martes, 14 de julio de 2015

NEVERCLOSIN' BAR







Too much ain’t never enough
Just turn out the lights
Let this song catch you
Let the red wine run wild


Hace ya unas semanas que nos sorprendió la noticia del cierre del Groovie, uno de los bares más emblemáticos del último Malasaña, uno de los últimos resistentes, un “High Sierra” atrincherado en esa plaza dedicada al aún demasiado desconocido héroe español Juan Pujol (espía durante la II Guerra Mundial y que como doble agente engañó a Hitler para que el Desembarco de Normandía fuese un éxito, y con ello comenzar la caída del nazismo en Europa) Su lema “rock and roll resistance” representaba la obstinación y la cabezonería que aún le queda, cada vez menos, a un barrio que fue santo y seña de toda Europa, y prácticamente todo el globo, en esta música del demonio que una vez te atrapa lo hace para siempre.  

Hace ya unos días también de la última noche, el último vals, plagado de alcoholes y melodías, en una fiesta de bullicio melancólico en la que vimos bajar a Germán por última vez la verja metálica cuya apertura y cierre representó el ciclo vital de muchos de nosotros. Días buscando un hueco imposible para poder trasladar al papel mis pensamientos y hacer una vez más lo único que mínimamente sé hacer: pensar escribiendo, o escribir pensando, tanto da. 

La Malasaña que yo viví, y la viví muy a fondo, ya estaba lejos de la de su mejor época, la de las dos últimas décadas del siglo XX. Había realizado incursiones de vez en cuando durante los 90, a visitar amigos, alguna amante ocasional, llevar vino berciano a Kike Turmix, y sobre todo disfrutar de la noche y del rock and roll en esos apenas 200 metros cuadrados a la redonda donde se concentraba lo que era el concepto de diversión para un veinteñaro deslumbrado por la mitología rockandrollera, desde Buddy Holly a Stiv Bators y mucho más allá. No fue hasta entrado el 2004, cuando decidí trasladarme a vivir a Madrid, en que me convertí en un habitual de la zona, en un parroquiano más, en uno de esos rostros frecuentes y desencajados que de jueves a domingo y de manera insaciable practicábamos un hedonismo salvaje siempre en busca de una copa más, de una última canción que retardase el momento de volver a casa, donde la vida apenas existía. Y ahí he de decir que el Groovie fue parte fundamental de mi existencia durante aquellos años. 

May you stay young
Dead or alive
Keep that smile on your mouth
That’s all we got
Regrets are for fools…

Había conocido brevemente a Germán y Mica de su visita a Ponferrada a un Freakland, festival que durante varios años animó la Semana Santa berciana y del que esperamos con fervor religioso su regreso. Tenía también una buena relación cibernética con nuestro barbudo amigo gracias al foro de Ipunkrock, en unos años en los que la camaradería imperaba y no habían hecho aún ruido ni acto de presencia algunos personajes que amparándose en la impunidad que procura escribir desde el teclado de un ordenador convirtieron aquello en su cortijo de barbaridades y odios para dar desahogo a sus múltiples complejos. Ipunkforos funcionaba a nivel nacional, pero era Madrid donde se concentraba, digamos, el núcleo duro de la actividad. De modo que cuando llegué a la capital el Groovie fue de los primeros sitios (el otro fue el Freaks, que cerraría meses después de mi traslado) que me ofreció su cabina y sus platos para pinchar mis discos, y lógicamente con ello sacarme unos cuartos que me venían muy bien, ya que había llegado a Madrid, como se suele decir, con una mano delante y otra detrás (en eso apenas ha cambiado la cosa, la verdad sea dicha) Al poco tiempo la cosa fue más allá, y Germán me ofreció convertirme en el nuevo encargado del local, con la difícil tarea de suplir al mítico Tony Pick, quien comenzaba una nueva etapa en el Garaje Sónico. De modo que dejé mi trabajo de comercial de una empresa de telecomunicaciones, con el que me estaba levantando un buen dinero a base de estafar y mentir como un bellaco, con todas las erosiones en el alma que aquello conllevaba, y me puse detrás de aquella barra.    

