del día nos dejó a esos partidos, “regionalistas” (por usar la palabra que utilizó Casado al día siguiente, como si fuera un eufemismo, algo que no hace daño, un regionalismo... pero que al menos es un guiño a comprender que España llámenlo como quiera pero tiene distintas identidades dentro de nuestra identidad común), localistas, algunos claramente separatistas o independentistas, dejando en muchos casos muestras de sensatez y dejando claro que aquí no está nadie para repartir carnets de patriotismo. Teruel Existe, recordando las presiones que sufrió simplemente por buscar lo mejor para su tierra... y Oramas, claro, de Coalición Canaria. Recordarán el caso de Oramas, ascendida a los altares de la “alt-right” cuando votó en contra de la investidura de Sánchez, al poco demonizada por ese mismo sector cuando dijo lo que pensaba de la extrema derecha de VOX y del radicalismo de ese ala. Abascal hace dos días la tildó de lo peor que te pueden tildar hoy día en España: equidistante. A mí me han tildado de equidistante muchas veces por condenar igualmente los totalitarismos fascistas que comunistas. Sinceramente no entiendo donde está la equidistancia. Si contra algo estoy enfrentado es contra los totalitarismos, me da igual del signo que sean, no entiendo por tanto tal equidistancia. Abascal, que sólo sabe vender política de tripas, sentimientos y bajas pasiones apelaba a unas Islas Canarias llenas de inmigrantes, en las que ya no había hoteles llenos de turistas millonarios sino orillas de playas plagadas de pateras con africanos muertos de hambre. Un discurso nauseabundo entre la xenofobía y la aporofobia, porque claro, el problema no es que vengan inmigrantes. El problema es que vengan moros o africanos muertos de hambre y desesperados. Mientras vengan europeos blancos y con pasta no hay problema. Mientras tanto mucho pobre currante español se sigue tragando el cuento de “vienen a quitarnos el trabajo” o de los falsos privilegios para los inmigrantes... y Abascal haciendo caja y contando votos. Pero estuvo bien Oramas (todos estuvieron bien ante Abascal, no era difícil) recordando que no vienen a Canarias... vienen a Europa... que no vienen a pasárselo en grande y a vivir la vida loca, vienen jugándose la vida porque literalmente se mueren de hambre. Este es un tema especialmente sensible y a energúmenos como Abascal a quienes tanto les gusta hacer política con los sentimientos y la bandera hay que recordarles que ojala, de verdad, ojala no tengan que verse un día en la situación de cruzarse un mar o un océano entero sobre un trozo de plástico para poder seguir viviendo y no morirse de hambre. Claro que luego llegó Bildu. Contra Bildu es fácil responder porque al igual que como sucede con VOX todos sabemos de donde vienen, y vienen de donde no queremos volver. Porque incluso reconociendo que se pueden liberar las cadenas del pasado y que ETA, afortunadamente, ya no existe (por mucho que Abascal lo niegue, porque le conviene), hay mucho dolor detrás. La intervención de Abascal citando todos los nombres (o casi todos, todos es imposible para empezar porque no los sabemos) de las víctimas mortales de ETA fue lo mejor de toda la moción de censura por su parte. Seguro que se pueden hacer muchas chanzas, memes de esos que dicen los modernos, con ese momento. Yo que sé, Abascal recitando los Reyes Godos o la alineación del Real Madrid en la décima Copa de Europa. A mí no se me ocurriría. El respeto y el recuerdo a todas las víctimas de ETA debería ser un común denominador en este país y me consta que así es entre las gentes de bien. Si por mi fuera que se leyese esa lista de víctimas en cada sesión del congreso, sin ningún problema, que se siga recordando la diferencia entre la democracia y las balas. No tengo nada que reprocharle a Abascal en ese aspecto y en ese momento. Le aplaudo. Si le reprocho, en todo caso, y una vez más, su patrimonio del dolor. Un patrimonio del que hace gala con la patria, la bandera, con España en general, como si España fuera suya. Esta es una de las razones por las que muchos consideramos a VOX un partido nocivo para nuestro país y que lejos de unirnos busca disgregarnos. No se puede patrimonializar el dolor, de hecho es una tentación muy peligrosa. Es la tentación desde la que nació VOX, desde el PP, con un discurso radical sobre ETA que no compartía el PP, partido de estado y de negociaciones (como debe ser un partido político que aspira al gobierno), no es cuestión de recordar los acercamientos de presos etarras con Aznar y su famosa alusión al “ejército de liberación del pueblo vasco”, pero posiblemente VOX hubieran estado más felices con el PSOE de Felipe González y el GAL que con el PP de Aznar, no lo dudo. Así son los radicales (y ningún presidente más radical que González, o mejor dicho, más totalitario, con más poder) Una vez apagado el fuego de ETA, el otro gran leitmotiv de VOX ha sido Catalunya y la unidad de España, el cual todavía le ha dado mayores réditos, haciendo suya la idea de patria erigiéndose como únicos valedores de este país, de esta nuestra querida España en la que, no se engañen, bajo los parámetros de VOX no cabemos todos (y si cabemos es dentro de un armario del que nunca debimos salir) Estos patrimonios y estas exclusivas además de hacer daño a un país, el nuestro, España, marcan una línea y definen la tendencia y la manera de entender la vida o la política. Porque no creo que sea precisamente la familia Abascal