sábado, 24 de marzo de 2018

TENGO UNA MUJER EN CASA ESPERÁNDOME LLEGAR








He llegado a casa ardiente y hambriente de ardor y de hembra buscando en la nevera la capilla refrigaredora de mi fe en el verbo hecho carne. Y he sentido y sufrido una epifanía. Una de esas epifanías que golpea como un servicio de John McEnroe. Libertad. He pensado en la libertad. Ha sido un mero instante, un mero hecho mejor hecho que en Casa Pepe, que ha surcado por el cielo de mi mente quejumbrosa de vino tinto y anfetamina. He pensado en la felicidad y ligereza del alma que supusiera estar y ser libre, sin ser atado a ninguna relación amorosa y afectiva. Duró apenas un segundo para que enseguida mi pensamiento volviera a cabalgar sobre la imperfecta perfecta perfecta imperfecta I. y sus curvas de vértigo y su pelo de amaneceres dorados y placenteros y pensar en que me esperaba en la cama. Yo quiero/amo a I., pero a veces cuando abro la nevera tengo ese pequeño momento de debilidad de apenas un segundo de esa libertad de barcos que navegan sin conocer el puerto de destino. Dura un segundo y enseguida recuerdo su figura de deseo y volcanes de metralla sentimental. Y entonces recuerdo quien soy en el espejo de mis recuerdos y porque he llegado a I.


Cuando era más joven, joven de cuerpo de hostia consagrada y voz de San Ildefonso, añoraba el amor que no tenía como tierra prometida del día que las hormonas me dejasen lucir bigote. Yo me enamoraba del amor, decían mis amigos, porque tenía esa necesidad de estar enamorado, que es una especie de cosmogonía del infinito. Era una libertad azul y oceánica, como una piscina de acordes menores y acordes abiertos. La utopía del amor, como el comunismo negro y africano, la tierra de los corazones libres. Era todo una montaña rusa que acababa cabeza abajo con cerveza caliente y vómitos en el ascensor y ni siquiera Iker Jiménez en la radio para consolar la rabia rabiosa de la rubia robona de mi corazón. Aullar a la luna y descorchar botellas de esperma. Nada más que un grito silencioso de dicotomía y psicalipsis. Era, claro, todo más fácil cuando vivías en el victimismo de que aquello del amor no existía más allá que mirar la luna por un catalejo...

...pero apareció I.

Y entonces esa epifanía de abrir la nevera buscando un trozo de carne, un corazón de buey palpitante, una tableta de chocolate con cerebro epiléptico, un yoghurt de psylocibes cubensis, ese instante latente en la sien que reclama la libertad de la entrepierna para buscar el sexo de las cloacas libertinas, se solapa y se calla y cae mudo cuando pienso en I., porque pienso entonces que tengo lo único que he podido tener después de desear esa luna que miraba por el catalejo después del baile de los vómitos en el ascensor.

Y es porque tengo una mujer en casa esperándome llegar.

“Tengo una mujer en casa esperándome llegar” era una frase recurrente de uno de los personajes de mi obra “Cumpleaños Infeliz”, escrita en algún año de la década de los 90 que no puedo precisar. Era una obra tonta y mordaz, una melodía misántropa sobre la amistad y el desamor en la que el protagonista, víctima del desamor cual si hubiera subido al coche de la reína de la noche de Tino Casal, veía como toda su vida, es decir, su puta apuesta “all in” al amor se esfumaba entre sus dedos como arena de playa delante de sus ojos y de la picha de su (único) mejor amigo que le espetaba constantemente el “tengo una mujer en casa esperándome llegar”, y aquello era un puñal que se clavaba en el alma de mi protagonista que sabía que a partir de entonces sería presa de la libertad, viviría eternamente encerrado en la cárcel de la libertad, en ese abrir la nevera buscando el yoghurt de psylocibes y anfetaminas, un recital y un discurso de verdugos asesinando a Dios, creándolo y creyéndolo como diría Unamuno para que pueda existir, pero con la realidad de que esa libertad es la infelicidad de que no tendrá una mujer en casa esperándole llegar.


Y es que al final la vida del ser humano masculino y heterosexual se basa en tener una mujer en casa esperándote llegar.


“El hombre no está hecho para estar solo”, le dice el detective Bullock a Jim Gordon en el primer episodio de la tercera temporada de “Gotham”, estrenado hace unos días en este Septiembre de 2016...

...”no es bueno que el hombre esté solo”, me confesó el gran cínico ponferradino mi amigo el Viejo Zorro hace más de 25 años en una revelación casi divina de círculo buscando cerrarse. ¿Era o es acaso el Viejo Zorro el detective Bullock?, ¿soy yo acaso un Jim Gordon?, ¿o somos todos los mismos unos mismos unas mismas piezas de un tablero quebrado en una esquina de primavera rota? ¿una resolución irresoluble de un sudoku creado por Dios en sus ratos libres algún miércoles que no hubiera Champions League?

Y todo esto me vuelve a llevar a Unamuno, claro, y a ese desolador pensar si existimos porque Dios nos ha creado, o Dios existe porque creemos en él. Pero lo cierto es que Dios y yo no puede existir tan cierto como que la nevera no puede abrirse sin una mano que asa el asa.

Disgregación, que es un como un haiku del alma partida...

...porque yo había llegado aquí después de una epifanía, una nevera, una tableta de chocolate recitando a Walt Whitman, y una mujer en casa esperándome llegar...

...pero ya tan aburrida y dormida como una llama que se apagó no porque nadie la avivara, si no porque siquiera nadie la mirara (esa llama tan triste y tan digna en su derecho existencialista a reclamar tanta atención como el árbol que cae en medio del bosque sin que nadie lo escuche)... esos sortilegios de la metafísica...

...yo, a pesar de todo, de mi catalepsia y vértigo condensado en una taza del water, tengo una mujer en casa esperándome llegar...

...lástima de ella que escogió mal, y se quedó con el poeta en vez de con el panadero...
    ...mi horno es el infierno... he ahí mi condena...

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