Too much ain’t never enough
Just turn out the lights
Keep that smile on your mouth
Let the red wine run wild
Regrets are for fools…

No recuerdo cuando tiempo estuve trabajando en el Groovie, como todos los ciclos tuvo su comienzo y su final. De manera amistosa Germán y yo llegamos a la conclusión de que el bar necesitaba un nuevo brío y un cambio en la plantilla, de modo que volví al otro lado de la barra, donde más a gusto me he encontrado siempre. El mejor recuerdo que me llevé del Groovie fue el imponente paisanaje humano que allí se reunía. Supongo que será injusto citar algunos nombres, porque irremediablemente alguno me olvidaré, pero igual de injusto sería en un texto de despedida y gratitud por tantos buenos momentos no dejar plasmados nombres que en mayor o menor medida comenzaron a ser habituales para mí. Imposible no acordarme de Manolo Calderón, con sus fenomenales pinchadas de los viernes y las enormes conversaciones que manteníamos a puerta cerrada, con la intimidad del tequila como única testigo. Mujeres, sexo, rock and roll, política, fútbol, NBA o Fórmula 1 podían ser los temas habituales que abordábamos cuando nos enfrascábamos mano a mano en aquellos debates en los que las palabras cabalgaban sobre la cogorza. También en el Groovie conocí a mi gran amigo Nacho Glofo, quien durante un tiempo también trabajó con nosotros. También se dejaba ver Nacho Ñeta, cuando las obligaciones en el Louie Louie se lo permitían. Clientes habituales eran Santi Garage y Jun el Chino (ocupando la entrada de la barra, un espacio que luego “heredaría” otro clásico como Pedro), Lolo, David el Gafotas, Manolo Válvulas, siempre acompañado de su inseparable Carlangas, Mauro Entrialgo, Toño Tejerina “El Diablo Sobre Ruedas”, Toni Face, Juanlu y Susana, Miguel Ygarza y su “Mod Generation Club”,  y por supuesto, Kike Turmix. El cantante de los Pleasure Fuckers era un auténtico mito en Malasaña, pero creo que en ningún sitio fue tratado como en el Groovie, donde siempre tuvo barra libre y Germán le daba pinchadas para que pudiera sobrellevar sus constantes problemas económicos.

Heavies and rockers,
Punks, go-fasters,
Let’s go get drunk
Fathers and critics
We are warnin’ you singing
We are never closin’ this bar

En resumidas cuentas, mods, rockers, moteros, punks, skins, hardcoretas, heavies reciclados, y hasta algún skater eterno (el inigualable Strangler) Toda una galería de personajes variopintos con un denominador común: amor por el rock and roll y por la fiesta. Un local que se convirtió en mi segunda casa, lo cual no es en sentido figurado. Recuerdo un domingo en el que mi novia por aquel entonces me tuvo que llevar ropa al Groovie ya que llevaba todo el fin de semana sin pasar por casa. Años de locura y de constante picor de niki, mereció la pena vivirlos, y no podría entenderlos sin haber existido el Groovie.   

Too much ain’t never enough
Let the red wine run wild…

La cantidad de anécdotas y recuerdos que me llevo darían para unos cuantos libros, pero, en base a mantener el pudor y la poca decencia que aún nos queda, vamos a decir eso de “lo que pasó en el Groovie se queda en el Groovie”, aunque algún episodio ya ha acabado siendo público, como aquella vez en la que entraron los antidisturbios, orcos uniformados de mandíbula desencajada en aquellas revueltas fiestas del 2 de Mayo de 2007 (68 heridos y 15 detenidos por gentileza de las fuerzas de seguridad del Estado y su curiosa manera de celebrar el levantamiento contra los franceses), y a golpe de porrazo desalojaron el bar sacando de allí a todos los presentes… excepto a Santi Garage, que haciendo honor a su apodo de “Chiquitín” se había escondido entre las cajas del almacén sin que esos mamporreros que pagamos con nuestros impuestos le localizasen. Todo lo demás que pueda contar sobre lo ocurrido entre las paredes del Groovie sólo lo diré delante de mi abogado y de una botella de Johhnie Walker.    

Heavies and rockers,
Punks, go-fasters,
Let’s go get drunk
Dealers and cheaters,
Cheerleaders,
Let’s go get drunk
We are warnin’ you singing
We are never closin’ this bar

Gracias por todo Groovie Bar, si realmente la auténtica vida y la única realidad es la que existe en nuestros corazones, cerebros y almas, donde somos dueños de todo lo que sucede, siempre habrá un rincón en el que esté sonando “Don’t wanna know if you are lonely” de Husker Du, mientras observo por la amplia ventana del Groovie hacia la plaza de Juan Puyol la posible llegada de algún ilustre gambitero pensando, una vez más, en esas fiestas que nunca terminan, en esos bares que nunca cierran. 

Fathers and critics
We are warnin’ you singing
We are never closin’ this bar
Rock and roll sinners,
Painkillers,
Let’s go get drunk…* 

*Letra de “The Neverclosin’ Bar”, Jon Iturbe and The Radio Gansters, 2003 


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