la que más ha sufrido por culpa de la violencia etarra, por mucho que Santiago se empeñe en recordarlo. Puedo pensar ahora mismo en Eduardo Madina, quien fuera contrincante de Pedro Sánchez por presidir el PSOE hace unos años, un chaval de Bilbao que jugaba al voleibol (llegó a ser elegido mejor deportista universitario vasco en su momento) y que perdió una pierna después de que ETA le pusiese una bomba debajo de su coche, y que siempre se mostró partidario de las negociaciones con la banda terrorista y de llegar a un acuerdo de paz... o puedo pensar en Irene Villa, ¿se acuerdan la que le liaron a Irene Villa cuándo dijo que perdonaba los tweets de Guillermo Zapata, aquel edil de Ahora Madrid?, le cayó de todo a la pobre muchacha porque al parecer sólo se puede entender el discurso de la guerra, no de la paz o la reconciliación. A mí personalmente pocas cosas me merecen mayor respeto que haber sufrido el terror de ETA, por eso que alguien se quiera apropiar de eso si que me parece indigno. Pero lo peor estaba por llegar, claro, con Rufián. Ya hace tiempo lo definí como el Mourinho de la política. Sus mamporros con Abascal, relegados al final de la tarde, comienzo de la noche, como si fuera la sesión golfa de un cine de extrarradio, definieron perfectamente a estos dos personajes tan parecidos si no en el fondo si desde luego en la forma. Si Rufián, por esas cosas del destino, hubiera nacido en una de esas familias nazional-católicas opusinas tardofranquistas nada evolutivas, empapado de esos viejos valores rancios, sería a buen seguro uno de los grandes arietes de VOX ahora mismo. No costaba reconocer lugares comunes entre los discursos de Rufián y Abascal, mucho victimismo, anticapitalismo, populismo, los políticos son otros, ellos son hombres de la calle, ataques a los medios de comunicación que son unos vendidos... dos tipos muy lamentables haciendo discursos muy lamentables. La jornada siguiente comenzó con unas chicas de Unidas Podemos, muy torpe y atropellada Lucía Muñoz, pero muy brillante la asturiana Sofía Castañón, y un muy pobre Abascal que ya había soltado todo su discurso/bilis la jornada anterior y se limitaba a intentar capear el temporal aludiendo a las “mujeres florero” de Pablo Iglesias, posiblemente sin ser consciente de en que lugar le dejaba una afirmación así, o quizás sí porque siempre habrá alguien jaleando la caspa y “clin, clin, caja”, un voto más. Hasta que llegó el gran protagonista de la moción de censura, Pablo Casado, porque habida cuenta de que no había ni una sola remota posibilidad para que esta moción de censura prosperase, la charlotada de Abascal sólo tenía un objetivo: convertirse en líder de la oposición. ¿Y qué querían que hiciera Casado?, hombre, podía haberle troleado un poco y llevarle un terrón de azúcar a la boca de Abascal, que era lo que estaba pidiendo. Casado fue quien más claramente expresó el “¡contigo no, facha!” y soltó el sopapo definitivo. El sibilino Iglesias, como el magnífico villano que es, de voz susurrante acariciando un gatito no hizo más que recoger los pedazos. Mientras Abascal sólo alcanzaba a balbucear, a reconocer, literalmente, “traía unas cosas para debatir con usted pero ya no me apetece”. Qué entre un vendedor de kleenex en la sala, por favor, para tanta llorera. Vapuleado, despreciado, y solo, por facha. Sus antiguos amigos, esos que no se cansaron en afearle que le dieron trabajo (y mucho dinero) durante 15 años mientras Abascal se defendía recordando que él es parte de la “España que madruga” porque, ¡ojo!, a las ocho y media de la mañana estaba levantando la reja del comercio textil de su padre. A las ocho y media de la mañana más de media España llevamos más de dos horas levantados para trabajar, entre ellos muchos “panchitos” e inmigrantes varios que si fuera por este mequetrefe no debieran estar en nuestro país a menos de que pasasen su particular test de patriotismo, dudo si en ello figuraría pedir prórrogas “ad eternum” para librarse del servicio militar obligatorio. Al menos el pobre calandraca no hizo esta vez el ridículo con esas mascarillas reivindicando un ejército que nunca conoció y que mayormente se ríe de él. Entre medías Espinosa de Los Monteros (quien en plena pandemia saludaba desde un autobús descapotable por la Gran Vía creyéndose Iniesta después de marcar el gol ante Holanda en la final de 2010) soltaba un discurso sentimentaloide de garrafón al que sólo le faltaba acariciar un premio Goya. Y así hemos perdido dos valiosos días de política y políticos en nuestro Congreso de los Diputados. En un plano optimista esto debería alentar a que VOX sólo puede recibir el “no” por el conjunto de la sociedad española, un conjunto que va mucho más allá de la burbuja solipsista de estos señores, un conjunto en el que caben madrileños, vascos, catalanes, gallegos, extremeños, andaluces, vascoparlantes, galegoparlantes, hombres, mujeres, heterosexuales, homosexuales, cristianos, musulmanes, blancos, negros, amarillos, de izquierdas, de derechas, de centro, de arriba, de abajo... y no un conjunto excluyente en el que sólo caben los de “España una y libre”. En el plano pesimista, los de “España, una y libre” hacen mucho ruido. La nostalgia es lo que tiene. Quedémonos con el presente, el de “¡contigo no, facha!”, que ya nos zurrarán en el futuro. Al final siempre nos zurran a los mismos. Y créanme, ni Abascal ni sus secuaces están entre ellos. A ellos nunca les han zurrado ni les zurrarán.

sábado, 19 de septiembre de 2020

EL CIELO DE LOS LEPROSOS

   




Recogen huesos de miseria, ojos de cadáveres, médulas de espanto.

Recogen lo que sembraron anteriores buscadores de la isla del tesoro.

Recogen ira y decepción, son los sesos calmantes de un mundo que se desmorona, nadie pensó ni acaso en un sueño loco llegar al siglo XXI. Son las cicatrices del alma purgando por nuestros pecados, Nikki y Dave, ya juntos en el cielo de los leprosos.

Nunca muertos en vida, pero vivos en muerte. Se agotaron las melancolías. Ya no quedaba un rasguño donde atizar el alma, ya todos los acordes estaban proscritos. Malditos ellos, maldita su música y el infierno al que nos arrastraron. No hubo elección, quien piense que la hubo es un traidor en estas lides del desarraigo.

Quisiera escribir un poema dedicado a ellos, malditos ellos, tan infectado y enfermo como la vida que es muerte y el dolor que es poesía. Pero no hubo elección. Quien piense que la hubo es un traidor. El dolor ya está en el alma y sólo lo pueden aliviar los panegíricos y la metanfetamina.

Me duelen los huéspedes, hay que abrir las puertas.

Hay que vaciarse de espanto y revestirse de tragedia.



viernes, 11 de septiembre de 2020

DIARIO DEL CORONAVIRUS (XLVIII): LÍDERES DE UN CALLEJÓN SIN SALIDA

 





Llevo un tiempo acordándome de un acertado artículo de Manuel Vicent en El País titulado “Líderes”. En pocas líneas el genial novelista venía a reconocer una verdad palmaria, que España es un país cojonudo y que menuda suerte la que tenemos quienes hemos nacido en este país en estas últimas décadas de socialdemocracia sepultada la momia fascista de la dictadura franquista cuyos estertores en un alarde generosidad no vista en ningún otro país europeo que haya vivido bajo un totalitarismo hemos dejado convivir con nosotros dando rango de normalidad a lo que es una anomalía. Supongo que es la anomalía de la democracia, la que se quieren cargar en cuanto vuelvan al poder las momias.



Observé en aquel momento que el artículo gustó y se viralizó en los círculos más presuntamente patriotas o patrioteros, de esa derecha desencantada que ha encontrado en Vox su micrófono con ese delirio nazional-católico de valores occidentales, escudo y parapeto ante ese socorrido enemigo de la dictadura “progre” (un calificativo que hace dudar sobre quien es realmente más casposo, si el “progre” en si o quien sigue llamando “progre” a quien huye del viejo y reaccionario ideario que sepultó a España durante décadas) Comprendo que gustase en el sentido de sacar pecho y airear orgullo, un laportiano “al loro que no estamos tan mal”, y precisamente me chocó que muchos defensores del “ley y orden” y volver a política draconianas aplaudiesen un artículo en el que se constataba que España era y es un país en el que la seguridad ciudadana no es un problema prioritario. Desde luego no lo es respecto al desempleo, el recorte en servicios públicos (cuya realidad palmaría la estamos viendo en una sanidad desbordada frente a la pandemia) o el acceso a la vivienda (y aquí la definitiva vuelta de tuerca de la “guerra cultural” importada de Estados Unidos por Steve Bannon... como lo que ha sido un problema evidente que hemos sufrido muchos ciudadanos, el acceso a una vivienda digna, los precios abusivos de los alquileres, la burbuja inmobiliaria, el desamparo del ciudadano ante un bien básico de consumo obligatorio incluso recogido en nuestra actual Constitución de 1978 en el artículo 47... se convierte en todo lo contrario, el problema es la ocupación ilegal, la mafia “okupa”, no el acceso a la vivienda... lo dice Ana Rosa Quintana y esa es la realidad palmaria, la de la prensa amarilla, no la de la crudeza de la calle para quien la quiera pisar y vivir)



En estos meses de coronavirus y malditismo, de empaparnos en nuestra nueva propia leyenda negra, la del peor país en la gestión de la pandemia, me he acordado mucho del artículo de Vicent tan celebrado en su momento. Porque creo que el brillante novelista de ojos claros tenía tanta razón como que es evidente que siendo el nuestro un país tan cojonudo es a la vez un país tan débil. Y esto es lo que deberíamos aprender de esta crisis. De la debilidad de nuestros recursos. Por mucho que tengamos una sanidad estupenda, con una cobertura envidiable y unos profesionales ante los que no cabe si no quitarse el sombrero y reconocer un esfuerzo sobrehumano en todos los meses... por mucho que tengamos una fuerzas de seguridad garantes de que se cumplan las obligatorias leyes que permiten dentro de esa obligatoriedad que podamos vivir en libertad sin pisarnos los unos a los otros... por mucho que tengamos un ejército profesional siempre dispuesto a arrimar el hombro sea para ayudar a apagar un incendio forestal o para ejercer de rastreadores sanitarios ante la covid-19... por mucho que nos sintamos orgullosos de todo ello finalmente nos enfrentamos a la realidad del límite de los recursos. Tanto humanos como materiales. Y ante ello sólo cabe una solución, un camino. Expandir esos límites. Más dinero público, más recursos, más estado.



La pandemia nos debería enseñar que no basta con ser un país seguro, amable, feliz, tranquilo sonriente y soleado. Necesitamos ser un país fuerte. Un país en el que a los sanitarios, médicos o científicos se les valore como es debido para que no tengan que emigrar a otros países donde su sueldo será superior. Un país con un tejido industrial en sectores fundamentales a la hora de afrontar una crisis como esta como son la ciencia y la tecnología. Un país que no dependa del sol, el turismo y la hostelería para mantener su PIB. Un país, en definitiva, con menos patrioterismo sentimental pero con más cerebro y frialdad.  



Porque si es cierto que somos el país con peor gestión ante la pandemia no creo que sea por inutilidad del actual gobierno, del mismo modo que tampoco le reconozco ningún acierto. Creo que con cualesquiares otras siglas en Moncloa estaríamos en las mismas, sencillamente porque los recursos son los mismos. Y eso es lo que nos debería preocupar, ¿cómo permitimos tener un estado tan débil?, ¿de verdad alguien piensa que el futuro está en el individualista “sálvese quien pueda” en vez en de la fuerza de la colectividad?, ¿vamos a seguir pensando que es mejor bajar impuestos o ver con buenos ojos ya no digo el fraude fiscal que es delito si no incluso la evasión de impuestos?, ¿qué tipo de España es la que queremos si no somos capaces de darnos cuenta de que lo que necesitamos son precisamente más servicios públicos?



Creo que deberíamos, y en buena medida creceríamos de ser así, obtener buenas lecciones de esta crisis en esta extraña España del 2020. Una España en la que desde la transición del franquismo a la democracia tenemos por primera vez un gobierno al menos en forma realmente de izquierdas, al cual seguimos esperando los que si creemos en un socialismo de estado. Seguimos esperando porque la realidad es que los presupuestos generales del estado siguen siendo los de Rajoy y Montoro de 2018 y la renovación del Consejo General del Poder Judicial está bloqueada por el PP, pese a que nuestra constitución recoge que su mandato es por cinco años y ya vamos por el séptimo con el actual organigrama. La triste realidad es que este gobierno apenas tiene ningún poder ejecutivo y la presencia de Podemos en Moncloa no es más que un moño que de cuando en vez aparece en televisión. Nos aferramos a pequeños avances como el Ingreso Mínimo Vital o derogaciones de las dos perversas reformas laborales de Zapatero y Rajoy como el despido por baja médica, pero todavía estamos muy lejos de donde estábamos antes de la crisis de 2008, una crisis que una vez más tuvimos que pagar los mismos.



La izquierda en España es experta en desilusionar, lo cual en parte demuestra la buena salud crítica del votante no conformista. Aquel 15-M de 2011 que pedía a gritos una regeneración de la clase política nos trajo al Pablo Iglesias de Galapagar, que, al margen de esa presunta indecencia de nuevo millonario, es poco menos que un florero en la Moncloa.



El panorama resulta todavía más desalentador cuando avanzan imparables e implacables las investigaciones sobre la trama Gurtel, ahora en suculento spin-off de la “Operación Kitchen”. El levantamiento del sumario pone el foco sobre todo un ex-presidente del gobierno como el añorado y entrañable Mariano Rajoy. Como si aquel “M.Rajoy” aparecido tiempo ha en los papeles de Barcenas ofreciera alguna duda. En ese disparate propio de los tres monos japoneses, representados tapándose boca, ojos y oídos hemos vivido. Oír, ver y callar. Es una escena tan tragicómica y obscena que uno no puede evitar recordar al gran Claude Rains en la piel del Capitán Renault en “Casablanca” cuando después de años llevándose mordidas bajo cuerda irrumpe en el bar de Rick silbato en boca para gritar: “¡Qué vergüenza!, ¡en este local se juega!”



Manuel Vicent, como en casi todo, sigue teniendo razón. Somos líderes en muchas cosas. El problema es que nos hemos especializado en ser líderes estampados contra la misma pared, la del callejón sin salida que no nos permite avanzar.



DIARIO DEL CORONAVIRUS (XLVII): 11S

 







Otro 11 de Septiembre. 19 años después de aquel 2001 parecía que no íbamos a vivir o ver nada más gordo hasta que llegó la pandemia. Sigo pensando que la actual crisis del coronavirus no encuentra parangón hasta remontarse hasta la II Guerra Mundial en cuanto a crisis global capaz de afectar a todo el globo terráqueo y sentar las bases de un antes y después en la historia de la humanidad, pero la actual histeria con ciertas dosis de, si me permiten decirlo, cuñadismo, sobre el padecimiento actual y recorte de libertades (para que expertos pescadores en ríos revueltos alimenten un escenario dictatorial servido por los gobiernos socialdemocratas de los que nos librarán ellos, los patriotas que pedían prórrogas para librarse de la mili y demonizan a un africano muriéndose de hambre sobre una patera) hace que lleve ya meses recordando como cambió el mundo después del atentado del 11 de Septiembre de 2011 en Nueva York. El altavoz de las redes sociales no estaba tan en boga, pero aún así el debate se puso encima de la mesa. Seguridad o libertad. La casa de las ideas de Marvel después de varios números en los que abordaban el asunto (dejando un histórico Amazing Spiderman #36 con nuestro trepamuros favorito visitando la zona cero del World Trade Center) en 2006 publicó la acertada saga de Civil War en la que ponía encima de la mesa el debate después de que el mundo tuviera que rendirse al Patriot Act de George Bush. No voy a entrar en el análisis de una de las mejores sagas de Marvel (que ya es decir), quien quiera desenroscarse la boina que lea, aunque sea comics de superhéroes porque se puede aprender mucho. Lo que venía a resumir aquella serie era un enfrentamiento entre la postura patriota, republicana liberal del Capitán América frente al estatismo demócrata de Tony Stark, todos estos parámetros dentro de la cultura estadounidense donde evidentemente adjetivos como republicano, liberal, estatista o demócrata no tienen nada que ver con lo que representan en Europa. Lo curioso es que el presunto patriotismo después del 11S de 2001 de George Bush era realmente anti-patriota, anti-americano y anti-constitucionalista.



Porque el mundo cambió mucho desde aquel 11S. Hubo un antes y un después. No tanto como en este pandémico 2020, pero sobre todo, repito, el altavoz de las redes sociales no tenía tanta fuerza. Pero las voces alarmistas también se alzaron, nos recortaban las libertades y se imponía un Nuevo Orden Mundial, sólo que como los tarados que viven empeñados en que hay manos oscuras manejando nuestros designios en la sombra (como si lo que sucede a la luz y taquígrafos no fuera ya suficiéntemente aberrante) están envenenados de odio pues mira, oye, que si ese Nuevo Orden Mundial viene desde la “alt right” de la Casa Blanca bienvenido sea porque lo peor que nos puede pasar es que nos gobiernen los rojos jipiosos buenrollistas que no nos dejan ya ni matar negros o pegar a nuestras mujeres.



Porque el mundo cambió mucho después de aquel 11 de Septiembre. Se cambiaron los protocolos de seguridad, especialmente en los aeropuertos, pero en todo tipo de viajes y en todo tipo de medios de transporte. Aceptamos a partir de entonces que los controles fueran más exhaustivos y que tuviéramos que justificar el simple hecho de subirnos a un avión con un bote de desodorante.



Pero esto acaba resultando anecdótico en comparación a lo que supuso la entrada en vigor del Patriot Act que cambió para siempre cualquier tipo de relación o comercio internacional. La nueva ley promulgada por Bush junior obligaba a cualquier empresa a una justificación de actividad que ríase usted de cualquier estado totalitario o dictadura que se pueda imaginar. La NSA (Agencia de Seguridad Nacional) recibió carta blanca para poder acceder a cualquier tipo de información de cualquier empresa, esto quiere decir carta blanca para escuchas telefónicas, intervenir correos electrónicos, etc... como no podía ser de otro modo, los principales países europeos a rebufo de Estados Unidos también crearon nuevas leyes de seguridad que torpedeaban la privacidad de los ciudadanos y de cualquier persona física o jurídica. A mayor seguridad, menor libertad. Todos pasamos por el aro. Todos los bancos europeos firmaron el FATCA estadounidense que aseguraba que las grandes empresas no hiciesen negocios con estados que apoyaban el terrorismo (a buenas horas... después de haber financiado y entrenado a los muyahidines en Afganistán en los 80 en su guerra contra la Unión Soviética, entre ellos a un tal... Osama Bin Laden), mientras veíamos como con luz y taquígrafos gestoras de San Francisco registraban fondos en Luxemburgo o las Islas Cayman.



Todo cambió después de aquel 11 de Septiembre. Se pescó en río revuelto. Que el altavoz de las redes sociales (donde el panadero de la esquina, que seguro que hace un pan de puta madre pero de ciencia sabe lo justito, afirma que no existe el cambio climático o que la tierra es plana porque lo ha leído en un blog de un charcutero de Filipinas que le resulta mucho más fiable que los informes de la NASA) no tuviera tanto alcance como en 2020 nos dejó vivir en una normalidad que años después resulta del todo lógica. No fue para tanto. Hemos seguido viviendo 19 años más y bien felices.



Es inevitable recordar todo esto el 11 de Septiembre de 2020 cuando vuelven a hablarnos de recortes de libertades y de un Nuevo Orden Mundial. Los mismos que siguen haciendo la vista gorda ante las atrocidades de la luz y taquígrafos y aplauden a Donald Trump como un presunto héroe liberal. En el fondo tienen razón porque se trata de avenir un Nuevo Orden Mundial en el que la ciencia, la razón o el intelecto sean sepultados por la superstición, el sentimiento o la bandera.



viernes, 28 de agosto de 2020

ESTERCOLEROS

 



                 "Star Trek", la metáfora galáctica humanista que si cree en la multiculturalidad.



Estercoleros multiculturales”. La conjunción de ambos elementos establecida por la ultraderechista congresista de Vox Rocío De Meer no deja lugar a la duda sobre sus intenciones. La multiculturalidad, la interracialidad, en definitiva la mezcla, es mala y pervierte la pureza de espíritu y raza que debe caracterizar a un buen europeo occidental católico blanco y heterosexual. La batalla cultural caracterizada en una sola expresión. La vuelta al discurso del odio, del racismo, de la xenofobia.


Hace poco finalicé el visionado de la magnífica ficción televisiva “The Deuce”, y al hilo de David Simon y sus ataques sin ambages al nuevo fascismo un amigo de una red social me respondía con razón que no se puede llamar fascismo a esta nueva ultraderecha liberal alt-right porque carece del componente social (componente social nacional, nunca internacional, a diferencia del comunismo) que era una de las características del movimiento totalitario que imperó en gran parte de Europa a mediados del siglo XX. Pero no es menos cierto que siendo los dignos (o mejor dicho indignos, nunca el fascismo puede ser digno) sucesores y herederos del fascismo (y franquismo y nazional-catolicismo en el caso de Vox) si buscan vergonzosamente ese voto presuntamente social, obrero, proletario… apelando a las tripas y los sentimientos en base a simples mantras capaces de calar en la sociedad a golpe de vídeo de Tik Tok o fake new redifundida en WhatsApp. La inmigración nos quita el trabajo (y en plena pandemia además supone un peligro de salud pública), las minorías tienen más derechos que las mayorías, existe una dictadura “progre”, la izquierda hipócrita roba, los sindicalistas traicionan a los trabajadores, etc


La congresista De Meer se ha significado como una de las grandes especialistas en buscar electorado revolviendo tripas a base de construir problemas de donde no los había. Uno de los mejores ejemplos es el fenómeno de la ocupación ilegal de viviendas, cuyo problema ha advertido que lo solucionarán, literalmente, "empujando a patadas a los okupas a las cárceles" en cuanto lleguen al poder. A falta de conocer los datos de 2020, 2019 fue el cuarto año consecutivo en el que el número de ocupaciones descendió. De 2015 a 2019 el descenso en delitos de ocupación fue del 64%. No se trata de entrar en el debate sobre el fenómeno de la ocupación (u “okupación”, con ese componente cultural que nada tiene que ver con las mafias que ocupan viviendas para alquilar y cuyos nuevos inquilinos son los primeros damnificados por esta práctica, obligados a pagar cuantiosas sumas a los nuevos “propietarios” so pena de sufrir todo tipo de abusos y castigos físicos), ya que tengo tan claro que se trata de un delito como que de moralmente nadie debería vivir en la calle mientras haya viviendas deshabitadas, se trata de comprobar como Vox busca un problema donde no lo hay siguiendo la mejor tradición de la batalla cultural, nunca nos cansamos de recordarlo, iniciada por Steve Bannon en Estados Unidos llevando al poder a Trump y posteriormente trasladando su nacional-populismo (el propio Bannon así lo define) a Europa. En un reciente debate en la cadena SER el escritor Daniel Bernabé hacía ver la cuestión de este inflado del problema de la ocupación en la opinión pública recordando unos datos leídos en El Mundo que dejaban claro en números cual era el verdadero impacto del fenómeno. Una contertulia enojada le reprobaba que se apoyase en números que no tenía delante y que no podía confirmar, mientras recordaba la gravedad de la ocupación porque ella “conocía casos”. No se puede hablar de números y estadísticas si no estamos 100% seguros, pero si podemos apoyarnos en el tópico de “conozco a alguien que le ha pasado tal cosa…” para demostrar que en efecto estamos ante un problema acuciante. La nueva opinión pública, la del “conozco un caso…”, la de tomar el todo por la parte, la de colgar en internet una foto de una manifestante con una pancarta con el lema “todos los hombres son unos violadores” para asegurar que el movimiento feminista es el nuevo nacismo. La batalla cultural. Reivindicaciones tan justas y humanas como el feminismo, los derechos LGTBI o la lucha contra el racismo convertidas de repente en aparatos de represión de una peligrosa dictadura “progre” que reprime al hombre blanco católico heterosexual que no debería mezclarse con otras razas, credos religiosos o tendencias sexuales porque eso nos lleva irremediablemente a los “estercoleros multiculturales”.


¿Y a dónde nos lleva el imparable ascenso de este blanqueado nuevo fascismo?, ¿cuántas décadas estamos dispuestos a retroceder por culpa de este estercolero ideológico?


jueves, 13 de agosto de 2020

DIARIO DEL CORONAVIRUS (XLVI): QUÉ CORRA LA NICOTINA

 




Imagino que si esta nueva normativa de prohibir fumar en las terrazas en caso de no cumplir la denominada “distancia de seguridad” partiese de un gobierno socialista en vez del del popular Núñez Feijóo estaríamos otra vez con el cliché de la dictadura progre y desde alguna bancada política convocando manifestaciones en el madrileño Barrio de Salamanca, en esa deriva conspiranoica de recorte de libertades según la cual cada vez disfrutamos de menos de las citadas libertadas, tirando de la madeja del tiempo hacía atrás y añorando incluso el medievo y las épocas feudales en las que al parecer había más libertad que en el siglo XXI.



Prohibir nunca resulta edificante, además de la siempre peligrosa posibilidad del efecto contrario. Será parte de ese “infantilismo de la sociedad” del que hablan algunos, pero lo cierto es que precisamente el tratamiento habitual que se le ha dado al tabaquismo y a la figura del fumador ha sido de una condescendencia absurda que en cuanto se ha tratado de atajar por el bien de todos ha encendido esos debates delirantes sobre una sociedad menos libre por el simple hecho de no querer inhalar nubes de humo ajenas.



Yo que ya tengo una edad recuerdo perfectamente cuando se permitía fumar en los colegios, incluso en primaria. Mi profesor de 3º de EGB fumaba mientras nos daba su clase en San Ignacio, un colegio privado, de curas. No se lo reprocho. Tengo un buen recuerdo de aquel tipo. Simplemente se dejaba llevar por la corriente de una sociedad permisiva hasta el absurdo con la adicción a la nicotina. Por supuesto en el instituto la figura del profesor fumador se hizo mucho más habitual, dándole un toque de intelectualidad progre reforzada incluso con la complicidad del alumno que en ocasiones también se echaba un cigarrito con el profe.



Yo recuerdo cuando se fumaba en los trenes, autobuses o aviones. Recuerdo cuando se fumaba en los cines. Recuerdo incluso cuando se fumaba en los hospitales, no puede haber mayor contrasentido. Recuerdo cuando se fumaba de tal manera en los recintos deportivos que podías oler perfectamente la faria del espectador de la cuarta fila mientras corrías un contrataque en el pabellón de La Borreca de Ponferrada en un partido de baloncesto. Y recuerdo, claro, cuando se permitía fumar en el interior de los bares. Aquello fue motivo de encendidos debates ya olvidados, porque el paso del tiempo ha demostrado que podemos seguir viviendo sin fumar dentro de los bares, que no fue el fin del mundo, y que incluso la mayoría de los más pertinaces fumadores han acabado agradeciendo la medida.



No fumar en una terraza si no hay una determinada distancia que impida que un niño o un anciano en una mesa adyacente respire el humo del tabaco no debería ser una medida impuesta por la crisis del coronavirus, debería ser una simple norma de educación y de respeto a los demás. Precisamente ahí está el problema de la prohibición, una vez más el debate sobre el libre albedrio, el cual en ocasiones nos lleva al desastre. Prohibir, en efecto, no es edificante. Se trata de convencer al conductor empeñado en circular en el sentido contrario de la autopista que por mucho que la mayoría lo haga en la dirección correcta su sola conducta puede llevar al desastre a los demás y llevarse por delante vidas ajenas. ¿Dónde queda entonces la libertad? Aquella somera estupidez del ex –presidente de gobierno y compañero de partido de Núñez Feijóo pidiendo libertad para beberse los vinos que le dieran la gana antes de coger el coche refleja la realidad de un pensamiento por desgracia muy habitual en nuestra infantilizada sociedad. El de pensar que no son necesarias reglas ningunas y que somos lo suficiente responsables para vivir en armonía y sociedad sin hacer daño a nadie aunque sea de manera totalmente involuntaria. Como si las noticias no se hartasen de arrojarnos datos sobre accidentes de tráfico ocasionados por el alcohol.



Como siempre hay anécdotas, sobre todo cuando se tiene cierta edad, voy a contarles una. Con la tierna edad de 12 años después de un reconocimiento médico con el equipo de atletismo el galeno encargado del informe requirió asustado la presencia de mis padres. Fue mi madre la que acudió a reunirse con él para ser inquirida por los hábitos de aquel inocente niño. Directamente y después de observar unas radiografías de mis pulmones le preguntó si sabía cuántos cigarros fumaba al día su hijo. La respuesta era cero. Discurrimos por tanto que la única explicación lógica a la nicotina encontrada en mi cuerpo se debía al bar de mis padres, tugurio donde se fumaba de una manera considerable mientras se jugaba la habitual partida de cartas. Pese a que no eran demasiadas las horas que pasaba allí (no tantas como mis progenitores, claro está), si fueron suficientes como para castigar mi pequeño cuerpo y dejarlo al nivel de un pandillero de La Puebla. Finalmente hubo que gastarse una pasta y poner un extractor de humos, sobre todo después de que mi padre, no fumador, sufriera un infarto tras tantas horas detrás de la barra. Ahora parece lo más lógico, pero créanme que a principios de los 80 los extractores de humos no eran tan habituales de ver en locales de este tipo.



Se me podrá reprochar que hablo desde la terrible y censora posición del converso (yo he sido fumador, no excesivamente compulsivo, pero si fumador diario, durante unos 20 años de mi vida) pero sigo pensando que la cultura de la nicotina acabará desapareciendo por generación espontánea (claro que lo mismo pienso de las corridas taurinas y el reggaetón y ahí siguen) No digo que desaparecerá el acto de fumar. Fumar es tan viejo como el hombre. Se fumará menos pero se fumará mejor en todo caso. Pero desaparecerá, espero, esta cultura del fumador compulsivo tan ridícula que gracias a la permisividad de la sociedad se llega a convencer a si mismo de que tiene que fumar un cigarro cada hora, cada dos, o según donde estime cada uno la dosis. Esos compañeros de trabajo que cada 45 minutos bajan otros 15 a la calle porque claro, tienen que fumar los pobrecillos (no reprocho que se tomen un descanso… otros lo harán yendo al baño a hacer de vientre leyendo a Agatha Christie o simplemente dando un paseo para estirar las piernas y descansar la vista, pero las pausas laborales son muy necesarias), ese simpático viajero del ALSA que pregunta cada 20 kilómetros al conductor si va a parar porque necesita echarse un cigarro… figuras que ahora mismo ya se me antojan casi anacrónicas. Creo que en el futuro se fumará menos y se fumará mejor porque nos daremos cuenta de que no tiene ningún sentido mantener la industria de una droga adulterada en la que la mayoría de los fumadores no conoce ni los componentes que lleva el cigarro que se están metiendo en la boca, y porque además la nicotina es la única droga lúdica con la que no obtienes (más allá de una presunta relajación) ningún cambio en tu estado mental o anímico, no te abre ninguna puerta de la percepción ni te lleva a explorar otros caminos, ni tampoco te produce ninguna excitación o euforia, ¿para qué rayos se quiere consumir una droga de ese tipo?